Nuevo sitio en línea para periodistas ciudadanos

Periodistas pronto podrán utilizar el sitio Demotix, una nueva plataforma para procesar reportes de fotografía, video y texto. Los artículos sin editar serán diseñados y creados por quienes se hagan miembros.

El sitio tiene el propósito de ser un catalizador de cambio. Quienes crearon Demotix piensan que será el ‘hogar’ de generadores de noticias y periodistas ciudadanos.
Para saber más de Demotix visite (en inglés) http://demotix.com/.

El arte de la rectificación

Por Jaime Horta Díaz
La libertad de expresión es uno de los derechos más preciosos del hombre, según la histórica Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano promulgada por la Revolución Francesa en 1789.
Con todo, la primera proclamación de ese derecho apareció en la Declaración de la antigua colonia americana de Virginia el 12 de junio de 1776: “La libertad de prensa es uno de los mejores baluartes de la libertad y no puede ser nunca restringida más que por un gobierno despótico”.

La libertad de expresión en realidad no es uno sino que comprende toda una galaxia de derechos: libertad de pensamiento, libertad de cátedra, libertad de información, libertad de opinión, libertad de buscar información y el último en la documentación pero el primero en la finalidad, el derecho a ser informado, el cual ha sido bien definido en la jurisprudencia de la Corte Constitucional :

“Puede entenderse como aquel derecho fundamental que tiene toda persona a ser informada y a informarse de la verdad, para juzgar por sí misma sobre la realidad con conocimiento suficiente”, ha dicho la Corte Constitucional de Colombia[1]. Es un derecho universal, inalienable, irrenunciable, imprescriptible, inviolable y reconocido –no creado- por la legislación positiva.

Dentro de los riesgos del derecho a la información ocupan primerísimo lugar la rectificación y los delitos de injuria y calumnia en cuanto tocan con el derecho a la honra. La calumnia y la injuria pueden desvirtuarse, con algunas excepciones, mediante la prueba de la verdad. Pero la rectificación ataca directamente la credibilidad, el principal patrimonio de los comunicadores.

En materia de rectificación, el manual siempre recomienda, en caso de ser estrictamente necesario, empezar con la frase no es cierto y no extenderse más allá de media página para no correr el riesgo de ser editado en las salas de redacción. Si son varios los interesados en la rectificación es preferible que lo haga el otro y en ningún caso repetir la infamia o la falsedad a título de la aclaración.

Pero como las mejores fórmulas a veces no siempre salen de los especialistas, una ideal se registró en nota publicada en el Wall Street Journal y acogida por EL TIEMPO de Bogotá. Acusado por sus enemigos de haber usufructuado privilegios del gobierno, el presidente del Banco Occidental de Descuento de Venezuela, Víctor Vargas, respondió altanero:

“La gente escribe historias sobre mí diciendo que tengo una Ferrari, un avión y un yate”… “Pero no es verdad. Tengo tres aviones, dos yates, seis casas. ¡He sido rico toda mi vida!”

Email: hortajaime@hotmail.com

——————————————————————————–

[1] Sentencias C-488/93 y T-563/93, Corte Constitucional.

Heródoto por Ryszard Kapuscinski

Por Ryszard Kapuscinski
Antes de mi marcha de Gorée, una tarde me visitó un buen colega, el corresponsal checo Jarda, a quien había conocido tiempo atrás en El Cairo. También a él lo había llevado a Dakar el Festival de las Artes Negras.
Pasamos horas yendo de exposición en exposición e intentando adivinar el sentido y la función de las máscaras y esculturas banbara, makonde o ife. Todas se nos antojaban amenazadoras. Contempladas en plena noche a la temblorosa luz de las hogueras y las antorchas, parecían cobrar vida, inspirando miedo, incluso terror.

En un determinado momento nos pusimos a hablar de la dificultad de escribir sobre el arte africano en las pocas palabras que permitía un artículo. Estábamos arrojados a un mundo nuevo, del todo desconocido, y no disponíamos, sin embargo, más que de nuestro léxico y nuestros conceptos, con los cuales era imposible plasmar todo lo que veíamos. Conscientes de estos problemas, nos veíamos impotentes ante ellos.

Si hubiésemos vivido en tiempos de Heródoto, Jarda y yo habríamos sido escitas, pues eran ellos los que vivían en nuestra parte de Europa. Montados en veloces corceles –que tanto maravillaban al griego–, recorreríamos bosques y campos, disparando las flechas de nuestros arcos y bebiendo kumis. Heródoto habría mostrado mucho interés por nosotros, habría preguntado por nuestras costumbres y creencias, por lo que comíamos y cómo vestíamos. Luego habría descripto minuciosamente cómo, tras haber hecho caer a los persas en la trampa del gélido frío e invierno nevado, habíamos derrotado su ejército y cómo el gran rey Darío había escapado –y salido con vida de milagro– a nuestra persecución.

Durante esta charla Jarda vio el libro de Heródoto sobre la mesa. Me preguntó cómo había dado con él. Le conté que me lo habían regalado antes de mi primera misión de corresponsal y cómo, a medida que lo iba leyendo, había empezado a hacer dos viajes al mismo tiempo: en uno cumplía con mi labor de reportero y en el otro seguía las expediciones del autor de Historia. Enseguida añadí que el título, Historia o Historias, no reflejaba, a mi entender, la esencia de la obra. Que en aquellos tiempos la palabra griega historia significaba más bien “investigaciones” o “inquisiciones” y que cualquiera de estos calificativos habría sido más adecuado para plasmar la intención y la aspiración del autor. Al fin y al cabo, no se había encerrado en archivos a fin de escribir una obra académica –como durante siglos hicieran luego los científicos–, sino que se había propuesto descubrir, conocer y describir la historia in statu nascendi, cómo los hombres la creaban día a día y a qué se debía que a menudo tomase el rumbo contrario al que ellos deseaban y ambicionaban. ¿Lo decidían los dioses o el hombre, que, a consecuencia de sus defectos y limitaciones, no era capaz de moldear su destino con racionalidad y sabiduría?

–Cuando empecé a leer este libro –dije a Jarda– me pregunté cómo se las había apañado el autor para recoger el material. Al fin y al cabo, aún no existían bibliotecas ni archivos rebosantes de carpetas con recortes de prensa ni las innumerables bases de datos. Pero Heródoto responde a esta pregunta ya en las primera páginas, escribiendo, por ejemplo: La gente más culta de Persia y más instruida en la historia dice… o Los fenicios niegan… y añade: Así nos lo cuentan persas y fenicios, y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o de otro modo. Lo que sí haré, puesto que según noticias he indicado ya quién fue el primero que injurió a los griegos, será llevar adelante mi historia, y discurrir del mismo modo por los sucesos de los estados grandes y pequeños, visto que muchos, que antiguamente fueron grandes, han venido después a ser bien pequeños, y que, al contrario, fueron antes pequeños los que hoy son grandes. Persuadido, pues, de la inestabilidad del bienestar humano, haré mención igualmente de unos y de otros.
Verano12 | Domingo, 24 de Febrero de 2008

EL DESCUBRIMIENTO DE HERODOTO
¿Pero cómo Heródoto, un griego, podía saber lo que decían gentes de países remotos, persas y fenicios, los habitantes de Egipto y de Libia? Pues viajando, preguntando, observando y sacando conclusiones de lo que le contaban y de lo que él mismo había visto; así atesoró sus conocimientos. De manera que siempre empezaba por un viaje. ¿Y no hacen lo mismo todos los reporteros? ¿Acaso ponernos en camino no es lo primero que nos viene a la mente? El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza. Sólo estando de viaje el reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa.

A medida que avanzaba en su lectura, encontraba en Heródoto un alma hermana. ¿Qué lo empujaba a trasladarse de un lado para otro? ¿Qué le mandaba actuar, afrontar las dificultades del viaje, emprender una tras otra sus expediciones? Creo que la curiosidad por el mundo. El deseo de estar allí, ver todo aquello a cualquier precio y vivirlo en carne propia.

Se trata en el fondo de una pasión no muy frecuente. El hombre, por naturaleza, es un ser sedentario; desde que pudo dedicarse a la agricultura después de abandonar la pobre y peligrosa existencia de recolector y cazador, se estableció, feliz, sobre su pedazo de tierra, se separó de sus vecinos con lindes o murallas, dispuesto a derramar sangre, e incluso a perder la vida, en defensa de su terruño. Si lo abandonaba tenía que ser por una fuerza mayor: expulsado por el hambre, la peste, la guerra o la necesidad de encontrar un trabajo; o bien por razones profesionales cuando se trataba de navegantes, mercaderes o guías de caravanas. pero nunca han abundado las personas que durante años se dedicasen a recorrer el mundo de punta a punta por su propia voluntad, sin imposición alguna, con el único fin de conocerlo, estudiarlo y comprenderlo, para, luego, además, describirlo todo.

¿Cómo anidó en Heródoto esta pasión? Tal vez naciera de la pregunta que habría surgido en su mente de niño: “¿De dónde vienen los barcos?” Pues los niños, mientras juegan en la playa de un golfo, ven que allá lejos, en la línea del horizonte, de pronto aparece un barco y que, a medida que se aproxima a ellos, se vuelve cada vez mayor. ¿Pero de dónde ha salido? Seguramente la mayoría de los niños no se hace preguntas como ésta. Uno de ellos, sin embargo, mientras construye su castillo de arena, en el momento menos pensado puede preguntar: ¿de dónde ha salido esta nave? Al fin y al cabo, esa línea tan lejana, rayana en lo infinito, ¡parecía marcar el fin del mundo! ¿Acaso hay otro más allá de ella? ¿Y un tercero más allá de ese otro? ¿Cómo son? Y el niño empieza a buscar una respuesta. Y luego, cuando se convierta en adulto, la buscará con más ahínco todavía, empujado por esa curiosidad que no ha logrado satisfacer.

Parte de la respuesta la proporciona el propio camino. El movimiento. El viaje. Así es: resultado de sus viajes, el libro de Heródoto es el primer gran reportaje de la literatura universal. Su autor está dotado de una intuición, una vista y un oído de reportero. También es incansable: atraviesa los mares, recorre las estepas y se interna en los desiertos, y de todo ello nos da cumplida cuenta. Nos maravilla con su resistencia, nunca se queja del cansancio, nada parece capaz de desanimarlo ni de infundirle miedo (al menos jamás menciona tal cosa).

¿Qué lo impele cuando, intrépido e incansable, se lanza a su gran aventura? Creo que una fe llena de optimismo –que nosotros hemos perdido hace ya tiempo– en que es posible describir el mundo.

Heródoto me había atrapado desde la primera página. Consultaba su obra a menudo; cuando la dejaba apartada era para volver a cogerla al cabo de poco tiempo, volver a sus descripciones de personajes y escenas, a sus decenas de relatos y a su sinfín de digresiones. A cada momento intenté penetrar en aquel mundo, orientarme en él y hacerlo un poco mío.

No me resultaba difícil. A juzgar por la manera de ver y describir la gente y el mundo, Heródoto debió de ser un hombre benévolo y comprensivo, cordial y abierto, un amigo para todo. No hay en él rabia ni odio. Intenta comprenderlo todo, averiguar por qué alguien ha actuado de ésta y no de otra manera. No culpa al ser humano, sino al sistema. Malo, depravado y abyecto por naturaleza no lo es el individuo, sino el sistema en que le ha tocado vivir. Por eso es un ardiente defensor de la libertad y la democracia, y enemigo del despotismo, la autocracia y la tiranía, pues considera que sólo en el primer caso el hombre tiene la posibilidad de comportarse dignamente, ser él mismo, ser humano. Tomad nota –parece decir Heródoto–: un insignificante grupo de pequeños estados griegos ha vencido a la gran potencia oriental sólo porque los griegos se sabían libres, y por esa libertad estaban dispuestos a darlo todo.

Al mismo tiempo, sin embargo, aun reconociendo la superioridad de sus compatriotas en este terreno, no por eso los contempla y presenta nuestro griego sin espíritu crítico. Ve cómo la libertad de expresión –en principio positiva– puede convertir una discusión en una riña estéril y destructora. Muestra que los griegos son muy capaces de pelearse entre sí incluso en el campo de batalla, aun cuando se hallen frente a las filas de un ejército enemigo en pleno ataque. Aun cuando ven aproximarse a los soldados de Jerjes que ya han disparado sus primeras flechas y blanden las espadas, los griegos se enzarzan en una disputa en torno de la prioridad en la lucha: ¿a qué persa rechazamos primero?, ¿al de la izquierda o al de la derecha? ¿No habría sido este temperamento peleón suyo una de las causas por las que los griegos nunca hubieran sido capaces de construir un Estado fuerte y unitario?

Los ejércitos de insectos que antes me habían atacado sólo a mí, ahora, cuando tienen a su disposición también a Jarda, se han dividido para formar dos grandes nubes que no paran de zumbar mientras se ensañan con nosotros. Incapaces de mantenerlos a raya y cansados de su fastidiosa insistencia, acudimos a Abdou, quien, cual un sacerdote de la Antigüedad, ahuyenta con sus aromáticos sahumerios las fuerzas del mal, que en este caso han tomado forma de agresivos mosquitos y de moscas voraces.

Dejando para más tarde la conversación en torno de la actual situación en Africa (tema del que, a fin de cuentas, debemos ocuparnos a diario), seguimos hablando de Heródoto. Jarda, quien había leído su Historia hacía mucho tiempo y dice no acordarse gran cosa de ella, me pregunta qué me ha llamado especialmente la atención en este libro.

Respondo: su sobrecogedora dimensión trágica. Heródoto es coetáneo de los más grandes autores de la tragedia griega: Esquilo, Sófocles (del cual tal vez fuese amigo) y Eurípides. Su época es el siglo de oro del teatro; las artes escénicas están impregnadas del espíritu de los misterios religiosos, los ritos y las fiestas populares, de los oficios divinos y dionisíacos. Todo esto influye sobre la manera de escribir de los griegos. También en la de Heródoto, que presenta la historia del mundo a través de los avatares de las existencias individuales; en las páginas de su libro, que pretende inmortalizar la historia de la humanidad, siempre están presentes personas de carne y hueso, individuos concretos, citados por sus nombres, con sus grandezas y sus miserias, nobles o crueles, victoriosos o desgraciados. Bajo los más diversos nombres y en contextos y situaciones diferentes, desfilan por la obra Antígonas, Medeas y Casandras; ahí están las siervas de Clitemnestra y el espíritu de Darío y los lanceros de Egisto. El mito se mezcla con la realidad, las leyendas con los hechos. Heródoto intenta separar los dos órdenes, sin menospreciar ninguno de ellos ni determinar su jerarquía. Sabe lo mucho que las decisiones y la manera de pensar del ser humano dependen del mundo de los espíritus, sueños, temores y augurios que lleva dentro. Sabe que una visión aparecida en sueños a un rey puede decidir el destino de un país y de sus millones de súbditos. Sabe lo débil e indefensa que es la persona ante el miedo producto de su propia imaginación.

Al mismo tiempo, Heródoto se fija el más ambicioso de los objetivos: inmortalizar la historia del mundo. Nadie lo ha intentado antes: él es el primero en tener semejante idea. Mientras reúne material para su obra, cuando interroga a testigos, bardos y sacerdotes, siempre se topa con que cada uno de ellos recuerda cosas diferentes y de manera diferente. Además, muchas centurias antes de nosotros, descubre un importante –al tiempo que astuto y sofisticado– rasgo de la memoria: las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido. Pues cada individuo la tiñe del color que más le conviene y prepara en su crisol particular su propia mezcla. De ahí que sea imposible desentrañar el pasado tal como realmente fue; sólo podemos acceder a sus muchas variantes, a versiones más o menos verosímiles o que mejor se ajusten a nuestras expectativas. El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones.

Heródoto es consciente de esta complicación, pero no se rinde: sigue indagando, cita las más diversas opiniones sobre un acontecimiento o las rechaza todas por absurdas, contrarias al sentido común; no quiere ser un oyente y cronista pasivo, desea participar activamente en la creación de ese maravilloso arte que es la historia: la de hoy, la de ayer y la de tiempos más remotos todavía.

Por otra parte, en la confección de la imagen del mundo que nos ha transmitido influyeron no sólo los relatos de testigos del pasado, sino también sus contemporáneos. En aquellos tiempos, el autor vivía en estrecho contacto con los destinatarios de su obra. Al no existir libros, el escritor simplemente leía en voz alta los resultados de su trabajo ante un auditorio de personas que en el acto expresaban su parecer. Su reacción se convertía en una importante guía para el autor, que así descubría si la dirección que había tomado y su manera de escribir gozaba de la aceptación y el aplauso del público.

Los viajes de Heródoto no habrían sido posibles si hubiese sido por la figura del proxenos, es decir, del amigo del huésped, una institución al uso en aquellos tiempos. Era una especie de cónsul. Por voluntad propia o por encargo remunerado, su misión consistía en ocuparse de los viajeros llegados de aquella polis de la que él mismo era originario. Perfectamente integrado y relacionado en su nuevo lugar de residencia, se ocupaba de su conciudadano recién llegado, ayudándole a resolver un sinfín de asuntos, proporcionándole fuentes de información y facilitándole los contactos. Era muy singular el papel del proxenos en aquel extraordinario mundo en que los dioses no sólo moraban entre los mortales, sino que a menudo no se distinguían de ellos. La hospitalidad sincera era de obligado cumplimiento, pues nunca se sabía si el caminante que pedía yantar y techo era un hombre o un dios que había adoptado la apariencia humana.

También tuvo Heródoto otra fuente de información, preciosa e inagotable, encarnada en los –muy extendidos a la sazón– depositarios de la memoria: los cronistas espontáneos, los contadores ambulantes y los trovadores de la Antigüedad. En Africa occidental, hasta hoy en día puede uno encontrar y escuchar a un griot, personaje que se dedica a ir de aldea en aldea y de mercado en mercado contando historias, leyendas y mitos de su pueblo, su tribu o su clan. A cambio de unas monedas o tan sólo de un modesto tentempié y un vaso de agua fresca, un viejo griot, hombre de gran sabiduría y fecunda imaginación, os contará la historia de vuestra tierra, os dirá lo que en ella ha ocurrido y cuándo, qué casos, acontecimientos y prodigios se han producido en su suelo. Y si es verdad o no todo lo que cuenta, eso ya no lo sabe nadie; y más vale no indagar, dejar las cosas como están.

Heródoto viaja con el fin de encontrar una respuesta a su pregunta de niño: ¿cómo es que en el horizonte aparecen naves? ¿De dónde han salido? ¿De qué puerto han zarpado? O sea que lo que vemos con nuestros propios ojos, ¿no es aún el límite del mundo? ¿Hay otros mundos todavía? ¿Cómo son? Cuando crezca, querrá conocerlos. Aunque más vale que no crezca del todo, que conserve un poco de ese niño curioso que es, pues sólo los niños plantean preguntas importantes y de verdad quieren aprender.

Y Heródoto, con su entusiasmo y apasionamiento de niño, parte en busca de esos mundos. Y descubre algo fundamental: que son muchos y que cada uno es único.

E importante.

Y que hay que conocerlos porque sus respectivas culturas no son sino espejos en los que vemos reflejada la nuestra. Gracias a esos otros mundos nos comprendemos mejor a nosotros mismos, puesto que no podemos definir nuestra identidad hasta que no la confrontamos con otras.

Por eso, después de hacer este descubrimiento –otras culturas como espejo en que mirarnos para comprendernos mejor a nosotros mismos–, cada mañana a la salida del sol, incansablemente, Heródoto reanuda su viaje.

Este retrato está incluido en Viajes con Heródoto
de Ryszard Kapuscinski.
(Editorial Anagrama).

© 2000-2008 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Todos los Derechos Reservados

Como más nos gusta

Por Mariomorales
No todas las leyes que rigen el comportamiento humano son como la de Justicia y paz. Hay unas que funcionan inexorablemente, como lo dijo Newton hace 320 años. Especialmente aquella que la oficina de patentes le atribuye a Eva: la ley de la atracción. Pero no la atracción esa de la que habla en secreto Rhonda Byrne con su polémico best seller de autoayuda, con prólogo de Jorge Duque Linares, el motivador del sueño de la Cadena Uno, y dedicatoria de Jorge Barón.

Esa ley, que es más fuerte que la de la Inercia (como lo saben en el partido de la U), más imperiosa que un cólico, más seductora que un bolero a las tres de la mañana, está fundamentada en el impulso incontrolable que tenemos los seres humos, más si somos colombianos, de buscar y de aceptar todo aquello que parezca gratuito, aun si no tiene uso conocido, como lo saben todos los cuartos de San Alejo del planeta.

Por eso, si el árbol del bien y del mal hubiese tenido cover, o las manzanas -digamos- el mismo costo que tienen hoy aun si fuesen cosecha de tierras ácidas, muy distinto hubiese sido el inmediato futuro de Adán, y muy diferente el destino de la raza humana, condenada desde entonces a ganarse el pan con el sudor del de enfrente.

Producto de esa tendencia, como dicen los médicos, sobre todo si son genetistas, es el boom de lo gratuito que se ha desatado en el nuevo siglo y al que no ha podido escapar, quién lo creyera, ni el hombre más rico del planeta, Bill Gates, que ha decidió donar los códigos del gigante Microsoft, para usufructo, dice él, de la humanidad.

Hasta parece un gesto de generosidad si no fuera por la presión de sus competidores que talvez lo ha llevado a comprender que estamos en una nueva era, en la que el eje del mercado no es el Silicon Valley, sino los usuarios en todos los rincones del planeta tentados por toda clase de ofertas, donaciones y regalos.

Sí, esa es quizás la más importante de las revoluciones de Internet y del mundo de los sistemas: en plena gesta del capitalismo salvaje, instauró la cultura de lo gratuito, de lo libre, de lo no restringido, y le ha comenzado a restar el valor, es decir, el costo o precio a los bienes de uso de la sociedad contemporánea. Unas pocas cosas se escapan, por ahora, de esa influencia: el petróleo de Medio Oriente (porque el venezolano ya se regala, a cambio de unas cuantas adhesiones y unas palmaditas en la espalda de Chávez, como lo saben algunas naciones, incluida Estados Unidos); las drogas ilegales, las tierras palmíferas, los votos electorales y el metro de Bogotá, como nos lo hacen saber cada vez que pueden desde Planeación Nacional.

Pero para allá vamos, como dicen los economistas con su proverbial pesimismo. Google, Yahoo, los portales de redes sociales, Microsoft y grandes y pequeñas empresas de capital han ido entendiendo que las nuevas dinámicas apuntan a la reinvención de los negocios, de la publicidad y del mercadeo en consonancia con los nuevos medios y las nuevas tecnologías. Del usuario sólo quieren su tiempo, un poco de su atención y quizás sus datos para clasificarlo en el mercado y seguirle ofreciendo productos con el sello de la época: lo gratuito.

La lista es tan numerosa como la de los condicionamientos para el TLC con Estados Unidos.

Hoy ya se consigue gratis, y legalmente, música, videos, intermediaciones en casos de secuestros, libros, helicópteros de la guerra del Vietnam, obras de arte, reformas constitucionales, software, prontuarios para sentencia anticipada, herramientas tecnológicas, familiares y amigos sin salarios ni cargo en oficinas estratégicas, servicios de llamadas, ‘camionados’ de jugadores para Santa Fe, acceso a los contenidos de los medios de comunicación, funcionarios para tres y cuatro períodos y cupos en pirámides de la fortuna con certificado de sismorresistencia.

En fin, en medio de esa aparente economía de la generosidad, es inevitable que renazca fortalecida la ley de la atracción hacia lo que presuntamente no nos cuesta y frente a lo que supuestamente no tenemos nada que perder. Incluso, quizás, ya estemos anhelando el día en el que nos paguen por consumir. Eso mismo pensaba Eva; eso mismo le creyó Adán. Y miren cómo estamos.

Medios y periodistas arrodillados

Por Felipe Zuleta
O los medios de comunicación han perdido su norte en materia informativa y se estupidizaron, o estamos viviendo una situación lamentable, en la que los comunicadores están totalmente obnubilados y controlados por un remedo de periodista que trabaja en la secretaría de prensa de la Presidencia y quien les marca cautelosamente la agenda a los medios de comunicación dizque independientes.
¡O tal vez estamos ante una despreciable mezcla de esos dos factores!

Esta semana pasaron unos ejemplos que caen como anillo al dedo para ilustrar el triste y deplorable papel que los medios están jugando.

Recordemos que hace una semana, y desde temprano, el Gobierno, en cabeza del ministro Holguín, contó que el Presidente estaba siendo chuzado. Hicieron un “preemptied” porque sabían que Noticias Uno divulgaría la correspondiente grabación. Lograron, como era obvio, que Noticias RCN abriera el noticiero siguiendo el libreto dictado desde la Presidencia. Y eso bastó para que esta semana otros hechos gravísimos pasaran desapercibidos.

Así, por ejemplo, trascendió —subrepticiamente— que el Fiscal General de la Nación había cambiado la radicación del proceso penal abierto contra los directivos del Banco de Colombia, quienes han sido llamados a indagatoria. Eso, que en situaciones normales sería un escándalo, acá no fue noticia, pues la influencia de estos personajes sobre los fiscales generales y el control de los medios a través de la pauta publicitaria, les ha permitido escaparse a la acción de la justicia, garantizándoles su impunidad. Oigan bien: con el triste fiscal Osorio y con el actual, doctor Iguarán, el proceso penal ha cambiado de investigadores, no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces. Si esto no es noticia de primera plana, entonces no sé qué podría serlo.

Estamos pues ante un feroz caso de impunidad con la complicidad de la justicia y unos medios arrodillados.

Y qué tal el lamentable papel de los medios frente a las condenas proferidas contra los miembros del Ejército nacional por la masacre cometida contra los policías en Jamundí. En cualquier lugar del mundo esta noticia hubiera durado varias semanas liderando los titulares. Pero acá, por cuenta de una chuzada telefónica que seguramente fue hecha desde el propio Gobierno, el Presidente, el Ministro de Defensa y los altos mandos militares pasaron de agache, apenas mencionando el hecho como si hubiéramos estado ante un acto casi normal. Si es no es noticia, entonces no sé qué podrá serlo. Los comunicadores no cuestionan; peor aún, absuelven.

Los medios de comunicación se entregaron, juegan un papel lamentable, les hacen el juego a las presiones de los anunciantes y se amangualaron con un gobierno cuestionado y peligroso. ¡Se equivocan si creen que le hacen un favor al país al haberse entregado y arrodillado! Con esta actitud, señores de los medios, se debilita la democracia.

Suscribir
Facebook
YOUTUBE
LinkedIn
Instagram