Constructores de ruinas

Si fuésemos un país serio, no tendría que ser el Eln el que, de manera cínica, nos tuviera que recordar que hay que “construir sobre lo construido”. (Publica El Espectador)

Si bien

la solicitud del grupo guerrillero se refiere al año y medio de acercamientos con el anterior gobierno, la solicitud habría que hacerla extensiva a los tres poderes del Estado que hoy andan en plan de desmantelamiento, y no por razones políticas o ideológicas, de instituciones, leyes, normas, proyectos y hasta de compromisos sagrados refrendados por los ciudadanos, como la extensión del período de gobernantes territoriales y nacionales.

La lista es larga y sigue creciendo: dosis mínima, aborto legal, consultas populares, reconfiguración sobre medidas y conveniencias de las cortes, arrinconamiento de los acuerdos con las Farc, ejercicio controlado del periodismo, normatividad centralizada y oficialista sobre tecnologías, medios y televisión; y un absurdo y largo etcétera para apenas 70 días de improvisación y palos de ciego.

Así se han ido resquebrajando los logros más importantes para esta sociedad que no termina de conocerse, como la Constitución del 91 y el proceso de paz, que eran garrochas para franquear el muro del anquilosamiento y el provincianismo.

Nada de eso parece importar en medio de este ambiente contaminado e irrespirable por debates afincados en creencias personales, prejuicios suplantando argumentos e insultos maquillados de estilo, germen de esta esquizofrenia social que afecta razones, ideologías, percepciones, comportamientos y perspectivas éticas.

Por eso, no diferenciamos entre mermelada y nombramientos clientelistas, entre vocación por la educación y contentillo, entre condecoraciones espurias y pago de favores, entre legislación y repartija, entre alianzas parlamentarias y componendas, entre reformar y refundar…

Ahí van, entre el espejo retrovisor y la tierra arrasada, fabricando ruinas, único legado seguro para las próximas generaciones.

El buen colombiano

Los síntomas están ahí, a la vista. La virulencia verbal, el decaimiento moral y la desarticulación de la esfera pública dejan ver que avanzamos, que nos llevan a empellones a eso que llamó Hannah Arendt una sociedad totalitaria. (Publica El Espectador)

No es un secreto de Estado, como lo han reconocido desde el Centro Democrático, que la violencia discursiva, la agenda puesta en el pasado reciente y el “inflamil” aplicado a propuestas imposibles por absurdas apuntan a “ambientar” la andanada de reformas que se nos vienen pierna arriba y que, a pesar de su pretendida urgencia, esperan sigilosas el momento de salir al ruedo.

Es la fase de desgaste de la opinión pública, que es veleidosa y se cansa rápido. Le apuesta a abrir tantos frentes de polémica como sea posible sin intención de profundizar en ninguno. Pero también a generar confusión con iniciativas dispares y voceros del partido de gobierno en aparente contradicción. Una toxicidad que deviene en fatiga y que genera un paulatino desinterés ciudadano en los asuntos que le conciernen. Da lugar al individuo sumido, al decir de Arendt, “en la triste opacidad de su vida privada”, en su supervivencia y en sus intereses para neutralizarlo en la inmovilidad del conformismo.

Mientras tanto, se avivan los prejuicios para generar lazos de adhesión por las vías del prejuicio y del seudomoralismo. Entonces se entiende el acento del Gobierno en su confrontación con molinos de viento como la dosis mínima, tendencias sexuales, xenofobia encubierta y los ataques personalizados al expresidente Santos, periodistas, magistrados, líderes o cualquier voz disidente que incite al pluralismo, el antídoto del Estado totalitario.

La fórmula no es nueva como lo saben los vecinos venezolanos y, más recientemente, los brasileños, expuestos al discurso agresivo y contaminado de moralina de Bolsonaro.

El resultado ya se deja ver: individuos que actúan y reaccionan en la cotidianidad y en las redes sociales de manera irracional pero idéntica, la versión homologada del buen colombiano.

Han ido demasiado lejos

No. No son gajes del oficio. No podemos normalizar el acoso judicial, ni el matoneo, ni el hostigamiento, ni la obstrucción, directa o indirecta, al trabajo de los periodistas en nuestro país. (Publica El Espectador)

La tutela a María Jimena Duzán por sus valientes y necesarias columnas sobre el caso Odebrecht no solo es sospechosa de origen, sino que se salta todos los referentes del sentido común. Su intención es obvia, ponerle freno, amedrentarla, y de paso a todos los colegas. Como ella, según la FLIP, son 33 reporteros presionados por quienes dicen defender la Constitución y la ley.

Igualmente reprobable es la andanada rabiosa del furibismo y sus bodegas contra la comunicadora Mónica Rodríguez, víctima en el pasado y presente del matoneo en redes sociales, del hostigamiento contra su persona y de la estigmatización por decir lo que piensa, el más sagrado de los derechos que subyacen a nuestros acuerdos sociales. Como ella suman este año 24 colegas víctimas de estigmatización y 30 de hostigamiento, al decir de la FLIP.

Pero ahí no cesa la avanzada. Está de moda que unos funcionarios impidan o les digan a otros qué pueden responderle a la prensa, como el reciente caso del director de la cárcel Modelo al exdirector de la ANI, obstruyendo el acceso a la información de los reporteros y constriñendo la libertad de expresión del exfuncionario.

También parece ser directriz que los funcionarios eviten a los comunicadores, como se dice que pasó con el ministro de Vivienda en Cúcuta y en La Guajira, y como ha pasado en otros casos precedentes, como el ministro Carrasquilla, que muestran la incomodidad del poder con la fiscalización.

La presión o seducción con la pauta publicitaria, la amenaza en sus variadas versiones, el acoso y los ataques viscerales son todos graves atentados contra la libertad de prensa, la libertad de expresión y el derecho ciudadano de estar informados sobre las veleidades del poder. Hace falta más que solidaridad en redes. Están yendo demasiado lejos

Que discrepen

De eso se trata la política al fin de cuentas, de lidiar con los desacuerdos. Y ahí va la FARC, aprendiendo a trancas y a mochas. Por eso no se entiende el morbo exagerado ni el tono apocalíptico acerca de las discrepancias ideológicas, partidistas y prácticas entre sus dirigentes. (Publica El Espectador)

Como tampoco se comprende que, en cambio, se miren con la lupa de los eufemismos las profundas divisiones en el Centro Democrático, la U o los partidos que, alguna vez, fueron tradicionales.

Resulta más “saludable” que dirigentes como Joaquín Gómez o Fabián Ramírez ventilen sus diferencias con Timochenko y el resto de la cúpula fariana para poder entender a qué juegan y cómo se están involucrando en la cosa pública.

El primer falso dilema que hay que desmontar es que los disensos llevan forzosamente a extremos, como la retoma de las armas por parte de algunos de ellos. Las misivas de Gómez y Ramírez, en vez de tener tono de ultimátum, denotan una crítica profunda y necesaria que cuestiona la actuación de sus líderes en lo ideológico, lo político y lo ético.

En vez de demonizarlo, se trata de un debate que el país no se puede perder porque deja ver los miedos de sus dirigentes tanto a las investigaciones judiciales como a los enemigos territoriales; las rencillas personalizadas, así quieran negarlas, y las divergencias por hitos como el caso Santrich, los primeros pinitos en el Congreso y por el manejo de los dineros asignados, cuyo seguimiento dejará ver si se quieren diferenciar o están cayendo en las mismas prácticas políticas que tanto combatieron.

Eso no significa que no haya inquietud por los ocho dirigentes y otros tantos miembros de ese partido cuyo paradero se desconoce. Una cosa es que hayan renunciado al proceso y otra que anden paranoicos o desconcertados por las incertidumbres reinantes en la implementación del Acuerdo y estén a la espera de momentos más propicios. Que lo dejen saber, así sea en medio de las más crudas discrepancias

Si lo dejan

Desacomodado, torpe y dando palos de ciego se ve al Centro Democrático que, como ha pasado con la izquierda, aprendió a ser oposición, no pocas veces delirante e irascible, pero que ha demostrado que no estaba preparado para volver al poder. (Publica el Espectador)

Comenzando por su jefe natural, el senador Uribe, que reparte su tiempo apagando incendios de su pasado y tratando de volver a su estrategia de base, la de construir un enemigo que le permita moverse en su feudo: la contrapropaganda, la exageración y la desfiguración. Con las Farc mansitas aprendiendo a hacer política, la fatiga del mito endeble del castrochavismo, el expresidente Santos hecho oídos sordos y sin un fantasma poderoso a la vista, anda disparando dardos a todo lo que se mueva: la consulta, las cortes, Claudia López, etc., a ver si por algún lado salta la liebre.

Y en medio de esa aridez, contribuye Uribe a la falta de credibilidad del presidente, lanzando globos sonda en el afán de liderar la agenda política y copar la mediática. El resultado es el deterioro de la figura de Duque, que deja ver todo su desconcierto ante el fuego amigo, el fuego de los bancadas que se le oponen y el fuego, ese sí real, de bacrim, Eln y desertores de las Farc. Para colmo, la consulta anticorrupción, que miró con algo de displicencia, se le creció y terminó de restarle protagonismo.

Hay una enorme diferencia entre la comunicación del candidato y la del ahora presidente que perdió contundencia y eficacia hasta en sus gestos y tono de voz.

Lo mismo pasa con su partido que no ha terminado de asimilar la bipolaridad en la propaganda (que tampoco le funciónó al dueto Santos-Pinzón). Se creyeron mayoría y con el camino expedito, pero se quedaron en la fase de la vocinglería, olvidando que ahora son parte del gobierno y que los ciudadanos impacientes queremos resultados.

Ya es hora de que el presidente cambie el tiempo de procuración y de futuro indefinido al que lo relegaron. Eso sí, si lo dejan sus copartidarios.

Gobernar y obedecer: ¿un dilema?

Bien poco duraron las esperanzas que despertaron las primeras frases de Iván Duque luego de ganar la segunda vuelta presidencial. La idea de allanar las diferencias y pensar en la reconciliación de los colombianos, que fue su mensaje en la última parte de la campaña, cedió terreno ante su discurso inicial de revisar el Acuerdo de Paz, lo que comenzó a cristalizarse ayer con el congelamiento de la reglamentación de la JEP en el Congreso.

Es cierto que hay inamovibles en ese Acuerdo, pero, fiel a su tradición, el uribismo insistirá en los detalles, que es, como se sabe desde noviembre de 2016, donde habitan los demonios, y donde se jugará a fondo el desmonte del proceso de paz hasta donde sea posible.

La alusión a la base exguerrillera, para darle tranquilidad y que no continúe la desbandada, lleva entre líneas una notificación a los jefes y miembros del Secretariado. Irán por ellos.

Su “lapsus”, de enorme torpeza política, al no reconocer la campaña de Petro ni a sus ocho millones de votantes, que sumados a los 800.000 que puso el voto en blanco son nada menos que el 46 % de votantes, que no estuvieron con él, no es simple descortesía como se ha dicho; retiñe la línea ideológica y alimenta desde el comienzo la idea de oposición.

Fue contradictorio su argumento de la llegada de una nueva generación al poder con su deuda y gratitud a la vieja clase política, de apellidos Uribe, Pastrana y Ordóñez, en la que se apoyó y fue definitiva en su elección. Y eso que no agradeció públicamente a Gaviria y Vargas Lleras.

Tampoco sonó creíble, a la luz de los resultados en regiones como la costa Caribe, eso de la lucha contra la politiquería y el clientelismo.

Comienza rápido a despejarse la incertidumbre inicial de cuáles promesas cumplirá, si las de antes o las posteriores a la primera vuelta. Bien lo decía Alicia Arango, la bisagra entre los modos de pensar y hacer de Duque y Uribe. El que gobierna es el candidato ganador, pero el jefe es Uribe. Y al jefe se le obedece. ¿O no?

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