La parapolítica y la prensa

Por Javier Darío Restrepo
Acostumbrados a controlarlo todo, a las buenas o a las malas, los congresistas implicados en el escándalo de la parapolítica, tuvieron la misma desagradable sorpresa que les salió al encuentro a los encartados en el proceso ochomil: la prensa no estuvo de su lado;
por el contrario las tentativas de echarle tierra al escándalo fracasaron y las acusaciones se mantuvieron vivas y coleando en titulares, crónicas, análisis, informes especiales y seguimiento permanente del tema. (publica Cambio)

En el ochomil y en el proceso de la parapolítica se ha sentido el jadeo de un pulso de poderes. Por un lado: el de los políticos “amigos del director”, el de los gobiernos -el de Samper y el de Uribe cada quien dentro de su estilo,- el de los partidos afectados, el de la opinión radicalizada. Por el otro lado , el pulso de los medios.

Si de los poderes hubiera dependido, los dos escándalos habrían quedado silenciados por el vocerío retórico de los denunciados y de sus amigos; pero la persistente y lúcida acción de la prensa impidió esa clase de impunidad. Es la primera respuesta que encuentro para la pregunta sobre la actuación de la prensa frente al escándalo de la parapolítica.

Pero nada ni nadie es absolutamente bueno o malo. Las fortalezas y debilidades se combinan y convierten las realidades en unos complejos entramados de blancos, negros y grises. Les pasa a los medios de comunicación, sobre todo los electrónicos.

Son medios sometidos a la doble presión del tiempo y de lo comercial. De la omnipresente escasez de tiempo resultan unas informaciones acezantes, en las que, para llegar a tiempo y antes que la competencia, se atropella la verdad y se la muestra incompleta, o apenas si se alcanza a exhibir su piel. Son esas noticias de los ” ¡Extra!”, “¡Exclusiva!”, “Última hora,” que, al día siguiente o en la misma emisión tienen que ser corregidas, o ampliadas, o rectificadas. De la presión comercial han resultado las informaciones leves, o de fácil consumo, parecidas a las crispetas con que se acompañan las sesiones de cine o de televisión.

Sin embargo, a pesar de su dudosa calidad informativa, la noticia de televisión tiene un consumo del 80%, porcentaje parecido al de la popularidad presidencial.

Las filtraciones

En los escándalos -ocho mil y parapolítica- las filtraciones pusieron a prueba la independencia y la calidad investigativa de los medios. En medio de la agitación que produjo la revelación de las llamadas que pusieron al descubierto la impunidad con que los jefes paras habían seguido delinquiendo desde la cárcel, la prensa acogió como suyas las voces de quienes defendieron el derecho a informar y lo desligaron de sus efectos sobre la acción de la justicia. Esa polémica regresó, atizada por el vicepresidente Santos cuando comenzaron a aparecer las confesiones de los paramilitares, utilizadas por ellos como otra arma de lucha política.

“No es nuestra labor decidir si eso es verdad o no,” opinó un director de medio. Así, el éxito y la calidad de la información periodística llegó a medirse con el parámetro de la audacia para obtener y publicar piezas de procesos, confesiones de sindicados o versiones de testigos; fueron materiales que se le entregaron al público como trozos de carne cruda.

Entre los dos extremos: el de callar, que hubiesen querido imponer las autoridades, y el de publicar todo lo que obtuvieran los reporteros en sus jornadas de cacería, no se tuvo en cuenta, en la generalidad de los casos, el justo medio de la información verificada, interpretada, contextualizada, con antecedentes y proyecciones y sometida a análisis, que fue el ideal al que se acercaron los medios impresos.

Sin embargo, la idea de publicar sin investigar la verdad o la falsedad de documentos y testimonios, les dio a las fuentes – en su mayor parte delincuentes — un arma poderosa. Cuanto dijeron los paramilitares en sus testimonios, difundido sin crítica ni análisis, contribuyó a crear un ambiente de confusión y desconfianza que no cesó con su extradición porque para entonces ya habían tomado la palabra, las filtraciones de los archivos de los computadores de Reyes. Se repitió el viejo error de informar con base en las filtraciones publicadas en bruto, sin el procesamiento inteligente del buen periodismo.
Periodismo atrincherado

Otra prueba difícil para el periodismo han sido las sesiones del congreso en las que el tema ha sido o la moción de censura contra los ministros de defensa o de agricultura, o las relaciones del presidente Uribe con las Convivir y los paras; o las acusaciones contra la senadora Piedad Córdoba. Fueron debates condicionados por un clima de radicalización e intolerancia de las partes, que hizo más necesaria la cabeza fría y la distancia de la prensa. La legítima toma de posición de las páginas editoriales, se convirtió en contaminación cuando permeó la información en los medios impresos. En los medios electrónicos fue alineamiento apenas disimulado que utilizó enfoques de cámaras, resúmenes, selectividad en las entrevistas y en la edición de voces, para informar a favor o en contra de las partes en disputa.

Entre dos fuegos

Ese ambiente de radicalización extrema de furibistas y antiuribistas, dejó a los medios entre dos fuegos. Así lo sintió la organización Reporteros sin Fronteras en su informe de este año sobre “los peores predadores de la libertad de prensa.” Colombia fue el único país mencionado en dos ocasiones en la lista. Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) apareció como una asociación de bandas ” que empujan a los periodistas a la autocensura y al exilio,”. En una segunda mención, el informe aludió a las FARC “autoras del secuestro de medio centenar de periodistas desde 1997, y en las regiones que controlan hacen prácticamente imposible el trabajo de los periodistas.” Colombia ocupa en ese informe un bochornoso lugar, el 126, entre otros países convertidos en las zonas rojas de la prensa libre.

Durante el proceso de la parapolítica, la prensa ha sido mirada como una amenaza por unos y por otros. Lo sintieron así los reporteros antioqueños que trabajaban en el Palacio de Justicia, cuando hombres al servicio de El Alemán los agredieron con intimidaciones y amenazas. El cabecilla paramilitar había dicho en su versión libre que los medios “estaban infiltrados por la guerrilla.” Ese mismo calificativo reciben quienes informan o comentan algo en contra del presidente Uribe. También reaccionan así desde el otro lado: si el periodista económico destaca las bondades del TLC, o si el comentarista está en desacuerdo con Piedad Córdoba, no escaparán al calificativo de paramilitares.

Esta intolerancia ambiente ha generado formas periodísticas desprovistas de crítica y análisis, y con ellas el peligro de una información insípida, sin los adobos de la interpretación y el examen detenido de los hechos; así se evitan el periodista y el medio las reacciones de los intolerantes.

Este recurso defensivo, adoptado por instinto de conservación, o como aplicación de la idea de que al periodista sólo le corresponde presentar los hechos y nada más, ha creado la sensación del unanimismo de la prensa. De hecho, el presidente Uribe es una omnipresente figura mediática: su imagen, su voz, sus palabras, hacen parte del menú noticioso diario hasta configurar una casi enfermiza dependencia de la prensa, de la imagen presidencial.

Boletines reverenciados

A esa dependencia se agrega la acogida inmediata y sin examen de la información originada en la casa presidencial y en las agencias de gobierno. El caso de mayores consecuencias fue la reproducción a la letra de las versiones del ministerio de Defensa y de las revelaciones del director de la policía sobre los computadores de Reyes. No hubo entonces preguntas, las que siempre deben hacerse, sobre la fiabilidad de esas informaciones. Ninguna autoridad forense, ni expertos avalaron, por ejemplo, los cuestionables datos de la conferencia de prensa del general Naranjo.

Una mayor independencia respecto de las fuentes oficiales, le habría dado otra orientación a la publicación de esos materiales, a las versiones de los líderes paramilitares, a las confesiones de antiguos paramilitares y guerrilleros.

En cambio pueden señalarse como momentos brillantes de la prensa, aquellos en que ha cumplido su misión de vigía.

Cuando en las curules de los congresistas aparecieron cinco propuestas en las que, con habilidad de tinterillos, los autores presentaban para su aprobación, las claves que abrirían las puertas de la prisión a los congresistas presos, los titulares denunciaron con un clamor tan sonoro como el de los gansos del capitolio romano: “todo apunta a la libertad de los parapolíticos.” Fue una alarma general que despertó a una opinión casi anestesiada por el exceso de noticias. Con la misma eficacia de los reflectores que barren en la noche los muros de la cárcel, los titulares y comentarios de prensa revelaron por donde se proyectaba el tunel de la fuga.

Dosis de desmemoria

La somnolencia que sacudieron ese y otros anuncios, tiene que ver con la discutible habilidad de la prensa para tener y vocear un extra todos los días. Desde afuera, la de Colombia se ve como una prensa viva, con capacidad para contar hechos extraordinarios de ordinario. Son hechos de tal magnitud que ocupan titulares de prensa destacados durante un tiempo breve, porque, como flores de un día, desaparecen cuando explota un nuevo hecho que hace olvidar los anteriores, de modo que el periódico o el noticiero diarios parecen dosis de olvido, tanto más efectivas porque el afán de la chiva, ese grito comercial disfrazado de noticia, el alarido de los ¡Extras!, no son equilibrados por un periodismo reflexivo, con el talento y la procura necesarias para dar una visión de conjunto de los hechos escandalosos y para entregar a los lectores un indispensable viático de comprensión e interpretación indispensables para que los consumidores de noticias no se pierdan entre el endiablado dédalo de nuestros conflictos.

Los medios al tablero

La revista Cambio, periodistas y columnistas vuelven a preguntarse por el papel y responsabilidad del periodismo en estos tiempos de crisis. Aquì el artículo y los anàlisis.

Hay ocasioens en que los medios se vuelven noticia porque se convierten en protagonistas y dejan de ser simples comunicadores. Son varios los acontecimientos que en los últimos tiempos han puesto al periodismo en la lupa de la opinión pública y encendido un debate sobre el papel que están cumpliendo en un momento crucial para el país. (Publica Revista Cambio)

El último de ellos tiene que ver con una de las noticias más esperadas en muchos años, la muerte de ‘Manuel Marulanda’, el jefe de las Farc, y el modo en que se dio a conocer. El propio presidente Álvaro Uribe, en un consejo comunitario en Florida, Valle, cuestionó al ministro de Defensa Juan Manuel Santos, quien le pasó el histórico dato a María Isabel Rueda en una entrevista para Semana. “Esa noticia no se le puede dar a un solo medio”, dijo visiblemente disgustado. En El Tiempo, la columnista María Jimena Duzán escribió: “Una noticia de semejante calado no puede deslizarse en una respuesta como si se tratara de un chisme social”. Y sugirió que en el fondo estaba el destape de la candidatura presidencial del ministro Juan Manuel Santos. ¿El medio como instrumento del poder?

Días antes, la función de los periodistas también estuvo en la picota, cuando un sargento (r) del Ejército, Édgar Paz Morales, con una granada en la mano se tomó una sucursal de Porvenir, en Bogotá, para lograr la transmisión en directo de una proclama en la que hizo graves denuncias. La dramática toma fue transmitida por televisión en varios canales, y al final agentes encubiertos de la Policía -que ingresaron al recinto disfrazados de periodistas- desarmaron a Paz ante las cámaras. La intrépida acción fue posible gracias a que Edwin González, un reportero de Citytv, lo distrajo con una conversación.

El debate no se hizo esperar. En su columna de Semana, Daniel Coronell se puso del lado del periodista: “Edwin González salvó nueve vidas”. Pero otros analistas plantearon interrogantes: ¿Debe transmitirse en vivo una acción terrorista? ¿Debe un periodista intervenir para ayudar a desbaratar un acto violento? Hay muchas preguntas y la inquietud sobre si los medios están haciendo bien la tarea ronda en la mente de la opinión.

En cuanto al cubrimiento de sucesos como la crisis en las relaciones de Ecuador y Venezuela, las marchas ciudadanas de febrero y marzo y las muertes de ‘Raúl Reyes’ e ‘Iván Ríos’, muchos sostienen que los medios “tragan entero”, que exaltan el patriotismo y asumen posiciones que han contribuido a la polarización. Según el crítico Ómar Rincón, “hemos llegado a un periodismo subjetivo, más pasional, que está a favor de causas, especialmente de la causa patriótica, que sirve a un líder pero no a la democracia, aunque algunos medios han tomado distancia y han intentado cuestionar esa situación”.

En lo que se refiere a la parapolítica, tampoco los medios han escapado a las críticas. Por definición, un escándalo, no importa su naturaleza, implica un papel muy activo del periodismo porque supone la revelación de irregularidades cometidas por agentes del poder. Desde el Proceso 8.000 se ha discutido sobre dónde se traza la línea que separa la tarea de fiscalizar y destapar, y la posición activista comprometida con alguna de las partes, y las preguntas sobre si los periodistas reemplazan a los jueces o se convierten en idiotas útiles de personas o de intereses, han rondado en últimos meses.

Independencia

La calificación del trabajo de los medios está indisolublemente unida a su independencia, a su capacidad de asumir la tarea con criterios profesionales por encima de presiones o intereses, a la distancia frente a los poderes. Es una condición necesaria para el cumplimiento responsable de la misión de informar, amenazada sobre todo por los actores armados, los grandes poderes económicos y el establecimiento político.

Desde hace tiempo, las amenazas más serias contra la autonomía no han estado relacionadas con leyes que restrinjan el ejercicio profesional o la censura abierta, sino con los grupos paramilitares y guerrilleros, especialmente en las regiones donde tienen influencia, que es lo que ha llevado a la autocensura como forma de protección.

Sin embargo, en la actualidad los intereses que más interfieren el ejercicio independiente del periodismo provienen de la política. Al fin y al cabo la parapolítica golpea el corazón del Congreso y a las bancadas que respaldan al Gobierno. La información, en un caso así, se vuelve decisiva para el poder.

Una encuesta de 2002 hecha entre directores de medios por el Observatorio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana, concluye que son mayores las presiones de los sectores económicos (55 por ciento), políticos (61 por ciento) y Gobierno (62 por ciento), que de los grupos paramilitares (42 por ciento) y guerrilla (48 por ciento).

El Gobierno y el poder económico restringen la libertad de información mediante presiones sutiles. Por ejemplo, la licitación de un tercer canal de TV es señalada hoy como un instrumento que utiliza el Gobierno para influir en los medios que van a participar en ella, de la misma forma en que fueron usadas las licitaciones de TV y de emisoras de radio por el gobierno de Ernesto Samper durante el Proceso 8.000.

Hoy, los periódicos más importantes le apuntan al tercer canal: El Tiempo con el grupo Planeta (propietarios de CAMBIO) y el Grupo Nacional de Medios de Colombia, que reúne a los principales diarios regionales -El Colombiano de Medellín, El País de Cali, El Universal de Cartagena, Vanguardia Liberal de Bucaramanga y La República de Bogotá- con el Grupo Prisa que, a su vez, es propietario de Caracol Radio. Los dos canales privados, Caracol (del grupo Santo Domingo, dueño también de El Espectador) y RCN del grupo Ardila, tienen licencias que vencen en 2010 y tanto su renovación como las condiciones para llevarla a cabo las decidirá el Gobierno en los próximos meses.

El Gobierno

La columna vertebral de la independencia tiene que ver con la relación entre los medios y el Gobierno. Según la encuesta de CAMBIO-Datexco, la mayoría (el 68,4 por ciento) cree que los medios favorecen al Ejecutivo, contra solo el 15,6 por ciento que piensa que no. Un curioso resultado si se tiene en cuenta que de la Casa de Nariño se oyen con frecuencia quejas por el sesgo oposicionista de la prensa.

La respuesta a esta contradicción podría estar en las diferencias entre los medios escritos que llegan a menos personas que los medios electrónicos (radio y TV) que son masivos. La mayoría de los columnistas son críticos del Presidente. Es difícil mencionar un solo defensor de Uribe con el impacto e influencia de María Jimena Duzán, Daniel Coronell

o Ramiro Bejarano. En programas de opinión como Hora 20, de Caracol, su director Néstor Morales suele tener dificultades para encontrar analistas que equilibren la discusión y con frecuencia tiene que acudir a funcionarios oficiales para que hagan de comentaristas.

La televisión, que según la encuesta CAMBIO-Datexco es la principal fuente de información de los colombianos y la que tiene mayor credibilidad, es en general más gobiernista. Por la naturaleza del medio, los noticieros no tienen tanta opinión y, además, la sutil y sofisticada estrategia oficial de comunicaciones se concentra en los medios electrónicos.

No puede menospreciarse la importancia que el Presidente le da al manejo de los medios. Es un mandatario que piensa en función de su imagen y que sabe utilizar en su favor a los medios electrónicos. No concede entrevistas a periódicos y revistas pero aparece en radio y televisión cada vez que lo necesita. Todo esto, en un clima de opinión que es altamente favorable al Presidente (79 por ciento). “La polarización de la sociedad también se refleja en el periodismo”, dice Nora Sanín, directora de Andiarios.

De cal y arena

Los medios tienen, en general, buena imagen. Según una encuesta de Datexco contratada por CAMBIO, el 69,9 por ciento de los entrevistados tiene una imagen positiva de los medios, mientras que el 21,3 por ciento tiene una percepción negativa. El 72,3 por ciento considera que la información es cercana a la realidad, y el 19,7 por cierto dice que es lejana.

En cuanto al debate sobre cómo los medios han cumplido su tarea, unas son de cal y otras de arena. En cuanto a la parapolítica, algunos les reconocen el mérito de haber hecho públicas las denuncias. De una u otra forma han aplicado lecciones recogidas en los años del proceso con las Farc que fueron de apertura y fácil acceso a las fuentes, y luego del proceso con las Auc que fue de cierre informativo y mucho secreto.

Los medios escritos han sido claves para descubrir la telaraña de la relación entre políticos y paramilitares, y han mantenido el tema en la agenda con investigaciones propias e informes especiales. Han hecho contrapeso a las voces oficiales e incidido en la agenda pública. “Sería una necedad no reconocer que de no haber sido por las denuncias de los medios de comunicación, el escándalo que hoy conocemos como la parapolítica a lo mejor nunca se hubiera iniciado en los estrados judiciales”, ha dicho el senador Gustavo Petro.

Sin embargo, desde el punto de vista cualitativo, el trabajo de los periodistas recibe críticas frecuentes porque han aceptado con naturalidad la filtración de la información que hacen las fuentes y a veces ni siquiera la someten a verificación. En ese sentido, tanto el periodista y académico Javier Darío Restrepo, como el director del Observatorio de Medios de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana Juan Carlos Gómez Giraldo, señalan en artículos exclusivos para CAMBIO los dos principales errores de los medios: la falta sistemática de análisis e interpretación, y el exceso de tolerancia con fuentes que filtran datos que, aunque ciertos, imponen la agenda.

La controversia, en síntesis, es compleja y apenas comienza. “Estamos en mora de un debate y de una autocrítica”, escribió Néstor Morales en su columna de El Nuevo Siglo. Si hace más de seis años, durante las conversaciones en el Caguán, los medios fueron objeto de críticas por la falta de análisis y el síndrome de la ‘chiva’, poco antes, a raíz del Proceso 8.000, habían sido vapuleados por lo mismo: por haber tomado partido y por su disposición a publicar materiales filtrados sin mayor verificación. ¿Mejorarán su calificación en la parapolítica? Es pronto para saber porque no ha llegado la hora del examen final. El debate está abierto y hay tiempo para enmendar la plana.
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LOS ANALISIS
Periodismo en vivo

(Fuente Semana.com) El episodio del hombre que tomó a 30 rehenes y amenazó con hacer estallar una granada en Bogotá es una caricatura de la realidad nacional. Una sátira despiadada sobre el mal gusto que exhibe en ocasiones nuestro periodismo y la falta de sentido común de nuestros funcionarios públicos. Y viceversa: la falta de sentido común de algunos periodistas y el mal gusto de algunos funcionarios. Algo que lamentablemente no se aprende en facultades de Derecho o de Periodismo. Columna de opinión de Carlos Cortés Castillo, director de la Fundación para la Libertad de Prensa.

Fecha de publicación: 2008-05-27
Autor/Fuente: Carlos Cortés, director de la Fundación para la Libertad de Prensa.

Me enteré de la noticia por La FM de RCN. Estaba atrapado por casualidad en el trancón que se formó a pocas cuadras de los hechos. Después de informar brevemente sobre lo que pasaba, la periodista llamó al defensor del Pueblo Vólmar Pérez. Éste le dijo que ya iban en camino dos delegados de la Defensoría del Pueblo. No porque a él se le hubiera ocurrido, sino porque fue una exigencia del secuestrador. “En diez o quince minutos llegan allá”, le dijo el Defensor a la periodista.

Tratando de llenar el incómodo ruido del silencio radial, la periodista se dedicó a darle consejos a Pérez: “Defensor, usted tiene que tener mucho cuidado, es una situación que hay que manejar con prudencia”. Tratando de llenar sus propios vacíos, Pérez decía cualquier cosa. Minutos después, la periodista lo regañó en tono maternal. “Pero ya pasaron quince minutos Defensor, ¿¡por qué no llega su gente?!”.
Librado del trancón, llegué a la oficina y prendí el televisor. CityTV transmitía en directo. El periodista sostenía el micrófono a centímetros de la granada y el camarógrafo hacía un primerísimo plano del artefacto. De fondo se oía la cortinilla musical de una película de acción. Rígido como una estatua, el periodista le preguntaba a Edgar Paz Morales – el secuestrador – sobre su familia, sus exigencias y su motivación. También le sostuvo el celular y le ayudó con unas llamadas. Al fondo caminaba una señora de un lado a otro como si no se percatara de lo que sucedía, y detrás estaban los rehenes, sentados esperando el turno de atención, como sirviendo de audiencia de un ‘talk-show’.

Después entró al lugar un grupo de periodistas. “Son todos colegas reconocidos”, le dijo el periodista de CityTV a Paz. Los periodistas prendieron las grabadoras y las cámaras y se arremolinaron alrededor. El secuestrador se tomaba la cabeza y daba órdenes cada vez con menos autoridad. Y mientras una de las rehenes leía el comunicado, agentes del Gaula se abalanzaron sobre Paz, lo desarmaron y lo esposaron. Los agentes habían entrado encubiertos en el grupo de “colegas reconocidos”.

En medio de todo esto, un funcionario de la Comisión Nacional de Televisión que veía el noticiero decidió que constituía apología del delito, se disfrazó de juez y llamó al canal para ordenar que interrumpiera la transmisión. Poco después la Comisión explicó que su junta directiva no había dado esa orden. Había sido alguien de su oficina de Contenidos, seguramente – dirán ellos – actuando a título personal. Una explicación de moda y tan cómoda.

Como era de esperase, en la noche CityTV hizo un especial sobre el hecho. Retransmitieron los apartes más llamativos, hablaron con un siquiatra y le pidieron explicación a la Comisión. Esta vez no vi la clásica nota periodística donde el periodista le pregunta a la víctima qué sintió cuando la tomaron rehén y amenazaron con matarla. Esta vez vi algo peor: hicieron una nota especial sobre lo que sintieron los papás del periodista cuando vieron a su hijo haciendo su trabajo con una granada prácticamente entre las piernas. Y ahí sí le preguntaron a cada uno: “¿qué sintió?”.

Más allá del debate sobre la censura previa, que en efecto existió, vale la pena hacerse algunas preguntas sobre este episodio:

– ¿Debe un periodista aconsejar o regañar en vivo y en directo a un funcionario público sobre un hecho que está en pleno desarrollo y del que existe poca información?

– ¿Debe un periodista convertirse en mediador de una negociación en caliente, en vivo y en directo o, todavía peor, en el mismo sitio de los rehenes, la granada y el secuestrador?

– ¿Debe un medio de comunicación poner en ese tipo de riesgo a un periodista?

– ¿Debe prestarse el periodismo para que las autoridades mimeticen a agentes policiales como periodistas para combatir actos criminales?

Preguntas como éstas deben responderlas los medios de comunicación y los periodistas. Y son esas respuestas las que dan elementos sobre lo que debe ser una política de autorregulación. Al contrario de la autocensura, la autorregulación busca mejorar el derecho a la información. Y al contrario de la autocensura, es un acto voluntario y de convicción.

Estamos volviendo al sensacionalismo”
(Entrevista con Javier Darío Restrepo en Semana)

Semana: Si usted todavía fuera reportero, ¿cómo habría cubierto este episodio?
Javier Darío Restrepo: Es algo que tengo claro, porque en mí pesan 15 años de reflexiones sobre estos temas. Habría seguido los lineamientos que la gran prensa europea tomó a raíz de una serie de atentados violentos, entre los que se destaca que no se deben cubrir acciones de esa naturaleza

Semana: ¿Por qué?
J.D.R.: Frente a un sujeto que está imponiendo el terror, el reportero está expuesto a sus emociones y dice lo que ellas le marcan y no lo que le indica su razón, más aun cuando siente que tiene que hablar, hablar y hablar…

Semana: ¿Cómo le parece que varios medios hayan transmitido en directo la toma?
J.D.R.: Debieron informar muy sobriamente, sin que el terrorista asumiera el control del momento. Pero la lógica comercial se está imponiendo sobre la lógica periodística. Hay más interés en estimular las sensaciones que el pensamiento de la gente. Estamos volviendo al periodismo sensacionalista.

Semana: ¿Qué habría pasado si la granada hubiera explotado?
J.D.R.: Eso debió ser previsto por los directores. Habría que preguntar si los periodistas tenían seguro de vida y quién se habría hecho cargo de la responsabilidad frente a su familia.

Semana: ¿Y frente a la audiencia?
J.D.R.: Ver en directo a una persona amenazando las vidas de otras tiene un efecto multiplicador muy dañino, pues el mensaje es que se puede manipular a los medios por la vía del terror. En nuestro país hay muchos desesperados y loquitos, que al ver eso, pueden tomar ese camino equivocado.

Semana: Eso hace parte de la guerra por el ‘rating’.
J.D.R.: El problema es que son medios que compiten comercialmente, no periodísticamente. El afán de la chiva es comercial.

Semana: Pero lo que hoy impera es la chiva.
J.D.R.: La chiva ha distorsionado la actividad periodística. Se elevó a dogma que el mejor periodista es el que hace chivas, pero eso nunca produce buen periodismo, produce sólo chivas, chispazos. Y el buen periodismo no es de chispazos, es una luz permanente.

Semana: ¿Qué opina de que una funcionaria de la Comisión de Televisión haya llamado para pedir que se suspendiera la transmisión?
J.D.R.: ¿De cuándo acá la Cntv puede decir qué es lo que los colombianos podemos ver o no? Esa es la más clara censura. Ningún funcionario puede sentirse con la autoridad para restringir la información. La otra cara de esa moneda es que cuando el periodismo incurre en abusos, legitima que la autoridad incurra en censura.

Juego de palabras
(Fuente: Arcadia)

El otro día, leyendo la biografía de Vasily Grossman, me encontré con una frase: “Tenemos que respetar la verdad despiadada de la guerra”. Se la dijo Grossman a su editor cuando este le pidió que en lugar de un final trágico, hiciera un epilogo heroico y feliz de su novela El pueblo inmortal. Resulta curioso que Grossman quisiera que su novela se leyera como algo “veraz” donde el protagonista muere, como murieron tantos rusos en la batalla de Stalingrado. Cambiar el final, y resucitar al personaje de entre los muertos, habría animado más a sus lectores, que eran casi todos soldados, y aunque no fuera “veraz” habría sido “verosímil”, que es lo que se le pide que sean a las novelas. Columna escrita por Marta Ruiz, periodista y editora de Seguridad de la revista Semana.

Fecha de publicación: 2008-05-27

Ese jueguito de palabras me obsesiona desde que se lo escuché en una conferencia a Carlos Monsiváis. Lo “Veraz”, según dice el diccionario de la lengua española, es aquello que “dice, usa o profesa siempre la verdad”. El asunto hasta aquí parece fácil. Todo el mundo sabe qué es la verdad, ¿o no? La cosa se pone difícil con lo “verosímil”, pues según la Biblia aquella tiene dos significados. El primero, “que tiene apariencia de verdadero”. Es decir, algo bien maquillado. El segundo, “creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad”. Palabras más, palabras menos, que algo es verdad hasta que no se demuestre lo contrario. Y ahí es donde comienza la confusión para los periodistas.

Tengo la impresión de que a medida que se profundiza la crisis, en varios escenarios, tenemos historias muy verosímiles pero quién sabe qué tan veraces. Y viceversa.

Hace dos meses estaba terminado un artículo sobre los cabos sueltos que dejaba el bombardeo en el que murió Raúl Reyes. La foto del jefe guerrillero destrozado había sido exhibida como prueba de “veracidad”. Parecía veraz que era él, que estaba en Ecuador y que estaba muerto. El resto de detalles –incluido el supercomputador– parecían apenas verosímiles y había más preguntas que respuestas. Cuando le puse el punto final a mi artículo oí una gran algarabía en la sala de redacción porque los presidentes Uribe, Chávez y Correa estaban trenzados en una cantidad de abrazos que todos vimos por televisión y que a pesar de que eran “verosímiles” todavía dudo de su veracidad. Los abrazos mataron mi artículo. ¿Después de semejante euforia a quién le interesa la verdad?

A los pocos minutos estallaba una noticia “veraz”, pero “’inverosímil”. Rojas, un guerrillero con fama tenebrosa, entregaba una mano como prueba de que había matado a otro hombre fuerte de las Farc: Iván Ríos. Después pasamos dos semanas tras una noticia tan “inverosímil” como poco “veraz”. Se decía que Ingrid Betancourt había estado en un centro de salud en pleno corazón del Guaviare. En tiempos racionales, un análisis lógico habría bastado para decir que era un absurdo, un imposible que eso hubiese ocurrido. Pero como aquí todo puede pasar, y de hecho, todo pasa, pues allí estuvo la prensa dando vueltas durante no sé cuánto tiempo. Lo verosímil otra vez en primera plana. Como ocurrió con la famosa foto del ministro ecuatoriano Larrea que claramente “tenía apariencia de verdadera”, pero, sencillamente, no lo era.

Quizá en épocas difíciles como esta, donde verdad y mentira están juntas como el oro y la escoria, los periodistas dedicamos demasiado tiempo a historias “verosímiles” que cautivan fácilmente al público. De aquellas que quería publicar el editor de Grossman. La verdad quizá sea una ilusión, pero el periodismo consiste en buscarla. Por más despiadada que sea.

OPINION
Homenaje al reportero
Daniel Coronel

El reportero le recordó al secuestrador lo que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos esperaban que actuara como un buen ser humano
Por Daniel Coronell
Fecha: 05/24/2008 -1360
Esta semana Edwin González salvó nueve vidas. Edwin no es médico, bombero, ni socorrista. Es un periodista joven y apasionado por su oficio. También es el menor de tres hermanos y el feliz esposo de una colega suya, que ese día alcanzó a pensar en la terrible posibilidad de quedar viuda.

El miércoles pasado, Edwin venía de cubrir una historia en la zona de Bosa cuando lo llamó una fuente de información. Una sencilla pero valiosa fuente, que le avisó que algo anormal sucedía en el centro de Bogotá. En la calle 17 con carrera séptima, en la sucursal de un fondo de pensiones, un hombre amenazaba con detonar una granada y matar a 20 personas que a esa hora estaban en las oficinas de la entidad.

Edwin llegó tan rápido como pudo y se enteró, por boca del comandante de la Policía de Bogotá, que el secuestrador pedía -entre otras cosas- la presencia de una cámara de televisión. A esa hora, la única cámara en el sitio era la suya. Tres minutos después estaba adentro, en medio de un grupo de rehenes asustados y frente a un secuestrador peligrosamente nervioso.

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El hombre tenía agarrada la granada en la mano derecha, con el índice de la izquierda metido en el seguro de la espoleta. Edwin, por su entrenamiento de reportero, tenía claro que si el secuestrador tiraba de la argolla y soltaba la granada, el estopín se activaría y la explosión vendría cinco o seis segundos después. La diferencia entre la vida y la muerte. “El que ha cubierto orden público sabe lo que puede hacer una granada”, asegura Edwin, al recordar su encuentro con el sargento retirado Edgar Paz Morales, autor del acto terrorista.

Paz Morales se balanceaba nerviosamente mientras el periodista se le acercaba. El ex militar estaba alterado porque dos mujeres expresaban a gritos el pánico que sentían. Edwin, peinado con fijador y con el nudo de la corbata en su sitio, rezaba en silencio mientras pensaba qué preguntar. “Dios mío, dame las palabras exactas”, repetía para sus adentros, según me lo contó dos días después del susto.

Un susto que jamás se le notó al aire. Con una inteligencia que debe servir de ejemplo para los que trabajamos en esto, Edwin manejó la situación y logró que Paz Morales liberara inicialmente a los dos mujeres más nerviosas, y luego a siete personas más.

El reportero le recordó al secuestrador todo aquello que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos podían estar viéndolo y que esperaban que él actuara como un buen ser humano.

Era una entrevista -desde luego-, pero también un certero rescate de los sentimientos dormidos en el alma de un hombre dispuesto a matar y a morir.

Minutos después, el secuestrador permitió el ingreso de otros medios de comunicación para difundir un comunicado, cuyo alcance debe ser investigado por las autoridades y por los propios periodistas.

Al concluir la lectura, un grupo de policías se abalanzó sobre el secuestrador, que fue controlado de manera rápida y precisa, en una operación de la que nadie salió herido.

Había pasado una hora larga. Tal vez la más larga en la vida de Edwin González, a quien casi nadie le ha reconocido sus méritos.

Cuando terminó de transmitir llamó a tranquilizar a Gloria, su esposa, y a Esther, su mamá, que estaba sumida en un mar de angustia y lágrimas.

Al otro día, el debate sobre la transmisión de Citytv ocupaba páginas enteras de los periódicos, era el tema de los programas de radio y de los noticieros de televisión. Mucha gente opinaba no de lo que realmente pasó, sino de lo que otros decían que había pasado. En Colombia siempre han sobrado expertos en hacer alineaciones después del partido.

Edwin González no pudo seguir con todo el cuidado la inteligente controversia. Estaba ocupado buscando la noticia del jueves.

Un acto de exorcismo con Ecuador

Por: Mario Morales
Fue una especie de exorcismo. Reunirnos en Quito periodistas de Colombia y Ecuador para hablar del cubrimiento de la crisis que afrontan los dos países desde el operativo contra Raúl Reyes fue un ejercicio que partió del análisis de las prácticas periodísticas y trascendió a lo humano. (Publica El Espectador)
El punto de partida fue el monitoreo, durante marzo, de cinco diarios de cada país, adelantado por las universidades Javeriana de Bogotá y De las Américas de Quito.
Digamos que el análisis dejó conclusiones coincidentes: tanto aquí como allá hubo tendencia a favorecer, consciente o inconscientemente a los respectivos gobiernos. Nos quedamos más con el registro que con el contexto. El género noticia sigue en el pedestal. Hay poco análisis.
Tienen prelación las fuentes estatales, que en la mayoría de los informes fueron única fuente, sin contraste. Reina el periodismo figurante o periodismo de declaraciones. Los hechos ya no son sagrados y sí lo son las versiones o las reacciones.

Paradójicamente escasea la entrevista, ahora reemplazada por frases cortas y editadas, sin más. A cambio, abundan las comillas, incluso en titulares, como si no quisiéramos responsabilizarnos del enfoque informativo. También por eso las “verdades” ahora son temporales: lo que ayer fue noticia hoy ya no es cierto. Lo que alguien dijo, aún sin pruebas, manda. Tambíén está en alza el subjuntivo.

Pocos enviados especiales; para eso está la televisión y los boletines gubernamentales publicados sin el valor agregado de la mediación periodística. No hay posibilidad de verificar, sólo de citar agencias u otros medios para reproducir las mismas frases emotivas y veleidosas.
Por eso los errores. Claro, incidieron el patriotismo exacerbado, la falta de alternativas para el cubrimiento, la escasez de preguntas, la carencia de respuestas, pero muy especialmente ese requisito apenas humano de ponernos en los zapatos del otro y en la mirada del otro, más allá de la frontera, para empezar a conocernos y tratar de entendernos, como se hizo en Quito, dialogando. Hubiéramos empezado por ahí.

Los 15 enemigos declarados de Internet

Para sofocar críticas, los gobiernos de países como Vietnam, Irán y Etiopía crean ‘ciberpolicías’, detienen ‘bloggeros’ y piden datos de usuarios de los cibercafés.

En febrero del 2006, Guillermo Fariñas, alias ‘El coco’, fue hospitalizado a la fuerza en el hospital de Santa Clara (Cuba) para recibir alimentación por vía intravenosa.

Así, creía el Gobierno, la huelga de hambre que había comenzado hacía unas semanas para pedir que todos los cubanos tuvieran acceso a un “Internet libre”, no tendría mucho eco en medios internacionales. Pasó lo contrario. Fariñas perdió 15 kilos, estuvo a punto de morir y su historia se multiplicó como los peces en blogs de todo el mundo.

El régimen del entonces presidente Fidel Castro lo acusó de usar Internet de forma “contrarrevolucionaria”, pero él sigue al frente de Cubanacán Press, una agencia independiente de noticias, símbolo de lo que llaman la ‘ciberdisidencia’ de la isla.

Fariñas ha tenido que luchar contra ‘molinos de viento’: ninguno de los 17 periodistas que trabajan con él tiene derecho a usar Internet para enviar sus artículos a otros países. Casi siempre, reseña Reporteros sin Fronteras (RSF), “dictan los textos desde un teléfono público”, pero como las “tarifas son muy altas, llaman en cobro revertido”.

El caso de ‘El coco’ es uno de los ejemplos del estricto y asfixiante control que varios países están ejerciendo sobre los internautas. Pero no es el único. Algunos como China, Birmania, Zimbabue, Uzbekistán y Corea del Norte son famosos por usar todo tipo de estrategias para evitar que los ciudadanos usen la red para criticar a sus gobiernos.

‘Seguridad nacional’

Se trata de regímenes que, invocando razones de “seguridad nacional”, acceden a correos electrónicos, bloquean páginas web, filtran vocablos “subversivos” de la red e incluso crean una especie de ‘Gran Hermano’ que vigila todo lo que se hace en los café Internet, al mejor estilo de la novela de George Orwell.

Desde el 2004, RSF hace un listado llamado ‘Enemigos de Internet’, en el que expone los casos de los países más represivos en este tema. “Lo iniciamos cuando nos dimos cuenta de que no solo perseguían, amenazaban, encarcelaban y mataban a sus periodistas, sino que también comenzaban a perseguir a sus internautas”, explica Mercedes Arancibia, vocera y miembro de la Junta Directiva de RSF en España.

En la clasificación de este año entraron 15 países: 13 que ya estaban en el 2007 y Etiopía y Zimbabue. China ostenta el primer puesto en el número de ‘bloggeros’ encarcelados (48). Casi siempre son detenidos sin explicaciones y sin la posibilidad de acceder a un abogado, y son condenados a penas que pueden llegar a 15 años de cárcel. El gigante asiático, además, creó a dos policías virtuales que aparecen en las pantallas de los cibercafés cada media hora, para recordarles a los internautas que no pueden excederse en sus comentarios.

Sin Hotmail ni Facebook

En países como Egipto, Irán, Siria y Birmania, la censura también se manifiesta en la prohibición de sitios como Hotmail, la red social Facebook o la plataforma para subir videos de YouTube. “Son originales formas de comunicación que no han escapado a las mallas” de Internet, dice RSF en su informe.

Hace unos días, los promotores de dos huelgas, convocadas en redes virtuales, enfurecieron al presidente egipcio Hosni Mubarak. Uno fue arrestado durante dos semanas sin cargos y otro fue detenido y torturado por las fuerzas de seguridad, según RSF.

El caso de Birmania es especial porque allí los celulares también son objeto de frecuente censura, ya que sirven para grabar videos que después son subidos a Internet y demuestran la intransigencia de la Junta Militar que gobierna al país desde hace 46 años.

El otro tema grave, para la ONG, es que hay grandes empresas occidentales que son ‘cómplices’ de los gobiernos más represivos en la red. “Les venden programas para que filtren palabras que consideran subversivas. Otras facilitan a las autoridades los datos personales de internautas” para que sea apresados, denuncia Arancibia.

Excusas

El año pasado, Yahoo tuvo que pedir excusas por el caso de cuatro ciberdisidentes chinos que fueron detenidos gracias a que esa empresa ayudó a identificarlos.

También se censura con los precios exorbitantes que hay que pagar en varios de esos países para conectarse a Internet en un cibercafé. En Corea del Norte, donde el salario promedio mensual no pasa de 30 euros (84 mil pesos), una hora de conexión cuesta casi 6 euros. En Cuba y Vietnam, las tarifas son aún más prohibitivas. “Eso es un atraco”, advierte la española.

Que una nación no aparezca en esta lista no significa que no censure a los cibernautas, entre otros, porque el informe de RSF también tiene una categoría de “países bajo vigilancia” (11, entre los que están Eritrea, Gambia, Libia y Malasia). A diferencia de los enemigos de Internet, “no encarcelan a los ‘bloggeros’, pero han creado el marco jurídico necesario para amordazar Internet” cuando les conviene.

Birmania

La Junta Militar tiene una oficina de censura y bloquea decenas de páginas, como las de Hotmail y Yahoo. Desde el 2000, “todo contenido político se barre de la web” y el que tenga un módem sin permiso oficial puede pasar hasta 15 años en la cárcel.

Zimbabue

Enviar un correo electrónico en Zimbabue es estar en la mira del Gobierno. En agosto del 2007, el dictador Robert Mugabe aprobó una ley que autoriza al Estado a interceptar llamadas y ese tipo de mensajes para “garantizar la seguridad nacional”.

Irán

Mahmud Ahmadinejad soporta tan poco las críticas, que una nota irónica sobre los perros de sus guardaespaldas le valió dos semanas de cárcel al ‘bloggero’ Reza Validazeh, en el 2007. El sitio de fotos compartidas Flickr y YouTube no pueden verse.

Vietnam

El Gobierno se inspira en el método de China y, como tiene miedo de que la gente se desboque en críticas, creó a ciberpolicías que eliminan palabras ‘subversivas’ de la red y controlan los café Internet.

Turkmenistán

En un país tan aislado del mundo, Internet es una fuente informativa clave, pues el Gobierno cerró las empresas de TV por cable. Pero la web es para pocos: funcionarios, turistas, periodistas oficiales.

Bielorrusia

El presidente Alexander Lukashenko, en el poder desde 1994, bloqueó 37 sitios de la oposición el 19 marzo del 2006, al ser reelegido por segunda vez. Según RSF, ‘el control de este país en Internet es de los más estrictos entre los de la ex URSS’.

Egipto

El 22 de febrero del 2007, Abdel Kareem Nabil Suleiman fue condenado a tres años de cárcel por “insultar al presidente” Hosni Mubarak y por “incitar al odio del Islam”. Todo, por un comentario colgado en un foro de Internet crítico con el Gobierno.

Arabia Saudí

Las más afectadas por la cibercensura son las mujeres, que al no tener permiso para votar, manejar o vestirse como quieran, han visto en los blogs la única posibilidad de expresarse libremente. Aquí la censura no se disfraza de problema técnico.

Etiopía

Los servicios de Internet son monopolio del Estado, del que dependen las licencias para los cibercafés, cuyos dueños deben registrar las direcciones y los nombres de sus clientes, si no quieren ir a la cárcel.

Túnez

La autocensura es la norma. Muchas conexiones privadas están cortadas por ‘problemas técnicos’ o son muy lentas, por lo que los ‘bloggeros’ desisten de consultar sitios y de criticar al Gobierno.

Cuba

Hace poco, Raúl Castro autorizó la venta de computadores, aunque no por eso los cubanos tienen más acceso a Internet. De ahí que haya una ‘red paralela’, que permite acceder a una conexión privada, pero a través de un portátil y de mucho dinero.

Corea del Norte

Dice RSF: ‘El Internet norcoreano es como una Intranet. Da acceso a un buzón de e-mails, un motor de búsqueda censurado, algunos sitios informativos seleccionados por el Gobierno y páginas que elogian al ‘querido líder’, el todopoderoso Kim Jong-il’.

Siria

Hotmail, Facebook, Skype y YouTube están prohibidos, ‘por temor a que se infiltren en la red los servicios secretos de Israel’, su más acérrimo enemigo. Una de las mayores plataformas de blogs, Blogspot, que pertenece a Google, también es inaccesible.

China

Palabras como democracia, movimiento estudiantil del 89 (por la masacre en la Plaza de Tiananmen del 4 de junio de ese año) o motines están prohibidas. Es la mayor cárcel de ciberdisidentes, según RSF.

Uzbekistán

Djamshid Karimov, sobrino del presidente Islam Karimov, fue internado en un hospital psiquiátrico aunque los médicos admiten que ‘tiene buena salud y es equilibrado’, por hablar de corrupción en la red.

LAILA ABU SHIHAB

La frivolidad gana terreno en el tratamiento de las imágenes de terrorismo

Mientras en otros países la ley insiste en resguardar la identidad de las fuerzas de seguridad y hasta de los letrados que llevan casos de terrorismo, los medios españoles parecen seguir el lema de “que un inoportuno pixelado no te arruine una buena imagen”. ¿Se le da poca importancia al tratamiento de las imágenes del terrorismo en España? ¿Por qué cada medio utiliza su propia “jurisprudencia”? ¿Cachondeo o vacío legal? (Con Periodista Digital)

El día después de la detención de “Thierry” El País fue el único medio en portada que pixeló las esposas de Francisco Javier López Peña, señalado por Rubalcaba como “la persona con más peso político y militar” dentro de ETA. Acostumbrados a pensar mal y acertar, los lectores españoles manifestaron pronto su asombro ante lo que entendían que era una manipulación en toda regla.

La explicación era mucho más sencilla. La foto la había enviado ya pixelada la agencia AFP. No se trataba de que Francia intente guardar el secreto del mecanismo con el que funciona las esposas a los ojos de los malhechores, como se pudo creer en un principio, sino porque la legislación francesa prohíbe a cualquier medio difundir las imágenes de un detenido con esposas antes de ser juzgado, según explicó después Mokhtar Atitar en El País.

¿Qué tratamiento le dan a las imágenes de terroristas los medios españoles? Vítor Mejuto, jefe de Fotografía de La Voz de Galicia, comenta que en el periódico gallego “publicamos las fotos como nos llegan de las agencias, sin prestar mayor atención a cosas como si están pixeladas o no”. En la misma línea se muestra Javier Mingueza, fotógrafo de El Correo, al explicar que “en relación con el caso de los etarras detenidos, han publicado las fotos como las recibieron de las agencias, en su caso sin pixelar. No se modifican las fotografías que se reciben de agencias, más allá de adaptarlas a los textos y al espacio para ser publicadas.

¿No debería ser más escrupuloso el tratamiento de las imágenes teniendo en cuenta las denuncias constantes de los guardias civiles fotografiados a cara descubierta en funerales u operaciones radiadas casi en directo? Fernando González Urbaneja cree que “lo único que siempre hay que tener siempre presente es el principio de buena práctica; que la información sea de interés general y siempre se atienda a la veracidad.” También señala que “tampoco se tiene que empezar a poner delimitaciones y restricciones a todo, hay que informar”. Para el presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) lo importante es el principio de buena práctica.

José Manuel Rey, jefe de sección Actualidad de EFE, le da mucha importancia a la publicaciones de las imágenes sobre terrorismo y sostiene que “tenemos unas normas marcadas por el Tribunal Supremo y desde luego nos atenemos escrupulosamente a ellas….Cada país sigue las suyas propias” “Solemos digitalizar las imágenes. En el caso de los guardias civiles siempre intentamos además sacarlos de espalda o de manera que no se les reconozca….A este respecto tenemos mucho cuidado ya que hablamos de la seguridad de estas personas además de que el terrorismo es un tema de gran sensibilidad.” Pero luego de que la foto pasa al medio es como si entrara en un terreno legislativo anárquico: “Insisto que cada medio sigue sus propias pautas a la hora de tratar fotográficamente los temas”

Jordi Mateu, redactor jefe de Fotografia en ABC, piensa que “se le da un trato correcto en general en España. Nos guiamos por nuestro código penal. Francia tiene el suyo y casi, el caso de las esposas es curioso pero respetable, es su ley”. “Hemos publicado la foto que nos ha parecido mejor. Con esposas o sin ellas, eso no era lo importante de la foto. A veces si que es verdad que en ciertos temas hay cierto despiste pixelando. Cada país tiene su legislación. En Alemania por ejemplo siempre tienen la obligación de tapar la cara, incluso a abogados”

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