Qué pena con la visita

Por: Mario Morales
Se debieron ir conmocionados los los príncipes de Asturias y los periodistas que acompañaron su visita. (Publica El Espectador)

No sólo por la exigente agenda matizada por los discursos del presidente Uribe hasta altas horas de la noche (que los más malpensados confundieron con sofismas de distracción), sino también por la profusión de acontecimientos que como una cascada llovieron sobre la figura presidencial.

¡Qué pueden pensar de nuestro convulsionado país sus altezas reales si en cuestión de horas se enteraron del llamado a indagatoria de cuatro ex directores del DAS, en medio de la cada vez más escandalosa investigación por las chuzadas; de la coincidencial, y al alimón, declaración del fiscal Iguarán y de Mancuso a Cambio, de que no había pruebas de reincidencia en la cárcel de los jefes paramilitares (‘pruebas’ que argumentaron su extradición); de lo dicho por Mancuso, reafirmando a Don Berna, en el sentido de que los paramilitares apoyaron la elección de Uribe en 2001; del editorial del Washington Post pidiéndole que no se perpetúe en el poder; de los falsos positivos en el Chocó y hasta del anuncio del incremento del desempleo!

¿Cómo les explicaría el Presidente que la “voluntad popular” del referendo reeleccionista tambalea con la investigación a 86 representantes de la coalición uribista que votaron su aprobación?; ¿que por la torpe recusación de su protegido Luis Carlos Restrepo al presidente de la Cámara tiene empantanada la conciliación con el Senado?; ¿y la denuncia del orangután que pretendía avalar en el proyecto de reforma política a paramilitares para optar por cargos de elección popular?

¡Cómo hacerles entender a los europeos que un pequeño de once años tenga que realizar una heroica marcha para pedirles a las Farc y al Gobierno que hagan algo para la liberación de su padre que no conoce!

Exhaustos e indigestos se fueron, creyendo que habían asistido a una semana excepcional de nuestra historia. Menos mal. Que ni se imaginen que así llevamos un año y amenazan cinco más. Y que sigan pensando que aquí hay gobierno, democracia y estabilidad; pero especialmente que todo fue coincidencial.

El anonimato digital potencia el periodismo amarillo

Por Juan Cruz *
Tomás Eloy Martínez (Tucumán, Argentina, 1934) sufrió una operación delicada, se sometió a curas prolongadas, y mientras tanto escribió artículos, terminó una novela, Purgatorio, viajó a México a cumplimentar a su amigo Carlos Fuentes por su cumpleaños,
y además tuvo tiempo de salir a cenar con amigos para discutir con ellos sobre todo lo que se mueve y para seguir siendo un miembro muy activo de la Fundación Nuevo Periodismo que preside otro amigo suyo, Gabriel García Márquez. (Fuente: Sala de Prensa)
Es su carácter. Fue periodista de chico, siempre quiso contar historias, y el día en que no cuente historias (verdaderas o de ficción) dejará de ser Tomás Eloy Martínez, el periodista.

Nosotros le entrevistamos en su casa de Buenos Aires (tiene otra en New Jersey, en cuya universidad de Rutgers es profesor) en medio de uno de esos vaivenes de salud que afrontó y afronta como un jabato en la hora más alta de la fabricación de un periódico o de una novela. Si tú preguntas en Argentina, en cualquier sitio, por el periodista que definiría hoy la pasión por este oficio, quién sería hoy un maestro, y una mayoría te dice este nombre.

Aunque ha sido alentado por los premios que ha recibido por sus novelas a abandonar el oficio, esta es su pasión; la ejerció en la revista Primera plana, en el diario La Nación; en el exilio, que le salvó de las garras de la dictadura militar argentina, trabajó como periodista en Venezuela y en México; en este último país, en Guadalajara, puso en marcha en un diario. Aunque ha dirigido redacciones, su pasión ha sido el reportaje, y de esa dedicación es un ejemplo múltiple su recopilación Lugar común la muerte.

Su enfermedad no le ha disminuido el énfasis tranquilo con el que se enfrenta a la vida, y en este caso al porvenir del periodismo. Después de hablar con él en Buenos Aires le dijo a unos periodistas argentinos sobre la esencia de sus dos oficios solapados, el escritor de ficciones y el periodista: “La literatura si no es desobediencia no es. La literatura, como el periodismo, son centralmente actos de transgresión, maneras de mirar un poco más allá de tus límites, de tus narices. Todo lo que he escrito en la vida son actos de búsqueda de libertad. Nada me daba más placer -cuando publicaba mis primeros artículos en La Gaceta de Tucumán- que mi madre le dijera a mis hermanas: ‘Tenemos que ir a misa a rezar por el alma de Tomás, que está totalmente perdida'”.

Con esta alma totalmente perdida tratamos de juntar los pedazos del periodismo de ayer y de hoy.

Pregunta. ¿De qué viene esta pasión?

Respuesta. Desde que tengo memoria he querido contar historias. Como no me pagan por hacerlo, me desvié hacia el periodismo, donde eso era posible. Escribí crónicas y, como tuve un éxito modesto en esos ejercicios, cuando me propuse escribir novelas no quise dejarme llevar por la facilidad del oficio que había adquirido. Quise componer novelas puras, de espaldas a toda brizna de realidad, y no existen las novelas puras. Yo quería negar todo lo que era (el periodista, el crítico de cine, el investigador de las crónicas de Indias) y de hecho lo negué en mi primera novela, que data de 1967 y no he querido volver a publicar.

P. ¿Y el periodista cómo ve ahora este oficio?

R. Ante el periodismo, ante lo que vendrá, siento una cierta perplejidad; las formas de lectura están cambiando vertiginosamente y el periodismo de papel se está convirtiendo en un vehículo incómodo para la lectura. Mucha gente prefiere las versiones on-line de los periódicos, y yo les encuentro un riesgo, sobre todo en los comentarios a las noticias o a las opiniones. Por un lado, hay una libertad necesaria para escribir y para expresarse con soltura. Por el otro, el anonimato de los posteos abre el camino a una peligrosidad impunidad. No me preocupan tanto los descuidos y malos tratos a que se somete el lenguaje, que es nuestra herramienta esencial. Me preocupa más que se lea mal y que esa ligereza en la lectura derive en una ligereza en la acusación. El anonimato encubre una cierta infamia, encubre a veces sentimientos deleznables. Esto no es el periodismo, por supuesto; es una perversión del periodismo, pero es algo para lo cual el periodismo es un vehículo en este momento.

P. Pero ya había periodismo amarillo.

R. Lo había y lo hay. Lo que pasa es que esto potencia, multiplica, la fuerza del periodista amarillo. Todos los días vemos señales de este tipo de periodismo que se manifiesta en forma de acusación. Escribí una columna sobre la carnicería que se hizo con Ingrid Betancourt y con Clara Rojas cuando fueron liberadas por las FARC. Periodistas muy serios, con una larga trayectoria, añadieron leña al fuego de los chismes sobre la intimidad de las ex rehenes.

P. ¿Cómo tendrían que establecerse los límites?

R. Este es un trabajo básico de los editores. Cuando se fundó la Fundación Nuevo Periodismo la intención era proporcionar a los jóvenes periodistas, a través de los talleres, el tipo de educación sobre la edición de textos que habíamos tenido la gente de mi edad durante los tiempos de nuestra formación profesional. Esa educación ha sido arrasada ahora por la rapidez de vértigo con la que se trabaja.

P. ¿Cómo fue esa educación suya?

R. Empecé en el periodismo por necesidad, porque mis padres y yo mismo desconfiábamos de que el trabajo universitario y la literatura fueran a permitirme vivir: Así que empecé trabajando en La Gaceta de Tucumán, como corrector. Fue una escuela formidable, porque allí estaban todos los profesores desaprobados por el peronismo. Había un gran filósofo francés, Roger Labrousse; una extraordinaria profesora de Historia, María Elena Vela; otra profesora de Filosofía, Selma Agüero… Teníamos conversaciones muy ricas mientras discutíamos los problemas de la gramática o de las separaciones de sílabas. Esa fue mi primera forma de educación periodística. Si cuidas el lenguaje, la ética viene en consonancia, porque la responsabilidad empieza por la herramienta que manejas. Desde el principio yo supe que no había una sola verdad; sé que no hay una sola verdad y que si tú y yo narramos lo que estamos viendo en este momento lo contaríamos de forma diferente.

P. Muchas verdades, y muchas mentiras. Recuerda cuando en Internet se anunció la muerte del Nobel Le Clèzio un minuto después de que le dieran el Nobel…

R. Bueno, eso pasó con Le Clèzio y eso pasa cientos de veces, con muertes, con divorcios, con separaciones, con amoríos… Y no sólo sucede en Internet, sucede también en el periodismo de papel. Hay ejemplos memorables. Recuerda lo que pasó en The Washington Post con Janet Cooke, la periodista que se inventó la historia de un niño que se inyectaba heroína con el permiso de su madre…, y que era una historia falsa. Y la de aquel periodista mitómano que hizo caer a toda la cúpula de editores del New York Times porque no advirtieron que, por pereza, estaba creando una realidad completamente falsa. A ese tipo de tropiezos está expuesto también el periodismo que ahora consideramos verdadero.

Pero yo a ese respecto tengo una anécdota personal.

P. Adelante.

R. En mi primer día en La Nación me encargaron el obituario de Sacha Guitry. La necrológica era un género muy cuidado en el diario; escribí esa con los datos del archivo y con lo que yo recordaba. Me solté el lenguaje, no me fie sólo de los datos, y don Bartolomé Mitre, el director, vino a felicitarme. Sentí entonces que ese eco de un periodismo diferente podía tener una cierta repercusión en los lectores. Después me nombraron crítico de cine, y empecé a escribir críticas iconoclastas, disconformes. Un día nos quitaron la publicidad las grandes productoras; el periódico quiso que reformara mis criterios, y yo retiré mi firma. Me mandaron a ver muertos, a una sección que se llamaba Movimiento marítimo, sobre los ahogados en el Río de la Plata. Era un castigo. Me fui. Y malviví hasta que apareció Primera plana, la revista de Jacobo Timerman. Allí unos jóvenes dimos rienda suelta a nuestro apetito por narrar, y descubrimos otro país. Timerman se fue al año y medio. Nos quedamos al frente de la Redacción tres jóvenes rebeldes.

P. ¿Qué se siente al poner un periódico nuevo en marcha?

R. Un delirio. Con Timerman la revista era más conservadora; en 1963 se preguntó cuál era el hecho cultural del año, y yo dije: “Los Beatles”. No salieron, pero pusimos en la portada a Borges, a Cortázar, a García Márquez, a Cabrera Infante. Antes de eso habían tratado muy mal en Primera plana los cuentos de Cortázar y La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Descubrimos que había una literatura latinoamericana y gracias a eso fuimos abriendo paso a la literatura y nos alimentamos de ella…

P. Entonces se estaba inventando el nuevo periodismo en Estados Unidos, pero ustedes ya lo hacían en América Latina.

R. Y creo que además entre nosotros nació por instinto, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer novelas y por estar disconformes con el modo que se tenía de narrar la realidad. ¿Por qué no podemos narrar en periodismo como en las novelas? En dos de mis primeras novelas trabajo el nuevo periodismo: en La novela de Perón narro de modo novelesco una investigación muy seria, y en Santa Evita decido invertir los términos del nuevo periodismo. Si en la primera había contado, con los recursos de la novela, lo que me parecía periodísticamente cierto, en Santa Evita narro con los recursos del periodismo una ficción absoluta, y la gente se la creyó.

P. Se mezclan las aguas.

R. Y eso te obliga a tener un cuidado ético muy severo. El lector no se debe sentir confundido: la ficción es ficción y el periodismo es periodismo, porque corres el riesgo de pervertir ambos géneros.

P. Y el periodismo es una materia delicada.

R. Yo parto del hecho de que el periodismo es ante todo un acto de servicio, un servicio al lector. Con el periodismo tú le sirves a un lector; le presentas una realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales de que dispones. Pero en todo momento tienes que dejar bien claro que esa es la realidad que tú has visto, en cuya veracidad confías… En la ficción, en cambio, tienes que dejar en evidencia que esos datos que das no son confiables. Por eso puso debajo del título de Santa Evita la palabra novela.

P. El periodismo es una materia omnipresente. ¡Hasta en Borges!

R. Borges empieza siendo un periodista; dirige un suplemento cultural en el diario Crítica, ¡imagínate, el diario más popular de Buenos Aires! Ahí él arranca haciendo un periodismo de imaginación. De hecho, su Historia universal de la infamia está basada en hechos reales que él transforma en ficciones.

P. Y la obsesión de Gabriel García Márquez por el dato es equivalente a la que siente Truman Capote porque no se le escapen detalles en A sangre fría…

R. En el caso de García Márquez es porque a él le importa mucho la creación de un universo verosímil, aun en las novelas. El lector se identifica más con lo que narras si esto le parece verdadero… García Márquez es un obsesivo de la información; yo lo he visto trabajar en Noticia de un secuestro con una obsesión por la información precisa que va más allá de todo cálculo. Ya era en ese momento un escritor de primera línea, había ganado el premio Nobel y estaba trabajando en ese libro-reportaje como en cualquiera de sus novelas de otro registro. No hay que descreer de un solo dato. En cambio, no le creas ni un solo dato de El general en su laberinto: es todo invención e imaginación.

P. Se retroalimentan el periodismo y la ficción, y juntos constituyen el llamado nuevo periodismo. ¿Qué le dio el uno a la otra?

R. En primer lugar, un mayor y mejor acercamiento del lector al hecho tal como es. Porque proporciona una identificación entre el lector y los personajes a los cuales estás aludiendo. El viejo periodismo decía: “En el tsunami habido ayer en el sureste asiático murieron equis personas; una gran ola avanzó kilómetros y alcanzó aldeas y ciudades…”, mientras que el nuevo periodismo empezaría así una noticia como esa: “La señora Tapa Raspatundra estaba en la orilla de su pueblo en Java cuando un enorme nubarrón en el horizonte le hizo prever la catástrofe, tomó a sus niños en brazos y escapó de una tragedia que causó equis muertos”. Cuentas el horror de la ola e identificas al lector con un personaje que vive en primer plano la tragedia. El relato introduce al lector en la historia.

P. ¿Y el periodismo de siempre se está alejando del periodismo deseable?

R. Siento que en el periodismo tradicional se trata al lector como si tuviera doce o catorce años; en vez de alzar a los lectores hacia la inteligencia de su medio rebaja su lenguaje. Se trata de masificar el periodismo, y esta es una de las enfermedades de esta época.

P. Otra enfermedad es la conversión de la información en espectáculo.

R. Pensando que esa frivolización atrae lectores… Para eso es mejor publicar en los faldones del diario trozos de novelas, como se hacía en el siglo XIX…

P. Los políticos también son presentados ahora como parte del espectáculo, y ellos mismos se comportan a menudo como si fueran actores, ávidos de la cámara…

R. No dudo que el efectismo sea más entretenido, pero la misión del periodismo es no obedecer. El periodismo es un acto de servicio, pero no es un acto de servilismo, y por lo tanto los periodistas tienen que hacer aquello que su conciencia le dicta… El poder o amordaza o trata de comprar al periodista; pero primero trata de halagarlo, y hay formas muy sutiles de halago: programas en las televisiones del Estado, una forma nueva del sobre a fin de mes.

P. Usted pasó una experiencia central en su vida, la dictadura militar. En épocas así el periodismo no se reconoce a sí mismo.

R. La dictadura tuvo un efecto muy nocivo, muy venenoso en mi país, y cercenó muchas de las dignidades periodísticas de ese tiempo, no sólo en Argentina, también en Chile… Y yo pasé ese tiempo en Venezuela, en el exilio. En aquella época no existía la posibilidad de acceder a la lectura diaria del periodismo en otro país. En la distancia se veía que aquel proceso que se vivía en Argentina era dictatorial, y atrozmente dictatorial. Recuerdo que a los pocos días de estar en El Nacional de Caracas, donde me acogieron, me pidieron una crónica sobre Argentina. La titulé Una larga marcha entre los escombros; recogía ahí los nueve puntos de la Junta Militar, que condenaba a la ciudadanía a la obediencia ciega. Me decían: “Te equivocas, Videla es el bueno; ha triunfado la línea más civilizada del Ejército, hay una línea más perversa…” La había, pero Videla había preparado arteramente la matanza completa de toda conciencia de la sociedad.

P. Brecht decía que había que cantar también en tiempos sombríos. ¿Y hacer periodismo?

R. En Brasil hubo momentos memorables bajo la dictadura; cuando la censura oficial prohibía la publicación de ciertas noticias los periódicos salían con espacios en blanco allí donde hubieran sido impresas tales informaciones. En Argentina eso no sucedió. Aquí o eras cómplice o no sabías a qué te exponías. La complicidad fue una exigencia para poder trabajar en el periodismo. Los periodistas chilenos han pedido disculpas por su obediencia a la dictadura de Pinochet. Los periodistas de mi país no han pedido disculpas. Muchos de ellos se enorgullecen de lo que hicieron: creen que hicieron lo correcto y estaban de acuerdo con lo que se hacía.

P. Cuando García Márquez le entregó a Iñaki Gabilondo el premio de la Fundación Nuevo Periodismo le dijo en alto que ahora leía la prensa y se ponía a rabiar como un perro. ¿A usted le pasa?

R. Lo que pasa es que a Gabo le molestan ciertas carencias de calidad en la prensa, ciertos errores en la calidad. Más de una vez se ha ofrecido a corregir gratis El tiempo de Bogotá. Él se levanta rabioso cuando lee títulos mal puestos o equivocados, copetes [entradillas] que repiten la noticia del título…

P. ¿A usted le pasa?

R. No, no me comprometo tanto con lo que leo, soy un lector más pasivo… Me irrita, por ejemplo, la confusión de nombres, porque creo que la identidad de una persona es también un nombre. Si tú confundes a una persona y la llamas de otra manera, disminuyes a esa persona. Y me molestan erratas torpes. Ves una errata y ya no te crees el resto. Y ves un error, y el resto te parece garrafal.

P. Con todo lo que hay sobre la mesa sobre lo que es el periodismo hoy, ¿cuál sería su diagnóstico sobre el porvenir del oficio?

R. Periodistas habrá siempre, como narradores. Defoe es anterior al periodismo, como Homero o Herodoto; eran todos narradores de hechos que daban como ciertos, y la historia sigue en pie gracias a que el hombre siempre tuvo vocación de narrar sus hechos. No narraba las ausencias: narraba aquello que le parecía narrable o contable. Sólo lo escrito permanece; aquello que no ha sido narrado no existe, y lo que ha sido escrito se convierte en verdad. Y eso seguirá siendo así. ¿El periodismo? Las transformaciones son muy vertiginosas. Cuando yo era un niño no había televisión, había radio y era una radio mucho más precaria que la de ahora. En mi primer trabajo en el periódico las grabaciones de las noticias se hacían en cilindros de cera. La primera vez que fui a Madrid a entrevistar a Perón, en 1966, las noticias se transmitían por télex, o por telegrama. Y ahora mira los adelantos que hay. A este ritmo, ¿cómo quieres que prediga el futuro?

P. ¿Y el pasado? ¿Qué le ha dado este oficio?

R. Un buen modo de ganarme el pan. Un modo decoroso, esforzado y muy laborioso. El periodismo generalmente no está bien pagado, pero sea cual fuese el salario yo he procurado dar lo mejor de mí, porque lo que siempre me pareció es que estaba en juego mi persona, mi ser, mi naturaleza humana, y no lo que recibiese a cambio. Eso es lo que me ha dado el oficio.

* Juan Cruz es adjunto a la dirección del diario español El País, donde publicó esta entrevista el 8 de febrero de 2009.

“Me puse a escribir para no tener que trabajar”

Por Margarita Vidal
El filósofo español Fernando Savater admite que siempre ha sido muy vago y sostiene que lo ideal es que le hubieran pagado por leer y no por escribir.

Filósofo, ensayista, novelista, profesor universitario, Fernando Savater, nacido en San Sebastián, País vasco español, en una de las bahías más lindas del mundo, es autor de más de 50 obras de ensayo político, literario y filosófico, narraciones y obras de teatro, amén de cientos de artículos en la prensa española y extranjera.

Algunos de sus libros han sido traducidos a más de 20 lenguas. En 1993 quedó finalista del Premio Planeta con su novela ‘El jardín de las dudas’ centrada en la figura de Voltaire. Entre sus publicaciones más recientes destacan la novela juvenil ‘El gran laberinto’ y el ensayo ‘La vida eterna’ una reflexión sobre la religión en nuestros días. Acaba de ganar el Premio Planeta de Novela por su obra ‘La hermandad de la buena suerte’. Aprovechando su visita a Colombia lo entrevisté para hablar de uno de sus temas preferidos: las lecturas que nutrieron su infancia.

¿Hay sangre árabe en su ancestro?

No me extrañaría, pues mi padre era de Granada, de modo que puedo tener un lado nazarí. Por otra parte, el apellido Savater es uno de los llamados de empleo, de zapatero y esos suelen ser de judíos. De modo que yo debo tener una especie de conflicto de oriente medio.

Dice no tener temperamento filosófico y ecuánime, sino más bien uno apasionado. Sin embargo, su oficio es la filosofía. ¿Hay allí una contradicción?

Sí, la hay. Me gusta la filosofía, tal como le gustan a uno las cosas inalcanzables. Me hubiera gustado tener un temperamento filosófico y tomarme las cosas en una forma serena, fría, sin apasionamientos, pero hice todo lo contrario. Cuando estoy tranquilo pienso en ese ideal de vida y me lo propongo, pero luego ocurre algo y entonces me vuelvo a apasionar (risa). Claro que los años te van domando y los vicios te van considerando indigno de ellos.

Hace algunos años me dijo usted que una de las cosas que más trabajo le costaba era dominar la cólera y que le daba cierta vergüenza porque podía parecer una ‘fiera’ en ocasiones. ¿Qué le produce tamaño arrebato?

La mala fe, por ejemplo, ver que alguien hace trampa o se niega a aceptar unas premisas después de haber llegado a un pacto y también me molesta mucho el autoritarismo. Entiendo que cierto orden hace falta, porque el mundo se ha vuelto conflictivo y a veces hay que encauzarlo, pero el autoritarismo como imposición, me produce gran irritación.

¿Su rebeldía viene desde la adolescencia?

Yo tenía muy pocos motivos de rebelión, porque mi padre, por edad, era mas bien mi abuelo y por consiguiente no tuve nunca esa sensación de rivalidad o enfrentamiento que suele darse cuando hay una menor distancia generacional. Él quería que yo fuera abogado, pero no porque pensara que la carrera era maravillosa sino porque creía que era mejor para mí, porque la verdad es que siempre he sido muy vago. La idea de estudiar nunca me ha gustado, y es curioso porque tengo fama de ser muy trabajador ya que hago muchas cosas. Yo soy muy activo pero nada trabajador. No hago las cosas que no me gustan. La idea de estudiar códigos me parecía horrorosa y aunque hubiera querido estudiar literatura, en la época jurásica en que yo hice mi carrera no había esa posibilidad. Como me interesaba la filosofía entonces me encarrilé por ahí. Mi padre no lo aceptó muy bien y sentenció que me iba a costar mucho más trabajo ganarme la vida.

Su padre le llevaba 20 años a su mamá, ¿esa gran diferencia de edad entre los dos tuvo alguna incidencia en su educación?

Supongo que sí. Yo he repetido una frase que me impactó y que dice: “Nunca he logrado recuperarme de mi incomparable infancia”. Yo realmente soy ‘un convaleciente de mi infancia’. Fue una época tan positiva, tan sin sombras, que supongo que muchas de las cosas que hago a veces y que pudieran tener un aire caprichoso o infantil es por una especie de fidelidad a esos tiempos.

¿A pesar de todo qué importancia tiene entonces para usted el haber estudiado filosofía?

Tiene cierto mérito en el sentido de que he logrado vender mis libros e interesar a la gente por problemas filosóficos, con un lenguaje accesible, ya que es un tema poco popular, pero soy un filósofo con minúsculas, un poco como los franceses de la Ilustración.

¿Es verdad que le gusta más leer que escribir, un poco a la manera de Álvaro Mutis, el escritor colombiano?

Como le decía, yo soy muy vago y en el fondo me he puesto a escribir para no tener que trabajar. Es decir, he logrado que me paguen por hacer algo que me gusta, pero lo perfecto hubiera sido que me pagaran por leer. Ese hubiera sido mi sueño y hasta me hubiera hecho rico.

¿Por qué rechaza usted el término de ‘intelectual’?

Tiene un significado mesiánico que molesta. La idea de que los intelectuales tienen una misión, de que hay algo en ellos que sustituye a los clérigos antiguos, me repele.

¿Por qué tiene usted, como cuenta en su libro ‘La Infancia Recuperada’, tan marcada predilección por los libros de Stevenson, como La Isla del Tesoro?

Porque es una historia muy bien contada y contiene algunos de los elementos que me apasionan como el mar, la aventura y un poco el mundo de lo macabro, de lo terrorífico. Tiene también preciosos aspectos como la muerte del pirata en las primeras escenas. Todo eso junto a la habilidad con que está contado y la figura de London Silver me causan gran fascinación.

¿No es también una reflexión sobre la audacia?

Cuando uno lo lee en la infancia es porque le gusta, pero con el tiempo reflexiona sobre la ambigüedad de la audacia. Las figuras de Jim Hopkins y de John Silver dan cuenta de que toda acción, todo riesgo, toda decisión de libertad, en el fondo comporta una especie de culpabilidad, un lado demoníaco. Silver es un personaje atractivo por su capacidad de acción y a la vez demoníaco por esa seducción del mal que tiene. No se puede ignorar que hay algo trasgresor en la audacia de la libertad. Eso está hermosamente explicado en la novela. No es que el niño ingenuamente siga la fascinación del mal, sino que ignora que al decidirse a la madurez y por tanto a actuar con autonomía, tiene que asumir esa dimensión de culpabilidad demónica.

¿El precio de dejar de ser niño?

Sí, es dejar de ser niño y entrar en ese mundo en que la responsabilidad nos acerca al pecado y al mal.

Jekyll y Mr Hyde, otro libro de Stevenson, plantea dilemas éticos

Ese me ha encantado siempre. Tal vez por haberme dedicado a la ética, porque en el fondo ahí está el problema de la dualidad del bien y del mal y de cómo, de alguna forma, el bien y el mal no son sólo actitudes morales sino que también encarnan una transformación física en cada uno de nosotros.

Otro de sus favoritos es ‘Viaje al centro de la tierra’ de Verne, al que usted denomina ‘viaje hacia abajo’, en que la lección para Axel es la necesidad de la obstinación. ¿Eso significa la importancia de perseverar?

En ‘La Infancia Recuperada’ analicé los aspectos mitológicos que hay en la narración infantil y cómo desarrollan pulsiones o exigencias que tienen que ejercerse en la vida. Me parece que esa vocación de descender hasta donde, en principio, no hay nada, esa insistencia en algo que nos aleja de la seguridad de la tierra firme y de seguir en busca del centro de la tierra, representa un símil de la dimensión de la perseverancia, sin la cual no maduramos.

Su predicción por el capitán Nemo ¿es porque comparte con él su concepto de libertad?

Nemo es una figura libertaria; yo he tenido también mucha tentación libertaria y mis grupos políticos predilectos siempre han estado próximos a los libertarios; entonces Nemo, desde su propio nombre que rechaza todos los apelativos, es una especie de anarquista, moderno, tecnológico. Por desgracia, ya en nuestro mundo actual hemos conocido muchos terroristas así y eso le ha quitado un poco de romanticismo. Pero todavía creo que Nemo era un anarquista libertario bastante aceptable.

Muchos grandes apasionados por la lectura compran libros pero, también, en alguna etapa de su vida los han robado. ¿Usted ha robado libros?

He robado libros cuando era estudiante y no porque los necesitara sino porque hubo una moda en la que todos creíamos que robar libros era una especie de afirmación. Pero yo soy un gran cobarde y robaba siempre el más cercano a la puerta y no el que me gustaba porque experimentaba pánico. Tenía un amigo que era un verdadero científico en el tema.

Pasando a otro autor y a otro personaje, ¿por qué considera a Sandokan un símbolo subversivo?

Yo le había inventado un parentesco con el capitán Nemo porque los dos, en el fondo, me parecen dos figuras rebeldes. Claro, tanto Verne como Salgari escribían en el Siglo XIX, cuando la gran potencia era Inglaterra y entonces los rebeldes, que eran siempre del tercer mundo como el propio Nemo que era indio, luchaban contra el poder imperialista. Para mí la imagen de lo subversivo está al final cuando el rey del mar sale a enfrentarse con toda la flota británica en ese enorme barco que él creía invencible y ve que los ingleses tienen muchos barcos iguales y que no puede luchar contra ese imperio. Ese final me encanta.

El Tigre de la Malasia, de Salgari es otro libro que usted quiere. ¿Por qué tiene predilección por la figura del tigre sobre la del león? ¿Le habrá llegado a través de Borges?

Y de William Blake también. El famoso poema de Blake:“No tigre, tigre que llame hacia los bosques de la noche…” No sé, a mí me gusta más la figura del tigre porque es más colorido que el león, aunque para decirle la verdad mi animal emblemático es la ballena.

Usted habla también de la gran admiración que le despierta un héroe de la niñez llamado Guillermo Brown a quien ha definido como el ‘único anarquista triunfante’. No es un libro muy conocido, ¿qué lo acercó tanto a él?

En una época tuvieron un enorme éxito las historias de Guillermo Brown contadas por Chesterton, en la España franquista, cuando yo tenía 10 años. Nuestra niñez era tan reprimida, que nos encantaba ese aire de disponibilidad infinita de Guillermo para emprender aventuras y adoptar personalidades.

¿Cómo ve la figura del héroe?

El heroísmo es simplemente una decisión de llevar algo a cabo, porque, en el fondo, lo fácil es fracasar. Nunca he entendido por qué hoy existe tanto entusiasmo por la ética del perdedor. Que un perdedor pierda lo veo como una cosa ética pero no lógica. En cambio, me parece más importante la figura del que logra llevar algo a cabo. Hay un cuento muy bonito de Cortázar sobre un señor que baja a la calle a comprar el periódico y de allí se derivan los riesgos infinitos que hay que correr para lograrlo. Yo creo en el heroísmo del gesto cotidiano, de tomar una decisión y cumplirla en contra de todo lo que nos rodea, y creo que si esa decisión implica la defensa de algún valor no violento sino de humanidad, se puede llamar heroísmo.

Usted es un escritor polémico a quien le gusta provocar, es decir, tiene una especie de actitud del ‘guerrero impecable’ que, en cierta forma, también es Guillermo Brown, ¿no?

Mi afición a Chesterton quizá provenga de que tengo capacidad para descubrir lo paradójico de las situaciones, de la vida que llevamos o de los valores que practicamos y entonces subrayo esos términos, lo cual le parece provocador a la gente. Yo he provocado a veces porque me parece que hay que estimular, despertar las reacciones, lo mortecino es lo que más me desagrada en cualquier campo. Me gusta la vivacidad en la literatura, en la expresión y en todos los aspectos de la vida.

De niño estuvo enfermo largo tiempo y aprovechó para leer. Ha definido esa época como la más feliz de su vida. Allí descubrió a Jack London, ¿por qué lo impactó?

Es un poco una metáfora de la lectura. Decir: estoy condenado a muerte -en el fondo todos lo estamos-, pero puedo vivir otras vidas, hacer una transmigración anímicamente, porque eso es en realidad la lectura. Cuando uno lee transmigra a otros mundos, con otros personajes, escapando así a esa condena de muerte.

El pensador Agustín García Calvo fue muy importante en su época de universitario. ¿Se puede enseñar a pensar?

Una cosa es darse cuenta de que los libros están escritos por gente muy sesuda y otra muy distinta es ver a alguien en el ejercicio de pensar delante de uno, alguien que saca el pensamiento de sí mismo y que lo pone encima de la mesa, que tiene ráfagas luminosas, especies de chispas de pensamiento.

Acaba de ganar nada menos que el Premio Planeta con ‘La Hermandad de la Buena Suerte’, ¿siente de que ya superó la duda sobre su talento para la novela?

Estoy satisfecho pero con incertidumbre. Cuando escribo un ensayo sé que va a salir bien, regular o malo y no tengo duda, pero con la novela siempre estás con la incertidumbre de si lo lograste o no. Yo no tengo confianza hasta que la gente diga si está bien o mal.

Finalmente, ¿qué significa para usted Borges?

Borges es un gran autor que une un poco el sueño que algunos hemos tenido y que desgraciadamente está cada vez más lejos, que es hacer ensayo que sea a la vez una reflexión filosófica y también poesía. Yo siempre he querido, cuando sea mayor, ser Borges (risa).

Geishas y mermeleros

Por: Ramiro Bejarano Guzmán
De tanto respirar el aire maligno de la “Casa de Nari”, la imagen del Francisco Santos inofensivo y loquito quedó atrás.
Hoy es otro más del grupo siniestro de calumniadores y malandrines. Su intento de enlodarme, imputando al DAS que dirigí las “chuzadas” al director de la DEA en octubre de 1995, fue ruin y torpe. Ignoró Santos que su mismo periódico informó que el responsable de ese delito fue un hombre del cartel de Cali, capturado por el general Serrano.
El que anda entre la miel, algo se le pega. Pacho asimiló el oficio del sicariato. Por fin aprendió algo, incluso a tirar la piedra y esconder la mano, porque después de que derrumbé su acusación, no se atrevió a insistir en su infamia.
La impunidad le ha hecho creer a este pintoresco personaje de la incultura colombiana, que así como Mancuso y otros dos jefes narcoparacos sostienen que se reunieron con él por lo menos cinco veces, en tres de las cuales se habló de crear un grupo paramilitar en Bogotá (Bloque Capital), él puede destruir honras ajenas, apoyado por redactores políticos que reciben órdenes o se le arrodillan a José Obdulio.
Qué paradoja, este Vicepresidente enredado de paramilitarismo fue el mismo que en abril de 2008 sugirió que detrás de la decisión de la Corte de no extraditar a algunos paracos habría dinero del narcotráfico. Semejante acusación y nada le pasó.
Allí está el drama de esta democracia enferma. Además de la penetración en la justicia y otros entes autónomos, el Gobierno infiltró medios. Vivimos de nuevo como en la dictadura de Rojas Pinilla, cuando los cierres de las ediciones de los periódicos eran vigilados por asesores del régimen. Antes los redactores protestaban, ahora ofrecen sumiso auxilio.
El balance de la tiranía oprobiosa de Uribe es similar al Perú fujimorista. Hay Fujimori, muchos Montesinos y periodistas fletados por el régimen, dispuestos a todo menos a decir la verdad.
Según el libro de Sally Bowen y Jane Holligan, El espía imperfecto (La telaraña siniestra de Montesinos), el gobierno fujimorista silenció la crítica, promoviendo reporteras asalariadas —“geishas”— que formulaban preguntas fáciles al mandatario o lo protegían de comunicadores independientes; o remunerando, a través del erario o de empresarios contratistas del Estado, a unos columnistas —“mermeleros”— cuyas opiniones sesgadas hacían eco a las campañas oficiales de descrédito contra opositores.
Aunque aquí están mezclados “geishas” y “mermeleros”, la cosa es más grave, porque hay unos comunicadores que pretenden estar siempre en el ojo del huracán, reclamando con artificios la autoridad de haber visto, oído, tocado, olido todo, porque alegan haber sido víctimas o testigos. Lo que en el fondo ocultan es un pacto inmoral con el Gobierno, que consiste en no elogiarlo, para no perder fuerza en el resto de su misión, pero que los obliga a combatir durísimo o con insinuaciones calumniosas que recojan infundios gubernamentales, a quienes no adulen al mesías o los multimillonarios negocios de los “hijos del Ejecutivo”.
El ataque no cesa; ya hasta el indelicado Fernando Londoño, alias “Héroe de Invercolsa”, y otros de su calaña, escarban vidas honorables, también con el propósito de manchar prestigios. Como Luis Carlos Restrepo, quien se ratificó de una temeraria y vengativa denuncia penal contra los magistrados que destaparon la yidispolítica.
No todos estamos dispuestos a claudicar. Por aleves que sean las amenazas y poderosos los rufianes, mi pluma permanecerá altiva, libre, combatiente, lista a enfrentar lo que venga. Más que una promesa, es un deber irrenunciable.
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Adenda. ¿Cómo así que los hermanos del Alcalde de Cali husmean su administración?
notasdebuhardilla@hotmail.com

El periodismo financiando por los ciudadanos, ¿podría funcionar?

Imagínese el siguiente escenario: los lectores, auditores y espectadores lo eligen a usted para hacer un reportaje. ¿La pauta? Usted la sugiere. Puede ser una denuncia o aquel caso olvidado, pero es el público el que elige. Ellos deciden cuál es la historia que quieren financiar, por ejemplo con donaciones, incluso deducidas del impuesto a la renta. En el caso de que una organización periodística comprara los derechos exclusivos de una historia, los donantes aún tendrían derecho a la devolución del dinero. ¿Está usted de acuerdo?

David Cohn aceptó el desafío. En una iniciativa pionera, el periodista lanzó hace seis meses Spot.Us, un proyecto sin fines de lucro del Centro para el Cambio en los Medios, con apoyo de la Fundación Knight. Desde su creación, se han publicado 23 ediciones, todas ellas sobre la región de San Francisco, en California, donde tiene su sede. Todas han sido financiadas con donaciones del público.

“Una historia [publicada] cada semana es mucho mejor de lo que yo esperaba. A fin de cuentas, éste no es ‘mi’ proyecto. La idea pertenece a aquellos que quieran participar: reporteros, editores y miembros de la comunidad”, escribe Cohn para el blog MediaShift Idea Lab. ¿Reportajes financiados por la comunidad? ¿Reportajes con apoyo de la comunidad? “Como usted prefiera llamarlo”, dice Cohn. (Vea el grupo de discusión de Spot.Us aquí.)

A pesar de todo el contenido innovador de Spot.Us, Cohn admite errores, los mismos que supuestamente cometen las grandes organizaciones periodísticas cuando se apartan de la cobertura habitual y no invierten en reportajes más amplios. “Spot.Us necesita huir de las noticias rápidas. Ésas salen en los diarios todos los días. Creo que tienen cada vez menos valor añadido. Quiero que nuestras historias proporcionen información nueva, opiniones, y no hacer lo mismo que ya está ahí fuera”.

Para lanzar el proyecto, Cohn tuvo que ver las cosas con una nueva perspectiva y vivir los mismos dilemas que un empresario de la comunicación, o en este caso, un hombre de negocios en la era digital. ¿Qué ideas se venderían? ¿Que es lo que más motiva a los ciudadanos en la compra de un tema? La experiencia dio lugar a una serie de conclusiones que el propio Cohn no considera muy novedosas, pero sí fundamentales para dar continuidad a iniciativas de periodismo financiadas por ciudadanos. Entre ellas, Cohn destaca una: la gente quiere saber más a fondo acerca de lo que ocurre a su alrededor y en zonas aledañas.
Fuente: Periodismo de las Amérícas Knight Center

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