Sorpresas y cosas sabidas

Por Mario Morales

Es una suerte de esquizofrenia. Porque son cosas que uno espera y sin embargo no dejan de sorprender, a veces por el resultado, a veces por la forma en que suceden. (Publica El Espectador)

Cuando ya estábamos resignados a pasar a la historia universal, —esa aque se debate entre en la infamia y la de los casos jurídicos perdidos—, por una codena de cohecho con un solo culpable, aparece el exministro uribista Diego Palacio queriendo entrar por la puerta angosta de la Jurisdicción Especial para la Paz. Si bien no se autoincrimina, pide de manera oportunista que su caso sea revisado por ese tribunal para recibir los beneficios de la justicia transicional.

La confusa ocurrencia adquiere dimensiones de ficción con la justificación de tal acto: dizque porque tenía que ver con el conflicto armado. Con ese argumento tan traído de los cabellos caben todos los inculpados del país…

…Es entonces cuando uno entiende por qué la derecha megalomaníaca llega a extremos de culpar a la guerrilla del desastre ocurrido en el Putumayo… O que el país entero marchó el sábado pasado…

Sabíamos de la necesidad de una garganta ancha para tragarse los sapos que venían. Lo que no imaginábamos era que los primeros en querer beneficiarse con los acuerdos jurídicos emanados de la mesa de La Habana, fueran a ser precisamente los críticos del proceso de paz.

No serán los únicos. Ya viene el cortejo con sus claros clarines de más de 800 investigados y condenados de la fuerza pública que quieren acogerse a la JEP.

Pero habrá daños colaterales si el tribunal exige la verdad que se necesita; por eso la incomodidad de Uribe y su ataque al secretario de la JEP. Pronto ese será un “hecho alternativo”.

***

Tampoco fue una sorpresa que Germán Vargas Lleras apareciera liderando la encuesta de Pulso País, después de la cacareada, costosa y rimbombante despedida de la Vicepresidencia. Lo que resulta increíble es que quieran achacarle el repunte a la exclusión de Oscar Iván Zuluaga de la carrera presidencial.

Urgencia manifiesta

Por Mario Morales
Lástima que la platica de ciencia y tecnología se evapore en carruseles literales como los asaderos de pollos, según denuncia reciente. Y con la falta que hace para investigaciones como esa de la vacuna contra el pesimismo que tanto necesita el país en estos momentos de convalecencia y dolor. (Publica el Espectador)

Se requieren entre nuestros compatriotas varias dosis de esa vacuna con la misma voluntad que se combate el tétano o la fiebre amarilla, que ahora se requiere en cada viaje más allá del río Bogotá.

Los primeros que la necesitan son los que devengaron el salario mínimo el año pasado. Ahí están vivitos y coleando muy a pesar de que ahora el Consejo de Estado resolvió, un año después, que el incremento decretado era insuficiente. Hay que tener fe en los genios que asesoran al Gobierno con esos cálculos.

También son candidatos los usuarios de Transmilenio que cada vez que hace sol utilizan los bloqueadores del sistema solo para dañarle el día al renovado y ahora humilde alcalde, que ha tenido que interrumpir la exhibición del “rénder” del futuro metro con tanta pedidera de disculpas. Que se acuerden los usuarios cómo era transportarse el siglo pasado o el antepasado.

Necesitan una dosis los 140.000 nuevos desocupados que quizá no conocen los subsidios estatales y las delicias del ocio remunerado. ¿Acaso no han visto cómo vive la mayoría de congresistas y concejales del país?

Pero que queden muestras para tanto pretendido colombianista, como el tal investigador gringo Stephen Randall, que anda desinflando a todo el mundo con el cuento que no se resolvieron las causas que originaron la insurgencia. No entiende que acabada la insurgencia no hay causas ni necesidad de buscarlas.

Y que reserven refuerzos de la tal vacuna para el presidente y el Centro Democrático a ver si terminan esa insufrible partida de póker con cartas secretas y expuestas que suma 90 meses. Si supieran lo efectiva que es. A mí me dieron una muestra gratis y miren no más…

¿Disculpas?

Por Mario Morales
No, alcalde, no va a ser suficiente con las disculpas por el retraso de ocho años y el sobrecosto de $127.000 millones en el túnel de la calle 94 de Bogotá.
Y no es suficiente porque el gesto encierra más el tufillo de lavatorio de manos, al estilo Pilatos, por las responsabilidades de una obra que terminó convertida en un monumento al desgreño, la corrupción y la politiquería, como lo fue en el pasado el intervenido puente de la 92. (Publica El Espectador)

Y porque representa el espejo retrovisor del cual no se ha querido desprender la actual administración, sin entender que con ello no solo polariza, sino que obliga a ciudadanos y funcionarios a comparar ejecutorias y estilos de administración, encerrados en un pasado del que pareciera que no se quieren separar.

De la hostigante verborrea de los que están y de los que se fueron ya está cansada la ciudad, especialmente en días críticos como el de ayer en el que la lluvia puso en jaque la movilidad y la paciencia de los bogotanos.

El “no fui yo”, el ”fue a mis espaldas”, el “hasta ahora me entero” y demás frases de cajón de nada sirven ante las urgencias de una urbe que, como lo señala el Ideam, está en alto riesgo de inundaciones cuando acentúe el invierno.

Sin profundizar en otros proyectos parados o en cámara lenta como la implementación del servicio de bicicletas públicas o el parque bicentenario que le están costando a la ciudad, según investigación de Caracol Radio, cerca de $270.000 millones.

Y mejor no hablemos de la frustrante falta de metro y sistemas de transporte decentes y seguros…

Si algo necesita esta ciudad son investigaciones que delaten a los responsables de esos actos vergonzosos, y después gerencia tangible para destrabar la ciudad del atolladero en que se encuentra.

Lo demás, alcalde, suena a eso, a disculpas por no estar tono con las exigencias de una ciudad que ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y requiere administraciones que “comprendan” sus retos.

Ni por enterado…

Ni por enterado…

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

Desuribizar, destrumpizar…

Por Mario Morales

Suele suceder que confundimos al fenómeno con su causa. Pasa aquí, en Estados, Unidos, Venezuela… Creemos, en pleno siglo XXI, el del renacer de las emociones exacerbadas por el ecosistema mediático, que el problema es Trump, Uribe, Maduro y compañía ilimitada. (Publica el Espectador)

Imaginamos que todavía hay líderes capaces de cambiar, incluso hacia el fracaso, el curso de la historia; o queremos ignorar que son las sociedades, sus almas colectivas, sus creencias y sentires más arraigados, los que hacen posible el surgimiento de los mal llamados neopopulistas, que no son más que intérpretes avanzados de los signos de la época. A veces ni ellos, sino sus asesores.

Esos líderes son el resultado de las ensoñaciones más profundas, a veces inconfesables, de una parte de esas sociedades. Y un día encarnan y aprenden a nutrirse del mito que crece con el sensacionalismo y que los hace inmunes a la diatriba y a la crítica porque se adueñan de esa narrativa, porque hacen del lenguaje del odio su forma expresiva, su pacto emocional con sus seguidores y con sus opositores que los nutren con sus pandectas.

Enceguecer a la masa con exageraciones y desfiguraciones es su manifestación continua de coherencia que aplauden sus áulicos. Ellos o sus asesores conocen bien nuestro sistema nervioso, nuestros reflejos condicionados, nuestras taras. Una vez aplicado el choque no hay defensa que valga… Casi ninguna.

Decían los propagandistas que frente a los agitadores, como Steve Bannon —el hoy afamado alter ego de Trump—, lo único que funciona es la razón. La historia los contradice.

Frente al escándalo, la indignación, mentiras o engaño, que son motores de combustión de las masas necesitadas de estímulos como canes pavlovianos, lo único que funciona es la indiferencia. A veces, combatir una mentira con base en argumentos es una forma indirecta y efectiva de potenciarla.

Desuribizar, destrumpizar, despalomizar ayuda a dejar al pez sin agua, sin oxígeno… Y de comenzar a curarnos de esa adicción.

Óscar a los otros

Por Mario Morales

Envidia de la buena produjo la gala de los premios Óscar. Porque más allá de los errores en la premiación o en los obituarios; de los no siempre bien logrados intentos de interacción con dulces caídos del cielo o turistas sorprendidos in situ; dejó ver detrás del rosto marquetinero de la industria, una posición sociopolítica sólida, coherente y contemporánea. (Publica el Espectador)

Fue una respuesta plurivocal del arte y del sector del entretenimiento a los escarceos totalitarios de un gobierno como el de Trump, antipersonaje de la velada, que de muchas maneras representa a tantos otros con ideologías disímiles. Pero también a la intolerancia, la violencia, los prejuicios…

Muchos de los ganadores bien habían podido quedarse en sus saludos intimistas, en sus retahílas de agradecimiento, en sus rutinas de autocomplacencia, en sus guiños a diseñadores o mecenas. Pero no. No perdieron la oportunidad de la tribuna ante 1.000 millones de seres humanos para revalidar con discursos lo que ya nos contaron en sus películas o viceversa, es decir, exaltar el respeto a la existencia del otro, del distinto, del lejano.

Por eso, sin altisonancia se manifestaron en contra de la brutalidad policial y la violencia racial como Edelam, Óscar al mejor documental; o condenaron la segregación de algunos países, como el ausente Farhadi, Óscar a mejor película extranjera; o el maltrato a inmigrantes como Bertolazzi, estatuilla al mejor maquillaje; o los muros como el actor Gael García; o la guerra inhumana en Siria, como lo hicieron saber los ganadores de mejor corto documental; o contra la intolerancia y el autoritarismo, como lo mostró Kimmel, el presentador, con el humor a veces como último rescoldo.

Me quedo con el poder de esas palabras antes que con las anécdotas de situación, por la convicción de quienes, como dijo Viola Davis, celebran vivir una vida, más si esa vida es la vida de los otros, como se llamó una película que no queremos olvidar. Tenemos tanto que aprender…

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