Los micropagos y el futuro del periodismo

El profesor de periodismo Leonard Witt destaca en su blog un artículo de Stephen Dubner publicado en la columna Freakonomics, del New York Times. En él se discute sobre micropagos como una solución para las empresas periodísticas que se enfrentan a las fuertes turbulencias de la economía mundial. Dubner habló con algunos expertos para discutir la siguiente pregunta: ¿Es el micropago el futuro del periodismo?

Se trata de un modelo en el cual se pagan pequeños montos por cada clic que lleve a cualquier servicio o producto en Internet. Es una especie de moneda digital que permitiría la compra de artículos o ediciones completas de periódicos y revistas, además del acceso a blogs y videos, por unos cuantos centavos de dólar.

Según Dubner, tal estrategia está ganando adeptos entre varios periodistas. “La comunidad periodística se ha vuelto obsesiva con la idea. Es lo que ocurre cuando un modelo de negocio comienza a colapsar”, dice.

El debate sobre micropagos entró en escena luego de que un artículo de portada de la revista Time sugiriera el modelo como una alternativa viable a la crisis financiera del periodismo en Estados Unidos.
Fuente: Knight Center

Herramienta digital rastrea páginas del gobierno de Estados Unidos

El Center for Citizen Media informa que ProPublica, una organización sin fines de lucro dedicada al periodismo investigativo, acaba de lanzar ChangeTracker, una herramienta que monitorea las páginas del gobierno de Estados Unidos, como whitehouse.gov, recovery.gov y financialstability.gov.

La herramienta será de gran ayuda para los periodistas que cubren la política estadounidense. La actualización sobre cada ítem en los sitios gubernamentales estará disponible en la página de ProPublica y en su servicio en Twitter. También se podrá recibir alertas sobre cambios en el propio computador.

En vista a un posible interés por monitorear otras páginas en la web, ProPublica también proporciona información sobre la creación del rastreador.

Bajas pasiones

Por: Mario Morales
Aterra la frescura con la que el Gobierno se está tomando la crisis económica. Mientras que todo el orbe, ante el fracaso de las teorías, le apuesta incluso al ensayo y el error para hacerle frente a la recesión, aquí funcionarios del más alto nivel la niegan, como la presidenta de Asobancaria, María Mercedes Cuéllar; parten del presupuesto gratuito de que estamos blindados como el Minhacienda o creen que la solución está en la actitud mental positiva.

El presidente Obama, que cree que cualquier medida es escasa, lo viene intentando todo: paquetes de ayuda a la banca y a la industria y ahora, en contravía de los teóricos, disminuye los impuestos a cerca del 90 por ciento de estadounidenses. Sabe que a menor carga tributaria, mayor capacidad de consumo, y que, como lo sabe el más lego, es el motor de los mercados.

Justo lo contrario de lo que pasa aquí, donde asesores y funcionarios hacen todo lo posible por restarle poder adquisitivo a la población. Su aporte a la solución se limita a proponer nuevos impuestos para los automóviles, a defender el piso artificial del valor de la gasolina (que está casi dos mil pesos por encima de lo que debiera) o a aconsejar que no se bajen las tasas de interés no vaya y sea que la gente pueda comprar. Es decir, siguen a pie juntillas las “recomendaciones” del FMI de hace un año cuando la crisis no se evidenciaba y el indicador a controlar era la inflación.

Pero las cosas han cambiado como lo dicen a gritos la Andi, los constructores, el comercio y aun los que viven de las remesas. El resultado son 600 mil desempleados el año pasado, que el Minprotección niega exhibiendo sus mediciones construidas con base en esos embelecos del empleo y el subempleo subjetivos y de que está ocupado quien trabaja una hora a la semana. Con razón según él, en 2008 se crearon mil empleos diarios en promedio. ¡Increíble!

Puede que bajar los impuestos, el precio de la gasolina y las tasas de interés no sean la panacea, pero son la base, con el incremento del gasto en obras públicas, para dinamizar los mercados, la producción y el empleo . Lástima que el presidente Uribe y sus ministros estén tan ocupados pensando en las próximas elecciones. Tenía razón el escritor Augusto Monterroso, en América Latina no hay economía, sólo bajas pasiones.

No basta una buena idea

Por Omar Rincón
El penúltimo beso parecía tenerlo todo para ser un éxito: música que genera identificación, un casting seductor, atractivo visual, significativo referente social, una buena historia de amor, producción espectacular.

Pero… El tema habla en música, tiene sentimiento y genera identificación porque reconoce el alma sentimental que nos habita. La balada romántica es un gran asunto narrativo porque nos cuenta como cultura popular y masiva; nos identifica su ingenuidad sentimental, esa que nos sabemos por herencia, esa que nos permite expresar nuestras frustraciones, ingenuidades y melodramas. Pero que el tema sea popular y sentimental no basta.

El casting está en muy buen tono con un galán seductor como Sebastián Martínez, una bellísima y nueva protagonista como Camila Zárate; todo acompañado del tierno papel de Kathy Sáenz, Cristobal Errázuris y demás estrellas.

La historia es recursiva en definir a los personajes con base en las canciones que gritamos con el corazón en pleno. Se le pone rostro a nuestras emociones musicales llamadas Noelia, Eva María, Gloria, Gordo. Pero no basta con tener la idea y acertar en la selección actoral.

La realización y la producción son exuberantes, cuidada en las imágenes, con ritmo visual, contundencia en arte y atractivas locaciones. Se ve como una gran producción; de esas que había olvidado nuestra industria. Pero no basta con que todo se vea bonito y en estrato 4.

El universo de la historia genera reconocimiento porque cuenta cómo a este país el billete y la voracidad urbanista se lo está llevando por delante; del barrio nada queda, todo desaparece, billete mata tradición. Pero no basta con que haya un universo identificable. Todo es débil porque la historia es confusa en su planteamiento: el héroe se enamora y muere en pesadilla y regresa y nadie entendió (ni en la historia ni los televidentes); el protagonista vive diciendo que viene del futuro y no sabe decir nada más; un gordito habla y habla con el protagonista sobre lo mismo mil veces; otro gordito sale como si fuera un ángel para indicar por dónde debe ir el protagonista. Y de la historia de amor y del encanto, nada. Decían que era comedia, pero tampoco. Por otro lado, unos señores quieren hacer que la gente venda sus casas, pero nunca pasa nada y hablan y hablan y hablan y…

Y para colmo de males ponen canciones sin ninguna relación con la historia; la música no cumple un papel dramático; y ponen mil canciones por capítulo; y para rematar hay videoclips a la lata. Lo mejor son unos cortos chistosos, que encantan por cómo están hechos, pero no sirven para la historia.

Mucho tilín tilín y nada de historia. No pasa nada. Aburre. ¡Lástima!

orincon61@hotmail.com

¿La policía del pensamiento?

Por: Mario Morales
Superamos la ficción. Esos discursos de “unas manzanas podridas” o de la “rueda suelta” ya no sirven para explicar el ya proverbial accionar desde el DAS de una red mafiosa (como la califica su propio director) dedicada a grabar ilegalmente a periodistas, magistrados y opositores, hacer seguimientos no autorizados y “pinchar” correos electrónicos de quienes piensan o hablan distinto. (Publica El Espectador)

Ni tampoco para justificar que equipos donados por agencias extranjeras para buscar a Don Mario se usen para espiar comunicadores y opositores del presidente Uribe.

Estos delitos no sólo violan la Constitución (derecho a la intimidad, a la libre expresión, etc.), defraudan la confianza de donantes y ciudadanos por el uso inapropiado de recursos, sino que ponen en tela de juicio la misión y funciones de un organismo creado hace más de cinco décadas para combatir el crimen, ayudar a mantener el orden público y coordinar procesos migratorios.

El debate no debe centrarse en si el DAS debe desaparecer o si el Estado tiene derecho a hacer inteligencia, más aún en manos de civiles. La inquietud que dejan estas denuncias es si, por su recurrencia, forman parte de una política de Estado, apuntalada en un organismo llamado a dar línea acerca de las políticas de seguridad, es decir, si estamos frente a un estado policial real, como lo describieron en la ficción Orwell en 1984 y el ruso Zamiatin en la novela Nosotros.

El primero describió un gobierno que controla la sociedad, recorta las libertades civiles, amedranta con policía secreta y aboga por mecanismos de vigilancia sobre aquellos que “piensan” y que pueden resquebrajar la constitución de un Estado totalitario. La llamó policía del pensamiento.

El segundo denunciaba, en 1921, las “nuevas” formas de represión con base en el control total de las vidas pública y privada de los ciudadanos, la destrucción de la intimidad mediante la vigilancia (Como en la película La vida de los otros) y la posterior anulación de la individualidad reemplazada por la colectividad que “no piensa”.

Ya somos más que esas ficciones. Por eso, ya basta de investigaciones exhaustivas o depuraciones con dos o tres renuncias. Les corresponde a la Fiscalía, Procuraduría y organismos Internacionales desentrañar realmente quién está detrás. Podrían preguntarse como Séneca, hace veinte siglos, “¿Cui prodest?”, ¿A quién benefician esos delitos?

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