Analisis,Ética

El caso Colmenares: otra historia sin fin

25 Jun , 2012  

 

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Mario_Morales_Razon_PublicaAnálisis vibrante y creativo en torno a un caso que cada vez se parece más a la vida misma, donde se engarzan la agenda mediática y la de redes sociales para intercambiar “significaciones y sensibilidades en espacios con luz”. La bola de nieve seguirá creciendo mientras la historia alimente el morbo y la curiosidad.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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Indignación en Colombia: va desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación contra la deforme reforma a la justicia.
Foto: Grandeuribe.com

Sueño premonitorio, obsesión colectiva

Desde que surgió a la luz pública, ya traía todos los elementos inherentes a las grandes noticias, empezando por la novedad que pisaba los terrenos de lo insólito: el sueño premonitorio de una madre desolada que indagaba sobre las causas de la muerte de su hijo, ocurrida en octubre de 2010, que convenció a las autoridades de exhumar los restos mortales del joven estudiante y de reabrir la investigación judicial, diez meses después de los hechos.

“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño y que llegó a oídos de la Fiscalía y saltó de allí a los titulares de los medios de comunicación, a las redes sociales y a la conversa pública con una intensidad que pasados otros diez meses se mantiene en la cresta de la opinión pública y de las narrativas periodísticas, por encima de cualquier otro suceso de la vida nacional.

Inmediatez y fugacidad

Antes, en el siglo pasado, las noticias iban y venían acompasadas, pausadas y hasta escasas. Estaban hechas para durar, para darse entre sí solución de continuidad. Decían entonces los estudios de métrica longitudinal de la Mass Communication Research que los sucesos noticiosos podían quedarse en la atención de los espectadores hasta por treinta días. Eran otros tiempos.

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“La respuesta está en mi cuerpo” fue la frase macondiana que le habría dicho el joven a su madre en aquel extraño sueño.
Foto: Archivo.

Nada que ver con la acumulación informativa multisoporte que asedia al ciudadano promedio de hoy en día, que busca enterarse de su entorno y que ve cómo la luz dura de las noticias comienza a desvanecerse a los 69 minutos, si nos atenemos a estudios recientes como los de los físicos Wu y Huberman en Palo Alto, California.

No obstante, casos como el de la muerte del estudiante Luis Andrés Colmenares subvierten estos estudios. Ese fenómeno marca un hito en los estudios periodísticos. ¿Por qué?

Dinámica de las agendas

Comencemos por decir que el fenómeno es fruto de una espiral dialéctica e inédita que engarza la agenda de los medios y la agenda pública, si asumimos que esta última se va formando en las narrativas digitales como foros, debates virtuales y posts en redes sociales.

Desde los estudios de la agenda Setting se ha puesto de presente la influencia que los medios ejercen, a través de la jerarquización y del encuadre de temas, sobre la agenda de los ciudadanos, no sólo desde la perspectiva de los temas en qué pensar, sino a veces, cómo pensarlos, con sus consecuencias fácticas, luego medidas y corroboradas mediante encuestas y estadísticas.

No existe la misma certeza en relación con los issues, o temas jerarquizados, acunados solo en las redes sociales, que merced al tiempo real están contagiados de emociones y de veleidades que se autosatisfacen en los modos de decir, sin coherencia con los hechos. Baste citar el fenómeno de la Ola Verde, que creció, se reprodujo y murió en el mundo virtual.

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En las últimas semanas, han aparecido testigos clave, como José Wilmar Ayola  que antes de comparecer en los tribunales lo hacen a través de los medios de comunicación.
Foto: Archivo.

Pero cuando esos issues y los eventos que los complementan encuentran sintonía en los medios tradicionales y en las redes sociales, no solo se retroalimentan desde el punto de vista de las agendas, sino que se aceleran, adquiriendo spin y se convierten en bolas de nieve de opinión pública con notable incidencia en el comportamiento de sus congéneres.

Ejemplos en Colombia van desde las marchas contra los violentos en febrero y marzo de 2008 hasta la más reciente reacción de indignación en contra de la deforme reforma a la justicia.

¿Qué lo hace único y apasionante?

¿Pero qué otros factores determinan esa simbiosis en el caso Colmenares? En primer lugar la afectación que perciben las audiencias, así sea por la vía de la emocionalidad de un suceso que se ha narrado de manera espectacular, esto es, como una puesta en escena en un país con amplia tradición en el consumo de melodramas y crónica roja.

Su línea dramática es un lugar común, así sea disruptivo, lo que de inmediato genera proximidad, otro valor fundamental del periodismo. Pero es un crimen distinto, no de una violencia anómala y prosaica. Ahí está el caso ya casi olvidado del asesinato de un joven abogado por robarle el celular.

Se trata de una violencia con ingredientes que tocan las pasiones humanas, con matices de crimen pasional en un triángulo amoroso imposible, y del mismo modo telenovelesco, inscrito en la diferencia de clases, pleno de equívocos y de sobreentendidos, terreno fértil para la curiosidad o el morbo, que son, como sabemos, la cuota inicial de la toma de posición y de partido.

La retroalimentación casi viciosa entre narrativas emitidas y audiencias ávidas que piden detalles y arriesgan hipótesis, despierta plena identificación y apropiación de esos espectadores, en virtud de la edad y de los roles sociales de los implicados, en tanto que estudiantes, jóvenes, seres de carne y hueso que interactúan en lugares públicos y accesibles y en actividades de distracción comunes a la mayoría de la población.

A cualquiera podría sucederle. Ese ejercicio es asumido de manera instintiva, y así como los medios han desplazado a los tribunales, los espectadores se sienten con el derecho de hacer lo mismo con los jurados y fungen como tales, no importa si cada evento ha hecho modificar la corriente de opinión.

Los espectadores ya dueños de un acervo probatorio mediatizado, es decir socializado y significado, y luego amplificado por las redes sociales, se sienten parte del proceso, el cual pasa a ser parte de sus modos de decir y de pensar, incluso como forma de infotenimiento (entre información y entretenimiento) o de pasar el tiempo social de la conversa que asume el reto ineludible de solucionar un rompecabezas.

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Laura Moreno, una de las principales sospechosas, ha saturado con su presencia la agenda noticiosa.
Foto: Tomado de Caracol.com

Así, la noticia antaño concebida como forma de conocimiento es sobre todo motor emocional, y a su vez, trampolín para la interacción y la participación social con sus implicaciones en los fenómenos de expresión de la opinión privada y sus efectos en la esfera pública.

La información, ya dramatizada, con personajes ambiguos y fieles a esa condición, con reparto de extras que aparecen y desaparecen súbita pero oportunamente en los momentos de clímax, rodeados de unos misterios permanentes y otros difuminados por pruebas no del todo contundentes, necropsias parciales, fotos casuales, testimonios incidentales, se convierte en una historia con todos sus atractivos, que se debate entre lo ritual, lo ajeno y privado; y lo cotidiano, público y presente en los modos de decir y de pensar ciudadanos por su intensa y no siempre coherente carga moral en la que entran en juego debates acerca de la vida y la libertad como valores fundamentales.

De la emoción a la sensación y a la persuasión

Profundiza esa emocionalidad el vértigo del conocimiento inmediato de cada evento por el cubrimiento prioritario y en directo por parte de los medios, y su incidencia en los nuevos climas de opinión visibles en las redes sociales.

La materia prima es la sensación que se manifiesta en el voz a voz contaminado por una alta subjetividad que se reproduce geométricamente. Cada relato parece tener un tono persuasivo, contundente, definitivo, como si se tratara de convencer, de sumar, de adherir; lo cual es más evidente, e influyente, en las narrativas audiovisuales de enorme imperancia o influencia en un país tevecéntrico como el nuestro, es decir que construye su realidad y sus consensos a través de la caja mágica, según las categorías de investigación de Pippa Norris.

Sin querer queriendo, cada medio ha narrado cada nuevo suceso desde un encuadre particular con base en su propio código o el que le permite cada issue al que tiene acceso. Conscientes o no, esos medios y esos periodistas se han convertido en cajas de resonancia, ya no solo de puntos de vista morales o éticos sino también jurídicos, que es lo más preocupante.

Así se convierten en objetivo de las baterías de abogados y personas cercanas a cada parte del proceso con intenciones variopintas, que van desde la incidencia en la opinión pública, definitiva a estas alturas, o en el desarrollo del mismo proceso en busca de sentencias favorables o del ocultamiento de flancos débiles hasta la exaltación de la vanidad personal y profesional de los juristas más reconocidos que han encontrado en este tipo de casos trampolines a la fama y al reconocimiento.

Por eso la dosificación y alimento fragmentario de los relatos para generar golpes de opinión. Con razón los mismos abogados dijeron que los medios son claves en estos casos. Esas rivalidades, con nombre propio, también son parte de nuevas narrativas mediáticas asimiladas a las formas de contar enfrentamientos deportivos o culebrones en el prime time.

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El Ciclo de activismos digital. Cinismoilustrado.com

Nunca antes medios y audiencias, hechos y opiniones, amores y odios habían estado tan entrelazados y tan mutuamente influenciados al mismo tiempo. Lo potencia el mimetismo, esto es, la autorreferenciación a la hora de contar y de argumentar.

Ese eco, así legitimado, cala entre los receptores y entre los mismos periodistas a la hora de enfatizar en la agenda el MIP (most important problem, por su sigla en inglés): el problema más importante de la actualidad informativa.

Las presuntas pruebas a cuentagotas, las filtraciones, nuevas versiones, el crescendo del ‘suspense’ con el escalamiento de acusaciones de amenazas y presuntos crímenes de testigos y esa característica de obra inconclusa, al decir de Umberto Eco, se asemejan a la vida misma de las audiencias en las calles, con sus matices de incertidumbre, impunidad, impotencia y ausencia de patrones estables de justicia, más aun cuando los estamentos encargados de instruirla, ejercerla y hacerla posible, parecen tan contaminados y confundidos como los demás.

Como la vida misma

El resultado es la concepción de un nuevo subgénero periodístico, bastardo si se quiere, hecho de fragmentos de otros géneros como la desdeñada crónica roja, el melodrama o la novela negra (como bien lo expresó la semana antepasada aquí Boris Pinto) combinados con periodismo de declaraciones y una alta dosis de imaginación, ingredientes de ficción, y de pretendidos paradigmas, cuando no de prejuicios.

Pero también ha sido construido de manera colectiva con las audiencias que ya saben que su opinión cuenta desde el momento mismo de la creación, consumo y difusión de las piezas periodísticas, lo que hace que sean percibidas como propias, así se manifiesten como formas de vindicación y justicierismo por vías pretendidamente legitimadas, escudadas en una presunta anomia institucional.

El caso Colmenares se mantiene en la atención mediática porque es una impronta de esta época: por su emocionalidad, su carácter fragmentario e impredecible. Por su movimiento pendular entre lo local y lo global, lo cotidiano y lo extraordinario.

Es un espejo de lo que somos, de qué pensamos, de cómo tratamos de narrarnos y de persuadirnos, intercambiando significaciones y sensibilidades en espacios con luz, al decir de Germán Rey y de Jesús Martín Barbero.

Tal vez no tan distintos de quienes en los coliseos de la antigüedad, presas de una emoción insaciable, jugaban con la vida y la muerte, o invocaban justicia buscando consensos con sus gritos y con sus pulgares.


twitter1-1@marioemorales

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¿Para dónde va la televisión colombiana?

21 Jun , 2012  

Por Mario Morales
Uno no sabe qué creer. ¿Es cierto que la televisión colombiana vive su momento más fulgurante?: la pauta publicitaria supera los mil millones de pesos desde 2010 y las ventas de las productoras ya rebasaron el millón de dólares el año pasado. O, por el contrario, como se queja el espectador promedio, ¿será más bien que los contenidos están haciendo crisis, como se puede deducir de la pobreza en la programación del prime (la franja estelar, la de la noche)? (Publica Revista Credencial)}

La caracterización de esa franja es bien conocida: a la fatiga de las telenovelas que tuvieron su cuarto de hora, le sucedió el cansancio de las series encuadradas en la versión de delincuentes famosos (que se han llamado ‘sicarescas’ o ‘narconovelas’), que les cedieron el paso a las series basadas en el quehacer policial o judicial, muy al estilo estadounidense, y al regreso de los realities, esta vez enfocados en presuntas habilidades y talentos. Parece un melodrama; las audiencias están inconformes pero su medio preferido es la televisión en un 94,4%, según el Estudio General de Medios, tercera ola de 2011. Más confuso aún, el 77,2% de los consumidores de medios la ven todos los días.
Esa fidelización a la pantalla habla, por supuesto, de la ausencia de oferta. El espectro está desaprovechado y las opciones se reducen con la práctica sutil y latente que han adoptado los canales, especialmente los privados, de mimetizarse; esto es, adaptar los formatos y géneros exitosos en rating en otras latitudes o en el mismo enfrentado. Es una apuesta segura; no se corren riesgos con narrativas experimentales y al final la audiencia y las ganancias publicitarias se reparten con escasa diferencia.

Pero liderar el prime garantiza a quien lo consigue tener la iniciativa en términos de duración de los programas, de extensión de los capítulos y de ‘jugar’ con los arrastres para evitar que el televidente se la juegue con el zapping, más aún con la penetración de la televisión cerrada que a junio de 2011 era de 35,1%, (del cual 31,7% era de suscripción y 3,4% era comunitaria), según la CNTV.

Ganadores y perdedores

En esta pugna, no obstante, pierden muchos. Los noticieros, por ejemplo, que apenas mantienen como fijo el horario estelar de las siete de la noche, pero que han visto cómo se ha desdibujado la emisión más tardía, que ya ronda la medianoche con una duración acorde con las expectativas y conveniencias de cada medio. Paradójicamente se sostienen gracias a aquello que no les es esencial: el entretenimiento, distante de lo periodístico pero muy cercano ala pauta publicitaria que ha empujado su crecimiento, con información leve que ha puesto contra las cuerdas a las mismas noticias duras; hasta el punto de que, con un enfoque sensacionalista, los titulares, las locuciones y las imágenes han entrado a competir descarnadamente por el rating, privilegiando las narrativas asociadas a la violencia y el sexo.
Pierden también los espacios de opinión que fueron desterrados a la franja late, en la que el círculo vicioso de la falta de rentabilidad impide hacer programas creativos les den pautas y contextos a los espectadores sobre los sucesos que afectan su entorno. Así, el país se queda sin mirarse y sin reflexionarse ante la acumulación de informaciones desvertebradas. Subsisten espacios ―como en el Canal Uno― que trabajan otros géneros como la entrevista, tan necesarios para entender los sucesos desde la voz y punto de vista de sus protagonistas.
Pierden libretistas, realizadores y actores de series y telenovelas, sometidos al ritmo angustioso de un clímax narrativo o de suspenso cada cinco minutos por la eventualidad de que toque cortar el programa en cualquier momento, para evitar que el enfrentado suba en el rating cada noche. Pierden los creativos, obligados a seguir la inercia de la producción internacional, con el pretexto de la globalización, para adaptar libretos y personajes al aquí y al ahora televisivo, que cambian caprichosamente.
Y pierde el ciudadano que sin muchas opciones para emplear su tiempo libre, no admite como una posibilidad la utilización del control remoto para apagar el aparato, y acepta, a regañadientes, los cambios intempestivos de horario, el alargue de los programas exitosos o la desaparición de aquellos que naufragaron entre las preferencias. La gratuidad de la televisión es percibida como un favor antes que como un servicio público o como un derecho.

Los programas piloto

En ese panorama aparecen los realities, hoy por hoy los programas que mejor expresan nuestros modos de decir, nuestras maneras de vernos pero sobre todo los modos de contarnos. O bien desde la necesidad, frente a la cual todo vale: un discreto don para cantar o para bailar; en fin, un golpe de suerte. O bien desde la oportunidad de lograr algún reconocimiento en el ámbito más cercano merced a una aparición fugaz en televisión, un minuto de fama aun en medio del ridículo o la decepción. Y claro, está el público en el escenario y la opción de votar por teléfono o por Internet para cumplir con el sello de la época: la participación, esa incipiente forma de interactividad en la era de las narrativas digitales colectivas. Pero más que eso, está la posibilidad de emocionarse, en una relación de afecto-indiferencia-odio, para debatir casi con los mismos argumentos básicos de percepción que tienen los jurados, escogidos así, con un bajo nivel de conocimiento acerca de la materia a juzgar, pero con habilidades histriónicas que representen a los diversos públicos inscritos en las audiencias, desde el más escéptico hasta el más ingenuo pasando por el más apasionado.
Nada grave, dirán algunos, como no sea reforzar las creencias, valores y formas de entender la moral con arreglo a fines. Ahí, confrontados gracias a un juicioso proceso de edición, entendemos entonces qué piensan los colombianos de la solidaridad, del corporativismo, de su confusión entre habilidades y talento, entre chispa y don, entre suerte y vocación. Que mantengan ratings parecidos significa que hay desinterés por la diferencia en el formato y ausencia de fidelización a los canales; desaparece la marca y queda la narrativa de la emoción con una alta presencia del zapping, siguiendo las veleidades de los jurados que logran que las audiencias tomen partido, sin reflexión, a favor o en contra de lo que ellos dicen.
Emocionan con su falta de coherencia, que es muy colombiana, así como la forma de privilegiar el físico y la terquedad de mantener una discusión sin argumentos de fondo. Es una estrategia que reivindica en cada jurado lo kitsch, lo pop y lo aséptico, las tres mixturas que dan forma al talante de la sociedad colombiana.
Al final queda el físico entretenimiento, sin memoria y sin historia, fiel exponente de la civilización del espectáculo en la que estamos inmersos, si les creemos al filósofo Debord y al escritor Vargas Llosa. Se salvan del olvido quienes a tono con el programa se presentan para tomar del pelo, para burlarse de sí mismos, del jurado, de los televidentes, expresiones de nuestro proverbial mamagallismo. ¿Y entonces?
Semejante crisis se da en medio de la ausencia de regulación, de la licitación de un tercer o cuarto canales privados y la llegada de la TDT, o televisión digital terrestre, un sistema de transmisión y recepción que amplía el espectro y la posibilidad de nuevos canales pero que ahonda, como sucedió en España, la preocupación por los contenidos que no aparecieron, a pesar de la euforia tecnológica y las promesas vindicatorias, parecidas a las exhibidas cuando llegó aquí la televisión privada o la televisión por suscripción.
A pesar de que el sector está estrenando ley, los augurios no son esperanzadores. En este abril desaparece la Comisión Nacional de Televisión, que tenía la función, entre otras, de regular y controlar la calidad de los contenidos televisivos, que fracasó en un mar de desaciertos infestado de politiquería y clientelismo. Pero su reemplazo, en lo que tiene que ver con contenidos, la ANTV, Autoridad Nacional de Televisión, arranca dependiendo del ejecutivo, en tanto que está conformada por un delegado del presidente ―el ministro de las TIC― y otro de las gobernaciones, frente a un representante de las universidades y uno más de la sociedad civil.
De este modo, las decisiones cruciales vuelven a tener de manera casi oficial el tinte político del gobernante de turno. Una de sus primeras tareas será la licitación de un tercer canal o de otro más, si existe la voluntad política de organizar y limpiar el espectro electromagnético para que esas y otras opciones tengan cabida. Y después los retos que tendremos, tan anunciados pero para los cuales estaremos poco preparados, como la fragmentación de audiencias, por nichos o intereses, y el consumo según las necesidad de cada televidente, sin importar la hora de emisión ni el sitio de recepción con el advenimiento de la televisión móvil… Suena bonito, pero sin contenidos de calidad no habrá paraíso.

Los nuevos enfrentados
Tras la salida de Clara Elvira Ospina, el canal RCN apostó por un periodista experimentado para que se encargue de la dirección general de sus noticieros de televisión. El economista Rodrigo Pardo ha pasado por buena parte de los medios del país: dirigió Cambieo, El Espectador , y fue subdirector de Seman y El Tiempo. Además fue canciller y pasó por las embajadas de Colombia en Venezuela y Francia. El Canal caracol, en cambio, se fue por el lado de la juventud y el conocimiento del periodismo internacional: Luis Carlos Vélez viene de CNN en españo. Allí llevaba seis años a cargo de la sección finaciera. Entró a reemplazar a Darío Fernando Patiño. Experiencia local vs. juventud internacional. ¿Quién arrasará con la audiencia?

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Pasa en la vida real

21 Jun , 2012  

Por: Mario Morales
Vamos como saltimbanquis sacudidos por el asombro. No importa si en eso que vemos está la realidad misma, su representación o su ficción. (Publica el Espectador)

Mientras parpadeamos una cortinilla de TV, vamos y volvemos de las series a las noticias con personajes y sucesos hipertextuales que saltan entre unas y otras, porque tienen verosimilitud en ambos escenarios.

Si no fuera por la contundencia de los sucesos, por ejemplo, la trama del general Santoyo, acusado de narcotráfico por autoridades estadounidenses, bien podría ser el comienzo de una serie.

Y es que, si se confirman esos señalamientos, tiene todos los ingredientes: acción, suspenso y traición. Antagonistas que habrían logrado tal calidad de impostura que a pesar de las pistas a lo largo de tres lustros se mantuvieron en el elenco. No habría necesidad de casting si, como dicen, los presuntos impostores pasaron desapercibidos por los filtros y los más altos controles. No habría quién supere esa actuación.

Pasa como con ciertos médicos forenses o algunos estudiantes universitarios en problemas que no necesitan formación porque serían actores naturales,nacidos para el engaño.

No habría un parlamento que equipare en caracterización a la declaración del general Naranjo asumiendo la responsabilidad por promover el ascenso de Santoyo. Como sucede en las telenovelas, sólo él y el expresidente Uribe con su monólogo, no habrían tenido la menor idea al respecto, pendientes como estaban de la política de seguridad democrática.

Las investigaciones de la Procuraduría, fallos y preclusiones serían libretos de otro capítulo fugaz que debe aparecer al final.

Sólo con la ficción, sería posible admitir que los organismos de inteligencia de aquí no tuvieron ni tienen ningún indicio.

Y en medio de la confusión, los ciudadanos parafraseando ese lema famoso: “Pasa en las telenovelas, pasa en la vida real”.

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Pico y obra

21 Jun , 2012  

Por: Mario Morales
Es válido, así muchos no estén de acuerdo, que Petro temporalmente se corra hacia el centro o incluso, por alianzas necesarias, un poco a la derecha, si eso significa bienestar para los bogotanos. (Publica el Espectador)

Pero en lo que se equivoca es en el uso de las estrategias de sus nuevos mejores amigos. Algo va del Petro frentero en su época de parlamentario, al Petro cavilante que transmite hoy su forma de comunicar, origen de la percepción de caos, que lo hay en ciertos niveles, y el que le crean o inventan sus enemigos y quienes les hacen el favor a sus enemigos en los medios.

Lo del Pico y Placa es para enmarcar. Era promesa de campaña y ha tenido tiempo de debatirla a sabiendas de que los borradores son confidenciales. Pero si había estudios, ¿por qué no expidió el decreto, en vez de hacerle tanta antesala? ¿Para qué alimentar una expectativa que genera tanta animadversión? ¿No sabe acaso que abre ventanas para especulaciones en las que se mezclan las buenas y las malas intenciones?

Con esas dilaciones lo único que logra es perder iniciativa y manejo del timing de la agenda. Ayer, en lugar de entrar a convencernos de su política para vehículos particulares, tuvo que dedicarse a atajar y desmentir versiones que ya habían generado malestar. A la defensiva. Otra cosa hubiera sido una campaña de sensibilización. Aquí todos sabemos que sin Pico y Placa, ojalá creativo, la ciudad no se mueve.

Algo similar pasó con la crisis de su gabinete. Esa es una medida viable si tiene listos reemplazos. Ese bache, por cercanía temporal a la aprobación del Plan de Desarrollo, permitió suspicacias.

Para no hablar del metro o del uso de Twitter, debate en el que no debió ceder, sino corregir, entregando información con la misma prontitud por canales convencionales para calmar a la galería.

Nadie duda de su esfuerzo, alcalde. Sólo los hechos le bajarán a la presión. Lo demás es mejor dejarlo para tiempos de campaña.

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Viendo a Pablo

21 Jun , 2012  

Por: Mario Morales
Superó toda expectativa. El rating del lanzamiento de Escobar, el patrón del mal tuvo cerca de 11 millones de televidentes, si la tendencia que midió Ibope en 22 ciudades fue igual en el resto del país. Algo sin precedentes, abstracción hecha de coyunturas como reinados o partidos de selección. (Publica el Espectador. 29.05)

Ese resultado habla, a la vez que de un fenómeno mediático, de una herida que el alma nacional no ha podido cerrar porque las víctimas directas y ampliadas siguen ahí, sintiendo que no ha habido justicia; porque los tentáculos de Escobar que alcanzaron todas las esferas del poder se mantienen como paradigma, legado o coletazo; y porque las condiciones (a)morales, de tra(d)ición, modos de ser y de injusticia social que le dieron origen están intactas y amenazan crecimiento.

La serie llegó, y ese es su deber, para recordarnos que no hubo tal Robin Hood, sino una maquinaria eficaz del mal que creció desmesurada en este ambiente propicio, ayer como hoy, donde “todo tiene un precio”, sólo sobreviven “los avivatos” y el dinero fácil de todos los orígenes y el dominio territorial son los factores que guían nuestras normas.

Como en las dos últimas décadas, en las que han dado cuenta de nuestros modos de ser y decir, son las series y telenovelas las que se ocupan de los temas de fondo de nuestra idiosincrasia. A su manera, llenan un vacío en otros géneros televisivos e industrias culturales.

Que sea desde las víctimas alivia la preocupación por el encuadre, saturados como estamos de la reivindicación de victimarios desde sus voces o testaferros, y de libretos desde perspectivas propagandísticas de operativos policiales, al estilo gringo. Pero superemos esa discusión, la televisión no forma conductas, sólo legitima malformaciones que tienen asiento en instituciones primarias: familia, escuela y barrio.

De narrativas y estéticas ya nos ocuparemos; urge el debate que proponen los libretistas con el insumo de cada noche para saber, de una vez por todas, si descompuesto el cuerpo se quedaron habitando entre nosotros el alma, los pensamientos y los métodos de Escobar ora impunes, ora legitimados, esperando el momento de reencarnar.

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400 palabras que el Departamento de Estado de EE.UU rastrea en redes sociales

21 Jun , 2012  

(Fuentes: eleconomista.es y Medios Latinos) El Electronic Privacy Information Center (EPIC) de los Estados Unidos acaba de dar a conocer un informe en el que revela las 400 palabras más rastreados en Internet por el Departamento de Defensa. Este informe viene a confirmar una información divulgada en enero pasado por el Departamento de Seguridad estadounidense, que admitió que rastrea en forma constante los contenidos publicados en las redes sociales. Las palabras vigiladas incluyen términos de uso masivo, como response (Respuesta) u organization (Organización), a otros con mayor asociación a peligros terroristas como car bomb (coche bomba) o suicide attack (ataque suicida). Por casos como los primeros, la organización EPIC considera que el Gobierno de EEUU se está extralimitando en el rastreo de información con sus investigaciones. Para conocer el listado completo de palabras, recomendamos leer la nota completa publicada en el periódico español El Economista.

Origen: El Economista (España)
Las 400 palabras que el Departamento de Defensa de EEUU vigila en la Red
http://www.eleconomista.es/tecnologia-internet/noticias/4034283/ 0…ras-que-el-Departamento-de-Defensa-de-EEUU-vigila-en-la-Red. html

Analisis,Medios Digitales,Periodismo Digital

Twitter ¿imparable?

5 Jun , 2012  

Hace seis años era sólo un proyecto de investigación. Hace tres, cuando llegó al país la versión en español, no era más que una novedad para tecnófilos. Pero desde entonces Twitter se ha venido tomando, como por asalto, todas las instancias de nuestra cotidianidad. El columnista y catedrático Mario Morales le da una mirada a ese mundo que se expresa en 140 caracteres.

Por Mario Morales

Publica Revista Credencial.

(Un Twitter mal interpretado puede dar lugar a malos entendidos que luego son difíciles de remediar)

El rápido crecimiento de cuentas, seguidores, aplicaciones e interacciones dan para pensar, como creen los más optimistas, que en Colombia hay unos seis millones de usuarios, si bien, como sucede en el resto del mundo, cerca de la tercera parte de las cuentas pueden estar inactivas.

Ninguna red crece con el vértigo que lo hacen los trinos, esa metáfora de la inmediatez, la espontaneidad y el tiempo social que caracterizan a Twitter, pensada para narrarse en apenas 140 caracteres. El epítome de la concreción, de lo breve y de lo fugaz.

Esa caracterización, en vez de ser una limitante, representa un nuevo reto en la forma de comunicarse en el nuevo siglo como lo prueba el hecho de que ni celebridades del corte de Shakira o Juanes, o políticos como el presidente Santos, el expresidente Uribe o el alcalde Petro, los periodistas, activistas, artistas y ciudadanos del común se hayan podido sustraer de la atracción que ejerce esa conversa pública potenciada por el creciente uso de tabletas, teléfonos móviles o computadores portátiles.

Y hemos recorrido de manera desacompasada todas las etapas: sorpresa, desprecio, temor, indiferencia, curiosidad, capacitación y especialización ante esta herramienta ―que no un medio― que ha hecho posible el milagro de devolver a la horizontalidad la conversación entre poderosos y ciudadanos, periodistas y audiencias, estrellas del espectáculo y admiradores. Esa relación propicia una retroalimentación en tiempo real que incide en las prácticas políticas, comunicativas y artísticas en la medida en que logran interpelarse mutuamente.

Twitter cambió drásticamente desde que el star system y los políticos abrieron y promovieron sus cuentas porqueentendieron sus posibilidades y sus lógicas; entonces se volvió famoso, comenzó a tener good will y cierta aureola entre las audiencias adultas y pretendidamente cultas.

El contagio por el voz a voz y las experiencias exitosas hicieron el resto; el resultado fue el advenimiento de eso que los teóricos de las narrativas digitales, como Howard Rheingold, habían previsto: las multitudes inteligentes.

Hay nuevas formas de relación entre políticos y electores, nuevas formas de gobernar y hacer campaña, nuevas formas de cubrimiento y acceso a la información, nuevos modos de convocatoria que han suscitado movilizaciones inmensas… Pero también ha servido como plataforma de mercadeo para empresas, marcas y personas que viven de su imagen, de su nombre o de sus acciones. Todo ello ha suscitado nuevos vínculos y análisis y resultados muy diferentes que apenas estamos comprendiendo.

Pero todo cambió…

Al principio Twitter era pura conversa pública, chat en tiempo real. Luego fue forma de expresión de lo que pensamos y después plataforma para narrar los sucesos en nuestro entorno. Cuando las estadísticas reseñaron que la segunda mayor actividad de los cibernautas era visitar redes sociales después de consultar el correo y antes de leer noticias, llegó la fiebre de los seguidores y esa suma se convirtió, al tiempo que en otra hoguera de las vanidades, en el valor central a la hora de clasificar usuarios, grupos o empresas de manera comparativa, aprovechando que las interfaces están concebidas desde el punto de vista de la exposición cuando no de la exhibición. Aparecieron, para goce y envidia de unos y otros, las mediciones y clasificaciones.

Hoy, detrás de cada trino, de cada nuevo follower, de cada mención, de cada hashtag o etiqueta de un tema público, o de cada retweet o reenvío de un trino de otro, estamos construyendo una imagen que nos ‘vende’ en el ciberespacio, que nos ubica en un escalafón volátil que se ha convertido en una espiral de vértigo para quienes viven de esa imagen pública, como los políticos, los periodistas, los activistas, los empresarios de todos los niveles y hasta quienes lo hacen por engordar su ego.

Desde el avatar, concebido como una foto o una figura representativa, el perfil biográfico o los enlaces hasta el número de seguidores o de menciones, frases geniales, axiomas o aforismos van constituyendo un capital simbólico con el explícito propósito de seducir. En esa dirección subsisten algunos de esos escalafones que miden de manera exclusiva la cifra de followers. Ese fenómeno de usuarios fantasmas, procurados por robots o por intermediación monetaria, ha sido motivo de denuncias y escándalos, incluso a través del mismo Twitter entre empresas comerciales, marcas, campañas políticas y candidatos en elecciones cruciales.

Por eso los expertos prefieren clasificar a los usuarios, antes que por el número de followers, por otros factores que ayudan a construir la reputación, el valor más codiciado de un usuario en las redes sociales, es decir, su imagen pública, su valor social. La audiencia es necesaria pero al mismo nivel se miden la interactividad y los efectos de cada trino, a través de los modos de compartir enlaces o contenidos, la conversa pública y ese oído permanente para establecer los trending topics o temas de moda.

Las métricas que se han venido implementando buscan establecer si hay transmisión de valor desde lo que trina un twitero a su comunidad. Klout.com, por ejemplo, establece parámetros para medir la influencia con base en el alcance de los mensajes, la difusión de los mismos y la importancia de los seguidores.

Antes sonaba poético. Se decía que Twitter era así como la vida: espontáneo dialógico y experimental. Y así fue o trató de serlo. Pero con la profusión de contenidos, la llegada de más personalidades a la plataforma y la referencia permanente a lo que allí ocurre, uno a veces llega a pensar que Twitter es la vida misma.

3 nuevos escenarios

La Tweetpolítica: el nuevo contacto con los votantes

Si bien algunos políticos colombianos han entendido la lógica de diálogo o y debate por Twitter, la mayoría mantiene el nivel vertical de los medios analógicos en tanto que lo utilizan sólo como una herramienta de emisión y no de doble vía. Aprovechan la importancia de sus seguidores para expresar opiniones que tengan eco nacional, pero no oyen.

La experiencia ha enseñado que una cosa es la red social en la candidatura en busca de apoyos y adeptos, y otra la red social para ejercer el poder. Si creemos que comunicar es gobernar, Twitter cumple de manera eficiente con esa labor directa ―sin medios ni mediaciones― de interactuar con el ciudadano. Su dificultad nace cuando no hay procesos o hechos cumplidos, lo que puede generar confusión, desgaste o una imagen de indecisión o carente de convicciones. Una cosa es decir o debatir en la red y otra muy distinta es decidir al calor de las controversias.

El contacto directo con las audiencias, como entendió el presidente Obama, que al comienzo de su gobierno había suspendido ruedas de prensa, no debe ser excluyente con otros medios o periodistas que tienen la capacidad de avalar contenidos de calidad. Por otro lado, la red le abre espacio a la veeduría ciudadana, al escrutinio público y a la posibilidad de crítica.

Un Twitter mal interpretado puede dar lugar a malos entendidos que luego son difíciles de remediar. El manejo personal de la cuenta o por parte de allegados adquiere entonces un carácter de profesionalismo que se pone a prueba en cada trino.

El Tweetperiodismo: muuuucha información

Twitter le ha servido al periodismo de manera eficiente en el feedback con sus audiencias, en la interacción con ellas, a veces asumidas como fuentes y también para establecer tendencias, intereses, corrientes de opinión o de carácter informativo.

En las actuales condiciones de acumulación informativa, la figura del periodista recobra su valor proverbial, en tanto que la sociedad requiere de quien le sistematice, jerarquice, enfoque y le ayude a entender lo que está sucediendo, de manera profesional.

También ha resultado efectivo en la labor de difusión de contenidos, eventos o coyunturas en aras de alcanzar, en esa constante pelea con el tiempo, la calidad periodística.

El Tweetciudadano: un hombre común… con voz

Ya parecen insuficientes los nombres y apellidos. Ni siquiera acompañados de un documento de identificación. Poco a poco nos hemos venido colgando perendengues que hablan de nuestra ubicación, de la forma de encontrarnos, de relatarnos, de contarnos como somos, como aparentamos ser, como queremos ser vistos o como queremos proyectarnos. Por eso vamos incorporando a nuestras señas de identidad números celulares, pings, cuentas de chats y de redes sociales como Facebook y Twitter. Con ellas el ciudadano tiene voz, a veces más potente que la de los líderes de opinión. Con las redes sociales el ciudadano ‘cuenta’ en todos los sentidos del término; tiene un nuevo poder que está aprendiendo a manejar y hay que escucharlo. En esa conversa se están gestando los nuevos modos de decir y los nuevos relatos que hablan de de lo que somos y de lo que pensamos.

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Atolondrados, zarrapastrosos e inimputables

1 Jun , 2012  

Por: Mario Morales
Dice Vallejo, Fernando, el iconoclasta, que el español de Colombia es una lengua en ruinas como el país. Pero los hechos de esta semana parecen contradecirlo. (Publica el Espectador).
No pudo ser más apropiado el adjetivo de ‘atolondrado’ que usó el minagricultura, Juan Camilo Restrepo, para describir el modo como se negociaron “algunos” sectores del TLC. Ya es avance que se reconozca que el Gobierno “procedió sin reflexión”, según definición de la desempolvada palabra en el diccionario. El drama vendrá cuando cuantifiquemos el significado de ‘algunos’. El ministro hablaba de los lactosueros y su “porrazo” en todo el sector de lácteos del país. Pero en la lista de afectados por tamaña improvisación se incluyen pollo, ganado y “algunos” etcéteras más, pasando por la Ley Lleras 2.0, que parecía cocinada hasta que la Corte Constitucional aceptó las demandas de los senadores Robledo y Romero, tanto por vicios de trámite como por violación a derechos de información.

Tampoco pudo ser más explícito el adjetivo del vicepresidente Garzón al llamar ‘zarrapastrosos’, esto es, “desaseados, andrajosos, desaliñados y rotos” a esos dos de cada tres colombianos que no tienen ni tendrán ninguna posibilidad de codearse con el poder. Nunca una palabra dijo tanto sobre nuestra inequidad e hipocresía.

Y sin darnos cuenta, se nos coló el término de ‘inimputable’, que es la forma como se pretende explicar la ineptitud de la justicia, y su impunidad, al denominar a algunos excarcelados, o que no fueron a juicio, porque dizque “no sabían lo que hacían”. Debe parecer éste un país de locos que delinquen y reinciden sin castigo, y que lo único que tienen claro es que no son conscientes de sus actos.

Lástima que la veleidosa escandola de este país “protestante” no se ocupe de estos menesteres, engolosinado como está ahora con el video porno en el Castillo de San Felipe.

Pero, cualquier disculpa es suficiente para enfilar baterías, tal y como lo enseñan nuestros ejemplares gobernantes, que han recuperado expresiones vernáculas como esa de ‘echar plomo’ porque viven ‘cargados de tigre’.