Un paro útil y conveniente

Ya lo imaginábamos. El paro sirve para todo, especialmente para disculpas, simplificaciones y los recurrentes caballitos de batalla, en los que son tan hábiles los jinetes del poder por estas latitudes. (Publica el Espectador)

Aun así, no deja de ser desconcertante, que el DANE, encargado de estadísticas y no de interpretaciones prejuiciosas, le achaque a la protesta los casi seis puntos porcentuales de decrecimiento económico en mayo. Las ojeras no las tiene el caballo sino quien lo monta.

Para ellos, nada tuvo que ver la inhumana reforma tributaria que presentó el gobierno, en contravía de todo sentido común, como prueba reina de su política económica errática, que, en medio de la pandemia, no supo afrontar  desempleo, inequidad, hambre y todas esas etiquetas que definen esta crisis profunda, y que ahora dicen querer solucionar dizque con otra reforma tributaria, empacada con  almíbar para distraer el mal sabor del desgreño y el gasto disparado e injustificado  del gobierno de la neomermelada.

Según el Dane, que parece recuperar en el significado de la última letra la vieja idea de los embustes, no tienen responsabilidad en el bajonazo ni los capitalistas salvajes, ni los descarados (ex) funcionarios, ni los interesados asesores, ni los despistados gobernantes, ni los angurrrientos empresarios, ni las medidas impuestas e ineficientes.

Es decir, según ellos, si no fuera por el paro, ahora mismo deberíamos estar oficializando nuestro ingreso formal al primer mundo.

Ya otras instancias y otras bajas intenciones, habían declarado al paro como responsable del tercer pico de la pandemia, causante del deterioro de los derechos humanos y las libertades individuales, de la brecha social, del aplazamiento del progreso, o de la demora o ausencia de soluciones urgentes como pasó con el triste ejemplo de Providencia, dejada a su suerte para hacerle honor a su nombre.

A este paso y con esos imaginarios sin riendas, la historia hablará del peor período reciente, por culpa del paro; habrá que aclarar si hablamos de la inacción del gobierno o de la sociedad que protesta. Una cosa piensa el caballo….

 

¿Y la otra mitad?

Por Mario Morales

Aquí todo es deficitario. Siempre nos quedan debiendo algo. Cinco para el peso, un gol o un penal de último minuto o la otra mitad de la verdad en los casos judiciales más sonados. (Publica El Espectador)

Acaba de suceder con la absolución de César Mauricio Velásquez y Edmundo del Castillo, no obstante, las 51 evidencias documentales y los más de 20 testimonios que apenas alcanzaron para que el juez tuviera una duda razonable. Así las cosas, la operación sistemática de desprestigio contra la Corte Suprema en 2007, cuando era presidente Álvaro Uribe, se va quedando sin dolientes, salvo miembros fantasmas del extinto DAS y de la UIAF; ah y algunos paramilitares. Es decir, nadie, en concreto. Quizás dentro de poco nos digan que esos ataques criminales se dieron por generación espontánea o que talvez nunca ocurrieron… A mitad de camino…

Lo mismo que pasó con los 6402 casos de falsos positivos que salvo algunas cabezas de turco no tienen responsables intelectuales sino unos cuantos autores materiales, confesos e indefensables.  Por la misma senda van las continuas declaraciones de Mancuso, el exjefe paramilitar, en el sentido de que contó con apoyo o solicitud estatal para sus numerosas masacres y crímenes como la del humorista Jaime Garzón. Esa otra mitad es un enigma.

Lo peor de todo es que estamos acostumbrados a ese porcentaje de incertidumbre; nos quedamos con los hechos, pero ignoramos sus protagonistas, a juzgar por el conformismo ante el misterio o anonimato de los autores intelectuales del inveterado vandalismo que es protagonista histórico de todas las marchas, la vergonzosa reventa de boletas en las eliminatorias mundialistas, la desaparición o asesinato de jóvenes en medio de la legítima protesta, la participación de exmilitares colombianos como mercenarios en Haití o la muerte violenta de Luis Colmenares y Ana María Castro.

Abundan los qué y escasean los quiénes en esos retazos inciertos, pedazos de un espejo roto para construir nuestra historia no oficial, porque la otra nos seguirá debiendo la mitad de la verdad.

Inacción y anunciación

Por Mario Morales

Si fuera por los anuncios del gobierno, habría que extender las festividades de mitad de año por un tiempo imprudencial, habida cuenta del crecimiento de la pandemia sin que parezca importarles. (Publica el Espectador)

Calificar de victoria para Colombia el nombramiento de Sergio Díaz-Granados como presidente de la CAF no solo es exageración propia del mundo burócrata, al que gentilmente perteneció el presidente Duque durante tantos años, sino manido y deficiente manejo patriotero por un logro, que sería estrictamente personal, de no ser porque allí intervino hasta la secretaría de presidencia.

Tener presidente en la CAF, en segundo orden con respecto al BID, le sirve al país para exactamente lo mismo que sirvió la presidencia de Luis Alberto Moreno en esta entidad durante tres lustros: Para nada, salvo para el dudoso honor de los amigos que ahora lo serán más en busca de un puestecito, en caso de que acá no suene la flauta por el errático manejo de nombramientos, que con tanta metida de pata se convirtió en impronta nacional.

Con igual regocijo, las redes de Palacio estaban exultantes porque seremos, en diciembre, sede del Congreso mundial de Derecho, así en singular, como les gusta, esto es, leyes y articulados, pero distanciados del compromiso que  el presidente estadounidense y los mismos ciudadanos exigen para el ejercicio pleno de derechos humanos en nuestro territorio; compromiso que como se supo, este gobierno transliteró, al cabo de la charla con Biden, en contravía de las petición preferencial hecha por este último.

Y para comenzar a ambientar el próximo intento de reforma tributaria, ya el presidente, fiel a su esencia, anda prometiendo el oro y el moro, que no pasa de generalidades hechas promesas en el último medio siglo (matrícula cero, ingreso solidario y subsidio al empleo) antes de dar a conocer lo que nos viene pierna arriba.

A falta de logros que mostrar (y menos mal Egan Bernal se escapó y no dejó politizar su título en el Giro de Italia), el perifoneo anda prendido para exaltar nimiedades. En el país de la anunciación pasa de todo para que nada pase.

Candidatos en busca de autor

Acaso se trastocaron los roles. Quizás los hilos se enredaron y los que creímos títeres hayan “encarnado” en otras varillitas y en otros huesitos y estén a cargo de la puesta en escena, suplantando al que se creyó dueño del teatrino y de la maleta. Tanta pasión y tanto espíritu vindicativo cierran el entendimiento. (Publica El Espectador)

Ya lo demostró Juan Manuel Santos, que, usando finos guantes y alambres invisibles, posó de marioneta mientras fue elegido. Entonces cobró vida propia y puso distancia con su palabrero.

Algo similar sucedió con Iván Duque, que de tanto cargar la maleta logró meterse en ella y fingió seguir la cuerda. Ha divagado escena tras escena entre consejos y consejas sin seguir a pie juntillas, por falta de vocación y de aceite en las varillas, la letra del parlamento que le dictan desde la derecha del escenario, allá donde autoridad se confunde con autoritarismo… Cero y van dos.

Por eso hoy parecen estar en clase y fingen como predecesores en lealtad y fidelidad, mientras alcanzan el rol protagónico, aspirantes variopintos que se entrenan en berrinches, gritos, maledicencias y barbaridades que no alcanzan a ilusionar al libretista.

Prometen mano dura, ensayan gestos distorsionados y se esconden tras disfraces que, como antaño, quieren representar el alma de los malos espíritus, pero nadie les cree. No alcanzan a producir ni la rabia que necesita el pretendido dueño del tenderete ni risa para llamar la atención, por falta de histrionismo y exceso de lambonería. Ignoran que las marionetas nacen, no se hacen.

Entre tanto, el consueta se desgasta con trinos, advertencias o sugerencias con tono de orden que todos fingen acatar o repiten sin cesar, pero nadie sigue a cabalidad, mientras los patrocinadores del espectáculo le reclaman airados por exceso de trama y escasez de argumento.

Eso debe ser la política. Un teatro de guiñol donde todos, en busca de autor o tutor, fingen dentro y fuera de escena, menos el público que sabe del engaño. Y donde nadie cree, salvo el marionetista que sigue convencido de que por llevar la maleta todavía maneja los hilos.

La ruptura con la selección

Por Mario Morales
Da grima esta selección. No se ve ni huele bien por fuera ni por dentro. Desde su mediocridad y las deshonrosas e inexplicables derrotas ante Uruguay y Ecuador en noviembre pasado, hasta las guerras intestinas y oscuridades que las acompañan, una parte de la afición siente que se rompió el pacto tácito de la confianza, que trasciende lo futbolístico y alcanza la identificación. (Publica El Espectador)

La avería en eslabones de la cadena sentimentalismo-resentimiento-evasión, presentes en un partido de fútbol o una telenovela (como bien lo expresara nuestro gran maestro Jesús Martín Barbero), disloca la comunicación entre lo que una sociedad es culturalmente y lo que siente.

De allí la contradictoria reacción de una afición-masa que decía amar a James, uno de los pocos genios nacidos acá, pero que, en medio de chismes y sin pruebas, deja crecer la cadena de fatalidad-inferioridad-envidia, inserta en nuestro ADN, para cobrarle con sevicia el arrojo de salirse del molde nacional, cumplir sueños materiales y deportivos, y, además, la impertinencia de decir lo que piensa a sus superiores.

Acostumbrados como estamos, con no poca culpa de alguna prensa deportiva irresponsable, a elevar campeones a sitiales estratosféricos, como catarsis de frustraciones o sublimación de desdichas, a la manera de algunos seudoperiodistas aprendimos el placer perverso de hacer leña del árbol caído y canibalizar su desgracia.

El resultado no es solo este matoneo insaciable sino la inversión de favorabilidades, que hoy descansan en un cuerpo técnico demasiado nuevo para entender y unos dirigentes o jugadores agazapados desde antaño para dar el zarpazo, con el elocuente pero poco observado lema de que nadie está por encima del equipo… Un equipo sin carisma que nos ha devuelto cuatro décadas.

Dos preguntas sin resolver: ¿quiénes están detrás y por qué? Y otra, retórica: ¿el fútbol es arte? Entonces que vivan los artistas, lejos de empresarios, dirigentes y jugadores mañosos que, por más unidos que digan estar, carecen de méritos para una selección, así en la cadena nostalgia-resignación se merezcan el país y la afición.

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