Entre el pantano y el futuro

Por Mario Morales

Hasta el momento, el gobierno Duque la había tenido relativamente fácil a la hora de tomar decisiones. Anunciar medidas a manera de globo de ensayo y luego echarse para atrás como sucedió con la reforma tributaria o el plan de Desarrollo, ha tenido un costo en favorabilidad que luego pudo corregir. O reaccionar como lo hizo frente al criminal atentado de la Escuela General Santander o anta la dictadura en Venezuela, en lo atinente a su cacareado “cerco diplomático”, recogía el sentir mayoritario de la opinión pública y del país político. (Publica el Espectador)

En ambos casos le ayuda la falta de un plazo perentorio frente a eventualidades que se juegan en la amenaza verbal, antes que en acciones inminentes, como desconocer los protocolos con el ELN o jugar a la ambigüedad sobre la venida de cinco mil soldados estadounidenses, como quedó expuesto en la entrevista (o perfil) con la Voz de América.

Dilatar o esquivar sirven para bajar la temperatura a la agenda, alinearse con las corrientes de opinión o para navegar en las aguas de la incertidumbre.

Pero la urgencia de la sanción presidencial de la ley estatuaria de la JEP, cuyos plazos corren, lo tienen contra las cuerdas, azuzado por voces estridentes o marrullerías del Centro Democrático, el tonito mandón de los trinos de Uribe y los comunicados a tres bandas del Fiscal General. Ya no podrá seguir jugando al gato y al ratón.

Pero más allá de si, como se ha dicho, seguirá siendo obediente frente al furibismo, la respuesta de Duque lo pone de frente con la historia.

No se trata de una decisión para ambientar la galería; es la diferencia entre el pasado y el futuro del país. Entre el pantano de las componendas y las conveniencias de quienes se alimentan de la confrontación y la incertidumbre, y una normativa que cobija a quince mil colombianos, entre exintegrantes de las Farc, agentes del Estado y civiles, pero que se extiende a la convivencia del resto de connacionales.

Se trata de doblar la página o regodearnos en el odio y la venganza del siglo pasado.

Mirando para otro lado

Que el eructo en medio de un discurso de Nicolás Maduro marque las tendencias de opinión que han invisibilizado el desmonte de los campamentos de los venezolanos en Bogotá deja en evidencia desde dónde pensamos los colombianos.

No sería raro que nos quedáramos enfrascados en cómo descalificar periodísticamente al régimen venezolano, como propone Marta Lucía Ramírez. (Publica el Espectador)

Que la respuesta para afrontar la masacre de líderes sociales en Colombia se estanque en la polémica que plantea el Gobierno actual, mientras contempla su ineptitud en el espejo retrovisor, por la existencia de los informes del anterior, deja ver la desorientación de unos y otros frente a un problema que les resbala, como lo prueban las declaraciones encontradas del fiscal, que habla de sistematicidad, y las de los voceros del Gobierno que, más o menos, reducen los crímenes a disputas por asuntos ilegales.

Que el debate sobre el incumplimiento de los acuerdos de paz naufrague en el mar de moralina de la actual administración, a cambio de argumentos y, sobre todo, de hechos, revela la ausencia de ideas y de líderes en medio de las contradicciones, como la que tiene que ver con el paradero de Iván Márquez. Mientras la mininterior y la vicepresidenta dicen que no saben de su paradero, el mindefensa insiste en que lo tienen vigilado.

Que la persistencia del movimiento estudiantil, en aras de una reforma educativa estructural, o de quienes promueven la salida del fiscal, quede reducida a los problemas de movilidad, actos vandálicos aislados o a los colados con intenciones politiqueras se traduce en ese afán (auto)descalificador cuando vemos que la sociedad civil trata de unirse.

En fin, no se trata solo de la prevalencia de los detalles sobre el fondo, que termina por desdibujarlo; también, de ese desinterés creciente por los hechos, por lo que no admite discusión; de ese gusto por la coyuntura que nos ahoga como espuma; por mirar hacia otro lado mientras decimos o creemos que afrontamos la cruda realidad. 

No podía ser peor

El único hueco en el sector fiscal, por ahora, parece estar en la idoneidad de los funcionarios a cargo de las finanzas del país.

Más que preocupante, ha sido bochornoso el desgaste por los tiros al aire por parte de quienes, se creía, estaban preparados para guiar al país en materia económica.

Comenzando por el espejo retrovisor, presente en cada patinada del nuevo Gobierno. No solo le mintieron a la opinión pública instalando en el imaginario ciudadano esa falsa etiqueta, pues el tal hueco fiscal nunca existió, sino que montados en ese enclenque caballo de batalla quisieron incrementar presupuestos a gusto y capricho en cada cartera, contradiciendo la falsa promesa de campaña de que no tocarían el IVA.

Desde entonces comenzó este tortuoso camino de propuestas, contrapropuestas, adendas, modificaciones y otrosíes a la desnaturalizada reforma tributaria, rebautizada con el nombre de ley de financiamiento, que hoy no es más que un esperpento con respirador artificial.

En esos ires y venires no solo han jugado con el estado de ánimo de los colombianos, crispado por la intención de gravar toda la canasta familiar, o de empresas e inversionistas que no saben a qué atenerse, sino con la agenda de inversión social que está a la espera de un guiño para arrancar o continuar en 2019.

A lo inviable de propuestas hechas por aprendices o técnicos, como si estuvieran experimentando en un laboratorio, como la devolución del IVA o la limitación al IVA descontable (que presuntamente viola tratados internacionales), solo para citar los palos de ciego más recientes, se suma la creciente oposición a una reforma hecha a tijeretazos, improvisada e irresponsable, como quedó demostrado en la redacción de la malhadada ponencia, puesta contra las cuerdas por la premura para ser agendada.

Como pasa en otros sectores, la incertidumbre y la indecisión no solo van en contra de la imagen gubernamental, que es lo de menos, frente a la desazón por falta de presupuesto y especialmente por el mensaje contradictorio y de animadversión que le queda a la población después de tanto despelote.

Esos oscuros intereses

Con tanto protagonismo, ya va siendo hora de separarles un sitial de honor en nuestra historia a los “oscuros intereses”, esa fuerza ignota pero omnipresente en todas las decisiones del país, como lo saben los tituladores de prensa, los comentaristas de oficio y los archivadores sin nombre.

Al comenzar esta semana, los “oscuros intereses”, según los medios periodísticos, oprimían el freno, citando a la administración distrital, en la licitación de la Empresa de Acueducto de Bogotá; hacían presencia en el triángulo de conversaciones chuzadas con el programa Fénix; en las modificaciones que habría hecho una colombiana, entre otros, en la FIFA, para enredar las investigaciones por corrupción; en los presuntos sobornos de Fidupetrol, Inassa, Odebrecht y tantos otros escándalos de corrupción; en el inflamil primero, y luego en la desinflada de proyectos populistas como el incremento del salario mínimo, la devolución del IVA y especies cercanas en la ya agónica reforma tributaria del Gobierno…

La lista es larga, pero le da solución de continuidad a un acervo interminable que, por ejemplo, no tapa el humo del incendio que dejó a un ministro quemado, pero en uso de facultades legales y considerando, por oscuros intereses en los bonos de agua y en los fallidos acueductos de decenas de municipios; como tampoco cubre el de la pirotecnia contra la JEP y el Acuerdo de Paz, lo que queda, como testimonio, luego de 33 años del holocausto del Palacio de Justicia que sigue envuelto en sombras.

Para no hablar de los falsos positivos, las fake news en las elecciones propias y ajenas, o de la muerte de Mamatoco…

Una de dos: o los medios se inventaron un sujeto desde las variaciones del eufemismo o encontramos a los responsables de todas nuestras desgracias. Que nos cuenten pronto, para saber a qué atenernos, ahora que se habla de oscuros intereses en los anuncios catastróficos de la economía global, del efecto invernadero, de los nombramientos en la diplomacia y de la gobernabilidad del presidente Duque…

Constructores de ruinas

Si fuésemos un país serio, no tendría que ser el Eln el que, de manera cínica, nos tuviera que recordar que hay que “construir sobre lo construido”. (Publica El Espectador)

Si bien

la solicitud del grupo guerrillero se refiere al año y medio de acercamientos con el anterior gobierno, la solicitud habría que hacerla extensiva a los tres poderes del Estado que hoy andan en plan de desmantelamiento, y no por razones políticas o ideológicas, de instituciones, leyes, normas, proyectos y hasta de compromisos sagrados refrendados por los ciudadanos, como la extensión del período de gobernantes territoriales y nacionales.

La lista es larga y sigue creciendo: dosis mínima, aborto legal, consultas populares, reconfiguración sobre medidas y conveniencias de las cortes, arrinconamiento de los acuerdos con las Farc, ejercicio controlado del periodismo, normatividad centralizada y oficialista sobre tecnologías, medios y televisión; y un absurdo y largo etcétera para apenas 70 días de improvisación y palos de ciego.

Así se han ido resquebrajando los logros más importantes para esta sociedad que no termina de conocerse, como la Constitución del 91 y el proceso de paz, que eran garrochas para franquear el muro del anquilosamiento y el provincianismo.

Nada de eso parece importar en medio de este ambiente contaminado e irrespirable por debates afincados en creencias personales, prejuicios suplantando argumentos e insultos maquillados de estilo, germen de esta esquizofrenia social que afecta razones, ideologías, percepciones, comportamientos y perspectivas éticas.

Por eso, no diferenciamos entre mermelada y nombramientos clientelistas, entre vocación por la educación y contentillo, entre condecoraciones espurias y pago de favores, entre legislación y repartija, entre alianzas parlamentarias y componendas, entre reformar y refundar…

Ahí van, entre el espejo retrovisor y la tierra arrasada, fabricando ruinas, único legado seguro para las próximas generaciones.

Ni por enterado…

Ni por enterado…

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

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