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Calidad informativa: ¿Una utopía?

9 May , 2005  

La celebración del día de la libertad de prensa, la semana pasada, es la excusa perfecta para evaluar la calidad de la información. Columna del académico Germán Ortiz.
Por Germán Ortiz Leiva
Publicado en Revista Semana

El contexto

Hace unos días a propósito del Día Mundial sobre Libertad de Prensa, la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF), publicó su último informe sobre las condiciones de seguridad de los periodistas en el mundo en zonas de abierta guerra -caso Irak -, conflicto persistente – Colombia-, frágiles democracias – Haití -, o que padecen regímenes autoritarios – Cuba, y viejos países de la ex Unión Soviética, lugares todos en donde ser periodista resulta en ocasiones altamente peligroso para preservar la vida sin riesgo por razones propias del oficio, provocar su encarcelamiento o en el mejor de los casos, ser objeto de amenazas veladas o manifiestas por cuenta de los poderes locales y los actores violentos que actúan cerca de los espacios de trabajo de muchos periodistas.

En este sentido, la información se ha transformado poco a poco y en la medida en que se le ha reconocido efectos importantes en las sociedades modernas – sobre ella deciden y actúan los políticos, piensan los ciudadanos, se mueven las naciones – un arma estratégica que pone en tensión el impulso natural de los hombres de saber qué pasa a su alrededor frente al celo de los poderosos que sienten que la prensa y sus periodistas deben ser partidarios de sus causas o de lo contrario merecen la censura y el rechazo. Y aunque la información como tal no sea exclusiva del oficio periodístico ya que otras muchas profesiones se relacionan también con ella y su manejo – corredores de bolsa, administradores de sistemas informáticos – la periodística, se vuelve de valor agregado para el oficio que se pone frente al juego recurrente del poder político.

“El primer deber de la prensa es obtener una inteligencia pronta y correcta de los hechos de actualidad e, instantáneamente, revelarlos para hacerlos patrimonio común de la nación” resaltaba un editorial del periódico The Times en Londres en 1852. De ahí que esta información, la periodística, se vuelva más valiosa no sólo porque va dirigida al público y a la opinión de las gentes, sino porque además sino fuera por ella, estas gentes jamás se enterarían de “algo” que probablemente no sabrían si los medios de comunicación no se lo informaran. La información en este sentido resulta de suma importancia tal como lo demostró la historia en la llamada Perestroyka (reforma) de Gorbachov, la cual por ejemplo, no hubiera sido posible sino se hubiera dado bajo un ambiente de Glasnot (transparencia) de la información, que permitió conocer muchos asuntos de la sociedad soviética que por décadas estuvieron ocultos por razones de seguridad nacional y que al salir a la luz pública precisamente dieron al traste con el régimen completo.

Calidad informativa

Pero esta definición de la información periodística del siglo XIX, además nos conduce a entender un aspecto básico de la misma: Su calidad. Tan necesaria para darle más validez social al trabajo de periodistas, redactores y reporteros. Enunciación que para entonces ya identificaba las pautas de las discusiones en torno de la calidad informativa la cual en términos modernos se puede reconocer como la coherencia que de manera ideal debe darse entre los hechos humanos que el periodista reconoce, interpreta y explica y las informaciones de interés público que elabora a partir de tales hechos. Es decir, que no basta con que el periodista transmita como tal, fielmente, tales hechos (el viejo paradigma de la sociedad espejo), sino que además debe darlos como asuntos que trazan lo público porque se hace de muchos y no de unos pocos. Esta coherencia como condición básica a la vez, permitirá evaluar otras características que de manera precisa – objetividad, veracidad, etc.- ayudarán al reconocimiento amplio de la calidad del oficio periodístico y de los productos que se obtienen del mismo

Informar a la sociedad sobre lo que ocurre con todo lo que eso implica en las sociedades actuales no significa otra cosa que decirle a los ciudadanos lo que les puede convenir o no; de los efectos de las acciones de sus dirigentes; de las oportunidades para su bienestar; de cuáles son las peores opciones para sus vidas o de qué resultará mejor para ellos. Es un poco lo inevitable y chocante que resulta del discurso periodístico cuando asume su rol pontificador, cuando habla de la condición humana, sus logros y limitaciones; de lo bueno y lo malo, de lo perverso y lo virtuoso, de lo doloroso y placentero, de lo bello y lo feo, en todos los casos sin renunciar – aunque en ocasiones así parezca o se quiera – a aquello de la condición humana porque esta e irrenunciable y exige un reconocimiento de dignidad y valor.

Pero también es la ocasión para saber hasta donde llega la influencia de los poderosos que se interesan por que sus medios de información cuenten historias acomodadas, parciales e interesadas, que sólo muestren la “historia oficial”, la de los Estados y no la de los ciudadanos. De no ser así, entrarán entonces a amenazar y actuar contra la prensa y los informadores. Denigrarán de ellos y lanzarán advertencias de censuras y regulaciones impuestas. Y un poco más allá, la oportunidad de sentir la presencia de los actores de un conflicto cuyas acciones se dirigirán sin menoscabo hacia los periodistas a quienes consideren parte del bando adversario, que terminan amenazando e intimidando como si fuera un actor más de la guerra.

En general la información ha sido un recurso estratégico para cualquier conflicto. En un país como Colombia en el que es importante contar con el apoyo de gran parte de los ciudadanos para legitimar causas y razones no siempre bien vistas, todos aquellos que tengan que ver con la elaboración y uso de la información, se verán irremediablemente involucrados en sus problemas. Por eso mismo es que el asunto de la libertad de prensa y todas sus expresiones asociadas – derecho a informar y ser informado – se han vuelto cada vez más álgidas en la medida en que el conflicto se profundiza. No en vano desde hace más de un siglo y a propósito de la guerra hispano norteamericana un político advertía: “La primera víctima de la guerra es la verdad”.

Estas amenazas contra su libertad de prensa se reconocen por el número de hechos violentos, amenazas y agresiones que han colocado al país en el mapamundi que la organización RSF exhibe en su portal WEB como zona roja donde hay serias amenazas para ejercer el periodismo. En el 2004 por ejemplo, fueron asesinados 12 periodistas en América Latina. Y aunque Brasil, México, Perú y Haití superaron la cifra de muertos en relación con Colombia en donde sólo fue asesinado un comunicador el año pasado, registramos el 14,6% de las agresiones persistentes, 53 frente a 363 de todo el continente.

Una visión distinta

Pero frente a este panorama, hablar de libertad de prensa puede ser un asunto de oportunidades, porque a pesar de encontrarse el país inmerso en un conflicto social de largo aliento, las empresas informativas han tenido que superar grandes obstáculos por mejorar su desempeño profesional a la hora de cubrir los hechos relacionados no sólo con la guerra, sino con otros aspectos de la sociedad colombiana. Y a pesar de las preocupantes cifras que presenta una organización de carácter internacional como RSF que encuentra que desde hace 10 años, el número de comunicadores muertos en Colombia de manera violenta asciende a un poco más de 50, son muchos los intentos desde los equipos de profesionales, la academia, las organizaciones no gubernamentales y en general la sociedad, para mejorar sus condiciones técnicas, profesionales y humanas que se relacionan de manera directa con las rutinas de elaboración de noticias, manejo de las fuentes, perfección en el uso y manejo del lenguaje, comprensión del conflicto y en general, mejoramiento en los estándares regulares que inciden en la calidad de la práctica periodística.

Para la sociedad colombiana y a pesar de las críticas que se dirijan hacia sus periodistas, le resultará mejor un país que respalde a sus medios de comunicación pero les exija además bajo el principio del bien común, una información transparente que cuide de los ciudadanos y proteja a los reporteros que la hagan. Además, la ciudadanía esperará que dichos canales se amplíen y diversifiquen con lo que se garantizará por supuesto, la pluralidad y la crítica informativa que permita la existencia de una voz disidente que cumpla la función de llamar la atención sobre asuntos que parezcan invisibles a la opinión. Es el verdadero sentido democrático de la información periodística.

Los medios alternativos en este sentido, poco a poco serán fuente importante de datos, contenidos y reflexiones que no suelen estar presentes en los medios convencionales; canalizan la voz ciudadana e impactan en los sectores más jóvenes como los que suelen aprovechar más estos caminos por aquello de la apropiación tecnológica los blogs por ejemplo, los grupos virtuales de discusión, los boletines digitales, las emisoras colegiales, los periódicos murales e incluso las estaciones comunitarias de municipios que pueden replantear la información masiva lejos de los filtros naturales de la información comercial (otra forma de censura) y darla por encima de las amenazas de actores armados, delincuentes o políticos corruptos, como algo de naturaleza pública que debe ser conocida por todos, para configurar una sociedad más justa y equilibrada que permita soñar salidas más creíbles para la comunidad.

Informar antes que Comunicar

Para informar sobre los hechos sociales y hacerlo de forma adecuada, debe entenderse que el periodista se diferencia del ciudadano común no sólo por la intencionalidad de comunicar algo, sino porque además, debe hacerlo verdaderamente. Para lograrlo se toman datos de una realidad de la que el propio periodista hace parte y de la que, de manera subjetiva él como sujeto, considera relevantes para trasmitirlos a una comunidad con interés social y humano.

La escogencia, elaboración y entrega de mensajes que hablen de realidades humanas, debe conllevar verdades implícitas que no deformen ni alejen el entendimiento individual y social de dicha realidad. Informar en este sentido, se convierte en uno de los principios fundamentales del periodismo. De hecho, el asunto conduce a un debate más profundo: la manera como su práctica profesional – recolección de datos del entorno con la intención de someterlos al llamado interés informativo – logra obtener productos periodísticos de calidad para los ciudadanos. Además del tipo de características que debe conllevar dicha información: Confiabilidad, responsabilidad, objetividad, veracidad como criterios evaluativos de la información periodística que parte de la realidad social. No hay que olvidar, que en muchas ocasiones la calidad del producto informativo se compara no tanto con la rutina periodística utilizada o el modo de obtención de los datos como sí con la realidad misma.

Finalmente esta sociedad, la colombiana, no hará nada ni exigirá cambios en las actitudes de sus gobernantes, si percibe unas empresas informativas poco responsables, legítimas y creíbles. En cambio, hará todo lo que esté a su alcance a través de diversos fenómenos de opinión pública si ve en sus periodistas, personas temerarias en el sentido pleno de la palabra y bien dispuestas para dar lo mejor de sí mismas para hacer de Colombia una sociedad con mejor sentido.

* Profesor del Programa de Periodismo y Opinión Pública de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario en Bogotá