Fuera de tiempo

Si lo hubiéramos sabido… Que quien fue director de Planeación, asesor económico de la campaña Santos, ministro de Hacienda, miembro de la junta directiva del Banco de la República y presidente de Ecopetrol venga a darse cuenta ahora —después de haber tenido en sus manos el destino económico del país— de que aquí no se piensa el país en futuro —sino a través de lo que permite esa otra pandemia cundida de miopía e improvisación que es la “reformitis”— habla claramente de la falta de idoneidad de quienes tienen las riendas del país y de quienes los nombran. En materia de liderazgo y probidad seguimos al garete, sin ideas, pensando en tiempo presente o regresando al pasado. (Publica el Espectador)

Claro, no es el único que ha tardado toda una vida en el “servicio” público para enterarse de que como vamos vamos mal y que, si no nos pensamos a 20 o 25 años, seguiremos rodando por el despeñadero. Le pasó al mismo Uribe que, en vez de tratar de construir un proyecto cuando tenía capital político, quiso reformar autoritariamente el Estado para ponerlo a su servicio y se quedó adocenado y resignado a la tarea de señalar con el dedo, para bien y para mal, a sucesores y opositores, luego de la doble derrota que le infligió Santos, la de demostrar que sin él era posible y la de dejarlo sin las Farc, el enemigo propiciatorio con base en el cual había construido toda su narrativa. Puro boceto.

Les está pasando a las obsoletas instituciones del Estado, como la Fuerza Pública, que para maquillar su decadencia se limitan a reformar cúpulas, como si fueran maestros de obra. Vino nuevo en odres viejos. Les pasa a las más recientes, como Fiscalía y Procuraduría, como si fueran maestros de brocha gorda. Vino viejo en odres nuevos.

Y a los sectores de transporte, trabajo y tributación, donde, no contentos con el estancamiento actual, insisten en devolvernos al pasado. Mejor ni hablemos de campañas, debates, proselitismo, personalismos y alianzas non sanctas que hoy aquí parecen prehistóricas. Con razón los jóvenes siguen pensando que no hay tiempo para ellos. En obra negra.

Y lo que falta…

Por Mario Morales

Columnista

375 días pueden ser un periodo largo o corto, dependiendo de las percepciones. Al presidente Duque se le nota que le pesa cada día que le falta o, mejor, que le sobra a su mandato. Lo muestra ese afán tempranero por imponer una narrativa oficial ante el evidente descalabro de su gestión. Con razón su nuevo leitmotiv es “concluir, concluir, concluir”. (Publica el Espectador)

Su discurso veintejuliero (nunca fue tan preciso el vocablo) y la entrevista a este diario dejan traslucir ese síndrome de despersonalización-desrealización que hace que se sienta fuera de sí mismo, de su entorno y del acontecer nacional para tratar de convencernos con ese método dialéctico incompleto de que el derrumbe paulatino no es real, no existe o está mal contado.

Para ello se vale de la no muy transparente técnica que no busca verdad objetiva ni contradecir contrarios sino a sí mismo, a la espera de que en los imaginarios ciudadanos germine una síntesis perceptiva nueva. Se ve, por ejemplo, en su pretendida agenda de equidad, que no es ni la una ni la otra, y que en lo educativo y lo social no es más que obediencia ciega a unos trinos improvisados de su mentor, asustado por la creciente insatisfacción callejera. La mentada matrícula cero y los subsidios sociales que este Gobierno reclama tienen un listado interminable de gestores, especialmente de oposición, que pretenden su paternidad o maternidad putativa.

Pero la desfachatez no termina allí, como se aprecia cuando habla de legado en sostenibilidad ambiental mientras a hurtadillas su partido niega el Acuerdo de Escazú, o defiende su errática y tardía política contra el COVID-19 sin que haya medidas de contención de fondo cuando aterriza la variante Delta, o reclama respeto por los derechos humanos en el vecindario sin mirar la viga en el ojo propio, o de manera fantasiosa dice haber hecho más que Santos para implementar la paz, hecha trizas en estos larguísimos 36 meses.

No es mucho más. Antes que por sus escasas obras, resultará complejo evaluar a este Gobierno por lo que dice que ha hecho, pero para ello necesitaremos la ayuda de psicólogos.

Un paro útil y conveniente

Ya lo imaginábamos. El paro sirve para todo, especialmente para disculpas, simplificaciones y los recurrentes caballitos de batalla, en los que son tan hábiles los jinetes del poder por estas latitudes. (Publica el Espectador)

Aun así, no deja de ser desconcertante, que el DANE, encargado de estadísticas y no de interpretaciones prejuiciosas, le achaque a la protesta los casi seis puntos porcentuales de decrecimiento económico en mayo. Las ojeras no las tiene el caballo sino quien lo monta.

Para ellos, nada tuvo que ver la inhumana reforma tributaria que presentó el gobierno, en contravía de todo sentido común, como prueba reina de su política económica errática, que, en medio de la pandemia, no supo afrontar  desempleo, inequidad, hambre y todas esas etiquetas que definen esta crisis profunda, y que ahora dicen querer solucionar dizque con otra reforma tributaria, empacada con  almíbar para distraer el mal sabor del desgreño y el gasto disparado e injustificado  del gobierno de la neomermelada.

Según el Dane, que parece recuperar en el significado de la última letra la vieja idea de los embustes, no tienen responsabilidad en el bajonazo ni los capitalistas salvajes, ni los descarados (ex) funcionarios, ni los interesados asesores, ni los despistados gobernantes, ni los angurrrientos empresarios, ni las medidas impuestas e ineficientes.

Es decir, según ellos, si no fuera por el paro, ahora mismo deberíamos estar oficializando nuestro ingreso formal al primer mundo.

Ya otras instancias y otras bajas intenciones, habían declarado al paro como responsable del tercer pico de la pandemia, causante del deterioro de los derechos humanos y las libertades individuales, de la brecha social, del aplazamiento del progreso, o de la demora o ausencia de soluciones urgentes como pasó con el triste ejemplo de Providencia, dejada a su suerte para hacerle honor a su nombre.

A este paso y con esos imaginarios sin riendas, la historia hablará del peor período reciente, por culpa del paro; habrá que aclarar si hablamos de la inacción del gobierno o de la sociedad que protesta. Una cosa piensa el caballo….

 

¿Y la otra mitad?

Por Mario Morales

Aquí todo es deficitario. Siempre nos quedan debiendo algo. Cinco para el peso, un gol o un penal de último minuto o la otra mitad de la verdad en los casos judiciales más sonados. (Publica El Espectador)

Acaba de suceder con la absolución de César Mauricio Velásquez y Edmundo del Castillo, no obstante, las 51 evidencias documentales y los más de 20 testimonios que apenas alcanzaron para que el juez tuviera una duda razonable. Así las cosas, la operación sistemática de desprestigio contra la Corte Suprema en 2007, cuando era presidente Álvaro Uribe, se va quedando sin dolientes, salvo miembros fantasmas del extinto DAS y de la UIAF; ah y algunos paramilitares. Es decir, nadie, en concreto. Quizás dentro de poco nos digan que esos ataques criminales se dieron por generación espontánea o que talvez nunca ocurrieron… A mitad de camino…

Lo mismo que pasó con los 6402 casos de falsos positivos que salvo algunas cabezas de turco no tienen responsables intelectuales sino unos cuantos autores materiales, confesos e indefensables.  Por la misma senda van las continuas declaraciones de Mancuso, el exjefe paramilitar, en el sentido de que contó con apoyo o solicitud estatal para sus numerosas masacres y crímenes como la del humorista Jaime Garzón. Esa otra mitad es un enigma.

Lo peor de todo es que estamos acostumbrados a ese porcentaje de incertidumbre; nos quedamos con los hechos, pero ignoramos sus protagonistas, a juzgar por el conformismo ante el misterio o anonimato de los autores intelectuales del inveterado vandalismo que es protagonista histórico de todas las marchas, la vergonzosa reventa de boletas en las eliminatorias mundialistas, la desaparición o asesinato de jóvenes en medio de la legítima protesta, la participación de exmilitares colombianos como mercenarios en Haití o la muerte violenta de Luis Colmenares y Ana María Castro.

Abundan los qué y escasean los quiénes en esos retazos inciertos, pedazos de un espejo roto para construir nuestra historia no oficial, porque la otra nos seguirá debiendo la mitad de la verdad.

Inacción y anunciación

Por Mario Morales

Si fuera por los anuncios del gobierno, habría que extender las festividades de mitad de año por un tiempo imprudencial, habida cuenta del crecimiento de la pandemia sin que parezca importarles. (Publica el Espectador)

Calificar de victoria para Colombia el nombramiento de Sergio Díaz-Granados como presidente de la CAF no solo es exageración propia del mundo burócrata, al que gentilmente perteneció el presidente Duque durante tantos años, sino manido y deficiente manejo patriotero por un logro, que sería estrictamente personal, de no ser porque allí intervino hasta la secretaría de presidencia.

Tener presidente en la CAF, en segundo orden con respecto al BID, le sirve al país para exactamente lo mismo que sirvió la presidencia de Luis Alberto Moreno en esta entidad durante tres lustros: Para nada, salvo para el dudoso honor de los amigos que ahora lo serán más en busca de un puestecito, en caso de que acá no suene la flauta por el errático manejo de nombramientos, que con tanta metida de pata se convirtió en impronta nacional.

Con igual regocijo, las redes de Palacio estaban exultantes porque seremos, en diciembre, sede del Congreso mundial de Derecho, así en singular, como les gusta, esto es, leyes y articulados, pero distanciados del compromiso que  el presidente estadounidense y los mismos ciudadanos exigen para el ejercicio pleno de derechos humanos en nuestro territorio; compromiso que como se supo, este gobierno transliteró, al cabo de la charla con Biden, en contravía de las petición preferencial hecha por este último.

Y para comenzar a ambientar el próximo intento de reforma tributaria, ya el presidente, fiel a su esencia, anda prometiendo el oro y el moro, que no pasa de generalidades hechas promesas en el último medio siglo (matrícula cero, ingreso solidario y subsidio al empleo) antes de dar a conocer lo que nos viene pierna arriba.

A falta de logros que mostrar (y menos mal Egan Bernal se escapó y no dejó politizar su título en el Giro de Italia), el perifoneo anda prendido para exaltar nimiedades. En el país de la anunciación pasa de todo para que nada pase.

El oscuro panorama del periodismo en Colombia

Violencia, censura, autocensura, mangoneo de los dueños, polarización y desinformación son algunos de los retos que deben enfrentar los periodistas en Colombia.

Mario Morales*

Periodismo y pandemia

Hoy está claro que el periodismo no va a salir indemne. Para bien o para mal, el periodismo no recuperará “la normalidad”. La COVID-19 dejó víctimas mortales y a miles de periodistas afectados en su salud física y mental o en su empleo; también transformó profundamente la manera de practicar el periodismo en Colombia.

¿Cuál es el panorama actual y cuáles son los retos para este oficio?

El triste legado

Recibimos este año con la inveterada preocupación sobre las violaciones a la libertad de prensa.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa. Según la organización, esto significa que en nuestro país “siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa”.

A la misma conclusión llegó la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), que documentó 632 víctimas de violaciones a la libertad de prensa en 2020: amenazas, agresiones, acoso judicial, hostigamientos, ataques en el ciberespacio y dos lamentables asesinatos. En lo que va corrido de este año ya son 13 las víctimas por violaciones similares.

La pandemia

Y la pandemia ha hecho que las cosas sean todavía más difíciles: tanto el gobierno nacional como los gobiernos locales han optado por la comunicación directa con los ciudadanos a través de redes sociales. Esto ha desplazado en mucho la labor mediadora de los periodistas y su función de interpretar los contextos y dar significado a las noticias.

En 2020, Reporteros Sin Fronteras clasificó a Colombia en el lugar 130 de 180 en su índice de libertad de prensa

La falta de ruedas de prensa y entrevistas presenciales en tiempo real ha reducido la labor periodística a reproducir lo que dicen los medios internacionales y las cifras de contagios y muertes. Confundidos, los medios dudan entre ejercer su labor crítica o convertirse en mensajeros de la esperanza.

Sumidos en el terreno pantanoso de las cifras y de las fechas, la información periodística se ha vuelto un “constante presente”, sin mañana y sin conexión entre los diferentes hechos.

Financiación e independencia

Cada vez son más comunes las intervenciones de los dueños de los medios en las decisiones editoriales y los contenidos de sus publicaciones. El viejo debate sobre si un medio podía o debía expresar su línea editorial y su posición ideológica ha quedado superado.

Esto ha creado una especie de “sectarización” de la prensa que, en algunos casos, convoca a hordas de seguidores fanáticos y no a audiencias o usuarios en busca de información. La omnipresencia del capital ha echado por tierra, si aún existía, el mito de los mecenazgos, y ha reavivado la polémica sobre la concentración de poder y su legitimación por parte de los medios.

Es verdad que las empresas privadas pueden tomar decisiones de acuerdo con sus propios planes y criterios. Pero también es cierto que, a diferencia de otros negocios, el de la información tiene un vínculo insoslayable con la ciudadanía y con la democracia, que impone deberes y responsabilidades ante el oficio y ante la sociedad.

Para dar un ejemplo, una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla o pedirle claridad o pruebas. Otra muy distinta es que se salten el conducto regular del editor de opinión e incluso del director para controvertir y advertir a su autora.

Como deberían saberlo estas personas, en el periodismo las formas también cuentan. Si estamos hablando en el terreno sagrado de la libertad de expresión, más hubiera valido que El Tiempo publicara una carta abierta a la columnista o que abriera un debate interno y después uno público.

Hoy, en medio de una oferta creciente, los ciudadanos deben sopesar su inversión en recursos y tiempo frente a la credibilidad y la calidad de un medio. Decisiones como la de El Tiempo amenazan la fidelización de los usuarios y anunciantes y, en últimas, la sostenibilidad misma del medio.

La continuidad de El Tiempo, de su tradición y su línea editorial son fundamentales para el ecosistema mediático, pero también para el ejercicio democrático. No hay margen de error. Ahí están a la vista los espejos del fracaso o la decadencia de medios que rompieron el pacto con sus audiencias, cambiaron la línea editorial y reemplazaron a los periodistas por políticos o ejecutivos.

Foto: Pixinio Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es vendedora”.

Ideología, desinformación y “guerra de clics”

Pero hay más: siguiendo el ejemplo de los medios ideologizados, se han vuelto cada vez más comunes los reporteros que se dedican a la propaganda política y el proselitismo en redes sociales.

El acceso, la jerarquización, selección, elaboración y difusión de la información no son potestades o favores del periodista a la sociedad, sino un derecho humano de sus audiencias. Por eso el periodista debe reflexionar sobre los límites que tiene su derecho a expresar públicamente sus opiniones privadas.

Una cosa es que los dueños de El Tiempo se sientan ofendidos por una columna de opinión publicada en su propio periódico y que quieran controvertirla y otra que se salten el conducto regular del editor de opinión

Es cierto que, en medio de la explosión de programas de debate y opinión en múltiples medios, la trampa de la lógica del adversario es “vendedora”; pero abusar de la parte y la contraparte y del maniqueísmo distorsiona la realidad. Más aún si se incurre en la nociva práctica de tener en cada panel las mismas voces de los políticos de siempre.

La fragmentación de audiencias, el pago por contenidos y la diáspora de la pauta publicitaria han desenfrenado la guerra del clic y de la titulación engañosa. Se trata de una estrategia que trasciende la curiosidad para llegar al morbo, con el pretexto de que eso le interesa al ciudadano.

El resultado es una agenda milimétrica, donde los medios siguen la liebre ilusoria del rating o de las tendencias y dejan de lado, como un relleno, los asuntos trascendentales.

La desinformación y la posverdad avanzan y, en lugar de ayudar a interpretar y comprender, muchos medios se han enfocado en convencer.

Por eso, las prácticas periodísticas cambiaron y, tal vez, para siempre: cada vez es más común la voz autorial sin interrelaciones, sin la necesaria retroalimentación entre pares o entre el autor y el editor. La rutina de pedir respuestas atemporales, asincrónicas y sin posibilidad de interacción pauperizan la reportería. Así, se deja en manos de las fuentes el criterio de cada informe, con material de segunda mano que, además, pierde su naturalidad y su espontaneidad.

Si permitimos que esta tendencia se siga registrando, si no asumimos abierta y claramente el proceso de dignificación del oficio, quizás está cercano el momento de cumplir esa fatídica frase populista de que cualquiera puede ser periodista.

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