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Que suspendan los partidos

30 Jul , 2008  

Por: Mario Morales
Ya no es sólo cuestión de dignidad o de sentido común. (Que escasean por estos días más que la yuca o el tomate chonto). Lo que está pasando con el fútbol colombiano y los partidos de la coalición de gobierno ha sobrepasado cualquier límite. (Publica El Espectador)

¿Cuántos hinchas más debemos enterrar y jóvenes victimarios judicializar antes de que alguien haga algo? En lo que va corrido del año han sido asesinados seis fanáticos de una manera que va más allá de lo que quiere decir la palabra absurdo. Por eso es que en este suelo, como dice la ranchera, la vida no vale nada.

Las campañas de prevención han sido tímidas. El anuncio de penas más severas es incierto y se queda en lo punitivo. E incrementar efectivos policiales en los alrededores de los estadios y en las rutas de las barras bravas sería insuficiente y distraería otros frentes de seguridad.

Habría que comenzar por suspender los partidos. No sólo para bajarle la temperatura a los trogloditas del puñal y la camorra, sino también para escuchar propuestas creativas de dirigentes de clubes, periodistas, delegados de las barras pero sobre todo del Estado, a cual más responsables, por acción u omisión, de un fenómeno que hace rato se salió de madre. (Y para tomar medidas drásticas contra los clubes que no están al día con sus estados contables y composición accionaria).

Algo similar debería suceder con los partidos de la coalición de gobierno que ya suman cinco de sus líderes tras las rejas por presuntos nexos con el paramilitarismo. No se trata simplemente de unificar los que sobreviven (entre reeleccionistas y disidentes), que es el reencauche que propone José Obdulio Gaviria, para mantener esos voticos, antes de que vengan más capturas, y salvar el referendo y la reformitis que se avecina. Habría que exigir que cesen esos partidos y se consolide la devolución de todas sus curules y, de paso, de la personería jurídica.

Una quimera, por supuesto, ahora que los cargos directivos, aun de esos movimientos en desgracia, son vistos como trampolín para la contienda electoral, así estén a punto de desaparecer por sustracción de materia, o así no tengan un peso como dice la disidente Marta Lucía Ramírez.

Continuarán, ya lo sabemos, el espectáculo de los cortejos fúnebres, de las indagatorias y de los carcelazos. Hace falta algo más que dignidad y sentido común. Y con la escasez que hay.

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El populismo en horario estelar

30 Jul , 2008  

Por Ibsen Martínez
El liderazgo se conseguía antes en América Latina desde un balcón; ahora ante las cámaras. Chávez y Uribe son maestros en el arte del culebrón político, al que se acaba de incorporar toda una estrella, Betancourt

Los venezolanos vimos por vez primera a Hugo Chávez en una cadena de televisión y en horario estelar vespertino hace ya 16 años. Cautivo del Ejército, el entonces cabecilla de una fallida intentona golpista recobró la iniciativa política en una memorable aparición ante las cámaras.

Había órdenes muy claras, impartidas por el propio presidente Carlos Andrés Pérez, de mostrar en televisión a Chávez esposado, despojado de insignias y leyendo un mensaje pregrabado en el que invitase a los facciosos a rendirse. Pero los atribulados mandos militares, en la premura del caso, prescindieron de grabar previamente la alocución del capturado jefe insurrecto que, en principio, no estaba dirigida al expectante país en pleno, sino solamente a los sublevados.

En consecuencia, las cámaras mostraron en vivo al desconocido y joven oficial rebelde que todo el mundo ansiaba ver y escuchar. Sus guardianes, por cierto, lucían más asustados que el cautivo, quien pronunció entonces la que quizá haya sido la alocución más corta en la moderna historia política venezolana. También la más productiva, electoralmente hablando.

Comenzó con un “Buenos días a todo el pueblo de Venezuela”. Seguía un “mensaje bolivariano” a sus compañeros, imponiéndoles que “lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital”.

Sólo 169 palabras -muy pocas, en verdad, para lo lenguaraz que nos ha salido el Máximo Líder-, pronunciadas en menos de 50 segundos y de las que la porción más empobrecida del teleauditorio recordaba al día siguiente una sola frase. Los menesterosos y los descontentos de toda Venezuela dieron en repetir sentenciosamente “por ahora” como un mantra o una jaculatoria, hasta el día de 1998 en que votaron mayoritariamente por él.

Habían visto, en “tiempo real” y en la pantalla de sus televisores, el nacimiento de un paladín populista, algo que en el pasado tomaba todo el tiempo que la transmisión oral tarda en dar forma simbólica a las cosas. En el pasado -en lo que hoy los estudiosos llaman “primera” y “segunda” oleadas del populismo latinoamericano-, la cosa iba casi exclusivamente de oratoria y balcones.

“¡Denme un balcón y seré presidente!”, llegó a clamar jactanciosamente el ecuatoriano José María Velasco Ibarra, quien, entre 1934 y 1972, pasó cinco veces de un balcón a la presidencia de su país. Me apresuro a advertir que en cuatro de esas ocasiones Velasco fue depuesto tras un pronunciamiento militar. Nunca más le dejaron asomarse a un balcón. ¿Y qué decir del populismo argentino, arquetipo continental del morbo, y el balcón de Eva Perón?

Definiciones muy encontradas sobran hoy de lo que podrá ser esa proteica y casi centenaria forma política que ha sido el populismo en nuestra América. Según se otorgue primacía a lo económico, lo institucional o lo simbólico, tendremos, por ejemplo, las de Rudiger Donrbusch y Sebastian Edwards, las de Michael Conniff, Jorge Basurto y la del extravagante posmarxista Ernesto Laclau.

Hoy en día, un buen indicio de que se está en presencia de una de nuestras “democracias no-liberales” y populistas se halla en el uso y abuso que el poder aspire y logre dar a los medios radioeléctricos. Y en esto, ¡ay!, no es Chávez el único espécimen. Cierto: Chávez le tomó tanto aprecio a los resultados obtenidos en esos sus primeros 50 segundos de alocución en vivo que no ha hallado modo de saciar su berluscónica ambición de hegemonía mediática: ha fundado Telesur, especie de Al Yazira suramericana, y clausurado, sin más, canales opositores.

Pero lo crucial para este juicio, creo yo, es saber no sólo si el gobernante tolera o no la discrepancia y la crítica de los medios, sino de qué artimañas, en apariencia lícitas e inofensivas, se vale para impedirlas.

Álvaro Uribe, en la vecina Colombia, es sin duda la antípoda política de Chávez -civil, partidario de las leyes del mercado, enemigo jurado de las FARC, aliado militar de los Estados Unidos, etcétera-, pero, al igual que su par venezolano, hurta el cuerpo, en cada campaña electoral, a los debates televisivos con los candidatos que le adversen.

Uribe prefiere hacer una demostración práctica, en un programa frivolón de horario televisivo estelar, de cómo el Kundalini yoga le brinda serenidad de espíritu en mitad de la guerra que libra con las FARC. Se aviene en esas ocasiones a lagrimear en primerísimo primer plano mientras evoca, una y otra vez, la trágica muerte de su padre, pero no se expondría jamás de buen grado a responder una pregunta directa hecha por un reportero sobre su hasta ahora inocultable vocación de perpetuarse en el poder.

Al igual que Chávez, Uribe suele hacer sorpresivas llamadas telefónicas a programas radiofónicos de opinión política. Lo hace con sus suaves modales antioqueños, impostando ser un escucha más, interesado en hacer oír su parecer.

Sólo que Uribe no es un escucha cualquiera: es el carismático presidente de Colombia, acaso en este momento sea también el hombre más poderoso de su país, y lo que suele pasar es que termina por acaparar el resto del tiempo del programa, sin permitir preguntas. En descargo suyo hay que decir que, a diferencia de Chávez, las llamadas de Uribe no parecen previstas en guión alguno.

Chávez, en cambio, simplemente no corre riesgos y sólo hace llamadas a programas conducidos por gente que le es afecta, transmitidos por la red estatal que Chávez ha confiscado, sin melindres, para sus propios fines partidistas. Es entonces cuando, por ejemplo, anuncia destituciones de ministros, a quienes expone al escarnio público por su incompetencia o falta de espíritu revolucionario.

Bill Moyers, un veterano productor estadounidense de televisión pública, afirma que las ideas complejas, políticas o de cualquier otro tipo, no se pueden ventilar como es debido en la televisión actual. “La tecnología de la televisión -dice Moyers- lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que sólo se convierte en promotora de consenso, ¡y a menudo de cualquier consenso!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer éste al público”.

Sea por ciencia infusa, o porque los populistas latinoamericanos de hoy lean a escondidas a gente como Moyers, lo cierto es que, cada día que pasa, el uso que los Chávez, los Uribes, los Morales y hasta los esposos Kirchner dan a los medios radioléctricos procura acallar el debate y la crítica y promover tan sólo elementales consensos, ya sea en torno a un indefinido “socialismo del siglo XXI” o al muy controvertido Plan Colombia.

Momentos estelares de estas fábricas de obnubiladores consensos han sido las dos superproducciones mediáticas que, Chávez de un lado y Uribe del otro, nos han ofrecido en los últimos meses a propósito de los rehenes cautivos de las FARC.

Una de ellas, la venezolana Operación Emmanuel, buscaba promover consenso en torno a la socarrona “mediación” de Chávez y ungirlo como el único hombre en el continente capaz de liberar a los rehenes. Como se sabe, Oliver Stone hubo de regresar a casa sin poder rodar un pie de película.

La colombiana Operación Jaque, bien que en sí misma ejecutada incruentamente por el ejército colombiano, brindó a su vez ocasión para vindicar las opciones militares favorecidas por Uribe, ejecutadas por su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, el candidato presidencial in péctore de Uribe.

En el negocio del espectáculo suele decirse que la cámara no parpadea. Por eso ni el más previsivo de los productores ejecutivos de un reality show pudo presentir la irrupción de una espontánea llamada Ingrid Betancourt, la rehén que emergió de la selva para hablar ante las cámaras, con el mismo sorpresivo aplomo con el que Hugo Chávez soltó su “por ahora”.

Continuará.

Ibsen Martínez es escritor venezolano

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La quiero un poquito

30 Jul , 2008  

(Por Omar Rincón)
He aquí una historia que tiene todo su potencial para ser interesante, generar suspiros, crear identificación y provocar complicidad.

Una que comienza donde todas las historias de melodrama terminan. Una que cuenta la reinvención de la mujer una vez la traición le llegó en forma de torpeza masculina y maldad de ‘guasámpira’.

Lo mejor de esta nueva telenovela: la historia. La quiero a morir es una historia de reinvención de la mujer, en esto muy colombiana y vital espejo femenino; una historia buena. Se le cree, por ser común, porque se le ha vivido. Proponer el eje central en lo femenino convirtiendo a lo masculino en pura escenografía es otro hallazgo.

Pero, muy a lo Caracol, esta telenovela es poco cuidada en la realización, exhibe demasiado cliché y sobreactuación en los personajes, brilla por su exceso de chistín, que diluye el drama, documenta la poca dirección y promueve un ridículo grotesco popular.

Uno se pregunta: Con semejante historia que tienen, ¿por qué no tormársela en serio? ¿Por qué lo popular debe ser tan excesivo en su derroche de falta de mesura? ¿Por qué la señora mala debe hablar como travesti? ¿Por qué el señor mecánico dominado debe ser un chascarrillo? ¿Por qué Margarita Ortega debe jugar a ese sainete y no opta por construir un personaje?

La respuesta: A Caracol le funciona así. Si el rating aparece, poco importa la pobreza estética o la falta de incursión dramática en los personajes o establecer pequeños guiños de realidad. A Caracol le funciona que todo se vea como producción de pobre, que los actores sean los mismos en todas las novelas, que la comedia sea puro cuentachistes, que no haya dirección, ni actuación, ni realización. Le funciona así. ¡Uno debe ser el equivocado!

Caracol acierta en que la gente quiere ver telenovelas que se parezcan mas a Sábados Felices y sus cuentachistes que a dramas sociales o historias melodramáticas, en las que se tome en serio y con recurso lo popular, o haya iluminación narrativa o las actuaciones sean recursivas o que la cámara cuente. ¡Eso de la estética y el cuidado audiovisual no importa al televidente, que quiere solo reír!

La quiero a morir es una buena historia, porque habla de la mujer abandonada que debe comenzar de cero y, en ese drama, todos nos reconocemos. Hay libreto y con eso basta. Lo otro, la televisión con decoro, eso no importa. Caracol no piensa la marca, ni el largo plazo; le gusta el rating rápido y lo consigue. ¡El equivocado es uno!

OPINIÓN
ÓMAR RINCÓN
CRÍTICO DE TELEVISIÓN
orincon61@hotmail.com

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La impunidad, sin sangre entra

28 Jul , 2008  

Por: Mario Morales
Ya se sabe. Que no haya sangre. Esa es la inferencia doblemoralista de nuestra sociedad occidental cristiana. Cualquiera puede hacer con su vida íntima, social o política lo que quiera, siempre y cuando no se vierta el vital líquido, como decían los periodistas de crónica roja, cuando había. (Publica El Espectador)
No lo sabía Max Mosley, presidente de la Federación Internacional de Automovilismo, a quien la prensa miraba con gula y curiosidad (y hasta con envidia, en este país adicto al maltrato físico) por sus 45 años ininterrumpidos de prácticas sadomasoquistas. Sólo el trasero sangrante de una de las meretrices con quienes “interactuaba” (y no las tundas, latigazos, palmadas, coscorrones y pellizcos habidos durante cerca de medio siglo) lo tienen pisando los terrenos de lo delictivo.

Lo han venido a saber en estos dos últimos años los presos políticos, terroristas y rebeldes chechenos, caucásicos, palestinos y africanos que con una frecuencia inusitada son excarcelados o perdonados porque en su prontuario aparece todo tipo de acciones ilegales, pero no delitos de sangre.

Lo piensan y quieren hacérnoslo creer los parapolíticos, los financiadores y los asesores de los grupos armados ilegales que se declaran inocentes (cuando no víctimas), y arguyen como toda defensa que “sus” manos no están manchadas de sangre.

Lo están descubriendo los causantes de accidentes de tránsito, sin importar los daños materiales originados, y, como en España, si acaso son “condenados” a trabajo comunitario si no queda sangre en la vía.

Lo saben los coordinadores de operaciones militares que se han llevado por delante insignias y organizaciones humanitarias, empresas y roles periodísticos y una porción de verdad (y con ella al resto) y se han justificado sin pedir perdón porque han actuado “limpiamente” (sic), es decir, sin derramamiento de sangre.

Lo imaginan los responsables de la salud, las vías y el transporte en este país enfermo, desatendido, incomunicado y aislado. Pero no renuncian porque no hay pruebas de que se haya vertido sangre por ello.

Lo sabemos todos, que esta cultura no es hemofóbica ni le tiene aversión a la sangre, como les consta a los aficionados a los toros, los gallos, el boxeo, Tarantino y ciertos periódicos vespertinos. Sólo que la evitamos tácticamente para tratar de convencernos de que estamos en la legalidad.

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Las principales agencias de noticias prohíben llamar “terroristas” a los etarras

24 Jul , 2008  

Lo que son las cosas. Si los medios españoles tachasen al IRA de “independentistas” o a Unabomber de “revolucionario”, británicos y estadounidenses pondrían el grito en el cielo ante esta aberración. Sin embargo, las grandes agencias de noticias van más allá y prohíben -en sus libros de estilo- llamar “terroristas” a los asesinos de ETA. (Con Periodista Digital)

El asunto no es nuevo; han sido muchos los casos en que las palabras “grupo separatista vasco” u “organización independentista” copaban las portadas de los diarios extranjeros para las informaciones referidas a ETA. Resulta que los libros de estilo de BBC, France Press, Associated Press y Reuters no permiten usar el término “terrorista” para ETA, lo que ha levantado las suspicacias de los periodistas españoles que trabajan en dichos medios y que eran oblifados a citarles como “separatistas” o “nacionalistas”, según cuenta El Confidencial Digital.

Éste es el caso de la BBC. En el libro de estilo –que recoge las normas lingüísticas y de funcionamiento de un medio- de la cadena pública británica, el capítulo 11 se dedica al terrorismo. Los siguientes párrafos son extractos literales del documento:

Nuestra credibilidad se ve socavada por el uso descuidado de palabras que conlleven juicios emocionales o de valor. La palabra “terrorista” en sí misma puede ser un obstáculo.

Deberíamos utilizar palabras específicas que definan al protagonista como “persona con explosivos”, “agresor”, “pistolero”, “secuestrador”, “insurgente” y “militante”.

Tenemos la responsabilidad de ser objetivos e informar de modo que permitamos a nuestra audiencia sacar sus propias conclusiones sobre quién está haciendo qué a quién.

David Jordan, director de Política Editorial de la BBC aseguró en una ocasión que “hay que tener perspectiva histórica y no juzgar en el momento” y recordó que el ex presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, también fue considerado en sus inicios “un terrorista” por los dirigentes de su país.

La cadena pública emplea en sus informaciones sobre ETA palabras como ‘separatistas’, a pesar de que “todo el mundo sabe lo que representan”, tal y como afirmó el propio Jordan.

El resto de agencias de noticias mundiales, como decimos, también se niegan a utilizar el término “terrorista” para referirse a las actuaciones de los etarras.

Algunos periodistas que desempeñan su actividad profesional en estas compañías lo explican así: “todas las agencias han tomado la decisión de no denominar a ETA como organización terrorista”. En sustitución de esta palabra, se utilizan vocablos como organización armada “separatista”, “independentista” o incluso “revolucionaria”.

En Associated Press, la agencia de noticias más importante de Estados Unidos, el término específico que deben utilizar sus trabajadores para referirse a ETA es el de “grupo armado vasco”. Sin embargo, en ocasiones se saltan las indicaciones y utiliza abiertamente el término terrorista.

Por último, la agencia Reuters es la más puntillosa en cuanto al tratamiento de las informaciones sobre la banda terrorista. Los periodistas de esta agencia tratan de evitar la palabra “terrorista”, pero también “independentista” o “separatista”. Denominan a los integrantes de ETA como “personas de la banda”.

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Los periodistas comienzan a cobrar por derechos de autor

24 Jul , 2008  

Las empresas de “pres clipping” asociadas a AESIP ( Asociación de Seguimiento Informativo y Publicidad ) han efectuado esta mañana ante notario la SEXTA liquidación trimestral a la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) por derechos de autor de los periodistas, siguiendo con el compromiso derivado del acuerdo alcanzado en Enero 2007 y, prorrogado, hasta el año 2010.

Con estos pagos se persigue garantizar a los periodistas que podrán recibir los derechos de autor, remuneración equitativa por los artículos que estas empresas reproducen y comercializan en sus resúmenes de prensa.

Mientras desde FAPE, en colaboración con estas empresas, se sigue trabajando en la aplicación que permitirá a cada periodista / autor conocer con exactitud cuántos artículos suyos han sido reproducidos y el montante que resulta de la remuneración equitativa aplicable al número de artículos reproducidos por estas empresas.

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Negocio redondo

24 Jul , 2008  

Por Mario Morales
El reciente periplo, con parada en Colombia y Bolivia, que acaba de hacer el presidente brasileño, Lula Da Silva, daba para aplausos de no ser porque nos hizo saber lo chiquitos que somos tanto en materia económica frente a un coloso del primer mundo, como en asuntos políticos. (Publica El Espectador)
Fue una lección magistral de estadista internacional, conjugada con un hábil manejo de relaciones diplomáticas y carisma personal.
En menos de tres días abrazó, con diversos grados de calidez, a Evo, Chávez, y Correa , y por otro lado a Uribe y Alan García, antagonistas de los primeros. A todos les hizo creer destinatarios de apoyo a sus respectivas políticas internas, y se devolvió a su país tal y como apareció en todas las fotos, muerto de la risa, y consolidado como único líder de la región, convenció incluso a Colombia de formar parte del Consejo de Seguridad suramericano, punta de lanza de su visión integracionista económica y militar, y con unos cuantos acuerdos entre el bolsillo, que fortalecerán su proyecto de mercado.
Lo mejor de su estrategia fue que todos parecían tan contentos como él. Evo, porque recibió lo 530 millones de dólares para infraestructura vial en el norte boliviano y un espaldarazo a su gobierno en vísperas del referendo revocatorio. Chávez, porque “se coló” en esa cumbre y salió fortalecido en el reencauche con sus vecinos. Y Uribe, porque recibió apoyo explícito a su política frente a las Farc, las promesas de refuerzo en la frontera y el ferrocarril del Carare.
Con su demostrada habilidad, Lulla les dijo lo que querían escuchar. Pero no perdió oportunidad. En rueda de prensa en Bogotá aclaró por ejemplo, con su tono cortante e irónico, que una segunda reelección ni siquiera se planteaba en un país como Brasil. Al buen entendedor…
Y además nos metió en la vacaloca esa de que nos quería como compradores de armamento pero también como socios para producirlo. (¿Justo cuando estamos en el fin del fin del fin?). Y, a renglón seguido, sin inmutarse, se ofreció para cualquier alternativa de solución de paz. Vaya paradoja.
Sus preocupaciones parecieron más trascendentales, como su crítica a la Unión Europea por sus políticas con los inmigrantes, mientras sus cuatro colegas siguen enredados en rencillas, avemarías, leguleyadas, referendos y disputas locales que nos los dejan ver más allá de sus fronteras.
Como sea, se salió con la suya en lo personal, en lo político y en lo regional; y para colmo le quedamos agradecidos. Negocio redondo.

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La oportunidad como principio

23 Jul , 2008  

Por Mario Morales
Puede ser la fórmula mágica. El principio de oportunidad servirá para solucionar algunos de los problemas más apremiantes del país. Esa facultad que tiene la Fiscalía para no investigar, o suspender la investigación de determinados delitos, descongestionará los despachos judiciales, desocupará las cárceles del país y hasta los buzones de quejas y reclamos del Inpec.
De paso le arreglará el problemita a 19 mil desmovilizados de los paramilitares y a los miles que esperan de las Farc. No importa que hayan pasado a segundo plano otros “detallitos” de la norma, reglamentada por el Congreso hace cuatro años, aunque ya estaba consagrada constitucionalmente, y que es explícita al señalar que opera para investigados que colaboren para desarticular las redes u organizaciones en las cuales delinquían, o que delaten o declaren contra sus jefes. Es decir, el componente de verdad. Pero también enfatiza que aplica, y esa es una parte del componte de Justicia, para delitos menores, como “ homicidios que no sean graves”, como dijo este lunes poniendo cuero de gurre, el Ministro Fabio Valencia Cossio.
¿Será ese el componente de creatividad, que según el fiscal Mario Iguarán había que sumarle? Pues así parecen haberlo entendido otros sectores del país que han adaptado a su manera el principio de oportunidad, y piden a gritos que a cambio de investigación haya perdón anticipado para Sabas Pretelt y Diego Palacio en el proceso de la Yidispolítica; o para quienes tuvieron que ver con el uso y suplantación de insignias, organizaciones humanitarias y equipos periodísticos en desarrollo de la operación Jaque; o para quienes recogieron firmas pro-reelección en la marcha del 20 de julio, a pesar del previo acuerdo nacional de no utilizar las movilizaciones con fines políticos; o para quienes estamparon su firma en las actas de compromiso, de corte manzanillista, que circularon este domingo para la elección de los principales cargos del Congreso.
Debe ser que somos demasiado “buena gente “. O culiprontos al perdón generalizado e indiscriminado. O que, a pesar de nuestra perspicacia, todavía no sabemos distinguir entre el principio de oportunidad y la oportunidad como principio.
www.mariomorales.info

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La invención de la realidad

23 Jul , 2008  

Por Carolina Ethel
América Latina ha dejado de ser un continente inventado por la literatura para transformarse en un continente redescubierto por los narradores. (Publica El País de España).
Un grupo de periodistas se ha situado en la vanguardia literaria con sus ganas de “contar cosas que no fueron soñadas en una noche apacible, sino que fueron vistas en el día anterior y de la vigilia, cosas que están pasando”, asegura Patricio Fernández, director de The Clinic, una publicación quincenal que surgió en 1998 con el ánimo confeso de dar palos al ex dictador Augusto Pinochet y que con su espíritu satírico se ha situado como la más leída en Chile.
Se trata de un grupo de hijos adoptivos del colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Tomás Eloy Martínez, el mexicano Carlos Monsiváis o el polaco Ryszard Kapuscinski; además beben sin prejuicios del Nuevo Periodismo envasado en Estados Unidos, que en los setenta etiquetó Tom Wolfe y que antes habían alimentado Truman Capote y Norman Mailer. Los “nuevos cronistas de Indias”, como los bautizó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que preside el Nobel García Márquez, en Cartagena de Indias (Colombia), son en realidad nativos cronistas de Indias que intentan contar y contarse a sí
mismos.
No desdeñan las coloridas crónicas de los descubridores absortos de la colonización, como Bernal Díaz del Castillo o Fray Bartolomé de las Casas, y reconocen en Inca Garcilaso de la Vega al precursor de la crónica latinoamericana. No se tragan entero eso de que el Nuevo Periodismo haya surgido en Estados Unidos y en cambio reivindican, como señala la venezolana Susana Rotker en su libro La invención de la crónica
(FCE), a José Martí, a Manuel Gutiérrez Nájera y a Rubén Darío, que a finales del siglo XIX aplicaban a sus despachos periodísticos la mirada escrutadora, la potencia estilística y la pretensión literaria que ahora vuelve a invadir revistas, intenta tomar diarios y se ha ido acoplando tímidamente, pero con fuerza, a la herramienta del blog.
Tiene este semimundo “cronístico” de periodistas y literatos mexicanos, chilenos, colombianos, argentinos
y peruanos, una conciencia de familia que incluye a padrinos notables como los mexicanos Alma
Guillermoprieto, Elena Poniatowska y Juan Villoro, al argentino Martín Caparrós, al chileno Pedro
Lemebel y al estadounidense Jon Lee Anderson. Todos ellos, a excepción de Lemebel y Poniatowska, han
sido maestros de muchos de estos nuevos cronistas en los talleres que hace once años desarrolla la FNPI
en varias ciudades de la región y que han contribuido a crear redes entre ellos.
Los sociólogos contemporáneos han diagnosticado la pérdida de la capacidad de asombro como una
especie de patología latinoamericana ante el inventario reiterado y frío de muertos que produce la
violencia, la avalancha de estadísticas de inequidad y las tramas de corrupción. En este contexto, los
nuevos cronistas de Indias le ponen rostro y color a las historias del día a día para acercarlas a la gente. El
peruano Toño Angulo Daneri, editor en España de la revista Etiqueta Negra y ahora vinculado a La
Fábrica Editorial en España, define la crónica como “esa hija incestuosa de la historia y la literatura, que
existe desde mucho antes que el periodismo”.
Estos cronistas miran la realidad con un temario en el cual hay espacio para lo cotidiano y popular con sus
historias mínimas o heroicas; para la cultura ancestral o del buen comer; para las vidas que hay detrás -o
dentro- de los ídolos del deporte, la música o la actuación; para los entresijos del poder; para compartir la
euforia de las fiestas; para tratar de entender lo absurdo o lo freak, que se escapa al reporte metódico de la
sala de redacción.
Crónicas que también abordan la Historia y hacen historia. Como parte de aquello que no aparece en los
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La invención de la realidad Page 1 of 4
http://www.elpais.com/articulo/semana/invencion/realidad/elpepuculbab/20080712elpbab… 14/07/2008
libros de texto se puede leer La tormentosa fuga del juez Atilio, publicada en la revista Gatopardo en
2004. En ella, el salvadoreño Carlos Martínez Dabuisson sigue los pasos del juez de su país que tuvo que
huir para salvar su vida después de que le asignaran la investigación del célebre asesinato del padre Óscar
Arnulfo Romero en 1980. Martínez Dabuisson, nieto del general al que se le atribuye la autoría intelectual
de este crimen, recrea el asesinato y la sucesión de huidas de un juez condenado por querer hacer justicia.
Esta generación de narradores incluso desmonta mitos, como el de Aicuña, un pueblo de La Rioja
(Argentina) que se vende en postales turísticas como el reino de los albinos y que Angulo Daneri revela con
otras particularidades. Sólo cuatro albinos resaltan en una población de 350 habitantes, que el cronista
peruano describe diciendo: “Todos juntos cabrían en una sala de cine, incluyendo a los recién nacidos, los
ancianos y el ministro pastoral de la iglesia”.
Los canales de distribución de la artesanía crónica, aparte de los pocos espacios que logra robar a diarios
y semanarios, son un puñado de revistas que, con esfuerzo, cruzan fronteras: Gatopardo (con más de
200.000 ejemplares en México, países andinos, Centroamérica, Argentina, Chile y Uruguay) y Etiqueta
Negra (10.000 ejemplares en Perú y países vecinos). Revistas eminentemente literarias como Letras
Libres (México) y Elmalpensante (Colombia). También la revista SoHo, una suerte de híbrido entre
Playboy y Maxim, con cerca de un millón de lectores en cuatro países latinoamericanos, dedica al menos
30 de sus páginas a la sección Zona Crónica. The Clinic en Chile, Marcapasos en Venezuela, Rolling Stone
y Mano en Argentina también apuestan por el género. Casi todas vienen a ser una reinterpretación de
publicaciones anglosajonas, como The Vanity Fair, Harper’s, Squire o The New Yorker y todas -unas
menos que otras- han incorporado la figura del editor anglosajón. Ese que discute, devuelve originales e
incluso replantea el cauce de una historia. Guillermo Osorno, editor de Gatopardo, explica que “hay una
transferencia del escritor al editor y se establece una relación creativa de confianza. Después de una
discusión, con toda seguridad saldrá una cosa mejor. Editor y cronista se confrontan para producir un
texto más eficaz”.
Es probable que -si no el éxito- al menos el prestigio del periodismo narrativo que se está haciendo en
América Latina tenga que ver con la asimilación -permeada por la identidad latinoamericana- de algunas
de las técnicas y formatos que han acuñado los anglosajones. Donde cojea, y no ha de sorprender a nadie,
el llamado “auge” de la crónica es en la condición de freelance (“frilanceros” en el argot latinoamericano)
de los cronistas, que son sus propios agentes. Los pesares compartidos tienen que ver con la lucha por
obtener más espacio, más tiempo y más dinero por su trabajo. José Navia, cronista del diario El Tiempo
(Colombia), recuerda una anécdota agridulce en la que un jefe de redacción, para evitar discusiones con
los redactores, tenía un cartel en su mesa que decía: “Si tiene problemas de espacio, vaya a la NASA”.
Una de las voces más audaces de la crónica en Argentina, Josefina Licitra, se lamenta de que “los factores
tiempo y dinero casi siempre faltan, pero igual se hacen crónicas excelentes, sólo que a costa de que el
cronista sacrifique su tiempo libre, su dinero y su salud para poder hacer lo que le gusta”. Curtida en el
diarismo, su texto Pollita en fuga, en el que trazó el perfil de la jefa adolescente de una banda de
secuestradores, le valió en 2003 el Premio Nuevo Periodismo Iberoamericano. Su colección de crónicas
Los Imprudentes. Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina, fue editada el año pasado por
Tusquets, y algunas de sus historias forman parte de las antologías La Argentina Crónica (Planeta, 2007)
y Los mejores relatos de ‘Rolling Stone’: Crónicas filosas, en la que también aparecen Leila Guerriero,
Cristian Alarcón, Emilio Fernández Cicco, Daniel Riera y Pablo Plotkin.
Tras las revistas, las editoriales han empezado a apostar por la no-ficción. Santillana, con el sello Aguilar,
recientemente publicó Día de visita, de Marco Avilés, sobre las historias de vida de un grupo de reclusas
del penal Santa Mónica en Lima. Random House, con el sello Debate, pilotado por el periodista y escritor
Sergio Dhabar, vendió más de 12.000 ejemplares de El acertijo de abril, de Sandra Lafuente y Alfredo
Meza, que reconstruye la caída y vuelta al poder en Venezuela de Hugo Chávez en 2002. Planeta publicó en
Perú al joven Juan Manuel Robles (Lima freak) y a Sergio Vilela (El cadete Vargas Llosa). Tusquets es
una de las pocas editoriales que se ha arriesgado a importar la crónica latinoamericana a España con el
libro Los suicidas del fin del mundo, en el que Leila Guerriero convierte en historia una sucesión de
suicidios inexplicables en la Patagonia que de otra manera habrían quedado en el olvido. El volumen Lo
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mejor del periodismo en América Latina, editado por la FNPI y el Fondo de Cultura Económico, reúne la
historia de un periodista que revive el fin de semana de hace dos décadas, cuando fue huésped de Pablo
Escobar en la hacienda Nápoles, o la indignante historia de una comunidad intoxicada y deformada
físicamente por generaciones, víctima de un fumigante para plantaciones de banano en Nicaragua.
El interés se hizo más evidente en 2002, cuando Planeta/Seix Barral lanzó el premio de crónica, que en su
primera edición ganó el argentino Hernán Iglesias Illa con Golden Boys. Este libro es el resultado de una
investigación que a Iglesias le llevó a hacer un perfil de los jóvenes brokers argentinos que jugaban a los
números en Wall Street mientras Argentina se hundía en la sonada crisis de 2001.
Un registro de la realidad latinoamericana de larga tradición en el continente. Muchos de sus grandes
escritores han empezado en el periodismo. El Nobel Gabriel García Márquez, a quien las novelas
terminaron por ocultar su faceta de periodista y cronista, la definió hace diez años en una frase sencilla
pero reveladora: “Una crónica es un cuento que es verdad”. Hoy Monsiváis reconoce el nuevo ímpetu de la
crónica como “un género que mezcla la crónica con el thriller, como una búsqueda de la secularización” y
señala el fenómeno del narcotráfico como un detonante de la fiebre narrativa de la no-ficción actual.
Los rostros y entornos de víctimas y victimarios los enfoca con nitidez el colombiano Alberto Salcedo
Ramos. La serie Un país mutilado que aparece en el más reciente número de la revista colombiana SoHo
es el relato de vida de personas mutiladas por la guerra colombiana (atravesada en zigzag por el
narcotráfico), que en la prensa diaria sólo engrosan cifras de víctimas. Gracias al acercamiento respetuoso
del autor, las víctimas dejan de serlo para convertirse no en héroes -que es el otro extremo de un mismo
mal- sino en seres humanos. Para Salcedo Ramos, “el reto que tenemos no es inventar lo sorprendente
sino descubrirlo. Mi nirvana no empieza donde hay una noticia sino donde avisto una historia que me
conmueve o me asombra”. También en Colombia, desde la trinchera de un diario popular del cual es
editor, José Alejandro Castaño habla de caparazones de tortugas reconstruidos con cemento o de
hipopótamos que mueren de amor en esas enormes haciendas abandonadas de capos de la droga, ahora
encarcelados o enterrados. En junio pasado, Norma publicó su libro Zoológico Colombia. Historias de
traquetos y otras fieras, en el que Castaño descubre una Colombia absurda, insólita y macabra, que no por
eso deja de ser hilarante.
En México, Marcela Turatti ha conseguido arañar espacios en la prensa diaria, que como en España llena
páginas de la vida política y los entresijos del poder, dejando de lado este tipo de historias. El periódico
Excelsior publicó Niños jornaleros, en la que hacía “una aguda descripción de la vida y la muerte de
centenares de niños mexicanos obligados a trabajar los campos de cultivo en situaciones injustas,
precarias y fatales”, según el jurado que el año pasado le otorgó el Premio Objetivos del Milenio de
Naciones Unidas por este trabajo. El mexicano Fabrizio Mejía Madrid es el cronista más joven antologado
por Carlos Monsiváis en la nueva edición de A ustedes les consta, revisión de la crónica mexicana en los
siglos XIX y XX. Habitual de Gatopardo y Letras Libres y autor de ficción y crónica novelada (El rencor,
Joaquín Mortiz), es algo así como el Woody Allen criollo de la crónica por su manera de desnudar y hacer
autopsias posmodernas de una ciudad de México que rezuma vida.
Además de las herramientas que los cronistas han tomado prestadas -sin intención de devolverlas- a la
ficción, esta nueva generación incluye deliberadamente el yo como un personaje más que los convierte, en
muchos casos, en una suerte de “gran hermano”, que observa, escucha, huele, toca, siente y cuenta…
En la línea de vivir experiencias, la peruana Gabriela Wiener toca todo lo que haya que tocar para describir
situaciones límite y hasta gore en las que, admite, “el sexo es un pretexto para profundizar en temas de
género, de la condición femenina, de los límites, incluidos los míos propios, al ser experimentos de
inmersión”. En uno de los “experimentos” convivió con un polígamo confeso y sus seis mujeres para
presentar sin sonrojos y describiendo sus propias sensaciones y cuestionamientos, un modelo de familia
fuera de lo común en la crónica Gurú & familia. La editorial Melusina acaba de publicar en España la
antología de crónicas Sexografías.
Frente al pánico propiciado por las cábalas apocalípticas que anuncian la muerte del periodismo a manos
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del “monstruo” internet, la crónica periodística ofrece a los lectores una voz que, en lugar de informar,
cuenta. Julio Villanueva Chang, cronista y fundador de Etiqueta Negra, afirma que “la gente no busca
historias porque quiere leer, la gente busca experiencias”. Villanueva Chang viene a ser para esta
generación algo así como el gurú-editor y su proyecto de revista ha logrado enganchar -de gratis- a
colaboradores de la talla de Jon Lee Anderson, Alma Guillermoprieto, Francisco Goldman o Susan
Orleans, habituales de The New Yorker.
También en Perú, Daniel Titinger, actual director editorial de la publicación, se aplicó a desentrañar los
iconos de la peruanidad en su libro de crónicas Dios es peruano (Planeta). Más al sur, Cristian Alarcón,
chileno y porteño por adopción, ha logrado abrir un espacio para la crónica en la revista del recién nacido
diario Crítica de Buenos Aires. “La crónica es una experiencia que me incluye y me cuestiona”, afirma el
autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma), en el que se adentra en una pandilla
de jóvenes -los pibes chorros- para retratar, casi como una autobiografía de encargo, a su tenebroso líder,
criticado y santificado a la vez por su comunidad.
Los nuevos cronistas no circunscriben su universo a América Latina. Juan Pablo Meneses se ha
autodenominado “periodista portátil”. Con la filosofía de “monto mi oficina en un cibercafé” publicó en
2005 el libro Equipaje de mano (Planeta/Seix Barral), una serie de crónicas de viajes que tecleó en cibers
de Estambul, Barcelona, Vietnam y Buenos Aires. Y de periodista experimental se podría calificar también
a este chileno, de 38 años, que acaba de publicar el libro La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral), en el
que a partir de las experiencias con su propio rumiante -se compró una vaca a la que llamó La Negra- hace
un recorrido por el significado de este animal, su carne, su piel y sobre todo su arraigo en el imaginario
argentino. Una curiosidad: estas vivencias fueron seguidas por sus lectores en tiempo real desde un blog,
que Meneses actualizaba diariamente y en el que recibía la retroalimentación de sus lectores. Y el
venezolano Boris Muñoz aporta la lectura de un latinoamericano a la vida acelerada y paranoica
estadounidense en Despachos desde el imperio (Debate).
El leitmotiv de esta generación es la literatura y el placer de leer. No en vano, muchos escritores como
Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet se mueven sin pudores entre
la novela y este pequeño compendio de verdad empacado en estuche de fantasía que es la crónica. –
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Carta a Juan Gossaín

22 Jul , 2008  

¿Qué sacamos con revelar rumores sobre episodios íntimos de los secuestrados, a sabiendas de que es un irrespeto con ellos y con los que aún se pudren en la selva?
Por María Jimena Duzán (Publica Semana)

Apreciado Juan:

No hay en el país un periodista que infunda más respeto que tú, Juan. Les has cantado la tabla a todos los poderes, sean estos santos o no santos y tu celo por la ética te ha convertido en un referente obligado para muchas generaciones de periodistas.

De ahí mi asombro por lo que sucedió el 11 de julio por la mañana en tu emisora. Ese día entrevistaste a Clara Rojas y para mi sorpresa -y la de ella-, entraste en terrenos íntimos en los que ningún periodista había entrado. Le preguntaste si era cierto un rumor -tú que siempre has evitado los rumores en el periodismo-, un rumor, además macabro y denigrante, que Clara negó de un tajo, según el cual, ella, en un momento de desesperación, habría intentado ahogar a su hijo Emmanuel en un río y que Íngrid Betancourt heroicamente se lo había quitado de las manos. “Eso son especulaciones”, fue la respuesta que te dio Clara con una voz desajustada, casi al borde del llanto.

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Para mi sorpresa, tú no le creíste y volviste a preguntarle si era cierto que ella había intentado ahogar a su hijo. Se lo preguntaste sin titubear, como si se tratara de una inquietud periodística, cuando en realidad no lo era. “Yo he tratado de ser muy cuidadosa con lo que hablo del secuestro… ¡Casi pierdo la vida!, ¡casi la pierde mi hijo!…”, te respondió en un momento dado, implorando clemencia, pero tú no la escuchaste y seguiste preguntándole por cosas que a ella la herían.

Te confieso: al Juan Gossaín que preguntó en esa entrevista radial casi no lo reconozco. No hubo frontera que te retuviera -tú que siempre has respetado las líneas entre información, fábula y morbo- y te las ingeniaste para llegar hasta el más hondo rincón íntimo de Clara Rojas transgrediendo una a una todas las máximas del periodismo serio, el mismo que tú pregonas: intentaste, de manera infructuosa, que ella te diera la chiva del nombre del padre de Emmanuel -“No lo he dicho y no lo he querido decir hasta ahora”, te contestó de maneja tajante-, llegaste incluso a cuestionarla por no haberle contado a su hijo quién era su padre, en una actitud abiertamente patriarcal que me reveló cierto tinte machista que no te conocía:

“Doña Clara, una inquietud final -le preguntaste-: qué pasa si el niño le dice: mamá: ¿mi papá quién es, como sucede con todas las familias normales?”

Clara Rojas te respondió, con una frase de cajón: “Cada día trae su afán”, pero estoy casi segura, sin conocerla, de que hoy debe estar arrepentida por haber sido tan diplomática, por haberte dejado que entraras como entraste en su intimidad de madre y la juzgaras de manera tan ligera ante la audiencia radial.

Yo te pregunto, Juan, con el respeto que me mereces: ¿Por qué es relevante para los colombianos saber el nombre del padre de Emmanuel, si Clara Rojas no quiere decirlo? ¿Qué sacamos con revelar rumores sobre episodios íntimos de los secuestrados, a sabiendas de que es un irrespeto con ellos y con los que aún se están pudriendo en la selva? ¿Acaso lo hacemos para satisfacer las necesidades del morbo nacional, como opina María Isabel Rueda? Te pregunto, Juan: ¿Con qué derecho los periodistas irrumpimos en la órbita íntima de las víctimas de este conflicto sin que la nuestra entre en el baile? ¿Por qué, entonces, no terminamos hablando de tu intimidad o de la de otro periodista?

Clara Rojas no era ni es cualquier persona, Juan. Tú entrevistaste a alguien que acaba de salir de siete años de cautiverio a manos de las Farc, que fue ultrajada en su integridad y que prácticamente volvió a respirar como nosotros hace unos pocos meses. Semejante drama no puede ser más revelador que la petite histoire de cada uno de ellos, la cual debería quedarse en la selva, como bien lo ha dicho la propia Íngrid Betancourt.

En una sociedad degradada por la guerra siempre existirán los luis eladios pérez. Es decir, los personajes que sin quererlo transgreden sus propias fronteras y terminan atrapados en sus tragedias. En su libro y en sus entrevistas, Luis Eladio se ha ensañado más contra sus compañeros de cautiverio que contra sus victimarios. También sobran los periodistas reconocidos por su adicción al morbo, interesados en espulgar las órbitas íntimas de las víctimas del conflicto. Otra cosa muy distinta es que un periodista como tú, reconocido por su pulcritud informativa y por saber cuáles son los terrenos que hay que cruzar para contar una historia relevante, tome ese rumbo.

Esta carta la escribo con el alma arrugada, por el cariño y el respeto que tengo. Si tú traspasas esa frontera, ¿qué no podrán terminar haciendo los cientos de reporteros que han soñado con llegar a ser como Juan Gossaín?