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Ni un sonrojo

18 Abr , 2017  

Si sólo fueran 460 días… Si cumplido el plazo hubiese una luz… Si a partir del 7 de agosto del año entrante hubiera esperanza de voltear esta página vergonzosa de consejas, dimes y diretes, lambones y lagartos aquí y en el exterior, políticos mendaces, vengadores viudos del poder, apátridas sin autoridad, sin personalidad, sin credenciales, como ha pasado con el tan mentado como inocuo, como no sea para delatar nuestra levedad, encuentro social con Trump… (Publica el Espectador)

Pero no. Sabemos, y esa es nuestra condena, que independientemente de lo que pase en las elecciones que vienen, de las propuestas que se esgrimen y los promeseros consuetudinarios, seguiremos divididos con respecto a lo único que debería unirnos, indignados en relación con lo único que nos es común, y, a la vez, marcados con la misma seña de identidad de no futuro.

No pudo ser más bochornoso el espectáculo de indignaciones y recriminaciones en torno al saludo en inglés mal hablado (habida cuenta de cómo maltratan el español) de dos despistados exfuncionarios, que sólo ha servido para revalidar su descrédito y la desazón nacional.

¿De veras esos son los voceros internacionales que nos merecemos? ¿Los intérpretes de lo que nos ocurre? ¿Los llamados a enderezar un rumbo que perdimos desde el principio de los tiempos?

¿O acaso tienen más legitimidad los que ripostaron aquí adentro? ¿Los que denostaron por todas partes? ¿Los que expusieron sus miserias?

Mirados desde afuera debemos dar lástima. Esa misma lástima que decimos sentir cuando miramos, con nuestra proverbial prepotencia, a la derecha o al sur en el mapa, creyéndonos diferentes, lo que incrementa el ridículo.

Si tan solo hubiera alguien distinto. Si tan solo fuéramos un país aburrido en el que la sobriedad de funcionarios y ciudadanos invitara al bostezo y no a cubrirnos la cara cada vez que quedamos expuestos. Pero ni un sonrojo porque ni nos damos cuenta.

Y después critican el pesimismo o la falta de fe en la patria…

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Culpables todos

11 Abr , 2017  

La degradación de la guerra, la sevicia de atentados terroristas, crímenes de lesa humanidad como los falsos positivos y la crueldad de la violencia común hicieron que durante décadas los feminicidios, tan atroces como los anteriores, se vieran en nuestro país como delitos menores. (Publica El Espectador)

Pero la violencia contra la mujer tiene en este país machista e hipócrita una tradición criminal, consentida y disimulada que solo salta a la luz pública en medio del morbo ciudadano, el mal tratamiento informativo o errores en procedimientos judiciales.

Peor aún, ha evolucionado, si nos atenemos a Medicina Legal que confirmó ayer el uso en primer lugar de armas de fuego, ya no solo para agredir, sino para eliminar físicamente a mujeres víctimas, como sucedió antier en Bogotá y como sucede, en promedio, cada 12 horas en algún lugar del país. Según el Instituto, en 2016 había 2.500 mujeres en riesgo grave de muerte por parte de sus parejas.

Por eso no se entiende que aquí solo hasta hace tres años se hubiera tipificado como delito el feminicidio y solo hasta hace dos, la Corte Suprema dictara su primera sentencia condenatoria por esta causa.

Y, absurdamente, sigue sin parecer grave por imaginarios que autoridades, medios y audiencias construyen alrededor de esas atrocidades, asentados en celos, advertencias y hasta ira intensa para narrar mitos infundados de subyugación y poder, como vimos o leímos ayer acerca de la víctima, como “la mujer o exmujer” del asesino. O, como hemos hallado en diversos observatorios de medios y han ratificado expertos, se narra a la víctima como generadora del conflicto; y se hacen perfiles del victimario que terminan por justificar el crimen, como el inveterado desequilibrio mental.

En ese contexto legitimador de machismo rampante, moldeado desde hogares, escuelas y medios, urge una política pública que enfrente la impunidad, y desenmascare los mal llamados crímenes pasionales y los trate como lo que son: crímenes imperdonables.

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Sorpresas y cosas sabidas

4 Abr , 2017  

Por Mario Morales

Es una suerte de esquizofrenia. Porque son cosas que uno espera y sin embargo no dejan de sorprender, a veces por el resultado, a veces por la forma en que suceden. (Publica El Espectador)

Cuando ya estábamos resignados a pasar a la historia universal, —esa aque se debate entre en la infamia y la de los casos jurídicos perdidos—, por una codena de cohecho con un solo culpable, aparece el exministro uribista Diego Palacio queriendo entrar por la puerta angosta de la Jurisdicción Especial para la Paz. Si bien no se autoincrimina, pide de manera oportunista que su caso sea revisado por ese tribunal para recibir los beneficios de la justicia transicional.

La confusa ocurrencia adquiere dimensiones de ficción con la justificación de tal acto: dizque porque tenía que ver con el conflicto armado. Con ese argumento tan traído de los cabellos caben todos los inculpados del país…

…Es entonces cuando uno entiende por qué la derecha megalomaníaca llega a extremos de culpar a la guerrilla del desastre ocurrido en el Putumayo… O que el país entero marchó el sábado pasado…

Sabíamos de la necesidad de una garganta ancha para tragarse los sapos que venían. Lo que no imaginábamos era que los primeros en querer beneficiarse con los acuerdos jurídicos emanados de la mesa de La Habana, fueran a ser precisamente los críticos del proceso de paz.

No serán los únicos. Ya viene el cortejo con sus claros clarines de más de 800 investigados y condenados de la fuerza pública que quieren acogerse a la JEP.

Pero habrá daños colaterales si el tribunal exige la verdad que se necesita; por eso la incomodidad de Uribe y su ataque al secretario de la JEP. Pronto ese será un “hecho alternativo”.

***

Tampoco fue una sorpresa que Germán Vargas Lleras apareciera liderando la encuesta de Pulso País, después de la cacareada, costosa y rimbombante despedida de la Vicepresidencia. Lo que resulta increíble es que quieran achacarle el repunte a la exclusión de Oscar Iván Zuluaga de la carrera presidencial.

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Urgencia manifiesta

28 Mar , 2017  

Por Mario Morales
Lástima que la platica de ciencia y tecnología se evapore en carruseles literales como los asaderos de pollos, según denuncia reciente. Y con la falta que hace para investigaciones como esa de la vacuna contra el pesimismo que tanto necesita el país en estos momentos de convalecencia y dolor. (Publica el Espectador)

Se requieren entre nuestros compatriotas varias dosis de esa vacuna con la misma voluntad que se combate el tétano o la fiebre amarilla, que ahora se requiere en cada viaje más allá del río Bogotá.

Los primeros que la necesitan son los que devengaron el salario mínimo el año pasado. Ahí están vivitos y coleando muy a pesar de que ahora el Consejo de Estado resolvió, un año después, que el incremento decretado era insuficiente. Hay que tener fe en los genios que asesoran al Gobierno con esos cálculos.

También son candidatos los usuarios de Transmilenio que cada vez que hace sol utilizan los bloqueadores del sistema solo para dañarle el día al renovado y ahora humilde alcalde, que ha tenido que interrumpir la exhibición del “rénder” del futuro metro con tanta pedidera de disculpas. Que se acuerden los usuarios cómo era transportarse el siglo pasado o el antepasado.

Necesitan una dosis los 140.000 nuevos desocupados que quizá no conocen los subsidios estatales y las delicias del ocio remunerado. ¿Acaso no han visto cómo vive la mayoría de congresistas y concejales del país?

Pero que queden muestras para tanto pretendido colombianista, como el tal investigador gringo Stephen Randall, que anda desinflando a todo el mundo con el cuento que no se resolvieron las causas que originaron la insurgencia. No entiende que acabada la insurgencia no hay causas ni necesidad de buscarlas.

Y que reserven refuerzos de la tal vacuna para el presidente y el Centro Democrático a ver si terminan esa insufrible partida de póker con cartas secretas y expuestas que suma 90 meses. Si supieran lo efectiva que es. A mí me dieron una muestra gratis y miren no más…

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¿Disculpas?

21 Mar , 2017  

Por Mario Morales
No, alcalde, no va a ser suficiente con las disculpas por el retraso de ocho años y el sobrecosto de $127.000 millones en el túnel de la calle 94 de Bogotá.
Y no es suficiente porque el gesto encierra más el tufillo de lavatorio de manos, al estilo Pilatos, por las responsabilidades de una obra que terminó convertida en un monumento al desgreño, la corrupción y la politiquería, como lo fue en el pasado el intervenido puente de la 92. (Publica El Espectador)

Y porque representa el espejo retrovisor del cual no se ha querido desprender la actual administración, sin entender que con ello no solo polariza, sino que obliga a ciudadanos y funcionarios a comparar ejecutorias y estilos de administración, encerrados en un pasado del que pareciera que no se quieren separar.

De la hostigante verborrea de los que están y de los que se fueron ya está cansada la ciudad, especialmente en días críticos como el de ayer en el que la lluvia puso en jaque la movilidad y la paciencia de los bogotanos.

El “no fui yo”, el ”fue a mis espaldas”, el “hasta ahora me entero” y demás frases de cajón de nada sirven ante las urgencias de una urbe que, como lo señala el Ideam, está en alto riesgo de inundaciones cuando acentúe el invierno.

Sin profundizar en otros proyectos parados o en cámara lenta como la implementación del servicio de bicicletas públicas o el parque bicentenario que le están costando a la ciudad, según investigación de Caracol Radio, cerca de $270.000 millones.

Y mejor no hablemos de la frustrante falta de metro y sistemas de transporte decentes y seguros…

Si algo necesita esta ciudad son investigaciones que delaten a los responsables de esos actos vergonzosos, y después gerencia tangible para destrabar la ciudad del atolladero en que se encuentra.

Lo demás, alcalde, suena a eso, a disculpas por no estar tono con las exigencias de una ciudad que ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y requiere administraciones que “comprendan” sus retos.

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Ni por enterado…

14 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

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Desuribizar, destrumpizar…

7 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Suele suceder que confundimos al fenómeno con su causa. Pasa aquí, en Estados, Unidos, Venezuela… Creemos, en pleno siglo XXI, el del renacer de las emociones exacerbadas por el ecosistema mediático, que el problema es Trump, Uribe, Maduro y compañía ilimitada. (Publica el Espectador)

Imaginamos que todavía hay líderes capaces de cambiar, incluso hacia el fracaso, el curso de la historia; o queremos ignorar que son las sociedades, sus almas colectivas, sus creencias y sentires más arraigados, los que hacen posible el surgimiento de los mal llamados neopopulistas, que no son más que intérpretes avanzados de los signos de la época. A veces ni ellos, sino sus asesores.

Esos líderes son el resultado de las ensoñaciones más profundas, a veces inconfesables, de una parte de esas sociedades. Y un día encarnan y aprenden a nutrirse del mito que crece con el sensacionalismo y que los hace inmunes a la diatriba y a la crítica porque se adueñan de esa narrativa, porque hacen del lenguaje del odio su forma expresiva, su pacto emocional con sus seguidores y con sus opositores que los nutren con sus pandectas.

Enceguecer a la masa con exageraciones y desfiguraciones es su manifestación continua de coherencia que aplauden sus áulicos. Ellos o sus asesores conocen bien nuestro sistema nervioso, nuestros reflejos condicionados, nuestras taras. Una vez aplicado el choque no hay defensa que valga… Casi ninguna.

Decían los propagandistas que frente a los agitadores, como Steve Bannon —el hoy afamado alter ego de Trump—, lo único que funciona es la razón. La historia los contradice.

Frente al escándalo, la indignación, mentiras o engaño, que son motores de combustión de las masas necesitadas de estímulos como canes pavlovianos, lo único que funciona es la indiferencia. A veces, combatir una mentira con base en argumentos es una forma indirecta y efectiva de potenciarla.

Desuribizar, destrumpizar, despalomizar ayuda a dejar al pez sin agua, sin oxígeno… Y de comenzar a curarnos de esa adicción.

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Óscar a los otros

28 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Envidia de la buena produjo la gala de los premios Óscar. Porque más allá de los errores en la premiación o en los obituarios; de los no siempre bien logrados intentos de interacción con dulces caídos del cielo o turistas sorprendidos in situ; dejó ver detrás del rosto marquetinero de la industria, una posición sociopolítica sólida, coherente y contemporánea. (Publica el Espectador)

Fue una respuesta plurivocal del arte y del sector del entretenimiento a los escarceos totalitarios de un gobierno como el de Trump, antipersonaje de la velada, que de muchas maneras representa a tantos otros con ideologías disímiles. Pero también a la intolerancia, la violencia, los prejuicios…

Muchos de los ganadores bien habían podido quedarse en sus saludos intimistas, en sus retahílas de agradecimiento, en sus rutinas de autocomplacencia, en sus guiños a diseñadores o mecenas. Pero no. No perdieron la oportunidad de la tribuna ante 1.000 millones de seres humanos para revalidar con discursos lo que ya nos contaron en sus películas o viceversa, es decir, exaltar el respeto a la existencia del otro, del distinto, del lejano.

Por eso, sin altisonancia se manifestaron en contra de la brutalidad policial y la violencia racial como Edelam, Óscar al mejor documental; o condenaron la segregación de algunos países, como el ausente Farhadi, Óscar a mejor película extranjera; o el maltrato a inmigrantes como Bertolazzi, estatuilla al mejor maquillaje; o los muros como el actor Gael García; o la guerra inhumana en Siria, como lo hicieron saber los ganadores de mejor corto documental; o contra la intolerancia y el autoritarismo, como lo mostró Kimmel, el presentador, con el humor a veces como último rescoldo.

Me quedo con el poder de esas palabras antes que con las anécdotas de situación, por la convicción de quienes, como dijo Viola Davis, celebran vivir una vida, más si esa vida es la vida de los otros, como se llamó una película que no queremos olvidar. Tenemos tanto que aprender…

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Al derecho y al revés

21 Feb , 2017  

por Mario Morales

Si hay un día D en el proceso de implementación de los acuerdos de paz es precisamente cuando las Farc dejen las armas, así sea por cuotas. Es un día largo que ya despuntó con la dejación, que al decir del general Flórez, ya hicieron los milicianos en campamentos guerrilleros. Dicen los más optimistas que el proceso continuará el 1 de marzo, se extenderá 90 días y que el cronograma será inmodificable… lo que quiere decir que tendremos que “armarnos” de nuestra proverbial paciencia. (Publica El Espectador)

Si bien esa guerrilla ha dado muestras de transparencia en el proceso de reubicación en las 26 zonas veredales (que a su vez permitirá determinar el tamaño del problema de sus disidencias), el símbolo de compromiso con lo firmado el año pasado es el abandono total las armas, no sólo porque da lugar, más allá de la retórica, a la fase de no retorno, sino porque generan la confianza que requieren para regresar a la civilidad y convertirse en partido político.

Superado el berenjenal lingüístico de entrega versus dejación, y el del destino del armamento entre entierro, no uso y fundición de las armas que se convertirán finamente en tres monumentos, el proceso es un espaldarazo a las instituciones y al mandato del monopolio de las armas por parte del Estado. Falta ver que espacios, contenedores y ONU estén listos, así como procedimientos de verificación y monitoreo para que no queden armas en zonas de agrupamiento.

Estamos, pues, a semanas de constatar el fin real del conflicto, así no haya ánimos para celebrar, si se comprueba la hipótesis de que, en la otra cara de la moneda, el Eln estaría presionando con actos terroristas el cese bilateral.

Acciones torpes, además de criminales, porque envían mensajes equivocados a ciudadanos y Gobierno en medio de la confrontación entre taurinos y antitaurinos, al tiempo que frenan la mesa de negociaciones. Si no creen en el establecimiento, por lo menos, los elenos deberían creerles a las Farc y a su compromiso histórico.

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Eso ya se sabía…

14 Feb , 2017  

Por Mario Morales
Puede que no sea coincidencial el ambiente de confusión que reina con la denuncia gota a gota por el caso Obedrecht. Los dimes, diretes, chismes y patraseadas cada que se abre una alcantarilla no solo ponen cascaritas a los medios, divorciados como están de los hechos y en ardiente concubinato con las cambiantes versiones; sino, por intermedio suyo, a las audiencias que ya ahítas por la dosis permanente de podredumbre, toman distancia con la pretendida conclusión de que todos están untados o al menos salpicados. (Publica El Espectador)

Ese atiborramiento genera indiferencia entre la población que se siente inteligente repitiendo que “eso ya se sabía”, sumida en la inveterada actitud de resignación que ha hecho tanto daño desde que buena parte (es un decir) de los políticos creyeron que su pago era la guaca inagotable de los contratos.

Lentamente el proceso perderá velocidad hasta caer en la paquidermia como en tantos otros escándalos (eso también ya se sabía), a medida en que se amplían los mutuos señalamientos, la lista de implicados (si es que dan a conocer los nombres de gobernantes locales) y de funcionarios impedidos que podrían incluir al mismo fiscal, si prospera la denuncia de inhabilidad que presentó el senador Robledo.

Uno de los efectos colaterales de esa incertidumbre extendida es este apaciguamiento forzado de quienes viven de azuzar la polarización y la violencia verbal. Hay tiempo para que los pocos debates de fondo sobre la corrupción y de la entrada en vigor del proceso de paz mueran de anemia, y para que recarguen baterías (eso también ya se sabe) quienes van a hacer hasta lo imposible por hundir los acuerdos con la guerrilla y revivir el conflicto, esa otra forma de corrupción moral, que les producen tantos réditos.

No es pues una exageración decir que la campaña electoral que está en sus albores será escenario de la guerra por otros medios, o de la guerra misma si no despertamos del marasmo de creer que eso también lo sabíamos.