HRW y SIP rechazan el cierre de Radio Caracas TV, la entidad continental lo considera una barbarie contra la prensa

Mientras continúan en distintas ciudades de Venezuela las marchas en contra del cierre de Radio Caracas TV (RCTV), la organización internacional de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch (HRW) señaló que la decisión del gobierno venezolano de Hugo Chávez de no renovar la licencia del canal privado constituye una amenaza a la libertad de expresión. Lo mismo sostuvo la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y manifestó que la decisión del gobierno de cerrar Radio Caracas Televisión (RCTV) “atrasa a América en más de 30 años

Los valores del gran periodismo

Lo que está en nuestra mano, y lo que sin duda debemos hacer es impulsar la práctica de un periodismo comprometido con sus lectores, con el afán de saber que los distingue y con el escrupuloso respeto a los hechos”. Jesús de Polanco, presidente del Grupo PRISA, celebró, en la entrega de los premios Ortega y Gasset, “los valores del gran periodismo”.
En un acto, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y que contó con la presencia de representantes del mundo de la cultura, la empresa y la política, y la actuación musical de un grupo de jazz, Polanco repasó los trabajos y las trayectorias profesionales de quienes han obtenido estos galardones creados hace 24 años, una referencia del periodismo en español, y que han distinguido a periodistas que “dan testimonio de un oficio cumplido con la vocación intelectual y cívica imprescindible”.

El presidente de PRISA recordó que los premios han conseguido descubrir, año tras año, “excelentes trabajos y admirables trayectorias profesionales puestas al servicio de una sociedad que hoy no podría gobernarse por sí misma sin el caudal informativo proporcionado por los medios de comunicación”. Y citó algunos ejemplos del trabajo de los periodistas para destapar tramas de contrabando, crímenes de estado o secuestros amparados por algunos gobiernos. Muchas de estas investigaciones han sido puestas al descubierto pese a los intentos de los grandes poderes por ocultarlos. Los premios Ortega y Gasset han reconocido toda esta labor amparando el periodismo más comprometido. “Éste es el patrimonio que queremos homenajear. Un estilo y un compromiso con lo mejor que esta profesión puede dar de sí”.

En esta edición los premios han correspondido al periodista Roberto Navia por su trabajo de investigación Esclavos made in Bolivia, publicado en el diario El Deber de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), un desgarrador testimonio sobre la explotación de emigrantes bolivianos en los talleres clandestinos de Buenos Aires y São Paulo, realizado con medios muy precarios. En la categoría de mejor labor informativa, el galardón ha sido para el poeta y periodista cubano Raúl Rivero, colaborador de El Mundo, por su trayectoria como informador y su lucha comprometida por la libertad informativa. Por primera vez, los premios que convoca EL PAÍS han creado un apartado dedicado al periodismo digital. El servicio mundial de la BBC en español, BBCMundo.com, ha estrenado esta categoría por su decidida apuesta del periodismo riguroso a través de Internet. En el ámbito del periodismo gráfico, Desirée Martín cautivó al jurado por el dramatismo de la fotografía Cayuco en las costas de Tenerife, publicada en Abc el 22 de marzo de 2006.

Jesús de Polanco aseguró que la “sociedad democrática sólo puede enfrentarse a sus desafíos de crecimiento cuando tiene a su alcance información contrastada y opinión crítica”. El presidente de PRISA recordó el contrato de confianza contraído con EL PAÍS con los lectores. Quiso subrayar este compromiso para aclarar algo que, en situaciones normales, parecería una obviedad, pero no lo es. “A diario nos topamos en algunos medios con el lamentable ejercicio de un escandaloso abuso de esa confianza”, aseguró Polanco, para añadir que “la falsificación de las noticias, mediante el insólito desprecio a las normas de la profesión, es hoy tristemente una usual mercancía en algunos sectores”.

El poeta y novelista José Manuel Caballero Bonald cerró el acto de entrega con una conferencia en la que evocó la libertad de pensamiento aplicada a todos aquellos que escriben. Juan Luis Cebrián, consejero delegado del Grupo PRISA, fue el encargado de presentar al autor de Somos el tiempo que nos queda. Cebrián definió a Caballero Bonald como “un cosmopolita de nacimiento y formación”. “Es un ejemplo personal, literario y periodístico, defensor de una concepción moral de la vida y la literatura”, destacó Cebrián, quien leyó el poema de Caballero Bonald titulado De la prensa.

“Afanarse en la defensa de las verdades viene a ser lo mismo que enfrentarse a las mentiras”, aseguró Caballero Bonald en un discurso literario y a la vez pegado a una profesión que vive de lo que ocurre en la calle. Una profesión que, para el autor de Dos días de septiembre, está “inveteradamente asociada a la información, la investigación y la opinión veraces y justicieras”.

Del unanimismo a la crítica intolerable

A los gobernantes de mentalidad primitiva o autocomplaciente o sólo segura si la acompaña la aureola de unanimidad, la crítica les resulta intolerable. (Entiéndase por crítica cualquier obstáculo en el camino hacia la beatificación que es el nicho en la Historia). A los poderosos la crítica les resulta la insidia que persuade o puede persuadir a los inocentes, la conjura desde la hipocresía de libros y revistas, el desafío que se niega a entender las razones del poder. Al presidente Manuel Ávila Camacho y, sobre todo, al presidente Miguel Alemán Valdés, la crítica les ofende. Si el poder no es intangible, se convierte en algo mísero, en la materia prima del anonimato. Un ejemplo: en 1951 el semanario Presente, dirigido por Jorge Piñó Sandoval, critica –con burlas– al grupo alemanista y al Presidente. Alemán ya es una persona resuelta, moderna y un tanto cuanto adquisitiva. La respuesta a Piñó: unos pistoleros invaden el taller de la revista, golpean ferozmente al director (al que le causan lesiones permanentes) y a los operarios, y Presente desaparece.

En esos años, “la prensa nacional” (es decir capitalina), Excélsior en muy primer término, es el registro complaciente de los actos de gobierno. Todo al servicio del régimen: las ocho columnas, las crónicas de las campañas electorales, la buena fama de los señaladamente corruptos, el festejo de cualquier discurso. Carlos Denegri, el reportero estrella de Excélsior, se distingue por la capacidad de trabajo, la eficacia en la adulación, la cursilería sin medida y el abuso de poder. Su columna “Miscelánea” es leída, o mejor, es descifrada por la clase política (los periodistas inventan la expresión “sociológica”: clase política es el sector al margen de las divisiones convencionales, que responde a un solo jefe y reacciona “como un solo hombre” en los momentos de decisión. Si buscan adjetivar a la clase política sólo hay un término, priísta). Si Denegri no es, no podría ser, el único columnista que ensalza al régimen y se ostenta como “influyentazo”, sí es el ejemplo límite del periodista “en uso de sus libertades”, que reverencia a los poderosos y se comporta caciquilmente.

El director de Excélsior, indescifrable y previsible, es Rodrigo de Llano, de “la vieja escuela” o de “la Universidad de la Vida”, de las “sesiones de análisis de la política y de la nación” que, a modo de ponencias, se reúnen en comidas prolongadas donde el whiskey y el cognac son los preámbulos de la lucidez. Don Rodrigo se preocupa –mi informante es la Hemeroteca Nacional– por nunca defraudar al Presidente de la República, y para ello combate a los subversivos y nunca informa más de lo debido. Y si en las manifestaciones los estudiantes o los obreros gritan “¡Prensa vendida!”, en rigor elogian a los periódicos, porque la desconfianza de unos cuantos es la confianza del Lector Que Importa, y de los secretarios de Estado, los gobernadores, los senadores, los diputados, los empresarios, los altos clérigos. Los lectores comunes y corrientes (todos los no incluidos en la lista anterior) padecen de resignación y cinismo, de indiferencia teatral que al cabo de un tiempo es indiferencia profunda, de recelo que se trueca en alarmismo, de atisbos entre líneas de los hechos probables: “Si mencionan el entusiasmo delirante ante al Informe quiere decir que a lo mejor no todos se durmieron”.

De las transformaciones sobre la marcha

Excélsior es una gran empresa, factura millones de pesos, es una seguridad para anunciantes y dolientes (entre los privilegios de los difuntos está la publicación de su esquela en la primera sección, el verdadero ataúd de lujo), es el espacio confiable de las aspiraciones políticas y es la escuela de muchísimos periodistas verdaderos. Entre ellos, en una generación, Julio Scherer García, Manuel Becerra Acosta hijo, Alberto Ramírez de Aguilar, Hero Rodríguez Toro. Scherer, Becerra Acosta y Ramírez de Aguilar firman una columna política con el seudónimo de Julio Manuel Ramírez, y hasta donde les es posible combaten la impunidad informativa de las columnas de Denegri, las “Misceláneas” (Scherer tiene serios problemas con Rodrigo de Llano, el Skipper, por firmar un manifiesto de protesta por los acontecimientos del 4 de agosto de 1960, cuando los profesores del Movimiento Revolucionario del Magisterio, dirigido por Othón Salazar, intentan marchar de la Normal de Rivera de San Cosme al Zócalo, y son reprimidos con saña por policías, agentes secretos y policía montada). Transformar Excélsior es muy arduo por el arraigo de las prácticas corruptas (el embute, el chayote, el sobre, las categorías de la mitología de la avenida Bucareli y del restaurante Ambassadeur) y por el control minucioso del gobierno, más específicamente de la Secretaría de Gobernación.

Demasiadas vocaciones se extinguen por las oportunidades de corrupción y, en igual o en mayor medida, por las inmensas dificultades para informar con objetividad. ¿Cómo se sostiene un periodismo independiente? ¿Quién distribuye sus publicaciones, quién les consigue anuncios, quién negocia con los políticos? Los funcionarios no nada más son los informantes “secretos”, la legión de Gargantas Profundas especializadas en la mentira, también son los censores, los que reclaman con aspereza o falsa cordialidad al irritarse con una nota o un artículo, o al exigir la complicidad que es militancia abierta a favor de su candidatura. Y en el estire y afloja cotidiano se entrena el periodismo que informa como puede y cuando le dejan. ¡Ah, la metamorfosis del joven idealista que amanece en cortesano beligerante! ¡Ah, la emoción con que se recibe la invitación a comer con el Secretario de Estado o el Presidente de la República! Una tras otra, se festejan las represiones de los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos contra la insurgencia sindical, o se descubren los engaños, por ejemplo cuando el Regente del Departamento Central Ernesto P. Uruchurtu cae de la gracia del presidente Gustavo Díaz Ordaz, y deja de ser el “Regente de Hierro” volviéndose el funcionario prepotente e insufrible que debe abandonar su puesto de inmediato.

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En 1968, el grupo de Julio Scherer gana la dirección de Excélsior y casi su primer acto es suprimir la venta de las ocho columnas, tan increíble como pueda parecer. (Insisto: júzguese al periodismo no con los criterios actuales, sino con los de una sociedad sometida por entero al Presidente y al PRI). Con la mayor rapidez posible, Scherer transforma las reglas de juego y estimula la información confiable. No desaparecen de golpe los periodistas corruptos, o se interrumpe la cercanía entre prensa y poder; tan sólo, y esta transformación es inusitada, se ejerce el periodismo con rigor creciente, y en un medio sometido a todas las asfixias, se inicia el reportaje de investigación. Scherer asume la dirección en agosto de 1968, y semanas después estalla el Movimiento estudiantil.

El trato informativo de la huelga estudiantil es una prueba de los límites impuestos y de las maneras distintas para decir la verdad. No hay enfrentamiento con el régimen, tampoco los reporteros suelen ocultar los hechos. Y el desarrollo del Movimiento impulsa el cambio progresivo. El Excélsior del 3 de octubre comprueba avances y controles. La información es, para la magnitud de los hechos, insuficiente, pero del criterio editorial se encarga el cartón de Abel Quezada, un rectángulo negro con la pregunta: “¿Por qué?”

De cómo resultó que la gran amistad entre periodistas y políticos nunca comenzó

Las atmósferas mitológicas de la avenida Bucareli (1920-1968 aproximadamente) se sostienen en varias premisas, si así se quiere llamar a la sabiduría que si se enuncia se desvanece. Cito algunas:

Un político es el mejor amigo del periodista pero no de la persona,

noticia es que un hombre represente casi en exclusiva a la Patria, vacío noticioso es la condición de la Patria,

“las fuentes generalmente bien informadas” son la conversión del chisme en mitomanía,

el Presidente de la República es el mexicano mejor informado porque quien diga lo contrario no es mexicano,

el Presidente no dicta la línea informativa, él es la línea informativa,

un periodista que cree en su oficio es una frustración que persevera,

los subversivos desearían criticar a las instituciones, pero para que esto suceda deberían conseguir que alguien les publicara sus calumnias, lo que sólo ocurre en libelos de quinientos ejemplares, y

el buen periodista no publica la noticia exclusiva, la comenta a carcajadas a altas horas de la noche.

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La búsqueda de la credibilidad continúa y al final de su sexenio Díaz Ordaz ya detesta a Excélsior, y el sucesor, Luis Echeverría, procura la cercanía. La “apertura democrática” se pone en marcha y al principio le resulta atractiva a bastantes, pero pronto se disipa el beneficio de la duda: no hay tal cosa como “la apertura democrática”, el autoritarismo del régimen es radical, así ya se conceda la existencia marginal de la crítica (acto de generosidad de un régimen con apenas 42 ó 43 años en el poder), y el hostigamiento a la prensa usa –sólo en la capital– de métodos un tanto más sutiles que cárceles, golpizas o desapariciones, por ejemplo el manejo de la dotación de papel de la compañía estatal PIPSA. Al tiempo que impulsa el reportaje de investigación y las crónicas mordaces, Scherer invita a la página editorial a intelectuales críticos, Daniel Cosío Villegas el más destacado. 1973 y 1974 son años muy tensos y Excélsior no se distancia del gobierno, porque éste oculta su violencia y sus saqueos (no se sabe prácticamente nada de la guerra sucia del régimen). En 1975 los elementos del conflicto ya son inocultables.

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El grupo de Scherer atraviesa por estos círculos del cinismo y la corrupción y de modo paulatino intuye, inicia y propone un periodismo distinto. No hablo de milagros sino de espacios arrebatados a las inercias del miedo y la deshonestidad. Y si 1968 es al momento del salto mental, el sexenio de Luis Echeverría educa en la eliminación del autoengaño. Echeverría cree desproporcionadamente en la imagen que obtendrá de los Medios, en especial de la prensa, y por eso recompensa la largueza a los reporteros, negocia con los dueños de las empresas periodísticas, arrastra consigo a cientos de reporteros que cantan sus alabanzas (en lo posible, que nunca es mucho) y reafirman su dimensión de estadista internacional. Pero la torpeza, la ineptitud, la corrupción que se vislumbra y los ecos sordos de la represión hacen que Scherer y su grupo cercano ejerzan ya el distanciamiento.

Entonces las alusiones desfavorables hacen el papel de críticas frontales, y así el historiador aficionado Gastón García Cantú pasa por oposicionista acérrimo. A Echeverría, educado en la unanimidad (“La República sólo conoce un sonido: la voz presidencial”), las críticas le irritan o le indignan (¿cómo advertir los matices de un burócrata exaltado?), y por eso se dispone al aplastamiento de los periodistas herejes. Al principio Scherer no lo cree por una razón elemental: ante el poder presidencial Excélsior es tan poca cosa que no hace falta una conspiración para quitar de su sitio al director. Pero Echeverría está convencido de su dualidad: el político antiguo con el repertorio de traiciones y bajezas, y el estadista moderno que recibe a la emigración chilena, que protege al Tercer Mundo, que habla como si entendiera a Frantz Fanon y a Paolo Freire. Y mientras quiere resolver de una plumada el conflicto árabe-israelí, prepara la caída del insolente y los suyos.

Tras una campaña de retiro de anunciantes, y la invasión del fraccionamiento de Excélsior en Paseos de Taxqueña, se produce la asamblea de la cooperativa del 8 de julio. Allí, en la asamblea que se convierte en la encerrona pistoleril, Scherer y su grupo abandonan Excélsior y asciende Regino Díaz Redondo, director de la Extra, un periodista menor sin otro relieve previo que su acatamiento de las órdenes gubernamentales y su lealtad declamada a Scherer (remito al lector a la excelente crónica de Vicente Leñero, Los periodistas, y al libro testimonial de Scherer, Los Presidentes).

De los preparativos de Proceso

De julio a noviembre de 1976 Scherer y su grupo, más jóvenes que llegan de varias partes, se disponen a ejercer un periodismo distinto, no radicalmente diferente pero ya desprovisto del forcejeo cotidiano con el poder. Lo primero es concederle el centro al reportaje de investigación, lo siguiente es eliminar las concesiones, lo que se consigue de modo abrumador. Los temas se multiplican y la política todo lo corrompe, una forma como otras de decir que el capitalismo salvaje maneja los accesos al poder y sus métodos. De 1976 a 2006, no sin errores y entre grandes aciertos, Proceso se propone informar a fondo, y lo que en la Era del PRI fue casi imposible, ahora, era del desvencijamiento de esta República, es cada vez más directo, y libre. La crítica se normaliza pero la impunidad continúa al mando.

¿Hasta dónde debe llegar la libertad de opinión?

Se está generalizando la creencia de que libertad de opinión es absoluta. Un magistrado, un abogado y una periodista opinan sobre límites, tropiezos y abusos del derecho a la libre expresión.

Vuelve y juega la polémica en torno a la libertad de opinión, dados los recientes casos de la periodista Salud Hernández-Mora frente al magistrado de la Corte Constitucional Jaime Araújo y de Daniel Samper Pizano frente a participantes en los foros de eltiempo.com

Publica Lecturas de fin de Semana de El Tiempo

Según los puntos de vista de tres especialistas: el magistrado de la Corte Constitucional Manuel José Cepeda, la periodista Cecilia Orozco y el abogado Guillermo Puyana Ramos, el derecho de opinión pertenece al ámbito de la conciencia del opinante y está amparado por la Constitución.

Cosa muy diferente la constituyen las opiniones en que el columnista introduce informaciones relativas a hechos, que sería el caso de la tutela interpuesta por Jaime Araújo contra Salud Hernández, fallada a favor del primero. El juez le ordena a la columnista rectificar su afirmación según la cual si ella tuviera que apostar por alguien como el autor de un anónimo enviado a la Corte en el que se afirmaría que el magistrado Rodrigo Escobar se habría reunido con las Auc para que liberaran a su novia, secuestrada tiempo atrás, apostaría por Jaime Araújo.

Pero el Tribunal Superior de Bogotá ha revocado el fallo sobre la tutela mencionada. Cabe preguntar: ¿por qué esa actitud desafiante de la periodista? No veo otra explicación diferente a la de que nadie se imagina a Salud Hernández tras las rejas. Ella es consciente de que eso no va a ocurrir por tres razones: es periodista, es mujer y tiene doble nacionalidad.

Se palpa ahora en el ambiente una cierta desconfianza en la relación entre periodistas y jueces, la cual atribuimos a la manera como los administradores de justicia se resienten de los desacatos de aquellos a sus fallos. Esto debería llamar la atención.

Hay un tema cultural que aparentemente no tiene relación directa con el derecho de opinión y que, sin embargo, está vinculado, en nuestro criterio, con un patrón de comportamiento no exclusivo pero sí sobresaliente en los colombianos (sean o no periodistas) y es su particular manera de ‘disparar’ acusaciones con una ligereza extraordinaria, pasando por encima de parámetros de ética y buen juicio.

No existe una instancia que le permita a la sociedad civil mediar en estos pleitos, que suelen enfrentar a ciudadanos con columnistas y con otro tipo de comentaristas. Tal vez lo que haga falta sea un tribunal ético o algo así, una instancia de notables que, carente de la facultad de penalizar la difamación, pueda emitir, sin embargo, juicios ejemplarizantes.

¿Cómo conciliar libertad de opinión con responsabilidad y ética en el ejercicio de opinar por parte de los columnistas?

Cepeda: La libertad de opinión está ampliamente protegida por la Constitución. Las opiniones, por ser críticas, molestas o incluso chocantes, no dejan de estar protegidas por la Carta. En cuanto a los criterios éticos, estos son los propios del columnista y no los que le sean impuestos externamente. El límite está en respetar los derechos de los demás, en especial la honra y la intimidad. Estos límites implican responsabilidades posteriores, porque los controles previos están proscritos.

Orozco: Se está generalizando la creencia de que la libertad de opinión es un derecho absoluto. Algunos columnistas nunca aceptan que se equivocan -aun cuando haya sentencias- y jamás rectifican porque se sienten por encima de las órdenes judiciales. Adoptan una actitud clasista, algo así como “¿Quién es este pobre juez para sancionarme a mí?”. Un comentarista está obligado, antes de lanzar acusaciones, a investigar, verificar, confrontar con varias fuentes, sobre todo si quien lo informa tiene intereses en el tema. Se trata de ejercer el derecho de opinar respetando los derechos de los demás. Si siempre prevaleciera el derecho de opinión, estaríamos frente a una dictadura de la difamación.

Puyana: Una opinión libre no puede conciliar con nada distinto que la propia conciencia del columnista. Opinar es expresar la intimidad de la conciencia política, moral o religiosa de quien opina, así no se ajuste a los valores de otros.

Algunos columnistas -hay excepciones- se sienten dueños de un fuero tal que es como si se hallaran más allá del alcance de los jueces.

¿Comparte esta opinión?

Cepeda: No me corresponde calificar genéricamente a los columnistas. Creo que los lectores, cada vez más, saben distinguir. La libertad de prensa ocupa una posición preferente en nuestra democracia. Esta se protege en beneficio de los ciudadanos y en aras de crear un espacio propicio para el flujo amplio y desinhibido de opiniones, de lo cual depende la vigencia del pluralismo. La legislación penal colombiana es más protectora de la libertad de opinión que la de otros países latinoamericanos. En Colombia no se prevé la injuria ni la calumnia contra las instituciones públicas, solo contra las personas naturales. También se permite la retractación de quien ofendió con su palabra, sin que se requiera que el ofendido acepte la retractación.

Orozco: No se puede generalizar, pero hay casos notorios. Ciertos comentaristas se dan el lujo de desacatar a los jueces con una tranquilidad que asombra. Se supone que por tener el privilegio de criticar a los demás, los columnistas son los ciudadanos más respetuosos y cumplidores de la ley y de la Constitución. No dudo de que los pecados de la soberbia y la vanidad pueden llevar a cualquiera de estos personajes a fingirse víctima de una supuesta censura para esconder sus faltas.

Puyana: Es la Constitución la que pone la opinión y la conciencia por fuera del alcance de los jueces, por eso dice que son inviolables. Los jueces pueden valorar la verdad o falsedad de los hechos, que el columnista debe verificar como cualquier información y si se equivoca debe rectificar. Un columnista prueba su ética y su responsabilidad con dos cosas: su capacidad de rectificar los hechos cuando se equivoca y su autocontrol frente a las decisiones judiciales adversas. Pretender eludir las consecuencias de un error en los hechos, convirtiendo la derrota judicial en un desafío público a la justicia y hacer del desacato a la autoridad del juez una bandera, no tiene nada que ver con la libertad de opinión.

¿Cómo se compara el caso colombiano con los de opinantes mediáticos en E.U., países europeos y latinoamericanos?

Cepeda: La cuestión no sólo varía por países, sino entre los medios de cada país. Hay tendencias generales distintas. En E.U. tiende a prevalecer la libertad de expresión. Se invierte la carga de la prueba en beneficio del columnista, de tal forma que éste no tiene que demostrar la verdad de lo que afirmó, sino que le corresponde al afectado probar que lo dicho no es cierto y que el periodista sabía que era mentira. En Europa la tendencia es a valorar más la honra y la intimidad. En Latinoamérica se ha llegado incluso a establecer por ley la prohibición de criticar autoridades mediante reglas que califican esas críticas como desacato. La Corte Interamericana concluyó que estas leyes violan la libertad de expresión.

Orozco: En E.U. la situación de la prensa y con ella la de los columnistas, ha llegado a un extremo peligroso de control después del 11 de septiembre. La exigencia de revelar las fuentes es inaceptable. Pero ojo: una cosa es no revelar la identidad de la fuente y otra, escudarse en el secreto profesional para no admitir que se publicaron afirmaciones falsas o que se afectaron sin pruebas el buen nombre y la honra de alguien. Cuando un periodista afirma algo públicamente, se hace responsable y autor de lo dicho, así sea con base en lo que otro aseguró. En cuanto a los países europeos, en particular los nórdicos, se aterrarían los periodistas colombianos del nivel de exigencia ética y jurídica y de los códigos que rigen a los profesionales de la comunicación en esas naciones.

Puyana: Como la opinión pura es casi inexistente, en todas partes los columnistas pueden errar en la verificación de los datos sobre los que sustentan sus opiniones. Lo que he visto de casos recientes son esas equivocaciones en la sustentación de los hechos sobre los que los columnistas basan opiniones críticas negativas y está bien que por esos errores se expongan a consecuencias jurídicas.

Y en cuanto a los medios periodísticos que sirven de anfitriones a esos columnistas, ¿cuál cree que debe ser su actitud cuando un juez ordena su retractación?

Cepeda: La Corte ya profirió una sentencia por medio de la cual los medios de comunicación no son responsables de la veracidad de las afirmaciones sobre hechos que sustentan las opiniones de sus columnistas.

Orozco: Los medios tienen la tendencia de no rectificar, casi con tanta obstinación como los periodistas. Ellos, al igual que la sociedad que critican, perdieron el sentido de la generosidad, la tolerancia y la caballerosidad. Cuando un columnista se mete en líos, normalmente los medios donde opinan se desentienden del problema y su actitud es la del que dice “eso no es conmigo”. Los directivos del medio, cualquiera que sea, deberían tomar su propia posición, bien sea para confrontar a su columnista en privado e inducirlo a rectificar, o bien para separarse públicamente de su actitud. Finalmente, los medios son el espejo donde los ciudadanos se miran y si aquellos no son respetuosos de la ley, ¿qué les pueden exigir a estos?

Puyana: La Corte Constitucional ya definió el punto: la rectificación es un problema de quien opina y no de los medios, y la mera temeridad no es suficiente para ordenar una rectificación. Otra cosa es la difamación.

Hoy es común que los medios vía Internet acojan insultos y calumnias de comentaristas anónimos. ¿Hay formas de filtrar esto sin que se atropelle la libertad de opinión?

Cepeda: Cada medio puede hacerlo. Existen mecanismos técnicos para lograrlo en los foros administrados por los periódicos. Es más difícil en los sitios abiertos de la red. La credibilidad de una opinión está asociada a quien la emite, donde la emite y cómo la emite. Los insultos anónimos en la red tienen poca credibilidad.

Puyana. Veo con preocupación la proliferación de la difamación bajo diferentes máscaras: anónimos, denuncias sin verificación, foros abiertos, etc. De seguir esto así, habrá una revisión constitucional gracias a la ausencia de controles de los propios medios, que teniendo la posibilidad de no divulgar una difamación deciden hacerlo con la excusa falsa de que si se abstienen violan la libertad de opinión y que lo que hacen es estimular el “sano” debate.

Magistrado Cepeda: ¿en una columna de opinión, cuando se mencionan hechos, existe un límite de veracidad respecto de la información contenida allí?

Cepeda: La Corte, en la sentencia de tutela SU-1721 de 2000, dijo que el que una información sobre hechos esté en una columna no la hace inmune al requisito de que sea verdadera. La opinión es libre, pero la información es sagrada. De tal forma que la rectificación puede versar exclusivamente sobre afirmaciones relativas a hechos, no sobre opiniones respecto de esos hechos.

Finalmente, una pregunta para Cecilia Orozco: ¿Por qué siendo usted periodista parece tan dura con sus colegas?

Orozco: Porque mi posición, más que jurídica, es ética, y porque estoy convencida, habiendo estado en el lado de los medios y después en el de las audiencias, de que hay un desequilibrio en los derechos: los medios y sus representantes, los periodistas, son excesivamente poderosos. Y los receptores de sus noticias están con mucha frecuencia inermes frente a ese poder.

Por Enrique Posada Cano, director del Observatorio Virtual Asia Pacífico de la Universidad Tadeo Lozano.

Informe de RSF responsabiliza a los paramilitares y al narcotráfico por asesinatos de periodistas en México y en Colombia

La organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) acusó a los paramilitares y a las FARC de presionar a los medios de comunicación hasta el punto de que algunas regiones de Colombia se han quedado sin informadores ante las crecientes amenazas y riesgos. “Las FARC son especialistas en el sabotaje de antenas o en atentados contra medios de comunicación, en particular cuando las relacionan con el tráfico de drogas Con la llegada de Raúl Castro al poder, la organización ha notado un cambio en la estrategia del régimen para intimidar a la prensa: se han sustituido las largas estancias en prisión de los últimos años por pequeños actos de presión, detenciones preventivas a periodistas y otras amenazas veladas.

RSF recordó que 26 periodistas siguen en las cárceles castristas y que el mes pasado el periodista independiente Óscar Sánchez Madan fue condenado en un juicio sumarísimo a cuatro años de prisión por “peligrosidad predelictiva”. Era el tercer periodista condenado por este “delito” desde el relevo provisional al frente del régimen cubano.

Tampoco ha mejorado la situación en Colombia, donde continúan dos predadores: el jefe paramilitar Diego Fernando Murillo Bejarano y el guerrillero Raúl Reyes (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC).

RSF acusa a paramilitares y a las FARC de presionar a los medios de comunicación hasta el punto de que algunas regiones del país se han vaciado de informadores ante la imposibilidad de soportar las amenazas.

Las FARC son especialistas en el sabotaje de antenas o en atentados contra medios de comunicación, en particular cuando las relacionan con el tráfico de drogas, según RSF.

La organización defensora de la libertad de prensa recuerda que entre 1997 y 2005 medio centenar de periodistas fueron secuestrados por la guerrilla. Los periodistas sufren también la presión de grupos reconstruidos por paramilitares desmilitarizados, como los Águilas Negras, que intimidan, sin olvidar que son sospechosos del asesinato en febrero de 2006 del periodista radiofónico Gustavo Rojas.

El presidente de Laos entra en la lista después de que asumiera el poder en junio de 2006 y de que RSF comprobara que no ha hecho nada para mejorar la situación de la prensa en el país.

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