Gobernar y obedecer: ¿un dilema?

Bien poco duraron las esperanzas que despertaron las primeras frases de Iván Duque luego de ganar la segunda vuelta presidencial. La idea de allanar las diferencias y pensar en la reconciliación de los colombianos, que fue su mensaje en la última parte de la campaña, cedió terreno ante su discurso inicial de revisar el Acuerdo de Paz, lo que comenzó a cristalizarse ayer con el congelamiento de la reglamentación de la JEP en el Congreso.

Es cierto que hay inamovibles en ese Acuerdo, pero, fiel a su tradición, el uribismo insistirá en los detalles, que es, como se sabe desde noviembre de 2016, donde habitan los demonios, y donde se jugará a fondo el desmonte del proceso de paz hasta donde sea posible.

La alusión a la base exguerrillera, para darle tranquilidad y que no continúe la desbandada, lleva entre líneas una notificación a los jefes y miembros del Secretariado. Irán por ellos.

Su “lapsus”, de enorme torpeza política, al no reconocer la campaña de Petro ni a sus ocho millones de votantes, que sumados a los 800.000 que puso el voto en blanco son nada menos que el 46 % de votantes, que no estuvieron con él, no es simple descortesía como se ha dicho; retiñe la línea ideológica y alimenta desde el comienzo la idea de oposición.

Fue contradictorio su argumento de la llegada de una nueva generación al poder con su deuda y gratitud a la vieja clase política, de apellidos Uribe, Pastrana y Ordóñez, en la que se apoyó y fue definitiva en su elección. Y eso que no agradeció públicamente a Gaviria y Vargas Lleras.

Tampoco sonó creíble, a la luz de los resultados en regiones como la costa Caribe, eso de la lucha contra la politiquería y el clientelismo.

Comienza rápido a despejarse la incertidumbre inicial de cuáles promesas cumplirá, si las de antes o las posteriores a la primera vuelta. Bien lo decía Alicia Arango, la bisagra entre los modos de pensar y hacer de Duque y Uribe. El que gobierna es el candidato ganador, pero el jefe es Uribe. Y al jefe se le obedece. ¿O no?

¿Indignos o indignados?

Lo más grave de que gane el uribismo no solo es el regreso impune del partido del odio (ya lo decía Gabo, “volverán, la vergüenza tiene mala memoria”), sino también el espaldarazo a toda esa clase dirigente que se alineó sin pudor para la foto y que tiene el país como lo tiene. Dime con quién andas y te diré quién eres, decían los abuelos antes de ser víctimas de posverdades y fake news.

Es la enseña no confesada de defender el establecimiento, si el establecimiento significa mantener prerrogativas, privilegios, derechos de casta y títulos de posesión o dominio con base en la pretendida inmortalidad de blasones de corte medieval.

Es como si no importara la insultante desigualdad, o que ese establecimiento se coma $51 billones al año en corrupción, sin contar la mermelada que alcanza los $57 billones solo en los gobiernos de Uribe y Santos.

Es como si ignoráramos que en ese establecimiento no cabemos los ciudadanos y que desecháramos la posibilidad de actualizar esta sociedad que pide a gritos, en las plazas, redes y ante los medios casados con el conformismo, pluralismo e inclusión.

Así somos y así vamos. De a poquitos. Un paso adelante y dos para atrás. Votando por Pastrana para impedir la última toma del narcotráfico al Estado. Y se logró. Votando por Garzón y Noemí, y cuatro años después por Carlos Gaviria para impedir la llegada del populismo de derecha… Y perdimos. Votando por Mockus, la educación y el derecho ciudadano para evitar “el que decía Uribe”… Y volvimos a perder. Votando en segundo período por Santos solo para que firmara la paz y empezara la reconciliación… Y lo logramos. Votando por Fajardo para recuperar el valor de la palabra empeñada y contra el todo vale. Y perdimos una vez más… Ahora tenemos otra oportunidad…

Después de sopesarlo, votaré, como muchos, por Petro con el mandato preciso de combatir la corrupción y disminuir la desigualdad. Nada más. Suficiente para nuestro lento caminar en este mundo —siguiendo a Eduardo Galeano— “de indignos e indignados. Ya sabrá cada quién de qué lado puede o quiere estar”.

Y el barco hundiéndose…

Tras la resaca de la primera vuelta, el antiácido menos efervescente para recuperar el ánimo parecía ser el voto en blanco. Pero la indecente cascada de adhesiones de lo menos granado de la clase política a la campaña de Iván Duque, ya contaminada de origen, deja sin alternativa a los “sin partido”.

No. El país no es ese caldo de anzuelos de alianzas, apellidos y prontuarios que se mezclan sin ton ni son como en los cocteles baratos. Tampoco es esa pretendida ciudadanía que, como el avestruz, esgrime sus escrúpulos para seguir pasando de agache.

La abstención y el voto en blanco también necesitan una plataforma ideológica que los haga viables, visibles e influyentes, y no sean el comodín inveterado de élites y politiqueros sabedores de su poca cauda, por su espíritu de procuración democrática.

Suma la desconfianza que produce la dupla uribista, con su carita de yo no fui y su aire genuino de pasarela para esconder tras la máscara de juventud y contemporización, como se dice desde las historias de Barba Azul y más recientemente en la comunicación política anglosajona, los esqueletos en el armario.

Tanta adhesión espontánea de tantos “prohombres” y tanta advertencia sobre la gratuidad de los apoyos no son más que “chispitas mariposa”, para utilizar el ingenuo lenguaje del cándido candidato, convertido de la noche a la mañana en una suerte de criatura de Frankenstein criollo, diseñado, esta vez, para no volverse contra su creador.

El riesgo, implícito en la metáfora, comenzará cuando esos cadáveres políticos que ahora le dan aliento quieran cobrar vida propia y pasen factura por ventanilla por sus repentinos aires nacionalistas, sus leyendas apocalípticas y sus coros afectados de salve usted la patria.

No es posible pensar en un futuro digno al son de las cuerdas de ese desafinado cuarteto uribe-gavirio-pastrano-samperista, que le canta, en bajo, al rencor y a la venganza, mientras nosotros, tan dignos y tan coherentes, seguimos tocando a rebato mientras el barco se hunde en el pasado.

La “verdadera” campaña

Era de esperarse. En algún momento las campañas políticas iban a comenzar a girar en torno a “la paz”, escrita así, en sentido amplio. Sin concluir la fase de lucha de clases que plantean los orígenes, apellidos y antecedentes de Vargas Lleras y Petro, veremos, a partir de ahora, cómo partidos y firmones se alinderan a lado y lado de esa línea simbólica que es la implementación del proceso de paz. (Publica El Espectador)

La inminente alianza entre Juan Fernando Cristo y Clara López, con la evidente enseña de defender los acuerdos, rompe la calma chicha que rodea a los aspirantes a la Presidencia, que se siguen mirando entre sí, como en un embalaje ciclístico, esperando a ver quién arranca de veras, para recortarle diferencias a Germán Vargas Lleras, el líder de las encuestas de percepción que preguntan quién creen que va a ganar, así no piensen votar por él; y a Gustavo Petro, que encabeza las encuestas que preguntan quién puede hacerle oposición a Vargas Lleras, así no tengan intenciones de sufragar a su favor.

Y es que mientras el tema de la paz promueve polarización, delata sectarizaciones e incita creencias y prejuicios de las masas, otros asuntos, como la lucha anticorrupción, generan consensos y serán banderas comunes a pesar de los gigantescos rabos de paja que andan por ahí, pagando escondederos a peso.

Si primara la tan escasa coherencia, se vería a De la Calle, Cristo, Clara y Petro (y Pearl como Navarro buscando curules) de un lado; y a Vargas Lleras, el que diga Uribe y las obedientes ovejas de algunas iglesias cristianas del otro; se sabe que la alianza Fajardo-Robledo-Claudia apoya el proceso, pero si supedita la bandera anticorrupción se desdibuja. Expectante estará ese sempiterno 25 % de la franja de opinión… Es decir, tal como estábamos hace un año frente al plebiscito. ¿No habremos cambiado ni con la visita papal?

Llegado es el momento en que candidatos a las legislativas y presidenciales tengan que declarar de qué lado están. Entonces comenzará la “verdadera” campaña.

Ni por enterado…

Ni por enterado…

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

Desuribizar, destrumpizar…

Por Mario Morales

Suele suceder que confundimos al fenómeno con su causa. Pasa aquí, en Estados, Unidos, Venezuela… Creemos, en pleno siglo XXI, el del renacer de las emociones exacerbadas por el ecosistema mediático, que el problema es Trump, Uribe, Maduro y compañía ilimitada. (Publica el Espectador)

Imaginamos que todavía hay líderes capaces de cambiar, incluso hacia el fracaso, el curso de la historia; o queremos ignorar que son las sociedades, sus almas colectivas, sus creencias y sentires más arraigados, los que hacen posible el surgimiento de los mal llamados neopopulistas, que no son más que intérpretes avanzados de los signos de la época. A veces ni ellos, sino sus asesores.

Esos líderes son el resultado de las ensoñaciones más profundas, a veces inconfesables, de una parte de esas sociedades. Y un día encarnan y aprenden a nutrirse del mito que crece con el sensacionalismo y que los hace inmunes a la diatriba y a la crítica porque se adueñan de esa narrativa, porque hacen del lenguaje del odio su forma expresiva, su pacto emocional con sus seguidores y con sus opositores que los nutren con sus pandectas.

Enceguecer a la masa con exageraciones y desfiguraciones es su manifestación continua de coherencia que aplauden sus áulicos. Ellos o sus asesores conocen bien nuestro sistema nervioso, nuestros reflejos condicionados, nuestras taras. Una vez aplicado el choque no hay defensa que valga… Casi ninguna.

Decían los propagandistas que frente a los agitadores, como Steve Bannon —el hoy afamado alter ego de Trump—, lo único que funciona es la razón. La historia los contradice.

Frente al escándalo, la indignación, mentiras o engaño, que son motores de combustión de las masas necesitadas de estímulos como canes pavlovianos, lo único que funciona es la indiferencia. A veces, combatir una mentira con base en argumentos es una forma indirecta y efectiva de potenciarla.

Desuribizar, destrumpizar, despalomizar ayuda a dejar al pez sin agua, sin oxígeno… Y de comenzar a curarnos de esa adicción.

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