¿Principios o fines?

Oportuna, pero poco alentadora la recomendación del Banco de la República sobre los tiempos inciertos que se avecinan. Acostumbrados como estamos a los vaivenes de la situación, así no haya anuncios, ya nada parece asombramos.

Por eso no es motivo de sorpresa la voltereta circense con la que se negó a votar la Ley Estatutaria de la Justicia Especial de Paz, dizque por principios, el ala marxista de Cambio Radical, que, como sabemos, no es una parte sino el completo y muy curioso partido del ubicuo candidato Vargas Lleras.

Marxista sí, pero no desde la perspectiva ideológica de Karl y su amigo Engels; sino desde la quizá ya gastada alusión a Groucho Marx, el recordado actor y cómico y su citada frase: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”.

Como los han tenido, en uno y otro sentido, el ventrílocuo Vargas Lleras y sus obedientes discípulos que han degustado de las mieles del Gobierno durante dos períodos. Baste recordar las promesas de apoyo a la JEP en marzo pasado cuando el ahora candidato inauguraba, en olor de flashes y multitudes, viviendas en Chocó, de la mano del presidente Santos.

Eran otros tiempos, claro, y otros principios. Apoyar la paz ayudaba a sumar… Utilitarismo puro, como diría Armando Benedetti. Hoy, los cálculos son distintos, como es diferente lo que dicen los asesores u otras voces fantasmales, porque de Cambio Radical y Vargas Lleras, como de los habitantes de Comala, el pueblo de Rulfo, no sabemos en qué lado están.

Que se están corriendo a la derecha, dicen; que le están quitando margen al uribismo del ala cizañera, señalan; que se está desmarcando de Santos, como casi todos los colombianos, sentencian otros más…

No será el único salto triple que veremos, sobre todo si le siguen jugando a los resultados de las encuestas, tan disímiles unos de otros como incomprensibles.

Está claro que para algunos el asunto no es de principios, sino de métodos o de fines; quizás entonces los comencemos a conocer, de veras.

La “verdadera” campaña

Era de esperarse. En algún momento las campañas políticas iban a comenzar a girar en torno a “la paz”, escrita así, en sentido amplio. Sin concluir la fase de lucha de clases que plantean los orígenes, apellidos y antecedentes de Vargas Lleras y Petro, veremos, a partir de ahora, cómo partidos y firmones se alinderan a lado y lado de esa línea simbólica que es la implementación del proceso de paz. (Publica El Espectador)

La inminente alianza entre Juan Fernando Cristo y Clara López, con la evidente enseña de defender los acuerdos, rompe la calma chicha que rodea a los aspirantes a la Presidencia, que se siguen mirando entre sí, como en un embalaje ciclístico, esperando a ver quién arranca de veras, para recortarle diferencias a Germán Vargas Lleras, el líder de las encuestas de percepción que preguntan quién creen que va a ganar, así no piensen votar por él; y a Gustavo Petro, que encabeza las encuestas que preguntan quién puede hacerle oposición a Vargas Lleras, así no tengan intenciones de sufragar a su favor.

Y es que mientras el tema de la paz promueve polarización, delata sectarizaciones e incita creencias y prejuicios de las masas, otros asuntos, como la lucha anticorrupción, generan consensos y serán banderas comunes a pesar de los gigantescos rabos de paja que andan por ahí, pagando escondederos a peso.

Si primara la tan escasa coherencia, se vería a De la Calle, Cristo, Clara y Petro (y Pearl como Navarro buscando curules) de un lado; y a Vargas Lleras, el que diga Uribe y las obedientes ovejas de algunas iglesias cristianas del otro; se sabe que la alianza Fajardo-Robledo-Claudia apoya el proceso, pero si supedita la bandera anticorrupción se desdibuja. Expectante estará ese sempiterno 25 % de la franja de opinión… Es decir, tal como estábamos hace un año frente al plebiscito. ¿No habremos cambiado ni con la visita papal?

Llegado es el momento en que candidatos a las legislativas y presidenciales tengan que declarar de qué lado están. Entonces comenzará la “verdadera” campaña.

Malos tiempos

Que vamos por mal camino lo certifica la temporada de huracanes más destructiva en la historia reciente, la mediocridad sin liderazgos en la Asamblea de la ONU, el fracaso de la lucha contra el narcotráfico, la disolución de los partidos políticos y el reiterado llamado a las firmas para resolver lo que por otras vías no se pudo. (Publica el Espectador)

Pasada el efecto “Francisco”, el barrigazo se siente mientras el planeta observa impotente cómo vientos y lluvias arrasan con el Caribe oriental y el Caribe norte. Toda una bofetada en estos tiempos de soberbia en los que, con mucho de espíritu mercantilista, se profetiza acerca del triunfo de la inteligencia artificial y los sueños de inmortalidad.

La misma soberbia que se escuchó en los increíbles discursos de la Asamblea de la ONU, más cercanos a los alardes de un bravucón recién instalado, cuando no a los discursos de un aprendiz de couch, en el caso del presidente Trump, que sigue construyendo una caricatura de sí mismo, como lo evidenciaron las alusiones en la ceremonia de los Premios Emmy.

No se sabe quién es más inverosímil, si el mismo Trump, el megalómano presidente de Corea del Norte o Maduro, el dictador bananero, que logró el milagro de ponernos de acuerdo a todos en su contra.

Esa soberbia contrasta con la declaración derrotista, y sincera, del presidente Santos en la lucha contra el narcotráfico. Quizás hubiera podido bajar algunas cifras con otras estrategias, a costa de la salud humana y el medioambiente, pero en ningún caso encontrar la solución a un problema que tiene y tendrá raíces en su prohibición.

Y si por el Caribe y la ONU llueve a cántaros, por aquí no escampa. Con razón han caído rayos y centellas al procurador Carrillo por su populista e inoportuna propuesta de recoger firmas para reformar la justicia, como le han caído, por las mismas razones, a Vargas Lleras por dárselas de vivo, y a quienes frente al fracaso de la política contemporánea quieren implantar el régimen de la firmocracia. Pasamos de los nubarrones a los ciclones.

¡Se pudo!

Claro que se puede. Quedó evidenciado en el cubrimiento distinto, ponderado y contextualizado de la visita del papa a Colombia. Los responsables fueron los mismos medios y periodistas que, todos los días y con las carencias que hemos reiterado, hasta el cansancio cubren actualidad, proceso de paz e implementación de los acuerdos. (publica el Espectador)

En esos días y sin ponerse de acuerdo, el trabajo periodístico hizo lo que audiencias y críticos reclamamos siempre: contar historias desde la perspectiva del ciudadano, las víctimas, los seres humanos normalitos que, por oleadas, colmaron calles y recintos.

Y he ahí otro punto a favor. No obstante que el protagonista era el carismático papa Francisco, en pantallas, micrófonos y relatos escritos se dejaron ver voces y rostros de la variopinta población en medio de sus esperanzas, anhelos, dolores y frustraciones. Y en muy escasas ocasiones con aprovechamiento del dolor humano para generar más emoción.

Claro, ayudan la expectativa por la preparación durante meses, los escenarios de creencias, el carisma del pontífice que se narra a borbotones en sus sentencias como titulares, en su coherencia, sencillez y también en sus silencios, para conectarse con sus feligreses a través de esa estrategia relacional que es la transfusión y que consiste en conocer a los públicos antes de hablarles.

Salvo pocas excepciones se pudo romper la linealidad con perspectiva de adversarios, de blanco y negro, de declaración versus reacción. Les permitieron a esas audiencias armar, con aportes narrativos según posibilidades, ese espejo roto que es la realidad. De ahí el incremento en el consumo mediático. Sólo en televisión hubo audiencias cercanas a los dos millones y medio en horas valle y superiores a los tres millones en horas pico.

Se leS cedió la palabra a los que saben de asuntos pontificios y hubo pocas intenciones de protagonismo… Sí, mejoramos.

Sin duda este cambio de chip mediático contribuyó a esa enriquecedora experiencia de usuario que hoy reconocen las audiencias. Ya se hizo esta vez… Claro que se puede.

Mientras afuera llueve

Quizás la imagen más frustrante de país sea la de todas estas tardes en las que vemos cómo el agua nos llega al cuello. Culpa, dirán, de la temporada invernal más fuerte desde que Santos asumió el poder, de la creciente por el paro de los empleados públicos o el desafío gota a gota del plan pistola, entre otros factores que marcan el inicio de los dolorosos para este Gobierno y que parece desleírse con cada crisis. (Publica El Espectador)

No era con un aguacero de cifras como los colombianos esperaban que el presidente afrontara la temporada invernal más cruel desde la “maldita niña”. Y menos en ese tono de inventario de “380 muertos, 22.000 familias y 306 municipios afectados”.

Nada cambió desde la última crisis como lo demuestra las crisis por inundaciones o el bloqueo por derrumbes que, por ahora, obligan al cierre de vías como la Línea o Letras. Y nada cambiará, salvo las cifras inhumanas, abstractas y desprovistas de sentido, si se cumple la previsión de otras tres semanas de lluvias.

No hubo ponderación con esa amenaza como no la hubo en los acercamientos con los sindicatos de trabajadores del Estado, los únicos que parecen funcionar. El Gobierno también creyó que se trataba del ritual de paros de temporada, de esos que, en el imaginario ciudadano, parecen haberse convertido en escenografía callejera.

Pues el tal paro de educadores sí existe, como también reencarna el paro en la rama judicial, el Inpec, la salud y los de Chocó y Buenaventura… Pero lo más grave no es que se den o que se unan, sino que sus demandas sean las mismas de antaño y se repitan año tras año como los aguaceros de todas estas tardes.

Tan grave como que se recicle el plan pistola, que en este mes ya contabiliza seis policías asesinados por armados ilegales.

Ya vendrán, como siempre, las declaraciones de emergencia, las negociaciones apresuradas, la escasez de alimentos, las ayudas tardías y el libreto de siempre, que nunca cierra y que se repite inexorablemente, como diría Soto Aparicio, mientras afuera llueve.

Qué contradicción

Tal vez sea esa la explicación. Esa adicción histórica a la adrenalina, el cortisol y la prolactina, las sustancias que según los científicos segregamos cuando sentimos odio o ira, esos dos apellidos que son más nuestros que el idioma o que el himno nacional. (Publica el Espectador)

Son la respuesta automática a todo tipo de propuesta, especialmente cuando tiene la cara de solución. Aquí, debate que trasciende es aquel que pasa por el insulto, la gritería y la altisonancia; y, claro, si genera una reacción en cadena que requiera de mayores dosis.

Hace rato, por ejemplo, que la discusión sobre la adopción gay perdió el rumbo y derivó en los lugares comunes de “lo antinatural” o “si no son ellos, quién más puede adoptar”, en medio del tropel y la mutua descalificación.

Por el mismo camino va el debate entre radicalismo religioso, alejado de la esencia; y el ateísmo soberbio que ahora se considera la cuna de los valores; o el de la tauromaquia que, en vez de seguir la senda de la argumentación de altura, ahora tendrá que dirimirse a las trompadas como ya se presagiaba en el pasado reciente, luego de la consulta ordenada por la Corte Constitucional.

Obviamente hay vertederos naturales de las insidias de alcantarilla que, para llegar al poder, en vez de proponer mejoras a los acuerdos de paz, el derrotero sea “volver trizas ese maldito papel que llaman acuerdo final con las Farc”, como se anunció en la nueva etapa del autodenominado Centro Democrático, reconocido por propios como una partido de derecha y por ajenos, como uno que desecha.

Lo único que falta es que ahora se líen a golpes con el naciente movimiento de las Farc por arrogarse el lema de partido de la esperanza.

Y mientras eso pasa, los avivatos de siempre, y esos sí de manera silenciosa, saquean Chocó, Córdoba y Guaviare; o se apropian de tierras baldías, contratos o recursos mineros; sin afectar el putamen social, que al decir de los científicos es la zona donde se activan la ira y el odio. Contradictorio, ¿no?

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