Miedo a lo diferente

No se entienden el miedo y la prevención que el nuevo Gobierno y sectores políticos afines les tienen al disenso, la disrupción y la fiscalización, tan necesarias en una democracia que se precia de ser amplia e incluyente. (Publica El Espectador)

Por eso resulta tan preocupante que no solo hablen en lenguaje de batalla, sino que estén trabajando, por encima y por debajo, en la idea de regular o controlar cuanto se salga de su miope visión de sociedad o, en su defecto, de estigmatizar a quienes rompen filas.

Primero fue el ministro Botero quien propuso, vaya uno a saber hasta qué punto ingenuamente, que se regulara la protesta social, en un gesto a todas luces totalitarista, que alcanzó sus mayores niveles cuando la criminalizó al asociarla a financiación de bandas criminales.

Después fue el mismo presidente, a coro con algunos de sus portavoces no reconocidos formalmente, quien quiso deslegitimar a la oposición valiéndose de un falso dilema moral: si ellos son los buenos, ¿quién osará oponerse? Suman la decisión de no otorgarle personería jurídica a la Colombia Humana que obtuvo ocho millones de votos y el boicot rampante de la Presidencia del Congreso al ejercicio libre de la oposición, como lo denunció Jorge Robledo, a propósito del necesario debate al (¿ex?) ministro Carrasquilla.

Y cierran el cuadro siniestro las iniciativas de “profesionalizar” a la comunicación social y el periodismo con el huevito de pascua de crear un consejo profesional, apéndice del Gobierno, con el pretexto de la responsabilidad de los contenidos y que no es más que una máscara de censura, muy parecida a la que se percibe en los proyectos de ley que tienen que ver con la televisión y la convergencia y que plantean desde el control previo hasta una ambigua desregularización que solo favorece a los cableros en detrimento de la TV pública, el botín codiciado del Mintic.

Muchas coincidencias, no cabe duda, y un solo propósito verdadero, unificar el discurso plural en torno a un Gobierno que ni siquiera tiene méritos para intentarlo.

Que discrepen

De eso se trata la política al fin de cuentas, de lidiar con los desacuerdos. Y ahí va la FARC, aprendiendo a trancas y a mochas. Por eso no se entiende el morbo exagerado ni el tono apocalíptico acerca de las discrepancias ideológicas, partidistas y prácticas entre sus dirigentes. (Publica El Espectador)

Como tampoco se comprende que, en cambio, se miren con la lupa de los eufemismos las profundas divisiones en el Centro Democrático, la U o los partidos que, alguna vez, fueron tradicionales.

Resulta más “saludable” que dirigentes como Joaquín Gómez o Fabián Ramírez ventilen sus diferencias con Timochenko y el resto de la cúpula fariana para poder entender a qué juegan y cómo se están involucrando en la cosa pública.

El primer falso dilema que hay que desmontar es que los disensos llevan forzosamente a extremos, como la retoma de las armas por parte de algunos de ellos. Las misivas de Gómez y Ramírez, en vez de tener tono de ultimátum, denotan una crítica profunda y necesaria que cuestiona la actuación de sus líderes en lo ideológico, lo político y lo ético.

En vez de demonizarlo, se trata de un debate que el país no se puede perder porque deja ver los miedos de sus dirigentes tanto a las investigaciones judiciales como a los enemigos territoriales; las rencillas personalizadas, así quieran negarlas, y las divergencias por hitos como el caso Santrich, los primeros pinitos en el Congreso y por el manejo de los dineros asignados, cuyo seguimiento dejará ver si se quieren diferenciar o están cayendo en las mismas prácticas políticas que tanto combatieron.

Eso no significa que no haya inquietud por los ocho dirigentes y otros tantos miembros de ese partido cuyo paradero se desconoce. Una cosa es que hayan renunciado al proceso y otra que anden paranoicos o desconcertados por las incertidumbres reinantes en la implementación del Acuerdo y estén a la espera de momentos más propicios. Que lo dejen saber, así sea en medio de las más crudas discrepancias

Que no se nos olvide

Sabe distinto esta Semana por la Paz. Debería ser, como se alcanzó a barruntar hace un año, un tiempo para la celebración masiva, la evaluación y la proyección de la mayor de las conquistas de este país en los últimos 50 años. (Publica El Espectador)

Debería ser también, como lo fue antaño, el tema aglutinador en medios, redes y conversa pública de la movilización ciudadana que la inspiró, para evidenciar la labor de quienes trabajan, a riesgo de sus propias vidas, para construir la paz y dignificar la vida.

Debería ser también el empeño nacional por vencer el determinismo y el pesimismo frente a las sombras que se avizoran en el horizonte.

Es verdad que hay incertidumbre por el paradero y planes de algunos líderes de las Farc, por la falta de condiciones y de voluntad del Eln y el Gobierno para liberar a los cuatro uniformados y dos civiles secuestrados, por la masacre inmisericorde de líderes sociales a los que se suman los de Tarazá y Cajibío, o por los centenares de desplazados en Chocó por combates entre el Eln y el clan del Golfo.

La tarea conjunta es impedir que se naturalicen esos actos de violencia como un designio o como una lógica; es poner de relieve las actividades de quienes, como quienes reciben el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos, trabajan por sus comunidades y necesitan pronta protección y apoyo; es salirnos de esta calma chicha y reactivar las propuestas y exigencias de paz a todos los actores armados y a quienes los aúpan; es colorear la paz, como lo propone el simbolismo de los organizadores, para allanar el camino a la reconciliación.

Esa fuerza de la opinión pública volcada es capaz de cambiar tendencias y poner en tensión prejuicios, como lo confirmó el espaldarazo a la consulta anticorrupción. Hay un camino recorrido y unos pactos que deben ser defendidos, respetados y extendidos que no son de ningún gobierno o partido. La utopía de la paz comenzó con una semana. Hay vida y esperanza. Que no se nos olvide…

Si lo dejan

Desacomodado, torpe y dando palos de ciego se ve al Centro Democrático que, como ha pasado con la izquierda, aprendió a ser oposición, no pocas veces delirante e irascible, pero que ha demostrado que no estaba preparado para volver al poder. (Publica el Espectador)

Comenzando por su jefe natural, el senador Uribe, que reparte su tiempo apagando incendios de su pasado y tratando de volver a su estrategia de base, la de construir un enemigo que le permita moverse en su feudo: la contrapropaganda, la exageración y la desfiguración. Con las Farc mansitas aprendiendo a hacer política, la fatiga del mito endeble del castrochavismo, el expresidente Santos hecho oídos sordos y sin un fantasma poderoso a la vista, anda disparando dardos a todo lo que se mueva: la consulta, las cortes, Claudia López, etc., a ver si por algún lado salta la liebre.

Y en medio de esa aridez, contribuye Uribe a la falta de credibilidad del presidente, lanzando globos sonda en el afán de liderar la agenda política y copar la mediática. El resultado es el deterioro de la figura de Duque, que deja ver todo su desconcierto ante el fuego amigo, el fuego de los bancadas que se le oponen y el fuego, ese sí real, de bacrim, Eln y desertores de las Farc. Para colmo, la consulta anticorrupción, que miró con algo de displicencia, se le creció y terminó de restarle protagonismo.

Hay una enorme diferencia entre la comunicación del candidato y la del ahora presidente que perdió contundencia y eficacia hasta en sus gestos y tono de voz.

Lo mismo pasa con su partido que no ha terminado de asimilar la bipolaridad en la propaganda (que tampoco le funciónó al dueto Santos-Pinzón). Se creyeron mayoría y con el camino expedito, pero se quedaron en la fase de la vocinglería, olvidando que ahora son parte del gobierno y que los ciudadanos impacientes queremos resultados.

Ya es hora de que el presidente cambie el tiempo de procuración y de futuro indefinido al que lo relegaron. Eso sí, si lo dejan sus copartidarios.

Sí, por los que vienen

No es pensando en esta generación perdida que vale la pena darse la pela por debates que parecen perogrulladas. No hay nada que hacer con los prejuicios de quienes ya tenemos uso de razón. Machismos, racismos, clasismos, atajismos, arribismos, guerrerismos, engaños y toda suerte de intolerancias que están en el ADN de nuestra identidad por (de)formación, hoy si acaso pueden modularse por presión social o judicial, aunque escurramos el bulto diciendo, de dientes para afuera, que los buenos somos más. (Publica el Espectador)

Desde lejos puede parecer absurdo que estemos decidiendo si queremos la paz, una infancia sin violencia, un ambiente sano o que le digamos no a la corrupción. La guerra, la violencia, especialmente con los más indefensos, y el robo de lo público, que hoy están en el escenario del escarnio, fueron, son y seguirán siendo, hasta que formemos con otros criterios, los paradigmas de comportamiento de una sociedad desigual, inmoral y a la deriva.

Insistir, por ejemplo, en que la corrupción es un delito mayor y no un pecado venial, especialmente para quienes no se dejan pillar, sirve para paliar la pandemia que carcome tanto a quienes están cerca de los bienes comunitarios como de quienes aspiran a acercarse. Pero, más que nada, ayuda a formar con otros valores a los que vienen detrás.

Persistir en honrar la palabra, por ejemplo, debería ser objeto de cuantas consultas sean necesarias si ello contribuye a desterrar a los políticos y funcionarios mendaces, saltimbanquis y voltearepas en una o dos generaciones.

De ello da fe el voto joven en las elecciones pasadas que les tiró la puerta en la cara a los cínicos, a los hipócritas y a los trogloditas que creen que hoy pueden decir una cosa y en tres meses todo lo contrario, sin ninguna consecuencia. Por eso apoyo con un sí, repetido siete veces, la consulta anticorrupción de este domingo, más allá del resultado o que tenga efectos prácticos, repetitivos o en contravía de la Constitución. Si las generaciones que nos sucederán toman nota, esa no es plata perdida.

Político del pasado

reconozcámoslo. Si algo ha tenido Germán Vargas Lleras es coherencia en su vida política (que es casi toda su vida) por sus actuaciones fundamentadas en el oportunismo (que sus amigos llaman astucia), el cinismo (que sus áulicos llaman frenterismo) y carencia de escrúpulos, lo que le ha permitido jugar aquí y allá y luego pasar de agache a la hora de las responsabilidades. (Publica El Espectador)

Porque oportunista es, así lo niegue escudado en sus coscorrones verbales, que son casi siempre sus declaraciones, gritos intimidantes y disimulados. Es que fueron casi ochos años de silencio cómplice y calculado. ¿O es que acaso se nos olvida que él fue el vicepresidente, el segundo a bordo de todo lo gestado en este Gobierno, y que viene a vociferar cuando todo está cocinado, cuando ya para qué?

El cinismo lo acompaña cuando reconoce en Caracol Noticias (así salga a decir que fue un lapsus o que lo citamos fuera de contexto) que hizo campaña mientras era ministro en las carteras más taquilleras del momento. No se pueden normalizar esas acciones y menos con el argumento falaz de que así es la política.

No es responsable con el proceso de paz que siembre cizaña, con la sola disculpa de la antigüedad, denunciando que las Farc dejaron sus fichas en las zonas dominadas por la disidencia. Que presente pruebas.

Como tampoco es respetuoso (¿tendrá esa palabra en su diccionario?) que alegremente señale de compas de las Farc a los rivales que ahora lo superan en las encuestas (así sea el motivo que lo haya empujado a declarase tránsfuga públicamente).

Mal enorme le hace al país engrandeciendo a las Farc como enemigo único toda vez que no puede levantar la voz contra la corrupción siendo, como es, el jefe del segundo partido más contaminado.

Mal enorme, al recurrir, como han hecho las extremas, de nuevo al miedo, del que apenas nos estamos recuperando.

Así fue siempre… Y afortunado desde la cuna… (y con un inexplicable apoyo mediático que convierte cada acto suyo en fiesta o acontecimiento).

Y coherente… sí, pero no por ello deja de ser un político instalado en el pasado.

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