El rabo de paja

Por Mario Morales.
Es la diferencia de puntos de vista. Cuando miran nuestro presente convulso, los periodistas extranjeros nos dicen con un inocultado aire de envidia, que estamos asistiendo, como testigos excepcionales, al nacimiento de una nación, la que seremos algún día, si Dios quiere. Lo mismo señalan sicólogos, sociólogos y antropólogos, frotándose las manos, con cada nuevo “fenómeno” de nuestra hirviente realidad. (Publica El Espectador)
Por eso uno no sabe si molestarse o celebrar en la medida que hace carrera esa hipótesis de que aquí todos tenemos rabo de paja. No faltará el biólogo o genetista que nos quiera incluir en la selecta lista de nuevos seres humanos que, según estudios de la Universidad de Utah, se está gestando merced al siete por ciento de genes que están evolucionando rápidamente, y que han servido para explicar, entre otras cosas, las hazañas de los héroes olímpicos como Michael Phelps, Bolt, Nadal y compañía.
Y es que en medio de cada escándalo, por acción u omisión, este gobierno, como el de Samper, Pastrana y Turbay, para no ir tan lejos, se justifica con rabiosa devoción diciendo que quienes hoy acusan también fueron señalados en el pasado reciente, y que ni el mismo Diógenes (el mismo que buscaba al hombre con una lámpara a plena luz del día), encontraría a un colombiano que no tuviera rabo de paja con diferencias de tamaño, textura y color como corresponde a una sociedad democrática y de libre mercado.
Yo creo que el debate no se centra en si esa es una estrategia para inhabilitar a los críticos sacapiedras y lanzapiedras, porque aquí nadie estaría libre de pecado; o para legitimar delitos “veniales” o errores “necesarios” de ciertos compatriotas; o de si estamos ante la prueba reina de que Uribe definitivamente no es de derecha porque nos quiere igualar a todos en una suerte de socialismo por otros medios.
Me cuento entre los escépticos que descreen que hayamos desarrollado de tal forma nuestro coxis. Ya lo hubiéramos convertido en negocio. Es más, es posible que el rabo de paja ni siquiera exista porque con nuestra candente realidad, en vez de ser un laboratorio experimental para científicos sociales, hace rato hubiésemos ingresado con honores al Guinness records, como el más grande pabellón de quemados de la humanidad.

Mal de Parkinson (Crónica)

Por: Ena Lucía Portela
Llevaba ya algún tiempo con todo este malestar. Lentitud al moverme, pérdida de equilibrio, rigidez muscular, temblores en las extremidades. Pudo haber sido una enfermedad infecciosa, un trastorno endocrino o una reacción psicosomática, en fin, algo curable. Así lo esperaba, de optimista que soy. (Publica la revista Soho)
Pero nanay. Entre tantas posibilidades, vino a tocarme justo la peor. En agosto de 1993, tras un minucioso estudio clínico-neurológico, llevado a cabo durante varias semanas por un equipo multidisciplinario que disponía de lo último en tecnología para realizar esa clase de exámenes, me diagnosticaron Parkinson Plus (atrofia multisistémica y posible atrofia olivo-ponto-cerebelosa).

No se alarmen por lo que va entre paréntesis. Tampoco yo lo entiendo. Bueno, ya se sabe que los médicos acostumbran hablar en marciano. Lo pongo tal cual figura en mi historia clínica, pero el quid del asunto radica en una sola palabra: Parkinson. Por esas fechas ya había visto a algunos pacientes con el mal avanzado, y también había leído la correspondencia que sostuvieron, allá por la década del 40, el traductor León Mirlas y la ex actriz Carlotta Monterrey, donde ella describe, entre el agobio y el horror, lo que fueron los últimos años de la vida de su marido, el dramaturgo Eugene O’Neill. “Usted no tiene idea de lo que está sucediendo, es una tragedia espantosa…”, escribía Carlotta.

La ciencia, todavía hoy, no ha logrado encontrar un tratamiento realmente efectivo contra el mal de Parkinson. Los estragos que ocasiona son irreversibles, y tampoco se puede frenar el avance de la enfermedad. Solo hay, gracias a la obra inmensa del farmacólogo Arvid Carlsson, algunas drogas que alivian los síntomas. De manera que, en 1993, me hicieron un pronóstico bastante sombrío. Según el neurólogo que me dio la noticia, era altamente probable que el mal, en mi caso, evolucionara en forma muy dramática. Debido a mi edad de entonces (20 años), más bien rara entre los enfermos de Parkinson, era de esperarse que el deterioro fuese ganando terreno a un ritmo galopante. Es decir, que en cuestión de pocos meses ya yo no podría caminar, ni hacer nada con las manos, ni articular palabras. La capacidad intelectual no iba a disminuir en absoluto, pero de nada me serviría. Yo quedaría, por decirlo de algún modo, enclaustrada dentro de mi cuerpo, sin posibilidad alguna de expresarme. Y el Parkinson, en sí mismo, no es letal; o sea, que aquel suplicio bien podía prolongarse por unos cuantos años. Recuerdo que prendí un cigarrillo, para digerir con ecuanimidad tal información, y el neurólogo no se atrevió a decirme que fumar daña la salud.

En situaciones muy desesperadas, cuando la ciencia no tiene mucho que ofrecerle al ser humano, este suele volverse hacia la religión en busca de amparo. Ahí me sobran las opciones: soy hija de un matrimonio católico, con ancestros musulmanes (suníes), por un lado, y judíos (sefarditas), por el otro. Eso sin contar los cultos afrocaribeños que proliferan en mi país, verbigracia la regla de Ocha, la de Palo Monte y el vudú, que también atraen a muchísimos fieles. Pero ocurre que yo, si bien respeto todas las religiones y el derecho de cada quien a vivir conforme a su fe, no soy, definitivamente, religiosa, ni tampoco recibí ninguna “iluminación” en aquel verano atroz de 1993. Opino que en el mundo hay demasiado sufrimiento inútil, sin propósito, sentido o trascendencia.

Me dediqué, pues, discretamente, a hacer algunas averiguaciones de orden práctico. Muy pronto supe que la eutanasia es ilegal en casi todas partes, y que el suicidio asistido suele juzgarse como asesinato. A los caballos los rematamos de un disparo y a los perros los ponemos a “dormir” con una inyección; nuestra especie, en cambio, no merece tanta piedad. Para traspasar ese umbral, yo no contaría con la ayuda de nadie. Tendría que hacerlo por mí misma… mientras pudiera. Debía estar alerta, vigilarme para no quedar atrapada en mi propia parálisis.

Conste que no soy depresiva ni tengo un temperamento melancólico ni nada por el estilo. Amo la vida. Por eso mismo, pienso que jamás debería ser un castigo. No elegimos venir al mundo, pero sí podemos decidir si nos quedamos en él o no. Veo la muerte como una salida de emergencia, la puerta lateral con el letrero de neón rojo que dice EXIT. Saber que esa puerta está ahí, que aún puedo escaparme por ella cuando ya no quiera seguir acá, es, quizás paradójicamente, lo que me ha sostenido durante todos estos años. He vivido momentos muy duros, pero siempre con la conciencia de que vivirlos ha sido, en cierto modo, mi libre elección. Esto ha favorecido también a quienes me rodean, pues ha evitado que me convierta en un bicho egocéntrico, amargado y quejumbroso.

El diagnóstico de 1993 me lo han confirmado, en varias ocasiones, otros neurólogos. El pronóstico, sin embargo, resultó erróneo. Quizá en lo relativo al Parkinson la juventud sea más una ventaja que un hándicap, quién sabe; lo cierto es que la degeneración progresiva, en mi caso, ha ido avanzando muy, pero que muy lentamente. Ahora, con 35 años, estoy peor que a los 20, claro está, pero no mucho peor. Con la medicación adecuada, aún me las apaño para llevar una vida menos infeliz que las de muchos prójimos con salud de hierro.

Aún puedo caminar. Cuando se trata de largas distancias, o de un terreno muy abrupto, uso el bastón, aunque prefiero ir del brazo de alguien. Puedo subir y bajar escaleras, apoyándome en el pasamanos. El sillón de ruedas solamente lo empleo en los aeropuertos, ya que no puedo estar de pie durante mucho rato y esas colas en Inmigración… ¡uff! Puedo viajar sola. Así he viajado por Europa, Estados Unidos y varios países de América Latina. Con frecuencia necesito ayuda, pero no especializada; me basta con la que puedan darme una aeromoza, un guardia de seguridad o el primero que pase. Ni mi voz ni mi dicción están afectadas aún (mi acento en inglés no es muy british y en francés es una merde, pero eso no se debe al mal, sino a mi falta de gracia para los idiomas). En una habitación me valgo por mí misma para todo: bañarme, vestirme, peinarme y hasta maquillarme, aunque el rímel y el delineador se quedan para las grandes ocasiones (ya podrán imaginarse el trabajito que me dan tales exquisiteces…). En la mesa puedo usar cucharas y tenedores, cuchillos no. Escribo, por supuesto, directo en la computadora. Como no puedo ir rápido, trabajo todos los días. Así, he publicado cuatro novelas, dos libritos de cuentos y un puñado de articulejos. El ejercicio de la literatura no solo es mi realización personal, sino también mi medio de vida. Hablar en público me asusta un poco. Siento que se me escucha con especial atención, como si, por el mero hecho de ser “distinta”, fuera a decir algo extraordinario, cuando solo diré las mismas tonterías que los demás escritores. En general me muevo despacio, en cámara lenta, y debo estar muy consciente de cada cosa que hago. Con el tiempo he aprendido a hallar los caminos menos tortuosos, a fin de potenciar mi energía al máximo. Detesto que otras personas se consideren calificadas para dictaminar, sin consultarme, qué puedo o no hacer, y peor aún cuando alegan que es “por mi bien”; esa presunta amabilidad suele enmascarar mecanismos controladores.

El mal de Parkinson provoca reacciones emocionales en los enfermos, desde luego, pero no altera la estructura básica de la personalidad. Un carácter apasionado, enérgico, rebelde e inconformista no es para nada compatible con el síndrome parkinsoniano. Pero así soy, y no puedo cambiar ni lo uno ni lo otro. Son los naipes que me tocaron y con ellos hago mi juego. En su novela El último puritano, el filósofo George Santayana afirma que todas las cosas, tanto los objetos como las criaturas, tienden a persistir en su propio ser. Estoy de acuerdo. Sé que es así porque lo he vivido, porque lo vivo día tras día. Un pájaro siempre tratará de emprender el vuelo, una y otra vez, aun cuando tenga las alas rotas.

La reelección toma un atajo peligroso

Por Daniel Samper Pizano
Un sacerdote atiende en el confesionario a un hombre que le informa que ha cometido un robo. Un cirujano socorre a una víctima que le dice haber participado en un duelo donde mató a su rival.
Un abogado recibe a un sujeto que le pide defenderlo de una acusación por violación, pero confiesa ha incurrido en este delito en otras ocasiones. Un hijo revela a su madre que cometió un atraco. Un periodista atiende a una parlamentaria que reconoce haber participado en un cohecho y solicita que la noticia solo se divulgue cuando ella así lo indique.

¿Qué deben hacer el sacerdote, el médico, el abogado, la madre, el periodista? Si corren a denunciar a sus interlocutores, habrá cinco delincuentes menos en la calle. Pero quedará quebrantada la confianza de los ciudadanos en determinadas actividades que permiten alivio espiritual, atención a la salud, auxilio jurídico y divulgación de informaciones.

Siglos de civilización condujeron al convencimiento social de que la denuncia de delitos es deber cívico; pero que, al mismo tiempo, resulta indispensable mantener pequeñas burbujas de secretos legales. Solo así es posible garantizar ciertos derechos elementales -el debido proceso-, defender valores humanos básicos -los nexos próximos de sangre-, respetar la órbita religiosa y avalar el acceso del periodista a sus fuentes.

Para que estas tareas se cumplan correctamente es preciso pactar una órbita de reservas protegidas. Así lo reconoce el artículo 74 de la Constitución de Colombia al establecer que “el secreto profesional es inviolable”. Ni siquiera cuando un abogado o un periodista se descuelgan de un caso o una fuente, cesa su deber de mantener silencio sobre lo que conocieron por su trabajo.
Parece insólito que un jurista diplomado, como el presidente Álvaro Uribe Vélez, desconozca los claros fundamentos del secreto profesional y pida a la Fiscalía que se investigue al periodista Daniel Coronell por el posible delito de no denunciar el cohecho que le confesó Yidis Medina. Recordemos que Yidis está presa por haber aceptado beneficios del Gobierno para cambiar su voto de parlamentaria y allanar la reforma constitucional que permitió reelegir al Presidente. Así lo contó a Coronell en una cinta que, de común acuerdo, solo divulgó el periodista cuando se cumplieron determinadas condiciones. Literalmente, que no le concedieron a Yidis algunas prebendas ofrecidas.

Si se acusa a Coronell de encubridor, también hay que hacerlo con todos los sacerdotes, médicos y abogados que por su oficio conozcan la comisión de un delito. De rebajarlo a la calidad de reo, la Fiscalía dinamitaría la base democrática del periodismo como mecanismo de vigilancia del poder. Sin secreto profesional no existiría Watergate, ni en Colombia se habría desarrollado un sólido periodismo de investigación, que ha destapado muchas ollas podridas.

Lo peor es que el episodio de Coronell es solo parte de la caótica orquestación que ha montado el Gobierno contra quienes considera sus enemigos: a los periodistas disidentes y los magistrados de la Corte se agregan ahora la Fiscalía y el ex presidente César Gaviria. La rueda de prensa del lunes resultó bochornosa, y más ante el delegado de la Corte Penal Internacional; como bochornoso fue que el Ministro de Justicia, Fabio Valencia Cossio, pidiera al Fiscal una ayudita para su hermano, acusado de servir a un ‘para-narco’.

No juzgo escandaloso que un Gobierno oiga a personajes poco recomendables si lo hace para combatir el crimen; pero conviene que estos encuentros tengan normas claras y estén avisadas las autoridades de control. Faltó esto último en la reunión de dos altos funcionarios con los enviados del temible ‘don Berna’. Lo inexcusable es la arremetida oficial contra los magistrados -que algunos responden al mismo nivel- y los efectos de esta guerra en la vida institucional del país.

El camino hacia el tercer periodo de Uribe se desvía peligrosamente por el atajo del autoritarismo.

cambalache@mail.ddnet.es

No hay derecho

Por: Mario Morales
Debe ser el ADN. O excesivos escrúpulos. Por eso no avanzamos, por tanto melindre y reparo. Bien mirada, la reforma judicial es la pócima para la estabilidad institucional que este país necesita. Hacen falta legislaciones más dinámicas acordes con esta realidad veleidosa. (publica El Espectador)
Uno no entiende, por ejemplo, por qué el Ejecutivo no tiene funciones de policía judicial, fiscalización y juzgamiento, sobre todo si las pruebas son irrelevantes y no tienen fundamento. ¡La platica, y el debate, que nos ahorraríamos!
O, cómo aún no está penalizada esa obsecuente conducta de los investigadores de emborracharse con testigos, en público y con aguardiente, para más sospechas. O por qué razón no está tipificado el tráfico de testigos, que hoy tienen mánagers, expertos en imagen y en efectos especiales. Les falta armar sindicato y huelga como en Hollywood.
Es hora de establecer que preclusiones, renuncia a jueces naturales y absoluciones son de diferente sangre y familia que la impunidad. ¡Los apellidos cuentan en esta época sin nombre! Hay que institucionalizar experiencias exitosas, como la del Minjusticia al llamar a la Fiscalía, abogar por la inocencia de su hermano y solicitar oportunidad de demostrar su inocencia, sin que nadie la confundiera con favorecimiento.
O las de ciertos asesores del “Palacio de Nari”, expertos en pluralismo y servicio al recibir visitas sin distingo personal o legal. Hay que hacer una “vaca” para que contraten seguridad privada y no les metan, al escondido, equipos de grabación.
Hay que rescatar la doctrina de que esas reuniones con personas al margen de la ley, o sus representantes, no son ilegales porque no fueron clandestinas. Lo mismo que pueden decir quienes tienen más de un hogar. Basta que se graben y lo oficialicen.
La reforma permitirá que no estén en la mira quienes hagan pactos con ilegales, porque no constituyen un delito en sí mismo. La prueba es que no tumbaron ningún gobierno, si acaso a sus financiadores.
En fin, puede reglamentar los verbos “asumir”, “retrover”, “atornillarse” y nunca renunciar, mientras no estén en la cárcel. ¿Lo ven?, no hay derecho; por lo menos no hay un derecho que nos haga olvidar de tanto remilgo. Dejemos salir al héroe que todos llevamos dentro y pensemos, como dicen los motivadores, que toda dificultad esconde una gran oportunidad. Hay que cambiar la justicia, como dijo alguien, antes que ella nos cambie.

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