La televisión pública: ¿cierre y fin de la emisión?

La televisión pública: ¿cierre y fin de la emisión?

Mario Morales Razon PublicaEn medio de reformas inanes y un cambio tecnológico veloz, esta mirada  a los modelos de TV pública en el mundo, a la historia y al momento que atraviesa en Colombia, deja un sabor bastante menos dulce que amargo.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

Los modelos disponiblesEran otros tiempos. Las respuestas eran más fáciles y repetidas. Y la pregunta, siempre la misma: ¿cuál es el mejor modelo de financiación y de operación para una televisión pública?  El de la British Broadcasting Company (BBC), aprendimos a decir y a creer.

Mario Morales televisionY si concebimos a la televisión pública como un  lugar de derechos, sería preciso rescatar el intento que está haciendo Canal Capital, desde sus propias limitaciones.
Foto: news.smashpipe.com

Claro, el modelo de sostenibilidad — vía impuestos a cargo de los ciudadanos — garantizaba estabilidad, pero más que nada pertenencia de los usuarios, quienes  pronto se convirtieron  en reguladores naturales de “su empresa”, hasta convertirla en la más grande, y en paradigma de independencia y de equilibrio: una suerte de videmocracia participativa, modelo de pluralismo y de diversidad creadora.

Ese ejemplo cundió en el viejo continente, pero las crisis económicas, que lo relativizan todo, han puesto a temblar el modelo con recortes anunciados de dos mil puestos de trabajo en los próximos cinco años en la propia BBC, afectando por lo menos el servicio mundial, los de Escocia y Asia, y otras extensiones radiofónicas.  Amén de las huelgas de protesta, que ya afectan emisiones y franjas de programación. La BBC ya nunca será igual.

Lo mismo pasa con la televisión pública en España, en Italia, en Francia y en Portugal,  donde el debate tiende a la privatización de algunas frecuencias, copiando el modelo que prosperó en Estados Unidos y en una parte de Latinoamérica con estilos variopintos de financiación — siempre en detrimento de la televisión estatal, no pocas veces confundida con la vocera de los gobiernos de turno y reducida a pequeñas expresiones que no cuentan ni en el rating ni en la repartición de la torta publicitaria.

Las excepciones corren por cuenta de Panamá, Brasil — donde la televisión pública compite con los privados mediante estaciones de corte educativo y cultural —  y Chile—  que tiene una televisión pública independiente del gobierno, apoyada en universidades y compitiendo por la publicidad con la privada-.

Caso aparte es Telesur, que no depende de la publicidad, pues está auspiciada directamente por los países del Alba, con asiento en Venezuela. Fue concebida como una televisión pública de alcance  continental para competir con empresas como CNN o Fox, Univisión y BBC. Tiene una fuerte carga ideológica de oposición al Norte desarrollado y primermundista y de exaltación del Sur, representado por los países que la patrocinan.

Colombia: una crisis permanente

El caso de la televisión pública colombiana es también particular, porque  quiso parecerse al modelo BBC, sin lograrlo: se inauguró el 13 de junio de 1954, bajo un esquema típicamente estatal, que luego derivó en un modelo de economía mixta, con concesiones.

Pero una vez apareció la televisión privada, los canales públicos pasaron a ser financiados  mediante aportes del presupuesto nacional,  combinados con ingresos publicitarios, pero en medio de crisis repetidas.

De hecho, la televisión pública colombiana siempre ha estado en crisis.  Las críticas actuales — más bien escasas frente a una oferta pobre, casi mendicante — son pálidas con respecto a las que recibía cuando solo había tres canales nacionales, o cuando nacía la televisión regional  y aún la comunitaria.  La televisión pública ha dejado de interesarnos, por irrelevante.

Y debe ser porque, aquí hemos confundido siempre lo público con lo estatal y peor aún, con los gobiernos de turno.  Quizás televisión  pública  en sentido estricto — la que va más allá de la financiación hasta la participación o la perspectiva ciudadana — no  hemos tenido nunca; si acaso intentos, programas y a veces franjas que  permiten alimentar ese sueño remoto.

De poco sirvió el esfuerzo del constituyente de 1991, que quiso dar autonomía al sector mediante la creación de un ente autónomo — la Comisión Nacional de Televisión (CNTV) — encargado de controlar y vigilar en nombre de la sociedad que representaba, pero que resultó tanto o más politiquero y clientelista que sus antecesores: no hizo ni lo uno ni lo otro.

Hoy quedan vestigios de ese naufragio:

  • un canal público nacional, el Uno, fragmentado, desconectado y poco visto;
  • un canal cultural, Señal Colombia,  a cargo de RTVC, que lo intenta y que a veces lo logra; los cinco premios India Catalina que acaba de ganar frente a los privados son bien elocuentes;
  • unos canales regionales y otros locales que son como golondrinas en medio de este desierto.

Y desde 2012, al frente de este dispositivo público  — es un decir — un ente mal concebido, mal criado y mal crecido: la Agencia Nacional de Televisión (ANTV), que hoy luce inerte, intrascendente y ahogada en sus propias contradicciones.El modelo actual: perverso e insostenible

Tras la gran fiesta del despilfarro ofrecida por la CNTV, hoy la televisión pública colombiana sufre un profundo guayabo: opera bajo un modelo de financiación perverso, subvencionado con lo que pagan por concesión y compensación los canales privados.

Un modelo paradójico: en palabras del comisionado Alfredo Sabagh, la televisión que no es negocio depende de la televisión que sí es negocio. En otras palabras, a más oferta, esto es, a mayor competencia de la televisión privada, mayor financiación, pero menos espacio para la televisión pública.

Pero esta no es la única competencia que debe afrontar la televisión pública: el país vive el boom de la oferta internacional a través de la  televisión cerrada —  la televisión por suscripción o por cable — que según la más reciente encuesta Ipsos alcanza al 85 por ciento de la población colombiana, para quien de todos modos los  canales nacionales privados siguen siendo sus favoritos.

Y pronto arrancará de veras la televisión digital, y con ella toda la oferta audiovisual por internet, en medio de la multiplicidad de ventanas, plataformas y dispositivos de recepción que amenazan con hacer trizas la forma habitual de consumir hoy televisión, y de paso esa forma de financiación asistencialista con origen en los privados.

Pero no será tan pronto como algunos piensan; la conectividad, aunque avanza en el país, cubre fundamentalmente los departamentos y las capitales principales. A las regiones menos favorecidas sólo llegan las señales de radio y televisión.

Eso explica que haya crisis internacional en el sector, pero una relativa estabilidad temporal para la televisión dentro de nuestras fronteras.

Pese a todo, algo queda

Pero no naufraguemos en la confusión. Si bien la televisión pública supone financiación pública,  este no es el rasgo que en realidad la define: es su carácter incluyente y universalista, basado en principios como la identidad nacional y regional; el equilibrio, más asociado con la equidad que con la imparcialidad; las parrillas de calidad; el pluralismo; la diversidad. Es decir, una construcción asentada en derechos humanos y democráticos.

Desde esta perspectiva, muy poco del contenido de la actual televisión pública pasa el examen:

  • Mencioné ya a Señal Colombia, que viene de menos a más, que apuesta, que explora, que se sale del molde, que le da la cabida a la creatividad y a lo distinto. Es de igual o mejor calidad televisiva, segundo por segundo de contenido que el resto de la oferta nacional, y con un modelo de negocio creativo que le apuesta a la coproducción y consigue que retorne la inversión para poder iniciar otros procesos.

Pero se encuentra ante la indolencia nacional que no entiende y tampoco asume la televisión como actividad cultural o educativa, sino como mero lugar de entretenimiento pasivo. El resultado es un rating que se puede contar con los dedos de una mano. Una de dos: o esos contenidos de calidad se construyen de espaldas al país, o el país se construye — en su tiempo libre y en sus aficiones — de espaldas a la televisión de calidad.

  • Y si concebimos a la televisión pública como un  lugar de derechos, sería preciso rescatar el intento que está haciendo Canal Capital, desde sus propias limitaciones: las técnicas, las de cubrimiento (al vaivén de los cable–operadores) y las políticas en tanto que dependen del gobierno de turno en Bogotá: desde el punto de vista laboral, de agenda y de acceso.

Su franja de opinión y de análisis es una opción ante el período de fatiga de los realities: como lo es su mirada incluyente de minorías, su espíritu libertario y su apuesta de meterle país a sus narrativas.Esa suma de factores ha tenido en el ojo del huracán de los organismos de control a Canal Capital:

–   Primero, la Contraloría investigó la transmisión parcial en vivo del histórico concierto de Paul McCartney, pero no encontró detrimento patrimonial ni  méritos para seguir el proceso.

–   Luego, la Procuraduría se abrogó el derecho de retomar esa investigación desde el ángulo disciplinario. Suena a falso moralismo con tufillo político y pacato que quiere ver uniformada la propuesta audiovisual.

Peor el remedio que la enfermedad

El panorama actual es poco halagüeño:

  • La ley de televisión “vigente” es obsoleta frente a los retos digitales del momento.
  • La ANTV no despegó;  se pretendió adscribirla al Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTic), pero ahora  quiere ser autónoma, y  para ello necesita margen de maniobra y presupuesto, que obviamente no tiene.
  • Esa indefinición es fruto de un gobierno que no le ha parado bolas al sector y que no ha tenido ni tiempo para nombrar sus delegados en los organismos de control y regulación.
  • Para colmo, un abogado asesor interpuso una demanda para que el ente fuera declarado organismo público (lo que consiguió) y para deshacerse de la  carga pensional de la antigua Inravisión (donde perdió).
  • Se acabó por cuestionar el puesto en la junta directiva del propio Ministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, mediante otra demanda ante la Corte Constitucional.  Eso fracturó “la unidad y el consenso que construimos durante las 38 sesiones de junta que tuvimos”, se lamentó el comisionado Sabagh.

Por eso, los temas centrales del sector están en el limbo: la puesta en marcha de la Televisión Digital Terrestre, el tercer canal, y licitaciones, como la que ya debía estar en proceso para adjudicar los espacios del Canal Uno. ¡Casi nada!  Para este año hay asignados por ley unos 130 mil millones de pesos para el funcionamiento de RTVC y para los canales regionales (a razón de unos 6 mil millones por cada uno).Llamado a los ciudadanos

Así cabe esperar más de lo mismo, sin negar estrategias de creatividad — como “contraprogramar” según Hollman Morris,  el gerente de Canal Capital — al poner en pantalla lo que los privados no ofrecen en horarios prime, como la opinión y el análisis.

O coproducir o vender al exterior, para paliar los costos, sin desmedro de la calidad, como propone Señal Colombia.

O hacerle el juego a lo cultural, a lo educativo, a lo identitario e idisioncrático, con una adecuado equilibrio entre lo hiperlocal y lo global, como se concluyó en un reciente  foro en el marco del Festival de Cine de Cartagena.

O apostarle todo a la TV–web y esperar que para entonces ya se haya inventado el cibermodelo de sostenibilidad.

O una nueva ley, como pide Sabagh, que garantice a un nuevo ente autonomía en lo técnico y en lo presupuestal.

Pero una nueva ley supone — no sólo demoras en el trámite legislativo — sino riesgo de que a algunos honorables congresistas les dé por regresar a los tiempos del clientelismo y del despilfarro de la CNTV, o de la asignación de espacios por casas políticas, o al control directo del gobierno de turno, o algo peor… Como se ve, nada  hace suponer que la larga agonía de la televisión pública en Colombia vaya a tener un final feliz.

Y ni modo de volver a soñar con el BBC Style. O quizás sí, tal vez sea justamente este el momento de pensar en la financiación directa de los contribuyentes, sobre todo si creemos lo que se dice tanto en la “tele”, que aquí no estamos en crisis. Como en otros tiempos.

Crisis en los medios de comunicación

Crisis en los medios de comunicación

Comienzan a caer los dinosaurios

La crisis que viven la BBC de Londres y El País de España — los medios de referencia del mejor periodismo británico e hispanoamericano — afecta al periodismo, a los periódicos y a los medios de todo el planeta — más allá del efecto mariposa — justo en el momento cuando parece deteriorarse la relación con sus audiencias en términos de confianza, de credibilidad y de pertinencia.

 

Por Mario Morales

(Publica Razpón Pública)

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La crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana  — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global.
Foto: Comité de Empresa de El País.

Puede resultar un diagnóstico reduccionista afirmar así no más que la crisis por la que atraviesa El País — portaestandarte de los periódicos en lengua castellana — es sólo un coletazo de lo que sucede con la economía global y con la crisis de deuda soberana de la Unión Europea. También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.

Tampoco sirve como único argumento, tan de moda en los tiempos que corren, señalar a Internet y lo que sucede en la red como directos responsables de la inestabilidad de los medios tradicionales.

Una mirada integral que abarca la relación con las audiencias, las narrativas, las estéticas y las prácticas periodísticas, con el momento crítico de uno y de otro medio, permite comprender que los factores que provocaron tales crisis acechan y afectan a otros medios en el Viejo Continente y en Estados Unidos.

También podrían llegar en un futuro inmediato a Latinoamérica y a Colombia, cuyos medios masivos, salvo excepciones, siguen estables por ahora en el plano económico, pero padeciendo de múltiples conflictos éticos y legales.

Malas noticias en El País de España

Los despidos masivos que ya alcanzan a una tercera parte de la planta de trabajadores del diario, así como las jubilaciones anticipadas y la reducción brutal de los salarios de quienes continúan — que recuerdan la crisis de la televisión pública en Colombia, cuando llegó la privada a finales del siglo pasado — no sólo afectan a esos empleados, sino a suscriptores y lectores, quienes de entrada se ven perjudicados por la merma en los contenidos y en la presentación del periódico, pero también están afectando el estado de ánimo de los propios periodistas, de los dueños de los medios y de los anunciantes en todo el mundo: un círculo vicioso.

Una cosa es que cierren o decaigan periódicos locales o regionales bajo la presión de la globalización, el monopolio, la escasez de pauta y de suscripciones — lo que ya de por sí resulta lamentable — pero otra cosa es que la crisis toque a la joya de la corona: paradigma de escuela periodística, de industria cultural y de éxito económico durante décadas.

Precisamente, ahí delante está un problema económico monumental, que se hace evidente por su carga de desempleo, de menor poder adquisitivo, de familias que tienen que recortar sus gastos para cubrir lo esencial, de quiebras de anunciantes, etcétera.

No han sido suficientes los múltiples esfuerzos del otrora poderoso grupo Prisa — propietario del diario — mediante sofisticados ejercicios de reingeniería, explorando alternativas de convergencia, recurriendo a exigir pago por contenidos en la red…

¿Será otro indicio de que las industrias culturales, los medios tradicionales y la publicidad no han logrado adaptarse, no se han transformado ni tienen el liderazgo requerido para una puesta a punto en relación con los retos de la época?

La raíz del problema

Comencemos diciendo que el problema no es la escasez de audiencias en general. Público para medios y especialmente para periódicos es lo que hay, pues sigue creciendo gracias a la multiplicación de soportes.

Las estadísticas hablan de que más de la mitad de la población adulta se une a la lectura de diarios — esa plegaria matinal de la que hablara Hegel — a juzgar por las conclusiones de la última edición de la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Noticias.

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También puede ser insuficiente limitar la serie de escándalos de la BBC a errores de un programa o de un grupo de periodistas.
Foto: tomada de Youtube.com

El sector se fortalece: desde 2007, la audiencia de periódicos ha aumentado un 4,2 por ciento en el planeta. También se ha incrementado en 1,1 por ciento la circulación de prensa escrita paga, especialmente en Asia y en Oriente Medio, aunque no sucede lo mismo en Europa y Norteamérica. Claro: la gratuidad de Internet echa a perder cualquier modelo de negocio. Pero, ¿entonces por qué fracasa o no crece la prensa gratuita en papel?

También se buscan culpables en el campo audiovisual y en las otras formas de uso y consumo de las nuevas generaciones. Por eso, y sin pensarlo mucho, los periódicos impresos se dieron a la tarea de simular en el papel ambientes de consumo o lecturabilidad propio de las pantallas y asumieron como suyas categorías del ciberespacio, más allá del diseño, como la brevedad, la inmediatez, el registro como género patrón y el volcado de contenidos de las redes sociales.

¿Acaso esas estéticas homogeneizadas, esas narrativas de consumo y olvido, y esa idea contradictoria de reemplazar, así sea parcialmente y con la disculpa de la interactividad, al periodista por el ciudadano de a pie, terminaron transmitiendo el mensaje de que los medios y los periódicos ya no son indispensables para gestionar la vida (si es que alguna vez lo fueron, como algunos creemos)?

Y si a eso le sumamos los errores, las equivocaciones de buena y de mala fe y la difuminación de la línea que demarca los terrenos éticos por la premura, la presión, la competencia y ese renovado afán de salir a pescar audiencias, el resultado ha sido la pérdida del valor supremo del periodismo: la credibilidad como constructo de todos los demás elementos que lo fundamentan.

El caso de la BBC

Faltas, contradicciones o incoherencias en el campo de la ética son pan de cada día en el mundillo periodístico, pero que sucedan en un medio faro como la BBC — y a manera de seguidilla — llama la atención por su legendaria tradición con apego deontológico, independencia probada y reconocida, y su ejemplar modelo de sostenibilidad, definido antes que nada como servicio público, que los británicos pagan como una licencia para acceder a un medio televisivo de alta calidad.

Los sucesos conocidos y otros que ocurrieron entre telones parecen más las líneas de la escaleta de un mal culebrón:

  • Un periodista que se suicida por presunto acoso sexual de una colega.
  • El ocultamiento de un programa que denunciaba presunta pedofilia de un expresentador estrella del canal, ya fallecido,.
  • La emisión de otro programa que denunciaba abuso sexual infantil de un político, con base en una fuente que luego se retractó.
  • Lo de menos, por obvio, sería la renuncia de los directivos en cada caso, de no ser que, por ejemplo, al director general luego de separarlo de su cargo, le siguieron pagando salario durante doce meses; algo más de 700 mil dólares.

No son meras coincidencias. Algo tiene que estar pasado en la parte estructural del medio para que los filtros fallaran de manera tan grotesca. Los acontecimientos que rodean la renuncia obligada o las investigaciones contra algunas de las figuras o directivos no sólo tocan la órbita personal de los implicados, sino que ponen en el ojo del huracán la forma como se ha comprendido y emprendido hoy el periodismo de investigación, especialmente el audiovisual; el acceso y legitimación de las fuentes cuando se hacen señalamientos; los tiempos de producción, edición y emisión; la tendencia a espectacularizar en procura de audiencia, y los conflictos de intereses cuando tocan a periodistas.Para no referirnos al conocido caso de News of the Week del imperio Murdock

Inquietudes frente al cambio

No. Lo que sucede con El País y con la BBC no son casos aislados o efectos determinados por entornos críticos. Son campanazos de advertencia para anunciar que el mundo de los medios, tal como lo conocimos, ya cambió de manera radical. Lo que pase con ellos impactará, por efecto dominó, a los demás en términos de reputación, legitimidad y supervivencia.

El hecho de que dos gigantes mediáticos tambaleen al mismo tiempo — así sea por razones aparentemente distintas — da lugar a por lo menos las siguientes inquietudes:

  • Que nada ni nadie está exento de la crisis, no obstante el músculo financiero o la tradición periodística.
  • Que la sostenibilidad de los medios hay que analizarla no sólo desde el punto de vista económico, sino de manera integral, comenzando por la entraña periodística.
  • Que medios y procesos periodísticos no se han transformado a la velocidad de sus desafíos.
  • Que la relación con las audiencias cambió y el exceso de oferta pone a temblar el imperativo existencial de periódicos y otros medios.
  • Que lo que pasa en el ciberespacio y en las redes sociales pone en tensión los contenidos mediáticos tradicionales, que no parecen suficientes para satisfacer las expectativas de las audiencias.
  • Que las redes sociales tiene una dinámica distinta y unas reglas de juego diferentes, y que lo que allí pasa no es “trasvasable” a los contenidos de medios tradicionales. Las redes están construyendo su propio espacio y los medios convencionales están descuidando el suyo.
  • Que como no sucedía desde hace tiempo, parece que las audiencias no están en “la misma frecuencia de onda” con medios y periodistas… o viceversa.
  • Que el modelo tan en boga de un periodismo maniqueo — de parte y contraparte, de acusación y reacción, mientras el reportero se lava las manos — ya no convence; como tampoco convence el periodismo de voces o declaraciones de quien tira la piedra y esconde la responsabilidad.
  • Que para periodistas y medios quedan las zonas seguras de toda la vida, no negociables: la confianza, la credibilidad y los estándares de calidad periodística.
  • Que los caprichos editoriales y las decisiones periodísticas “porque sí” que reflejaron una verticalidad aplastante en el pasado, hoy generan en los públicos reacciones automáticas de zapping o “cambio de canal” de información.
  • Que la autenticidad sigue siendo la base de la novedad.

Pero que si no cambiamos, nos “cambian”, — parafraseando al expresidente del Senado, Fabio Valencia Cossio — en todos los sentidos posibles del término.
*

Medios: la hora de la verdad

Medios: la hora de la verdad

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Una columna–ficción en El Tiempo, una emisora que invita a la discriminación sexual, un procurador que intenta imponer una moral…los medios están dejando de ser creíbles, y ya es hora de que sean transparentes.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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La polarización en el caso colombiano proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.  Foto: Terra.
Antes de que lleguen los censores

Claro, los hechos son graves:

  • Un propagandista investido de columnista, que inventa un hecho, unas conversaciones, una política de Estado, desde las sombras que proyecta una fuente anónima y bajo el sigilo periodístico…como si él lo fuera.
  • Unos locutores — que no periodistas — parapetados detrás de una etiqueta en las redes sociales empujan sin querer queriendo a la discriminación por tendencias sexuales…
  • Jueces y cabezas de organismos de control asediados y asediando a medios, ciudadanos y columnistas para imponer una corriente de opinión: ora contra el aborto, ora contra la legalización de las drogas, ora por sesgos políticos…

Todo ello en medio de la polarización — deseable si estuviéramos hablando de ideas y de debates libres — pero particularmente crítica en el caso colombiano, porque proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.

Para no caer en la tentación de la ira pronta, tal vez debamos comenzar por el abecé. Como en las viejas comedias mudas, plenas de doblesentidos, contrasentidos y sobreentendidos, es menester entrar a definir los términos, significados y entrelíneas para tratar de entender el maremágnum que como una nube a veces tóxica se extiende hoy sobre los temas del momento, que son los temas de siempre, como suele suceder. Y urge hacerlo antes de que lleguen los censores, parafraseando a García Márquez.

Bases para creer

No todo lo que aparece en los medios es periodístico, con sus efectos en términos de credibilidad y confianza, de la misma manera que no todos los que participan en una audiencia son juristas.

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Quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales.
Foto: pensamientocolombia.org 

Ya decía con tino Jack Fuller — periodista de veras, abogado y estudioso de la ética —que el periodismo es una profesión usurpada. No porque deba estar mediada por una tarjeta o un cartón distintivos, sino porque es un oficio que se mide cada día, cada vez, con arreglo a fines.

Un medio — y específicamente un periódico — tiene todo el derecho no sólo de contratar a los reporteros que a bien tenga, sino de invitar a escribir en sus páginas editoriales a quién le plazca. Esa es su apuesta ideológica, que se acrisola en cada edición.

Y quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales. Esa condición, no obstante, no los exime de cumplir con unos requerimientos básicos del oficio, que lo son también de la vida: rectitud, coherencia y respeto.

Hace parte de su discrecionalidad el hecho de que un periódico como El Tiempo invite a escribir columnas a alguien como José Obdulio Gaviria. A ese respecto, lectores, compradores y suscriptores también tienen la suya propia.

Más allá del pragmatismo, queda claro que tales decisiones ayudan a ubicar las coordenadas desde las cuales un medio opta por narrar la realidad, que sabemos fragmentada.

Forman parte del encuadre que traza su línea editorial y permiten saber su grado de cercanía frente al pluralismo y a la diversidad. Claro, esas decisiones hablan más sobre los intereses y los impedimentos del medio mismo, que todos sus códigos de ética o profesiones de fe.

Pero otra cosa es la cotidianidad. Un espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices — aparte de sentar una posición sobre la de argumentos — orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés. La marca (el medio), el espacio (sección editorial) y la periodicidad son los avales de probidad e idoneidad para quien opina, más allá de que los contenidos sean, como lo son, de directa responsabilidad de los autores.

Entre medio, columnista y lector hay un pacto tácito que tiene un común denominador: “las opiniones son libres y los hechos sagrados”, dentro del marco del derecho y de la ley. Lo demás es deontología: aportar puntos de vista novedosos, argumentar con solidez, tener estructura estilística, lenguaje apropiado…

Crimen de lesa libertad de expresión

Pero travestir las opiniones para hacerlas ver como hechos, incluso sustentados en diálogos ficticios, con el fin de impartir “doctrina” de manera subrepticia, traiciona todos los pactos, empezando por el sentido común.

Mario_Morales_Medios_maticesUn espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices, orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés.
Foto: Caracol.com

Con ello, como se escribió en un editorial de El Tiempo a propósito de la más reciente columna de Gaviria. “no solo irrespetó a sus lectores, sino que puso en tela de juicio la credibilidad de las páginas editoriales de este periódico”.

Porque también en la sofística inveterada de Gaviria, debe haber una diferencia entre verosimilitud (hacer parecer como si), veracidad (tener componente de verdad) y verificabilidad (esa verdad probada). Saltar esas fronteras no es más que un engaño exprofeso al que ningún medio puede darle cabida o hacerle eco.

Que es literatura política, y que la “fuente” era de toda confianza, dijo Gaviria por toda defensa. Claro que es posible, como licencia periodística e incluso en la opinión, imaginar cómo piensan determinados personajes públicos. De eso se ha nutrido la prensa desde el llamado “Nuevo periodismo” hasta nuestros días. Pero quien lee debe ser advertido y ser consciente de esa “picardía” para poner en contexto los contenidos. Omitir la fuente principal para darle crédito a la versión de un tercero y darle el estatus de “hecho” a una ficción — y seguirá siéndolo mientras el columnista en mención no demuestre lo contrario — es atentar contra lo más sagrado de un medio, su credibilidad, y, en este sentido, lo más sagrado de una sociedad: la libertad de expresión.

Más aún cuando el tema en cuestión versa sobre un asunto de interés nacional, o para decirlo en los términos del gobierno al que asesoró Gaviria, “de los más altos intereses de la patria”. ¿Será suficiente con una sencilla rectificación del autor como ha dejado entrever? Eso sería, en palabras del mismo columnista: un andreslopezco “deje así”.

No es por vía judicial

Sin embargo, exigir — también en forma airada y extremista — que se suprima esa columna engendraría una víctima propiciatoria (tal como lo dijo la dirección de El Tiempo), le haría el favor de servir de caja de resonancia a “su doctrina” y además tendría el matiz totalitarista, estigmatizador y excluyente que pretende remediar.

Mario_Morales_Medios_penalLa Fiscalía anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.
Foto: blogs.los40.com

Es la misma tentación efectista en la que cae la Fiscalía General cuando anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.

Las amenazas judiciales no contribuyen mucho a construir inclusión o tolerancia — independientemente de la gravedad de lo dicho al aire — y a pesar del arrepentimiento posterior, que obviamente no alcanzó a mitigar el daño producido.

En ambos casos, la decisión sobre la continuidad de sus contratos o de sus colaboraciones corresponde a la órbita privada de opinador y locutores, quienes habrán entendido que la reputación ya está desvencijada y la confianza rota. Son manchas difíciles de borrar u omitir en adelante.

Como sea: es un nuevo campanazo para medios, columnistas, periodistas y personas que trabajan en otros roles de alta visibilidad. Pero la discusión debe mantenerse estrictamente dentro del círculo mediático y periodístico, sin agentes extraños.

Sí, pero ojalá se produzca tal discusión de veras: ya es hora de que los medios dejen de concebir la responsabilidad social como un anexo de su trabajo cotidiano, disfrazada de asistencialismo cuando no de limosna.

Ya es hora de que periodistas y columnistas entiendan que no es lo mismo opinión que creencia, como tampoco lo es opinión pública que opinión privada públicamente expresada. Ni opinión ideológica que opinión periodística.

Ya es hora que esos medios entiendan que la única responsabilidad social que les es exigible es la de proveer a sus audiencias con información y opinión de calidad.

Transparencia de los medios

Pero ¿cómo lograr que la responsabilidad no pase de ser un mea culpa solo para bajar la presión? Entre muchas otras cosas, hacen falta, por ejemplo:

  • Un código de autorregulación de cada medio, esto es, una construcción colectiva y consensuada de su misión–visión en el marco ético, de acuerdo con su línea editorial y su contexto sociocultural.
  • Expresiones de transparencia que le digan a sus públicos desde dónde y con qué intereses pasados o presentes escriben los columnistas; qué temas son sensibles a sus dueños o patrocinadores; y qué obstáculos o “facilidades” laborales, tecnológicos o profesionales impiden o coayduvan a entregar contenidos idóneos.
  • Establecer políticas claras sobre las puertas giratorias que permiten que ciertos personajes ignoren, confundan o se aprovechen de la cercanía entre periodismo, política y propaganda.
  • Capacitar, formar y actualizar a sus propios reporteros y colaboradores en temas atinentes a la calidad periodística, a los derechos propios y públicos, a la legislación y al cubrimiento informativo y a la opinión que éste suscite.
  • Abrir canales de interacción con las audiencias en estos tiempos de transformación de la esfera pública. No se puede prescindir de los foros– especialmente en columnas o editoriales – con el argumento facilista de la grosería o el lenguaje inapropiado. Los medios ayudan, legitimando, a formar, especialmente con el ejemplo.
  • Evitar todo límite, frontera, norma o decisión que impidan la libertad de opinión y la libertad de expresión, o tiendan a hacerlo. Así piensan quienes se develan con el sueño de una prensa amordazada o al vaivén de las ideologías de turno.

Ha llegado la hora de demostrar que aquí todos cabemos, los seres humanos, las ideas diversas y aún antagónicas, pero sobre la base del respeto por la ley, el derecho, la verdad y las libertades ajenas. Es el talante del legado simbólico que requiere el país para poder caminar hacia la paz.

Pablo, protagonista de novela

Pablo, protagonista de novela

 

¿Por qué, casi veinte años después de la muerte de Pablo Escobar, el país se vuelve a obsesionar con la historia del capo?

Por Mario Morales

(Publica Revista Credencial)

(Foto Canal Caracol)

Si es verdad, como dice el filósofo Daniel Pecaut, que antes que nada a Colombia le hace falta un relato nacional, también es cierto que buena parte del mismo estaría marcado por las narrativas de la violencia; y más o menos en los últimos 30 años, de la sicaresca, que es como se ha dado en llamar al relato omnipresente del narcotráfico en las industrias culturales.

Pero no lo está. La proporción de narrativas en cine, televisión, libros y música que tocan el tema es reducida en proporción con las demás temáticas, muy a pesar de las vestiduras desgarradas de nuestra doblemoralista sociedad que se escandaliza con cada nuevo lanzamiento, pero le es fiel en sintonía. Basta decir que, en promedio, durante los últimos años sólo una de cada diez series o telenovelas ha tocado ese tema.

La diferencia estriba en el consumo masivo que hacen las audiencias de esos productos culturales, sea por identificación, morbo, espectacularidad, acción o por su carácter ejemplarizante o documental. Por ejemplo La parábola de Pablo, escrita hace una década por Alonso Salazar, que sirvió de base para los libretos de la serie televisiva Escobar: el patrón del mal, vendió, según El Tiempo, cinco mil ejemplares cuando apenas habían pasado dos semanas de la historia televisiva, sin contar las ediciones piratas.

De mito en mito

Y es que abordar audiovisualmente el mito de Escobar era otro mito. Ahí estaban como antecedentes los cinco intentos fallidos de Hollywood de recrear la vida del capo. Esa dificultad para narrar un suceso que aún no termina.
No era sólo Escobar sino lo que significó para colegas y sus sucesores: su estilo de vida, esto es, un estilo de muerte; y la sobreviviente influencia de sus métodos que hacen creer a algunos en su pretendida inmortalidad.

Contar la historia de Escobar no era contar la historia de un hombre, de un bandido, sino de un talante, del espíritu de una época. Por eso todo a su alrededor parece sobredimensionado; la serie marcó un hito televisivo: ha sido el lanzamiento más visto en la historia nacional, con cerca de once millones de espectadores.

Contó con cerca de 1.300 actores. Fue grabada para 63 capítulos de hora en formato cine, en por lo menos 550 locaciones de Antioquia, Cundinamarca, lo Llanos Orientales y Miami, cuando el promedio son 90 o 100 locaciones por telenovela. Y el costo promedio por capítulo, sin antecedentes, fue de 340 millones de pesos.

Y además, al decir de Juana Uribe, una de sus creadoras, una historia interminable, de la cual todos dicen tener referentes, anécdotas, algo que contar, que evitar o que ocultar. Por eso no fue extraño que las casas de El Poblado no fueran asequibles y fueran reemplazadas por escenarios en Villavicencio. Tampoco las iglesias de Medellín permitieron luces ni cámaras. En cambio los policías de Miami se peleaban por una foto simbólicamente consoladora con Andrés Parra, el actor que representó al capo, esposándolo, capturándolo o interrogándolo; esos sueños incumplidos del imaginario estadounidense en los ochenta…

Con Escobar supimos que lo narco no pasa de moda porque es mediático, seductor, masivo. Por eso cuestiona, fastidia pero no extraña que las prácticas ilegales del capo narradas en la serie, se reciclen a su alrededor por otros medios. Antes de cumplir un mes al aire, ya circulaba un álbum pirata con el elenco de la serie. No obstante su evidente ilegalidad, no hubo reato entre expendedores y compradores para emular otros fenómenos mediáticos de corte masivo como los mundiales de fútbol. Claro, estaba el pretexto de la memoria para no repetir, se dijo en su momento.

Asimismo circularon videos piratas aquí, en Suramérica y hasta en Londres, que recopilaban las primeras emisiones, lo que obligó a sus realizadores a comercializar una primera parte compuesta por 20 capítulos, lo cual también es inusual aquí.

Y el 9 de julio comenzó a transmitirse en Telemundo, el primero de los muchos canales que compraron la producción, y que, por cierto, incrementó audiencia en un millón de personas.

Se multiplican las entrevistas y artículos en centenares de medios internacionales, como el Washington Post o la agencia AFP, o periódicos alemanes, así como candentes debates en redes sociales, foros de las páginas web y tertulias familiares y laborales.

Frágil polémica

El pobre debate de siempre: que la televisión corrompe, que la violencia educa y que el narco mediatizado envilece. El discurso de la crítica tradicional, obsoleta y unidireccional, que ignora que el melodrama y la telenovela, con nuestros modos de decir y de narrar, suplen con lo que pueden la ausencia narrativa del periodismo, la historia y la memoria.

Las narcoseries han reabierto la caja de pandora de la estela del narcotráfico que permeó todas las instancias y dignidades. A su lado, aunque escasos, llegaron o resucitaron otros géneros y formatos que son variaciones sobre el mismo tema y ayudan a dar contexto necesario pero insuficiente. Los libros, documentales, entrevistas y reseñas, han puesto frente a los televidentes el drama de una década, que continuó en la siguiente y se mantiene en la actual, con sus códigos, procedimientos, intrigas, estéticas y efectos en términos de asesinatos, víctimas y corrupción. Se sobreimpone y se confunde la saga de Escobar con las noticias alrededor del narcotráfico. Sirve como ejemplo, la de alias ‘Fritanga’, presunto cabecilla de los Urabeños, capturado con fines de extradición en medio de su maratónica y exhibicionista celebración matrimonial en una isla del golfo de Morrosquillo.

Esa construcción dramática permanente, con fuertes dosis de ambición, dinero, poder y muerte, no sólo difuminó las fronteras entre realidad y ficción, también unificó en discursos y estéticas idénticos los paisajes a los que tienen acceso los ciudadanos y con los cuales gestionan sus vidas.

No es la ficción el paradigma, es la realidad reincidente la que legitima, avala y fortalece los deformados íconos de los barrios pobres de esta parte del continente. Y las audiencias consumen de lo uno y de lo otro en un mismo contexto sin diferenciarlos porque lo viven o lo recrean en carne propia. Mientras los intríngulis del poder y sus aberraciones les son extraños, el paradigma de lo narco se pasea orondo por el barrio encarnado en campaneros, ‘lavaperros’, sicarios, ‘traquetos’ o ‘duros’.

Lo que narran con aspavientos las industrias culturales no necesita de verosímiles ni pruebas porque está ahí, en la experiencia del vecindario, en el pariente preso o muerto, en el amigo enriquecido, en ‘el duro’ apenas conocido y luego convertido en emocionante anécdota, no pocas veces sembrada de envidia o admiración.

Escobar y lo que representa causan sensación, y eso, más allá de la fugacidad de los productos o de la vida de sus protagonistas, ‘vende’ como lo saben audiencias, productores, músicos, periodistas y negociantes. Y lo es, para bien y para mal, en todas sus posibilidades: en el énfasis maliciosamente puesto para idealizar al bandido, a veces incluso desde su voz o de los suyos; en el poder corruptor del dinero, en la muerte como método infalible, en el terror.

Ver, escribir, leer, hacer, componer alrededor del narco no es sino una forma de aprehender esa realidad aumentada, que por acumulación parece ficcionada. Desde luego, hace falta contextualizar, acompañar, explicar y analizar para poder entender, rehacer o volver a empezar, como se ha dicho siempre. No son la censura, la diatriba o el escándalo los caminos para combatir la violencia narco mediatizada, como lo han intentado periódicos, pautas o encuestas, y no lo es por la sencilla razón de que esa violencia se nutre de ese odio, de esa exclusión y de esa violencia para mantenerse tan vigente y tan actual, reflejándonos como hace 30 años. Capítulo fijo de nuestro relato nacional.

La ética en tiempos de realities

La ética en tiempos de realities

 

A propósito de un reality de gran audiencia, esta reflexión crítica sobre los críticos, sobre los medios, sobre los públicos, sobre las instituciones y sobre el periodismo que ya no es en Colombia. En este juego de espejos todo se distorsiona, y olvidamos que lo público se sostiene sobre el endeble andamio de los valores.

 

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

Ficción y realidad

Eso es lo dramático: que sí se parecen. Quizás ya resulte un lugar común decir que, casi sin darnos cuenta, se diluyeron los límites entre las vivencias y las narrativas mediáticas, entre las experiencias cercanas y las historias que pasan por la televisión, la radio, las redes sociales, medios que también han visto diluir las fronteras entre ficción y realidad, y aún dentro de ésta última categoría, entre documental y realidad aumentada.

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Nuestro país se debe parecer a las múltiples habitaciones de una casa estudio: escenario de competencias desesperadas entre personas comunes que quieren dejar de serlo.
Foto: ADN.co

El resultado es toda esta sobreexposición vertiginosa donde se mezclan sin pudor lo público con lo privado, el escándalo con la virtud, la fama con el reconocimiento, el aplauso con la indignación. Solo parece existir lo actual, lo simultáneo, lo fugaz, que arrasa a su paso con cualquier vestigio de memoria.

¿O existe diferencia entre ese formato televisado denominado reality y, para mencionar solo lo más sensible, esta tozuda realidad de escándalos del Congreso, de movilización indígena en el Cauca, de procesos de la parapolítica, o del reacomodo de fuerzas políticas con miras a las elecciones de 2014? No, por lo menos no en los relatos, ni en las estéticas ni en los conflictos.

Simplismo ético

Visto desde afuera, nuestro país se debe parecer a las múltiples habitaciones de una casa estudio: escenario de competencias desesperadas entre personas comunes que quieren dejar de serlo, no obstante su ego abultado, detrás de una liebre ilusoria, sin que importen los métodos, de un premio representado en metálico, en especie, en capital simbólico o todas las anteriores.

Mario_Morales_desafio_fin_mundoPoco habría que reclamarle a los realities, como género, como  industria: Redujeron costos, optimizaron ganancias y se robaron el show. La gallina de los huevos de oro.
Foto: Caracol.

Pero, irónicamente, los conflictos mediatizados emocionan más: espejos macro de una sociedad con valores ad hoc. Todo vale, todo sirve, si la medida es el éxito, entendido como la consecución del objetivo a cualquier precio, más cuando la vergüenza perdió o dejó de tener valor social.

Los conflictos son el factor detonante, como ha sucedido por estos días: indignaciones, protestas, foros, reyertas moralizantes y disputas por dilemas éticos, así sea a la velocidad de 140 caracteres por entrada. ¿La paja en el ojo ajeno? ¿O dimos ya por perdida la pelea por lo ético en la realidad, en lo público, en lo común y en lo colectivo y preferimos la lúdica doblemoralista de buscar la fiebre en las sábanas?

Como se ve, poco habría que reclamarle a los realities, como género, como industria que se tomó como por asalto el prime time televisivo y de paso el ágora virtual y el interés nacional. Redujeron costos, optimizaron ganancias y se robaron el show. La gallina de los huevos de oro.

Y es que al final de cuentas, eso somos: un manojo de emociones conjugadas, de bajas pasiones, de conspiraciones y alianzas al tenor de las conveniencias. En últimas, la prueba reina que buscaba el etólogo Konrad Lorenz para reafirmar que la agresión es el patrón de comportamiento de los seres vivos.

Entonces, ¿De cuál ética hablamos? De la ajena, claro, de la simbólica, de la expiatoria de todos los males: la ética mediatizada y simplificada, fuente de identidad nacional.

Los medios y su crisis

No está documentada ni la fecha ni las circunstancias, pero en algún momento de la historia reciente la prensa, el periodismo y los medios perdieron la primera persona y de paso la iniciativa para interrogarse, para reflexionar, para autoevaluarse. ¿Qué les pasa?

Mario_Morales_James_HolmesNo faltará, sin embargo, quien ponga como ejemplo “la terrible influencia de los medios en conductas aberrantes” como la del asesino de Aurora.
Foto: Tomada de la televisión.

Es la pregunta de moda de las audiencias cuando se (auto) observan y critican a los medios y al periodismo, sin dejar de verlos. Al fin y al cabo, alguien debe tener la culpa, un cierto grado de responsabilidad. La respuesta básica es que están en crisis. ¿Y cuándo no lo han estado?

Sólo que cada uno ve la crisis donde mejor le va. Los empresarios insisten en que la crisis es de naturaleza económica, los anunciantes que es el costo–beneficio, las audiencias la ven en la falta de opciones, y cada vez quedan menos dispuestos a hablar de frente de la falta de valores.

¿Qué ha cambiado? Que hoy como en las sesiones del “cara a cara”, los primeros amenazan por convivencia a los otros tres con la sostenibilidad. Y a diferencia del recato pasado, hoy lo prioritario es el negocio y el resto algún día vendrá por añadidura.

Es el capitalismo salvaje: reglas y sus violaciones a conveniencia del emisor, protección y prebendas para garantizar audiencias, inmunidad para rendir cuentas, en fin, la ley del más fuerte.

Nada nuevo, repito. Ni siquiera esa pasividad de las audiencias apoltronadas que solo se dejan ver por las redes sociales para denostar de los medios y de los periodistas y autoconsolarse, mientras se ven representados en otro programa o formato. Narcisos en el clóset.

Los medios son medios

Siempre será más fácil culpar de la mala educación y de las carencias en formación y valores a los medios, entre sordos y soberbios, y eximir a las instituciones que tienen esa directa responsabilidad —tal como queda documentado en múltiples estudios e investigaciones— como la familia, la escuela y el entorno cercano, especialmente en los primeros años, cuando echan raíces las creencias más fuertes como el racismo, la intolerancia, los patrones de violencia y los radares de sociabilidad, como bien lo sabía Goebbels…

Mario_Morales_Luis_Carlos_VelezLo grave es que a veces prensa y medios realmente tienen una gran responsabilidad, o la comparten por lo menos.
Foto: Tomada de Youtube.com

Los medios –apenas reflejo– si acaso legitiman, incorporan a la cotidianidad o “normalizan” esas conductas anómalas. Construyen eso que llamamos imaginarios colectivos.

No faltará, sin embargo, quien ponga como ejemplo “la terrible influencia de los medios en conductas aberrantes” como la del asesino múltiple, disfrazado de ‘El guasón’ en un cine de Colorado, durante la exhibición de la más reciente película de Batman. Por fortuna la investigación avanzó rápido y entregó un cuadro sicológico enfermizo, antiguo, permanente y con confluencia de otras causas, distintas de seguir una serie o ver una película. Los medios no tienen tanto poder.

¿Y entonces cuál es su responsabilidad? Las narrativas, por supuesto. Desde el encuadre hasta la puesta en escena. La emocionalización de sus estéticas, que también narran y los modos y formas de emisión en relación con parrillas, públicos y contextos. Sería sencillo… si no tuvieran la mira en otra parte.

El periodismo ausente

Cosa distinta es el periodismo, tomado como bien público, pensado y analizado en términos de derechos. Pero —como bien dicen los reflexivos periodistas estadounidenses Kovack y Rosenstiel— escasean las oportunidades para reunirse, para hablar y para discutir acerca del oficio, del deber ser.

Es como si se hubiera perdido la fe en el debate, en el poder de las palabras y en el sueño de cambio que hizo del periodismo una etapa del romanticismo o viceversa. Impuesto el determinismo (“eso es más de lo mismo”), aumentan ahora citas, foros y polémicas para hablar de emprendimiento, sostenibilidad y financiación. Medios y prensa asumieron el discurso industrial y perdieron el debate mediático. De los valores esenciales a la bolsa de valores…

En cambio, allá, aquí afuera, hablar de los medios y del periodismo sigue siendo otro deporte nacional. Pero, decíamos antes, alguien ha de tener la culpa en este país de “vidas como libros abiertos” y de buenos muchachos.

Lo grave es que a veces prensa y medios realmente tienen una gran responsabilidad, o la comparten por lo menos.

  • Cómo negarla en sus encuadres, cuando cubren deliberadamente las movilizaciones sociales, ya no desde las demandas ciudadanas, sino desde los perjuicios que causan a la movilidad o a la vida laboral.
  • Cuando hacen gala de falsos nacionalismos para estigmatizar a “los otros”, no importa si esos otros son desplazados, indígenas, víctimas o zarrapastrosos.
  • O cuando pierden el pie en las recurrentes olas de indignación y se suman a las hordas sedientas de justicias y vindicaciones que no van más allá de la pantalla de un computador o de un teléfono celular.
  • O cuando se niegan a narrar la guerra más allá de las oficinas de prensa o de los atriles de los batallones.
  • O cuando enconadamente insisten en hacer eso que el querellante periodista estadounidense Jack Fuller llama el periodismo de adversario, esto es de confrontación, de justicierismo. Baste citar el linchamiento simbólico de indígenas caucanos, políticos de oposición, defensores de derechos humanos, periodistas salidos del redil y representantes de minorías.
  • O cuando caen en la trampa del maniqueísmo y ayudan a dividir el mundo entre buenos y malos a la luz, o a la sombra, de una ideología, de una consigna política o de un egoísmo personalista, populista o caudillista.
  • O cuando suplantan o impostan otros roles sociales y posan como redentores, como jueces, como picotas, como despensas, como gerencias, como notarios, como jugadores de deportes extremos, como sensibilizadores, como productores de lágrimas, como fábricas de sonrisas, como terapias, como centros de atención o como promotores de espectáculos.

Fenómenos todos que han tenido incidencia en agendas, percepciones o imaginarios que no siempre corresponden a la realidad, como lo saben las autoridades cuando hablan de (in)seguridad, o los taxistas cuando hablan de respeto, o de la noche como escenario de vida y muerte…

Sí, historia repetida, como lo demuestran nuestros observatorios de medios, unos de los pocos retrovisores que quedan ante la paulatina extinción de defensores de audiencias, veedurías ciudadanas y entidades gubernamentales e independientes que den pautas para construir política pública, formar e incentivar.

La ética del oficio

Hablar de ética en el periodismo consiste en retomar los elementos y estándares del oficio que lo han acompañado desde sus orígenes: verificación, precisión, equidad, transparencia, pluralismo y objetividad, entendida ésta no como utopía, sino como método de trabajo.

Pero también y eso vale también para los medios en general, consiste en insistir en la neutralidad que le ponga coto a la estigmatización, a la toma de partido, a la emoción sobredimensionada, inducida, exacerbada y malsanamente aprovechada.

Hablar de valores es hacer hincapié, al decir de Kapuscinski, en que antes que profesionales cualificados, las audiencias necesitan buenos seres humanos:

  • que le huyan al efectismo y al sensacionalismo;
  • que entiendan que aún el entretenimiento tiene límites que obedecen a los pactos tácitos con las audiencias y que explican la fidelización;
  • que hay fronteras infranqueables con la disculpa del negocio;
  • que no todo tiene un precio;
  • que hay matices entre los amores y los odios;
  • que los espectadores necesitan comprensión antes que falsas solidaridades disfrazadas de venganzas, desquites o redenciones;

Es decir, una capacidad de comprensión que pasa por sabernos un país dramático en todas sus extensiones, que tiene una autoestima exagerada, que se ve pero que se niega a reconocerse en sus narrativas mediáticas:

  • Hablar de valores es desconfiar de las leyes regulatorias que comienzan por deontologías y terminan montando castigos y restricciones. Se necesitan entes inspiradores, no represores.
  • Hablar de ética pública es hablar de transparencia, pero también de ampliar el espectro, de incrementar la oferta. Allí comienzan el pluralismo y la inclusión.
  • Hablar de ética hoy es dejar de buscar castigos que suponen que se deben encontrar culpables.

Hace falta autorregulación en quienes emiten y producen, pero también entre quienes reciben y consumen. Hace falta más debate, más conversa, más propuesta. Pero sobre todo se requiere menos máscara, menos hipocresía, menos moralina. La cura comienza por reconocer la enfermedad. Los realities están de este lado de la pantalla. Paremos de sufrir. Lo otro o es entretenimiento o hay que apagar el televisor.

Quizás así tengamos alguna opción cuando lleguen las pruebas de talento.

El caso Colmenares: otra historia sin fin

El caso Colmenares: otra historia sin fin

 

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Mario_Morales_Razon_PublicaAnálisis vibrante y creativo en torno a un caso que cada vez se parece más a la vida misma, donde se engarzan la agenda mediática y la de redes sociales para intercambiar “significaciones y sensibilidades en espacios con luz”. La bola de nieve seguirá creciendo mientras la historia alimente el morbo y la curiosidad.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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Indignación en Colombia: va desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación contra la deforme reforma a la justicia.
Foto: Grandeuribe.com

Sueño premonitorio, obsesión colectiva

Desde que surgió a la luz pública, ya traía todos los elementos inherentes a las grandes noticias, empezando por la novedad que pisaba los terrenos de lo insólito: el sueño premonitorio de una madre desolada que indagaba sobre las causas de la muerte de su hijo, ocurrida en octubre de 2010, que convenció a las autoridades de exhumar los restos mortales del joven estudiante y de reabrir la investigación judicial, diez meses después de los hechos.

“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño y que llegó a oídos de la Fiscalía y saltó de allí a los titulares de los medios de comunicación, a las redes sociales y a la conversa pública con una intensidad que pasados otros diez meses se mantiene en la cresta de la opinión pública y de las narrativas periodísticas, por encima de cualquier otro suceso de la vida nacional.

Inmediatez y fugacidad

Antes, en el siglo pasado, las noticias iban y venían acompasadas, pausadas y hasta escasas. Estaban hechas para durar, para darse entre sí solución de continuidad. Decían entonces los estudios de métrica longitudinal de la Mass Communication Research que los sucesos noticiosos podían quedarse en la atención de los espectadores hasta por treinta días. Eran otros tiempos.

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“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño.
Foto: Archivo.

Nada que ver con la acumulación informativa multisoporte que asedia al ciudadano promedio de hoy en día, que busca enterarse de su entorno y que ve cómo la luz dura de las noticias comienza a desvanecerse a los 69 minutos, si nos atenemos a estudios recientes como los de los físicos Wu y Huberman en Palo Alto, California.

No obstante, casos como el de la muerte del estudiante Luis Andrés Colmenares subvierten estos estudios. Ese fenómeno marca un hito en los estudios periodísticos. ¿Por qué?

Dinámica de las agendas

Comencemos por decir que el fenómeno es fruto de una espiral dialéctica e inédita que engarza la agenda de los medios y la agenda pública, si asumimos que esta última se va formando en las narrativas digitales como foros, debates virtuales y posts en redes sociales.

Desde los estudios de la agenda Setting se ha puesto de presente la influencia que los medios ejercen, a través de la jerarquización y del encuadre de temas, sobre la agenda de los ciudadanos, no sólo desde la perspectiva de los temas en qué pensar, sino a veces, cómo pensarlos, con sus consecuencias fácticas, luego medidas y corroboradas mediante encuestas y estadísticas.

No existe la misma certeza en relación con los issues, o temas jerarquizados, acunados solo en las redes sociales, que merced al tiempo real están contagiados de emociones y de veleidades que se autosatisfacen en los modos de decir, sin coherencia con los hechos. Baste citar el fenómeno de la Ola Verde, que creció, se reprodujo y murió en el mundo virtual.

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En las últimas semanas, han aparecido testigos clave, como José Wilmar Ayola  que antes de comparecer en los tribunales lo hacen a través de los medios de comunicación.
Foto: Archivo.

Pero cuando esos issues y los eventos que los complementan encuentran sintonía en los medios tradicionales y en las redes sociales, no solo se retroalimentan desde el punto de vista de las agendas, sino que se aceleran, adquiriendo spin y se convierten en bolas de nieve de opinión pública con notable incidencia en el comportamiento de sus congéneres.

Ejemplos en Colombia van desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación en contra de la deforme reforma a la justicia.

¿Qué lo hace único y apasionante?

¿Pero qué otros factores determinan esa simbiosis en el caso Colmenares? En primer lugar la afectación que perciben las audiencias, así sea por la vía de la emocionalidad de un suceso que se ha narrado de manera espectacular, esto es, como una puesta en escena en un país con amplia tradición en el consumo de melodramas y crónica roja.

Su línea dramática es un lugar común, así sea disruptivo, lo que de inmediato genera proximidad, otro valor fundamental del periodismo. Pero es un crimen distinto, no de una violencia anómala y prosaica. Ahí está el caso ya casi olvidado del asesinato de un joven abogado por robarle el celular.

Se trata de una violencia con ingredientes que tocan las pasiones humanas, con matices de crimen pasional en un triángulo amoroso imposible, y del mismo modo telenovelesco, inscrito en la diferencia de clases, pleno de equívocos y de sobreentendidos, terreno fértil para la curiosidad o el morbo, que son, como sabemos, la cuota inicial de la toma de posición y de partido.

La retroalimentación casi viciosa entre narrativas emitidas y audiencias ávidas que piden detalles y arriesgan hipótesis, despierta plena identificación y apropiación de esos espectadores, en virtud de la edad y de los roles sociales de los implicados, en tanto que estudiantes, jóvenes, seres de carne y hueso que interactúan en lugares públicos y accesibles y en actividades de distracción comunes a la mayoría de la población.

A cualquiera podría sucederle. Ese ejercicio es asumido de manera instintiva, y así como los medios han desplazado a los tribunales, los espectadores se sienten con el derecho de hacer lo mismo con los jurados y fungen como tales, no importa si cada evento ha hecho modificar la corriente de opinión.

Los espectadores ya dueños de un acervo probatorio mediatizado, es decir socializado y significado, y luego amplificado por las redes sociales, se sienten parte del proceso, el cual pasa a ser parte de sus modos de decir y de pensar, incluso como forma de infotenimiento (entre información y entretenimiento) o de pasar el tiempo social de la conversa que asume el reto ineludible de solucionar un rompecabezas.

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Laura Moreno, una de las principales sospechosas, ha saturado con su presencia la agenda noticiosa.
Foto: Tomado de Caracol.com

Así, la noticia antaño concebida como forma de conocimiento es sobre todo motor emocional, y a su vez, trampolín para la interacción y la participación social con sus implicaciones en los fenómenos de expresión de la opinión privada y sus efectos en la esfera pública.

La información, ya dramatizada, con personajes ambiguos y fieles a esa condición, con reparto de extras que aparecen y desaparecen súbita pero oportunamente en los momentos de clímax, rodeados de unos misterios permanentes y otros difuminados por pruebas no del todo contundentes, necropsias parciales, fotos casuales, testimonios incidentales, se convierte en una historia con todos sus atractivos, que se debate entre lo ritual, lo ajeno y privado; y lo cotidiano, público y presente en los modos de decir y de pensar ciudadanos por su intensa y no siempre coherente carga moral en la que entran en juego debates acerca de la vida y la libertad como valores fundamentales.

De la emoción a la sensación y a la persuasión

Profundiza esa emocionalidad el vértigo del conocimiento inmediato de cada evento por el cubrimiento prioritario y en directo por parte de los medios, y su incidencia en los nuevos climas de opinión visibles en las redes sociales.

La materia prima es la sensación que se manifiesta en el voz a voz contaminado por una alta subjetividad que se reproduce geométricamente. Cada relato parece tener un tono persuasivo, contundente, definitivo, como si se tratara de convencer, de sumar, de adherir; lo cual es más evidente, e influyente, en las narrativas audiovisuales de enorme imperancia o influencia en un país tevecéntrico como el nuestro, es decir que construye su realidad y sus consensos a través de la caja mágica, según las categorías de investigación de Pippa Norris.

Sin querer queriendo, cada medio ha narrado cada nuevo suceso desde un encuadre particular con base en su propio código o el que le permite cada issue al que tiene acceso. Conscientes o no, esos medios y esos periodistas se han convertido en cajas de resonancia, ya no solo de puntos de vista morales o éticos sino también jurídicos, que es lo más preocupante.

Así se convierten en objetivo de las baterías de abogados y personas cercanas a cada parte del proceso con intenciones variopintas, que van desde la incidencia en la opinión pública, definitiva a estas alturas, o en el desarrollo del mismo proceso en busca de sentencias favorables o del ocultamiento de flancos débiles hasta la exaltación de la vanidad personal y profesional de los juristas más reconocidos que han encontrado en este tipo de casos trampolines a la fama y al reconocimiento.

Por eso la dosificación y alimento fragmentario de los relatos para generar golpes de opinión. Con razón los mismos abogados dijeron que los medios son claves en estos casos. Esas rivalidades, con nombre propio, también son parte de nuevas narrativas mediáticas asimiladas a las formas de contar enfrentamientos deportivos o culebrones en el prime time.

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El Ciclo de activismos digital. Cinismoilustrado.com

Nunca antes medios y audiencias, hechos y opiniones, amores y odios habían estado tan entrelazados y tan mutuamente influenciados al mismo tiempo. Lo potencia el mimetismo, esto es, la autorreferenciación a la hora de contar y de argumentar.

Ese eco, así legitimado, cala entre los receptores y entre los mismos periodistas a la hora de enfatizar en la agenda el MIP (most important problem, por su sigla en inglés): el problema más importante de la actualidad informativa.

Las presuntas pruebas a cuentagotas, las filtraciones, nuevas versiones, el crescendo del ‘suspense’ con el escalamiento de acusaciones de amenazas y presuntos crímenes de testigos y esa característica de obra inconclusa, al decir de Umberto Eco, se asemejan a la vida misma de las audiencias en las calles, con sus matices de incertidumbre, impunidad, impotencia y ausencia de patrones estables de justicia, más aun cuando los estamentos encargados de instruirla, ejercerla y hacerla posible, parecen tan contaminados y confundidos como los demás.

Como la vida misma

El resultado es la concepción de un nuevo subgénero periodístico, bastardo si se quiere, hecho de fragmentos de otros géneros como la desdeñada crónica roja, el melodrama o la novela negra (como bien lo expresó la semana antepasada aquí Boris Pinto) combinados con periodismo de declaraciones y una alta dosis de imaginación, ingredientes de ficción, y de pretendidos paradigmas, cuando no de prejuicios.

Pero también ha sido construido de manera colectiva con las audiencias que ya saben que su opinión cuenta desde el momento mismo de la creación, consumo y difusión de las piezas periodísticas, lo que hace que sean percibidas como propias, así se manifiesten como formas de vindicación y justicierismo por vías pretendidamente legitimadas, escudadas en una presunta anomia institucional.

El caso Colmenares se mantiene en la atención mediática porque es una impronta de esta época: por su emocionalidad, su carácter fragmentario e impredecible. Por su movimiento pendular entre lo local y lo global, lo cotidiano y lo extraordinario.

Es un espejo de lo que somos, de qué pensamos, de cómo tratamos de narrarnos y de persuadirnos, intercambiando significaciones y sensibilidades en espacios con luz, al decir de Germán Rey y de Jesús Martín Barbero.

Tal vez no tan distintos de quienes en los coliseos de la antigüedad, presas de una emoción insaciable, jugaban con la vida y la muerte, o invocaban justicia buscando consensos con sus gritos y con sus pulgares.


twitter1-1@marioemorales

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