¿No saben?

Sea porque es verdad o por burda estrategia, ya suena más que preocupante la disculpa reiterada del Gobierno de que no sabía.

O los funcionarios son unos acomodados ante el fortuito cambiar de los tiempos, o no tienen idea de dónde están parados.

A través de una técnica al estilo del propagandista y exasesor de Trump Roger Stone, en la que el consejero de Seguridad John Bolton muestra al mundo el casi único apunte en su libreta de mano, nos vinimos a enterar de la idea de traer 5.000 soldados a nuestro suelo, sin que el Gobierno tuviera la menor idea al respecto. Y como para que no quedaran dudas de la amenaza, medida disuasiva o apoyo logístico, dependiendo de quién la mire, también intempestivamente nos enteramos todos de la “visita” de Mark Stammer, quien comanda el Ejército sur, uno de cuyos objetivos es combatir las amenazas. ¿El Gobierno lo invitó o fue notificado?

Tampoco sabía el Ejecutivo (aunque uno no acierta qué creer con los dimes y diretes de cada comunicado a cuál más contradictorio) de las gestiones de Everth Bustamante con los voceros del Eln en Cuba. ¿Tampoco sabía de los acercamientos de Angelino Garzón? ¿Es ignorancia o soberbia de creer que los únicos procesos de paz válidos son los propios?

Con la misma aparente ingenuidad de no tener conocimiento responde el comisionado de Paz, Miguel Ceballos, acerca de los protocolos en caso de desistimiento de los diálogos con los elenos, remata diciendo que se enteró por el debate. Menos mal que, según dicen, es un estudioso y aplicado funcionario (!¡).

Hace dos semanas fue el mismo presidente Duque quien dijo desconocer la existencia de los informes sobre asesinatos de líderes sociales en años anteriores. Tampoco parecían conocer a, por lo menos, cinco funcionarios, que luego han tenido que desnombrar. Y la lista sigue…

Una de dos: o hay una doble agenda que ocultan con pretextos torpes, o realmente no están preparados para tomar las riendas del país. Preguntarlo quizás sea ocioso porque ya sabemos la respuesta.

Ganan unos, perdemos todos

Es cierto. El país condena el terrorismo y quiere justicia, pero no a cualquier precio y mucho menos yendo contra la legalidad, recurriendo a medias verdades o a sofismas, y pateando el nido de la paz, cuyos efectos favorables son evidentes.

La estrategia del Gobierno Duque pidiendo la entrega de los negociadores del Eln que están en Cuba, no obstante que no va a suceder, es una jugada a varias bandas:

1. Ganar tiempo con los ires y venires diplomáticos mientras entrega los resultados tangibles que la opinión pública exige en relación con la célula y el frente del Eln, autores del execrable crimen.

2. Darle juego al furibismo mala sangre que quiere borrar la palabra paz de la política pública nacional, como lo demuestra el cambio del inicial discurso conciliador del Gobierno al inamovible diplomático de la entrega de los voceros.

3. Luchar contra la corriente de opinión pública de un Gobierno pusilánime y sin norte en su decir y accionar.

4. Construir un enemigo público creíble, pero que no represente riesgo inminente en el corto o mediano plazo, como les estaba sucediendo con Petro.

5. Exacerbar el alma colectiva, mucho más dúctil y maleable en momentos de tensión y de amenaza.

Hasta ahí gana el Gobierno en su comunicación política, pero pierde el país que, así, muestra que no es confiable en lo jurídico ni en lo legal, con las correspondientes implicaciones en la estabilidad nacional, la confianza institucional por los evidentes errores de seguridad, el turismo, las ventas, la inversión extranjera, el estado de ánimo y en la discusión y avance de los temas urgentes.

Peor aún, gana en visibilidad un grupo subversivo marginal que se tenía más o menos controlado con las conversaciones y que, fraccionado, es impredecible, conminado como queda al vandalismo, al crimen y al terror.

El accionar estúpido y criminal de ese grupo que se diluía en la obsolescencia no puede condenarnos al reciclaje de una violencia estéril, como tampoco la soberbia y oportunismo de quienes en el poder, o detrás de él, se han alimentado de ella y viven para ella.

Encuestas, presiones y tentaciones

Es como si las pasadas elecciones no hubieran definido nada. El presidente Uri… Perdón, Duque, su bancada y sus seguidores no terminan de convencerse de que están en el poder y que llegó la hora de gobernar, preocupados como están de echarle la culpa de cuanto pasa a Gustavo Petro.

O realmente están asustados con el líder de la Colombia Humana o no terminan de pasar el guayabo por no tener ya a las Farc para responsabilizarlas de todos los males del país.

Que esos sectores no estén pensando en los 44 meses de administración que quedan sino en las elecciones de 2022, más que de cálculo político, habla de la incredulidad en las cacareadas capacidades de Duque y un creciente convencimiento en su debilidad. Y no se trata solo de profecías o precauciones, sino de acciones presentes, como lo demuestra el mantenimiento de la denominada cláusula Petro con la que se movieron empresas e industrias en el último año.

Tanta prevención y campaña sucia en redes lo que hace, como ya sucedió en elecciones, es solidificar la figura de Petro y auparlo a actuar en el terreno de la polémica y el debate, donde juega de local.

Pero el aumento en la incredulidad de la idoneidad gerencial de Duque está propiciando el choque de dos fuerzas poderosas con consecuencias impredecibles: una oposición feroz que lo tiene arrinconado y un fuego amigo que no le da tregua. Los dos con el mismo objetivo, marcarle la agenda y el ritmo al presidente.

Si Petro sigue apretando corre el riesgo de que Duque decida lanzarse, sin ambages, a los brazos del furibismo rabioso que pide puestos, influencia y mermelada, así sea con marca registrada.

Si el uribismo rabioso sigue presionando, en el Congreso, los micrófonos y entre las sombras, corre el riesgo de que la disputa por nombramientos o “desnombramientos” (como en la cúpula militar) aumente la fisura con Duque y su círculo de tecnócratas.

El problema no son las encuestas. Lo realmente conflictivo es que, en medio de la soledad, un presidente sin respaldo ceda a las tentaciones totalitarias.

Constructores de ruinas

Si fuésemos un país serio, no tendría que ser el Eln el que, de manera cínica, nos tuviera que recordar que hay que “construir sobre lo construido”. (Publica El Espectador)

Si bien

la solicitud del grupo guerrillero se refiere al año y medio de acercamientos con el anterior gobierno, la solicitud habría que hacerla extensiva a los tres poderes del Estado que hoy andan en plan de desmantelamiento, y no por razones políticas o ideológicas, de instituciones, leyes, normas, proyectos y hasta de compromisos sagrados refrendados por los ciudadanos, como la extensión del período de gobernantes territoriales y nacionales.

La lista es larga y sigue creciendo: dosis mínima, aborto legal, consultas populares, reconfiguración sobre medidas y conveniencias de las cortes, arrinconamiento de los acuerdos con las Farc, ejercicio controlado del periodismo, normatividad centralizada y oficialista sobre tecnologías, medios y televisión; y un absurdo y largo etcétera para apenas 70 días de improvisación y palos de ciego.

Así se han ido resquebrajando los logros más importantes para esta sociedad que no termina de conocerse, como la Constitución del 91 y el proceso de paz, que eran garrochas para franquear el muro del anquilosamiento y el provincianismo.

Nada de eso parece importar en medio de este ambiente contaminado e irrespirable por debates afincados en creencias personales, prejuicios suplantando argumentos e insultos maquillados de estilo, germen de esta esquizofrenia social que afecta razones, ideologías, percepciones, comportamientos y perspectivas éticas.

Por eso, no diferenciamos entre mermelada y nombramientos clientelistas, entre vocación por la educación y contentillo, entre condecoraciones espurias y pago de favores, entre legislación y repartija, entre alianzas parlamentarias y componendas, entre reformar y refundar…

Ahí van, entre el espejo retrovisor y la tierra arrasada, fabricando ruinas, único legado seguro para las próximas generaciones.

El buen colombiano

Los síntomas están ahí, a la vista. La virulencia verbal, el decaimiento moral y la desarticulación de la esfera pública dejan ver que avanzamos, que nos llevan a empellones a eso que llamó Hannah Arendt una sociedad totalitaria. (Publica El Espectador)

No es un secreto de Estado, como lo han reconocido desde el Centro Democrático, que la violencia discursiva, la agenda puesta en el pasado reciente y el “inflamil” aplicado a propuestas imposibles por absurdas apuntan a “ambientar” la andanada de reformas que se nos vienen pierna arriba y que, a pesar de su pretendida urgencia, esperan sigilosas el momento de salir al ruedo.

Es la fase de desgaste de la opinión pública, que es veleidosa y se cansa rápido. Le apuesta a abrir tantos frentes de polémica como sea posible sin intención de profundizar en ninguno. Pero también a generar confusión con iniciativas dispares y voceros del partido de gobierno en aparente contradicción. Una toxicidad que deviene en fatiga y que genera un paulatino desinterés ciudadano en los asuntos que le conciernen. Da lugar al individuo sumido, al decir de Arendt, “en la triste opacidad de su vida privada”, en su supervivencia y en sus intereses para neutralizarlo en la inmovilidad del conformismo.

Mientras tanto, se avivan los prejuicios para generar lazos de adhesión por las vías del prejuicio y del seudomoralismo. Entonces se entiende el acento del Gobierno en su confrontación con molinos de viento como la dosis mínima, tendencias sexuales, xenofobia encubierta y los ataques personalizados al expresidente Santos, periodistas, magistrados, líderes o cualquier voz disidente que incite al pluralismo, el antídoto del Estado totalitario.

La fórmula no es nueva como lo saben los vecinos venezolanos y, más recientemente, los brasileños, expuestos al discurso agresivo y contaminado de moralina de Bolsonaro.

El resultado ya se deja ver: individuos que actúan y reaccionan en la cotidianidad y en las redes sociales de manera irracional pero idéntica, la versión homologada del buen colombiano.

Han ido demasiado lejos

No. No son gajes del oficio. No podemos normalizar el acoso judicial, ni el matoneo, ni el hostigamiento, ni la obstrucción, directa o indirecta, al trabajo de los periodistas en nuestro país. (Publica El Espectador)

La tutela a María Jimena Duzán por sus valientes y necesarias columnas sobre el caso Odebrecht no solo es sospechosa de origen, sino que se salta todos los referentes del sentido común. Su intención es obvia, ponerle freno, amedrentarla, y de paso a todos los colegas. Como ella, según la FLIP, son 33 reporteros presionados por quienes dicen defender la Constitución y la ley.

Igualmente reprobable es la andanada rabiosa del furibismo y sus bodegas contra la comunicadora Mónica Rodríguez, víctima en el pasado y presente del matoneo en redes sociales, del hostigamiento contra su persona y de la estigmatización por decir lo que piensa, el más sagrado de los derechos que subyacen a nuestros acuerdos sociales. Como ella suman este año 24 colegas víctimas de estigmatización y 30 de hostigamiento, al decir de la FLIP.

Pero ahí no cesa la avanzada. Está de moda que unos funcionarios impidan o les digan a otros qué pueden responderle a la prensa, como el reciente caso del director de la cárcel Modelo al exdirector de la ANI, obstruyendo el acceso a la información de los reporteros y constriñendo la libertad de expresión del exfuncionario.

También parece ser directriz que los funcionarios eviten a los comunicadores, como se dice que pasó con el ministro de Vivienda en Cúcuta y en La Guajira, y como ha pasado en otros casos precedentes, como el ministro Carrasquilla, que muestran la incomodidad del poder con la fiscalización.

La presión o seducción con la pauta publicitaria, la amenaza en sus variadas versiones, el acoso y los ataques viscerales son todos graves atentados contra la libertad de prensa, la libertad de expresión y el derecho ciudadano de estar informados sobre las veleidades del poder. Hace falta más que solidaridad en redes. Están yendo demasiado lejos

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