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La vieja lucha de clases

7 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Que las masas se aburren lo supimos con Domenach, el intelectual francés, desde mitad del siglo pasado. Aprendimos con George Sorel que esos rediles se despiertan antes que con hechos, por mitos, en especial los que connotan violencia aun cuando no tengan contenido, en la añoranza de pasados sublimes o proyección de sueños colectivos. Con esas ensoñaciones se han construido los peores totalitarismos, que comenzaron disfrazados de populismos para huirle a la argumentación y al debate racional. (Publica El Espectador)

Y en esas fuentes, donde se diluyeron las ideologías, están las explicaciones de fervores como el de Trump con sus mitos mimetizados del western, hasta las fiebrecillas que detecta la reciente encuesta de intención de voto realizada por Pulso País.

No extraña entonces la favorabilidad de Petro o Vargas Lleras en detrimento de la aspiración de Humberto de la Calle. El storytelling de los primeros ataca el sentimentalismo de los polos opuestos sin necesidad de exponer planes de gobierno, acudiendo al reconocimiento de sus seguidores en narrativas, prefiguradas las dos como agresivas y persuasivas más por la vía de la identidad que del convencimiento.

Muy distintos al fenómeno de De la Calle, heredero de uno de los gobernantes más aburridos de la historia, y protagonista de un acuerdo de paz que perdió el sex appeal para las masas desde que se desdibujaron la polarización verbalizada, el insulto, la mentira y los trapitos al sol.

La implementación adecuada de los acuerdos con las Farc y un expedito proceso con el Eln cierran opciones para De la Calle, pero también para el extremismo de derecha que se queda sin materia prima para inventar o interpretar a su acomodo la realidad con base en la vieja propaganda política analizada por Domenach hace casi 70 años, y que ahora se presenta reenvasada con la etiqueta de posverdad.

En cambio la pugna Petro-Vargas Lleras resulta más prometedora, así sea otro refrito de los mitos en torno a la eterna lucha de clases.

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¿En la sinsalida?

31 Ene , 2017  

Por: Mario Morales

Sería una exageración decir que llevamos cinco meses en paz, aún si en ese lapso no ha habido ningún muerto a causa del conflicto armado directo, como no pasaba desde hace medio siglo. Sería un motivo para celebrar que no se sigan perdiendo vidas humanas por culpa de la estupidez guerrerista, si esa fuera la consecuencia de que por fin aprendimos a lidiar con nuestras diferencias. (Publica El Espectador)

Pero no hay tal; seguimos en conflicto, si entendemos como tal la confrontación violenta entre quienes piensan distinto o tienen creencias diversas, y si se mantiene la perspectiva de la eliminación física o simbólica del otro.

Sí, hay un paréntesis necesario que ojalá termine con la incorporación completa de las Farc a la vida civil y que ojalá se extienda por varias generaciones. Pero preocupan, y mucho, los nubarrones de las bacrim y otros actores violentos copando los espacios que la guerrilla está dejando en casi 250 municipios, como señala la Fundación Paz y Reconciliación.

Como preocupa la muerte impune de líderes sociales, reclamantes de tierras y defensores de derechos humanos, síntomas de nuevas violencias, de odios reciclados.

Pero no es sólo allá donde el Estado brilla por su ausencia. La misma guerra a muerte cohabita en las ciudades por el monopolio del transporte público, el maltrato animal; o el control en el barrio, la esquina, la casa…

Y en medio de ello, el Estado improvisando, como siempre, a juzgar por el mes de retraso en las zonas veredales, esa colcha de retazos punitiva que es el nuevo Código de Policía, esos incentivos inanes para disminuir la accidentalidad y la ausencia de pedagogía para facilitar la convivencia.

Se entiende la quejadera general, las marchas recurrentes y hasta las 46 revocatorias que, según la Registraduría, van en camino. Algo tiene que hacer la gente más allá de esconderse del conflicto latente y de la delincuencia común que, para colmo, se ha tomado las ciudades.

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Pullas y tatequietos

17 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Pulla va, pulla viene. Ya apesta ese rifirrafe entre el actual y el pasado gobierno y sus mutuas acusaciones de corrupción, la madre de todos nuestros males. Algo deben saber, que los encargados de impartir justicia no, quienes sugieren que anteriores o presentes funcionarios, familiares, amigos, financiadores y defensores tienen rabo de paja. Pero apenas sugieren, sin pasar del mutuo señalamiento o de esparcir cizaña. (Publica El Espectador)

Esas murmuraciones, especulaciones y chismes baratos servirían para algo si no supiéramos que están enunciados como simples “tatequietos” o vulgares advertencias a los adversarios para recordarse sus malos pasos. El manido y muy mencionado por estos días, “hagámonos pasito”.

En cambio refuerzan los imaginarios populares de una clase política descompuesta, deshonesta y oportunista. Ahí está la raíz de la aversión de la gente a la política, del distanciamiento de los partidos y de quienes se autoproclaman líderes políticos en medio del desprestigio.

Cosa distinta sería si esos dedos señaladores se hicieran acompañar de pruebas que permitieran la apertura de procesos serios que develaran los intríngulis que desangran los bienes públicos y defraudan la confianza de los ciudadanos.

Pero no, seguimos a expensas de las investigaciones de autoridades internacionales o de las delaciones convenientes de los cómplices, que ofrecen chivos expiatorios para esconder a otros responsables, como siempre sucede en el bajo mundo.

Y en medio de ello, la indolencia general que no pasa del murmullo indignado, bien porque la narrativa de la corrupción está contada de manera abstracta, sin víctimas de carne y hueso; bien porque realmente creen que esos dineros no son de todos y no salen de sus bolsillos; o bien porque en los estándares morales transmitidos de generación en degeneración ese, el de esquilmar el tesoro o la fe públicas, es un mal menor; eso sí, mientras a cada uno se le presenta la oportunidad de ordeñar al Estado por propia mano.

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Nuestro tricolor

12 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Nos gustaba más el mundo cuando era en colores, si es que alguna vez lo fue. Han perdido gracia este país gris y este planeta con tempestades. Desde que decidimos, o decidieron en nuestro nombre, que todo era blanco o negro echamos por la borda la maravilla de la diversidad, de la otredad, del asombro cromático de la diferencia. Quizás sea por eso que ahora aburren los mal llamados debates, que no son otra cosa que una exposición de motivos a manera de posverdades, es decir de creencias y emociones para no cambiar de posición. Triunfa el más obcecado, el más terco, el que no cede. (Publica El Espectador)

De ahí en adelante todos quieren que sea sin árbitro para que valga todo. Desde el tramposo argumento de los taurinos que piden que no haya violencia en contra de sus prácticas crueles que construyen y legitiman el dolor ajeno como insumo de placeres malsanos ocultos en falsas estéticas… Hasta enfermos mentales agresivos que con el disfraz de la defensa de la vida animal, atacan la humana mientras sueñan con el ojo por el ojo en la arena.

Y unos y otros se creen heraldos de la civilización mientras acusan a los restantes de bárbaros sin entender que sus respectivas violencias tiene origen en la aridez racional que da lugar a la solución primigenia de la eliminación simbólica o real del otro.

Si de algo ha servido el bochornoso regreso del toreo a Bogotá y el lamentable espectáculo de quienes con violencia quieren erradicarlo, es para expresar, por otros medios, nuestra proverbial incapacidad para resolver conflictos y diferencias, y para recordar nuestra proclividad a recurrir a puños, armas y sangre cuando el argumento escasea y la idea no fluye.

Surge entonces la típica excusa de que todo tiene su límite; pretexto que abre las esclusas, desde las peleas escolares o familiares hasta las planetarias, para que el más poderoso, el más violento o el más cruel se salga con las suyas haciendo correr el rojo sangre, el único color que acaba con las diferencias.

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Mal, y aumentando…

10 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Hay indicadores que llegaron para crecer y multiplicarse. Son testimonios de la incapacidad humana. Esas cifras esconden el drama de las víctimas, pero también ineptitud, indiferencia, falta de voluntad política o todas las anteriores, para controlarlas. (Publica El Espectador)

Es lo que muestra el año que acaba de terminar con los asesinatos de más de 100 líderes sociales, más de 800 mujeres, o con el número de quemados con pólvora o de riñas por intolerancia, la tercera parte en celebraciones y preferencialmente en domingo.

Lo mismo pasa con las agresiones a la prensa en Colombia y el mundo: en 2016 hubo 240 víctimas, ocho más que en 2015. Si bien no hubo asesinatos, siete comunicadores fueron secuestrados, 100 amenazados, 45 agredidos y 19 estigmatizados, según la FLIP. Incluso hay indicadores fatalmente proféticos: en los primeros cinco meses de este año prescribirán cuatro casos de periodistas asesinados en 1997.

Los conflictos en medio oriente aumentaron escandalosamente los índices orbitales de libertad de prensa. Según Reporteros sin Fronteras (RSF) 74 periodistas fueron asesinados el año pasado. Hay 348 periodistas encarcelados, 179 son profesionales y los restantes, net ciudadanos o colaboradores. Peor aún, 52 reporteros son rehenes.

Los países más mortíferos son Siria, Irak, Afganistán y en nuestro patio, México con nueve asesinatos, Brasil con tres, Guatemala con dos, y Perú y El Salvador con uno.

Junto a las agresiones directas, conspiran contra la independencia periodística la impunidad, interceptaciones, precarias condiciones laborales, leyes mordaza, autocensura y la creciente concentración mediática en manos de poderosos. Por ejemplo, según RSF, el 90 % de medios estadounidenses está en manos de sólo seis empresas.

En este maremágnum preocupante, resalta la iniciativa de periodistas, medios y ciudadanos con la naciente Liga contra el Silencio para enfrentar uno de esos males, la autocensura. Por ahora hay nueve empresas y organizaciones, como la Silla Vacía, Flip, la Pulla y Vice, entre otras, haciendo lo que se debe: Periodismo. Bienvenidos.

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El de la paloma

3 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Quizás aún no se pueda cantar victoria, como les pasó a los que votaron por el No en el plebiscito sin contar con la astucia del presidente Santos y su aplanadora parlamentaria… Tal vez sería mejor esperar para enterrar el complejo año viejo que aumentó su expectativa de vida, como muchos en estas latitudes, hasta el 27 de enero, que es cuando de veras diremos feliz año nuevo, si nos atenemos al calendario chino. (Publica El Espectador)

Por eso, es posible que se hayan perdido los rituales de uvas, maletas y lentejas del fin de semana pasado o que solo tengan efecto para este enero y que haya que refrendarlos con un fast track en tres semanas… Contando con que los astros estén enmermelados.

A estas alturas, más que al horóscopo chino, les tengo confianza a las predicciones de los Simpsons, como reportó el portal Buzzfeed. ¿Quién se atreve a dudar, por ejemplo, que habrá deportación de migrantes, desastres medioambientales, que payasos ganarán unas elecciones o que Brad Pitt y Angelina Jolie van a engordar?

En cambio, lo que promete el horóscopo chino parece enrevesado en esta época de hackers e interceptaciones. Miren no más: este 28 comenzará el año del gallo de fuego, que “viene con habladurías, mentiras, robos menores y falta de independencia, tanto económica como emocional”. ¿Acaso eso no fue lo que vivimos en las anteriores elecciones, en el año del mono?

Prevé, además, que “se endurecerán gobiernos y habrá tendencia al autoritarismo en muchas regiones”. Profecías del año pasado…

¿Será que se trastocó el tiempo y en vez del año del gallo estamos por comenzar el del perro en el que “se puede convivir bien con gente de distintos círculos y mezclarse como si fuera familia de todos”?

Esa es la profecía que necesita este país que espera desde hace dos meses el año de la paloma, pero no como la entienden Vargas Lleras o el general Naranjo, sino como la pide el país que cree en la paz…

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El año del reconocimiento

29 Dic , 2016  

Por Mario Morales

De todo le hemos dicho a este pobre año que agoniza: que el año de las mentiras, de la rabia, del engaño o de la posverdad como eligió el diccionario Oxford, o como quiere hacerlo la Fundación del español urgente, Fundeu, con una preselección de 12 palabras que sinteticen estos 366 días delirantes, confusos y bipolares. (Publica El Espectador)

Si bien algunos de esos términos escogidos ayudan a resumir el 2016, como populismo, LGTfobia, abstenciocracia o bizarro (sinónimo de raro o extravagante), otros etiquetan la época que padecemos: valga citar el de ningufoneo, que es la manía de despreciar al que está en frente por privilegiar el dispositivo móvil; o el de vendehúmos, para calificar al que promete por vicio, o el de cuñadismo, para significar al que posa de saberlo todo para imponer lo que piensa.

Más brevemente, podría decirse que fue el año del no. No sólo por la respuesta ciudadana a convocatorias políticas innecesarias, sino por la actitud generalizada de la raza humana de negarse al cambio. Siempre será más fácil oponerse. Las mayorías parecen estar de lado de lo malo conocido que lo bueno por conocer. Zona de seguridad que llaman.

En el año de la emoción y de las creencias redescubrimos que la gente prefiere el orden a la libertad; la seguridad al libre albedrío; la mano fuerte a la incertidumbre de las mayorías. Nada nuevo, por supuesto; la diferencia es que dejó de ser vergonzante, por temor a las jaurías racionalistas, para manifestarse abiertamente.

Ha sido un año de ruptura; de la información para ser libres entramos sin rubor a la noticia deseada, como la llamó Wiñaski, la que queremos escuchar sin importar su porcentaje de verdad.

En fin, un año distópico. Lo malo es que nos movemos en término antiéticos y contrarios al de una sociedad soñada. Lo rescatable es que por fin estamos reconociendo lo que somos, con todas nuestras miserias. De ahí en adelante todo es ganancia.

Moraleja: Para todos un mejor año pleno de bendicione

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Los locos y los pañuelos

20 Dic , 2016  

Por Mario Morales

A este paso vamos a necesitar más de un pañuelo para despedir este largo e improductivo 2016. Necesitaremos uno para taparnos la nariz por la fetidez de la condición humana puesta de manifiesta en tantos actos irracionales, otro para enjugar las lágrimas por tantos dolores innecesarios y frustraciones absurdas, y uno más en señal de indefensión, auxilio o esperanza para que el próximo sea mejor. (Publica El Esepctador)

Y es que no se sabe qué huele más feo de lo que hemos llegado a ser en este año que claudica: Si el ignorado genocidio en Alepo, del que solo hablamos por secuelas del terror; o el sistemático y siempre minimizado exterminio de defensores derechos humanos en Colombia; o el abandono a su suerte de venezolanos y guajiros; o la sevicia inverosímil contra las mujeres e infantes golpeados, violados, empalados o asesinados en todas partes del planeta.

Pero también es nauseabundo reconfirmar, como lo ha dicho el Consejo de Estado, el engaño generalizado y confesado de un sector de la derecha que se escondió en el No para ocultar sus malos aires en contra de la paz; o de quienes se declaran perseguidos de la justicia para evitar su extradición y el peso de la justicia; o de quienes atentan contra sus semejantes por venganza, desidia o ambición como pasó con el siniestro del equipo chapecoense, y como se presiente que puede seguir pasando si se confirma lo que se rumora en algunos aeropuertos del país y en la misma Aerocivil.

Tampoco huele bien tanto embeleco con el metro de Bogotá, con la reserva Van Der Hammen y con la venta de las empresas públicas de la capital que sigue paralizada en un largo trancón de ineficiencia, soberbia y desgobierno.

Quizás sea cierto que hay mucho loco suelto como se ve en los actos terroristas, o mucho loco que cree no estarlo y presume de inocente, o muchos que presumen de locos para seguir haciendo de las suyas, pero también muchos que nos hacemos los locos pensando que todo es asunto de tener o cambiar de pañuelos.

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En busca del tiempo perdido

13 Dic , 2016  

Por Mario Morales

No podía ser de otra forma. La aprobación del fast track para la implementación del acuerdo de paz por parte de la Corte Constitucional no sólo abrió las puertas para terminar de una vez por todas la guerra con las Farc, sino que nos devolvió el aliento para creer que en medio de las vicisitudes, traspiés y reversazos aún estamos a tiempo de ser una nación viable. (Publica el Espectador)

Creer que el marco jurídico es inamovible, unidireccional o que está escrito sobre piedra es negar la dinámica cambiante de los pueblos y sus más altos intereses. A ver si le quitamos ese aura sagrado e intocable que ha sido palo en la rueda en este país de leguleyos.

Tuvo que ser una de las cortes, como ha sucedido en momentos históricos y a punto de perder el rumbo por veleidades y egoísmos politiqueros y oportunistas, la que mostrara equilibrio y entereza al permitir que se agilice el trámite en el Congreso, avalara la potestad parlamentaria para la refrendación y diera al presidente Santos facultades para consolidar la obra que empezó, antes que lleguen hienas y gallinazos con zarpazos electoreros y clientelistas con miras a las votaciones de 2018.

Pocas veces en el discurrir nacional es posible ver, como ayer, alineados y halando para el mismo lado a colombianos de distinto origen, como a los exegetas de la ley en clara sintonía con el proceder de guerreros que están a punto de dejar de serlo —como esos 300 desmovilizados agrupados en el norte del Cauca—, con los campesinos que quieren superar la estela de medio siglo con sustos y sangre —como los habitantes de Miranda que recibieron a los reinsertados— y con los millones de ciudadanos que reclamamos la paz como un derecho aquí y ahora.

Y los que no están de acuerdo aún tienen la posibilidad de discutir y mejorar el acuerdo en los cuatro debates para poder superar esta postración al servicio de la barbarie.

Así las cosas, el Nobel, marchas, debates y los anhelos reprimidos de cinco generaciones empiezan a cobrar sentido.

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Esa última milla…

6 Dic , 2016  

Por Mario Morales

Era sobre el papel un año para la historia. Pero pudo más nuestro sino, nuestro ADN, nuestra rancia costumbre de iniciar todo con pirotecnia y no terminarlo por el síndrome ese que en telecomunicaciones llaman de la última milla.

Eso fue lo que le faltó, por ejemplo, al proceso de paz, no sólo desde el punto de vista numérico, sino desde la perspectiva de grandeza y generosidad. Por eso, este año bisiesto nos devuelve, en vez de una nación reencontrada y dispuesta a dialogar en medio de sus diferencias, estos cuatro países que nos habitan: el progresista, el conservador, el indiferente y el excluido, que no sólo no se soportan entre sí, sino que, entre coyuntura y coyuntura, lo han dejado saber; al fin y al cabo, este fue el año de las emociones.

O a las cacareadas reformas, entre ellas la tributaria, que se vendió como la panacea a los males del posacuerdo desde la perspectiva de equidad en el sacrificio y resultó siendo otro golazo a las clases menos favorecidas y a la clase media, que se tragarán todo el sapo del hueco fiscal, pero sin la mantequilla prometida de los gravámenes a bebidas azucaradas, altas pensiones, dividendos y grandes fortunas. El poder para poder.

O a las masas manifestantes en las calles que ilusionaron las sombrías jornadas luego de las votaciones, como el campamento de la Plaza de Bolívar, acabado a sombrerazos por Peñalosa con la disculpa de un concierto; o como las del No, que no endosaron su posición a los populistas, politiqueros y oportunistas de siempre, con el ejemplo de la marcha que recordó que “Antioquia no es Uribe”; o como quienes protestan de manera válida por crímenes o abusos, pero la indignación les dura lo que una tableta efervescente.

Para no hablar de la Selección y de nuestro manoseado Millonarios… En fin, esos cinco p’al peso nos dejaron otra vez en veremos, sin ganas de añorar el año viejo que se va y con lánguidas expectativas para el que viene.