Que discrepen

De eso se trata la política al fin de cuentas, de lidiar con los desacuerdos. Y ahí va la FARC, aprendiendo a trancas y a mochas. Por eso no se entiende el morbo exagerado ni el tono apocalíptico acerca de las discrepancias ideológicas, partidistas y prácticas entre sus dirigentes. (Publica El Espectador)

Como tampoco se comprende que, en cambio, se miren con la lupa de los eufemismos las profundas divisiones en el Centro Democrático, la U o los partidos que, alguna vez, fueron tradicionales.

Resulta más “saludable” que dirigentes como Joaquín Gómez o Fabián Ramírez ventilen sus diferencias con Timochenko y el resto de la cúpula fariana para poder entender a qué juegan y cómo se están involucrando en la cosa pública.

El primer falso dilema que hay que desmontar es que los disensos llevan forzosamente a extremos, como la retoma de las armas por parte de algunos de ellos. Las misivas de Gómez y Ramírez, en vez de tener tono de ultimátum, denotan una crítica profunda y necesaria que cuestiona la actuación de sus líderes en lo ideológico, lo político y lo ético.

En vez de demonizarlo, se trata de un debate que el país no se puede perder porque deja ver los miedos de sus dirigentes tanto a las investigaciones judiciales como a los enemigos territoriales; las rencillas personalizadas, así quieran negarlas, y las divergencias por hitos como el caso Santrich, los primeros pinitos en el Congreso y por el manejo de los dineros asignados, cuyo seguimiento dejará ver si se quieren diferenciar o están cayendo en las mismas prácticas políticas que tanto combatieron.

Eso no significa que no haya inquietud por los ocho dirigentes y otros tantos miembros de ese partido cuyo paradero se desconoce. Una cosa es que hayan renunciado al proceso y otra que anden paranoicos o desconcertados por las incertidumbres reinantes en la implementación del Acuerdo y estén a la espera de momentos más propicios. Que lo dejen saber, así sea en medio de las más crudas discrepancias

Si lo dejan

Desacomodado, torpe y dando palos de ciego se ve al Centro Democrático que, como ha pasado con la izquierda, aprendió a ser oposición, no pocas veces delirante e irascible, pero que ha demostrado que no estaba preparado para volver al poder. (Publica el Espectador)

Comenzando por su jefe natural, el senador Uribe, que reparte su tiempo apagando incendios de su pasado y tratando de volver a su estrategia de base, la de construir un enemigo que le permita moverse en su feudo: la contrapropaganda, la exageración y la desfiguración. Con las Farc mansitas aprendiendo a hacer política, la fatiga del mito endeble del castrochavismo, el expresidente Santos hecho oídos sordos y sin un fantasma poderoso a la vista, anda disparando dardos a todo lo que se mueva: la consulta, las cortes, Claudia López, etc., a ver si por algún lado salta la liebre.

Y en medio de esa aridez, contribuye Uribe a la falta de credibilidad del presidente, lanzando globos sonda en el afán de liderar la agenda política y copar la mediática. El resultado es el deterioro de la figura de Duque, que deja ver todo su desconcierto ante el fuego amigo, el fuego de los bancadas que se le oponen y el fuego, ese sí real, de bacrim, Eln y desertores de las Farc. Para colmo, la consulta anticorrupción, que miró con algo de displicencia, se le creció y terminó de restarle protagonismo.

Hay una enorme diferencia entre la comunicación del candidato y la del ahora presidente que perdió contundencia y eficacia hasta en sus gestos y tono de voz.

Lo mismo pasa con su partido que no ha terminado de asimilar la bipolaridad en la propaganda (que tampoco le funciónó al dueto Santos-Pinzón). Se creyeron mayoría y con el camino expedito, pero se quedaron en la fase de la vocinglería, olvidando que ahora son parte del gobierno y que los ciudadanos impacientes queremos resultados.

Ya es hora de que el presidente cambie el tiempo de procuración y de futuro indefinido al que lo relegaron. Eso sí, si lo dejan sus copartidarios.

Gobernar y obedecer: ¿un dilema?

Bien poco duraron las esperanzas que despertaron las primeras frases de Iván Duque luego de ganar la segunda vuelta presidencial. La idea de allanar las diferencias y pensar en la reconciliación de los colombianos, que fue su mensaje en la última parte de la campaña, cedió terreno ante su discurso inicial de revisar el Acuerdo de Paz, lo que comenzó a cristalizarse ayer con el congelamiento de la reglamentación de la JEP en el Congreso.

Es cierto que hay inamovibles en ese Acuerdo, pero, fiel a su tradición, el uribismo insistirá en los detalles, que es, como se sabe desde noviembre de 2016, donde habitan los demonios, y donde se jugará a fondo el desmonte del proceso de paz hasta donde sea posible.

La alusión a la base exguerrillera, para darle tranquilidad y que no continúe la desbandada, lleva entre líneas una notificación a los jefes y miembros del Secretariado. Irán por ellos.

Su “lapsus”, de enorme torpeza política, al no reconocer la campaña de Petro ni a sus ocho millones de votantes, que sumados a los 800.000 que puso el voto en blanco son nada menos que el 46 % de votantes, que no estuvieron con él, no es simple descortesía como se ha dicho; retiñe la línea ideológica y alimenta desde el comienzo la idea de oposición.

Fue contradictorio su argumento de la llegada de una nueva generación al poder con su deuda y gratitud a la vieja clase política, de apellidos Uribe, Pastrana y Ordóñez, en la que se apoyó y fue definitiva en su elección. Y eso que no agradeció públicamente a Gaviria y Vargas Lleras.

Tampoco sonó creíble, a la luz de los resultados en regiones como la costa Caribe, eso de la lucha contra la politiquería y el clientelismo.

Comienza rápido a despejarse la incertidumbre inicial de cuáles promesas cumplirá, si las de antes o las posteriores a la primera vuelta. Bien lo decía Alicia Arango, la bisagra entre los modos de pensar y hacer de Duque y Uribe. El que gobierna es el candidato ganador, pero el jefe es Uribe. Y al jefe se le obedece. ¿O no?

¿Indignos o indignados?

Lo más grave de que gane el uribismo no solo es el regreso impune del partido del odio (ya lo decía Gabo, “volverán, la vergüenza tiene mala memoria”), sino también el espaldarazo a toda esa clase dirigente que se alineó sin pudor para la foto y que tiene el país como lo tiene. Dime con quién andas y te diré quién eres, decían los abuelos antes de ser víctimas de posverdades y fake news.

Es la enseña no confesada de defender el establecimiento, si el establecimiento significa mantener prerrogativas, privilegios, derechos de casta y títulos de posesión o dominio con base en la pretendida inmortalidad de blasones de corte medieval.

Es como si no importara la insultante desigualdad, o que ese establecimiento se coma $51 billones al año en corrupción, sin contar la mermelada que alcanza los $57 billones solo en los gobiernos de Uribe y Santos.

Es como si ignoráramos que en ese establecimiento no cabemos los ciudadanos y que desecháramos la posibilidad de actualizar esta sociedad que pide a gritos, en las plazas, redes y ante los medios casados con el conformismo, pluralismo e inclusión.

Así somos y así vamos. De a poquitos. Un paso adelante y dos para atrás. Votando por Pastrana para impedir la última toma del narcotráfico al Estado. Y se logró. Votando por Garzón y Noemí, y cuatro años después por Carlos Gaviria para impedir la llegada del populismo de derecha… Y perdimos. Votando por Mockus, la educación y el derecho ciudadano para evitar “el que decía Uribe”… Y volvimos a perder. Votando en segundo período por Santos solo para que firmara la paz y empezara la reconciliación… Y lo logramos. Votando por Fajardo para recuperar el valor de la palabra empeñada y contra el todo vale. Y perdimos una vez más… Ahora tenemos otra oportunidad…

Después de sopesarlo, votaré, como muchos, por Petro con el mandato preciso de combatir la corrupción y disminuir la desigualdad. Nada más. Suficiente para nuestro lento caminar en este mundo —siguiendo a Eduardo Galeano— “de indignos e indignados. Ya sabrá cada quién de qué lado puede o quiere estar”.

Y el barco hundiéndose…

Tras la resaca de la primera vuelta, el antiácido menos efervescente para recuperar el ánimo parecía ser el voto en blanco. Pero la indecente cascada de adhesiones de lo menos granado de la clase política a la campaña de Iván Duque, ya contaminada de origen, deja sin alternativa a los “sin partido”.

No. El país no es ese caldo de anzuelos de alianzas, apellidos y prontuarios que se mezclan sin ton ni son como en los cocteles baratos. Tampoco es esa pretendida ciudadanía que, como el avestruz, esgrime sus escrúpulos para seguir pasando de agache.

La abstención y el voto en blanco también necesitan una plataforma ideológica que los haga viables, visibles e influyentes, y no sean el comodín inveterado de élites y politiqueros sabedores de su poca cauda, por su espíritu de procuración democrática.

Suma la desconfianza que produce la dupla uribista, con su carita de yo no fui y su aire genuino de pasarela para esconder tras la máscara de juventud y contemporización, como se dice desde las historias de Barba Azul y más recientemente en la comunicación política anglosajona, los esqueletos en el armario.

Tanta adhesión espontánea de tantos “prohombres” y tanta advertencia sobre la gratuidad de los apoyos no son más que “chispitas mariposa”, para utilizar el ingenuo lenguaje del cándido candidato, convertido de la noche a la mañana en una suerte de criatura de Frankenstein criollo, diseñado, esta vez, para no volverse contra su creador.

El riesgo, implícito en la metáfora, comenzará cuando esos cadáveres políticos que ahora le dan aliento quieran cobrar vida propia y pasen factura por ventanilla por sus repentinos aires nacionalistas, sus leyendas apocalípticas y sus coros afectados de salve usted la patria.

No es posible pensar en un futuro digno al son de las cuerdas de ese desafinado cuarteto uribe-gavirio-pastrano-samperista, que le canta, en bajo, al rencor y a la venganza, mientras nosotros, tan dignos y tan coherentes, seguimos tocando a rebato mientras el barco se hunde en el pasado.

La “verdadera” campaña

Era de esperarse. En algún momento las campañas políticas iban a comenzar a girar en torno a “la paz”, escrita así, en sentido amplio. Sin concluir la fase de lucha de clases que plantean los orígenes, apellidos y antecedentes de Vargas Lleras y Petro, veremos, a partir de ahora, cómo partidos y firmones se alinderan a lado y lado de esa línea simbólica que es la implementación del proceso de paz. (Publica El Espectador)

La inminente alianza entre Juan Fernando Cristo y Clara López, con la evidente enseña de defender los acuerdos, rompe la calma chicha que rodea a los aspirantes a la Presidencia, que se siguen mirando entre sí, como en un embalaje ciclístico, esperando a ver quién arranca de veras, para recortarle diferencias a Germán Vargas Lleras, el líder de las encuestas de percepción que preguntan quién creen que va a ganar, así no piensen votar por él; y a Gustavo Petro, que encabeza las encuestas que preguntan quién puede hacerle oposición a Vargas Lleras, así no tengan intenciones de sufragar a su favor.

Y es que mientras el tema de la paz promueve polarización, delata sectarizaciones e incita creencias y prejuicios de las masas, otros asuntos, como la lucha anticorrupción, generan consensos y serán banderas comunes a pesar de los gigantescos rabos de paja que andan por ahí, pagando escondederos a peso.

Si primara la tan escasa coherencia, se vería a De la Calle, Cristo, Clara y Petro (y Pearl como Navarro buscando curules) de un lado; y a Vargas Lleras, el que diga Uribe y las obedientes ovejas de algunas iglesias cristianas del otro; se sabe que la alianza Fajardo-Robledo-Claudia apoya el proceso, pero si supedita la bandera anticorrupción se desdibuja. Expectante estará ese sempiterno 25 % de la franja de opinión… Es decir, tal como estábamos hace un año frente al plebiscito. ¿No habremos cambiado ni con la visita papal?

Llegado es el momento en que candidatos a las legislativas y presidenciales tengan que declarar de qué lado están. Entonces comenzará la “verdadera” campaña.

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