Analisis,Ética

Medios: la hora de la verdad

24 Sep , 2012  

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Una columna–ficción en El Tiempo, una emisora que invita a la discriminación sexual, un procurador que intenta imponer una moral…los medios están dejando de ser creíbles, y ya es hora de que sean transparentes.

Por Mario Morales

(Publica Razón Pública)

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La polarización en el caso colombiano proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.  Foto: Terra.
Antes de que lleguen los censores

Claro, los hechos son graves:

  • Un propagandista investido de columnista, que inventa un hecho, unas conversaciones, una política de Estado, desde las sombras que proyecta una fuente anónima y bajo el sigilo periodístico…como si él lo fuera.
  • Unos locutores — que no periodistas — parapetados detrás de una etiqueta en las redes sociales empujan sin querer queriendo a la discriminación por tendencias sexuales…
  • Jueces y cabezas de organismos de control asediados y asediando a medios, ciudadanos y columnistas para imponer una corriente de opinión: ora contra el aborto, ora contra la legalización de las drogas, ora por sesgos políticos…

Todo ello en medio de la polarización — deseable si estuviéramos hablando de ideas y de debates libres — pero particularmente crítica en el caso colombiano, porque proviene y se nutre de los odios y de las pasiones irreconciliables.

Para no caer en la tentación de la ira pronta, tal vez debamos comenzar por el abecé. Como en las viejas comedias mudas, plenas de doblesentidos, contrasentidos y sobreentendidos, es menester entrar a definir los términos, significados y entrelíneas para tratar de entender el maremágnum que como una nube a veces tóxica se extiende hoy sobre los temas del momento, que son los temas de siempre, como suele suceder. Y urge hacerlo antes de que lleguen los censores, parafraseando a García Márquez.

Bases para creer

No todo lo que aparece en los medios es periodístico, con sus efectos en términos de credibilidad y confianza, de la misma manera que no todos los que participan en una audiencia son juristas.

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Quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales.
Foto: pensamientocolombia.org 

Ya decía con tino Jack Fuller — periodista de veras, abogado y estudioso de la ética —que el periodismo es una profesión usurpada. No porque deba estar mediada por una tarjeta o un cartón distintivos, sino porque es un oficio que se mide cada día, cada vez, con arreglo a fines.

Un medio — y específicamente un periódico — tiene todo el derecho no sólo de contratar a los reporteros que a bien tenga, sino de invitar a escribir en sus páginas editoriales a quién le plazca. Esa es su apuesta ideológica, que se acrisola en cada edición.

Y quienes escriben en esas páginas editoriales no han de ser forzosamente periodistas, así como el hecho de escribir columnas no convierte a sus autores en tales. Esa condición, no obstante, no los exime de cumplir con unos requerimientos básicos del oficio, que lo son también de la vida: rectitud, coherencia y respeto.

Hace parte de su discrecionalidad el hecho de que un periódico como El Tiempo invite a escribir columnas a alguien como José Obdulio Gaviria. A ese respecto, lectores, compradores y suscriptores también tienen la suya propia.

Más allá del pragmatismo, queda claro que tales decisiones ayudan a ubicar las coordenadas desde las cuales un medio opta por narrar la realidad, que sabemos fragmentada.

Forman parte del encuadre que traza su línea editorial y permiten saber su grado de cercanía frente al pluralismo y a la diversidad. Claro, esas decisiones hablan más sobre los intereses y los impedimentos del medio mismo, que todos sus códigos de ética o profesiones de fe.

Pero otra cosa es la cotidianidad. Un espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices — aparte de sentar una posición sobre la de argumentos — orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés. La marca (el medio), el espacio (sección editorial) y la periodicidad son los avales de probidad e idoneidad para quien opina, más allá de que los contenidos sean, como lo son, de directa responsabilidad de los autores.

Entre medio, columnista y lector hay un pacto tácito que tiene un común denominador: “las opiniones son libres y los hechos sagrados”, dentro del marco del derecho y de la ley. Lo demás es deontología: aportar puntos de vista novedosos, argumentar con solidez, tener estructura estilística, lenguaje apropiado…

Crimen de lesa libertad de expresión

Pero travestir las opiniones para hacerlas ver como hechos, incluso sustentados en diálogos ficticios, con el fin de impartir “doctrina” de manera subrepticia, traiciona todos los pactos, empezando por el sentido común.

Mario_Morales_Medios_maticesUn espacio de opinión tiene dentro de sus muchos matices, orientar a la opinión pública acerca de temas de su interés.
Foto: Caracol.com

Con ello, como se escribió en un editorial de El Tiempo a propósito de la más reciente columna de Gaviria. “no solo irrespetó a sus lectores, sino que puso en tela de juicio la credibilidad de las páginas editoriales de este periódico”.

Porque también en la sofística inveterada de Gaviria, debe haber una diferencia entre verosimilitud (hacer parecer como si), veracidad (tener componente de verdad) y verificabilidad (esa verdad probada). Saltar esas fronteras no es más que un engaño exprofeso al que ningún medio puede darle cabida o hacerle eco.

Que es literatura política, y que la “fuente” era de toda confianza, dijo Gaviria por toda defensa. Claro que es posible, como licencia periodística e incluso en la opinión, imaginar cómo piensan determinados personajes públicos. De eso se ha nutrido la prensa desde el llamado “Nuevo periodismo” hasta nuestros días. Pero quien lee debe ser advertido y ser consciente de esa “picardía” para poner en contexto los contenidos. Omitir la fuente principal para darle crédito a la versión de un tercero y darle el estatus de “hecho” a una ficción — y seguirá siéndolo mientras el columnista en mención no demuestre lo contrario — es atentar contra lo más sagrado de un medio, su credibilidad, y, en este sentido, lo más sagrado de una sociedad: la libertad de expresión.

Más aún cuando el tema en cuestión versa sobre un asunto de interés nacional, o para decirlo en los términos del gobierno al que asesoró Gaviria, “de los más altos intereses de la patria”. ¿Será suficiente con una sencilla rectificación del autor como ha dejado entrever? Eso sería, en palabras del mismo columnista: un andreslopezco “deje así”.

No es por vía judicial

Sin embargo, exigir — también en forma airada y extremista — que se suprima esa columna engendraría una víctima propiciatoria (tal como lo dijo la dirección de El Tiempo), le haría el favor de servir de caja de resonancia a “su doctrina” y además tendría el matiz totalitarista, estigmatizador y excluyente que pretende remediar.

Mario_Morales_Medios_penalLa Fiscalía anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.
Foto: blogs.los40.com

Es la misma tentación efectista en la que cae la Fiscalía General cuando anuncia investigación penal contra los desmadrados locutores o “creativos” de la emisora Los 40 principales que han abusado con la etiqueta discriminatoria #ayMarikita.

Las amenazas judiciales no contribuyen mucho a construir inclusión o tolerancia — independientemente de la gravedad de lo dicho al aire — y a pesar del arrepentimiento posterior, que obviamente no alcanzó a mitigar el daño producido.

En ambos casos, la decisión sobre la continuidad de sus contratos o de sus colaboraciones corresponde a la órbita privada de opinador y locutores, quienes habrán entendido que la reputación ya está desvencijada y la confianza rota. Son manchas difíciles de borrar u omitir en adelante.

Como sea: es un nuevo campanazo para medios, columnistas, periodistas y personas que trabajan en otros roles de alta visibilidad. Pero la discusión debe mantenerse estrictamente dentro del círculo mediático y periodístico, sin agentes extraños.

Sí, pero ojalá se produzca tal discusión de veras: ya es hora de que los medios dejen de concebir la responsabilidad social como un anexo de su trabajo cotidiano, disfrazada de asistencialismo cuando no de limosna.

Ya es hora de que periodistas y columnistas entiendan que no es lo mismo opinión que creencia, como tampoco lo es opinión pública que opinión privada públicamente expresada. Ni opinión ideológica que opinión periodística.

Ya es hora que esos medios entiendan que la única responsabilidad social que les es exigible es la de proveer a sus audiencias con información y opinión de calidad.

Transparencia de los medios

Pero ¿cómo lograr que la responsabilidad no pase de ser un mea culpa solo para bajar la presión? Entre muchas otras cosas, hacen falta, por ejemplo:

  • Un código de autorregulación de cada medio, esto es, una construcción colectiva y consensuada de su misión–visión en el marco ético, de acuerdo con su línea editorial y su contexto sociocultural.
  • Expresiones de transparencia que le digan a sus públicos desde dónde y con qué intereses pasados o presentes escriben los columnistas; qué temas son sensibles a sus dueños o patrocinadores; y qué obstáculos o “facilidades” laborales, tecnológicos o profesionales impiden o coayduvan a entregar contenidos idóneos.
  • Establecer políticas claras sobre las puertas giratorias que permiten que ciertos personajes ignoren, confundan o se aprovechen de la cercanía entre periodismo, política y propaganda.
  • Capacitar, formar y actualizar a sus propios reporteros y colaboradores en temas atinentes a la calidad periodística, a los derechos propios y públicos, a la legislación y al cubrimiento informativo y a la opinión que éste suscite.
  • Abrir canales de interacción con las audiencias en estos tiempos de transformación de la esfera pública. No se puede prescindir de los foros– especialmente en columnas o editoriales – con el argumento facilista de la grosería o el lenguaje inapropiado. Los medios ayudan, legitimando, a formar, especialmente con el ejemplo.
  • Evitar todo límite, frontera, norma o decisión que impidan la libertad de opinión y la libertad de expresión, o tiendan a hacerlo. Así piensan quienes se develan con el sueño de una prensa amordazada o al vaivén de las ideologías de turno.

Ha llegado la hora de demostrar que aquí todos cabemos, los seres humanos, las ideas diversas y aún antagónicas, pero sobre la base del respeto por la ley, el derecho, la verdad y las libertades ajenas. Es el talante del legado simbólico que requiere el país para poder caminar hacia la paz.

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La vida es la respuesta

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Luego de que este diario diera a conocer que conductores ebrios han asesinado (así, con todas sus letras) a 305 seres humanos, 42 de ellos en Bogotá, en lo que va corrido del año, sale el defensor del pueblo, sí del “pueblo”, a decir que aumentar penas haría colapsar el sistema judicial y centros penitenciarios. Como si el sistema judicial no tuviera ya bastantes y exacerbados defensores. (Publica El Espectador)

Y, muy ingenioso, dijo que hay que buscar otros métodos de sanción “que le duelan más al ciudadano”. ¿Más doloroso que la cárcel? ¿A qué se referiría?

Una cosa es que haya que sobreabundar en la prevención y en la cultura ciudadana para enfrentar esa cifra de 5.400 muertos en accidentes de tránsito cada año, y otra que no haya que castigar ejemplarmente primero a homicidas ebrios al volante y después a centenares de borrachos que cada semana son sorprendidos en puestos de control. Evidentemente las sanciones pecuniarias y penales son demasiado suaves.

Claro que el hacinamiento y deshumanización en cárceles del país está desbordado, pero esa eterna crisis, que se supone tiene dolientes propios, no puede ser mampara para dejar de legislar o castigar a culpables.

Y a propósito de legislación, ¿no estamos en mora de prohibir de manera permanente, sin el ruego trimestral, el porte de armas, probada como está su efectividad? Sólo en Bogotá, durante agosto, se salvaron 63 vidas con respecto al mismo mes de 2011. Los homicidios por esta causa disminuyeron 44%; cifra más baja en 27 años.

Y si nos atenemos a las cifras de Francisco Lloreda, el consejero de Santos para la seguridad ciudadana, algo parecido sucede en Medellín, que redujo muertes violentas en 30%, Cali en 5% y Barranquilla en 3,8%.

En pleno lanzamiento de la marca Colombia, está claro que la vida es la respuesta y cuidarla y respetarla, como se trata de hacer en medio del conflicto, es el imperativo moral.

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Suspirar y esperar

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Con el nuevo gabinete de Santos pasa como con la Selección Colombia: tras sus discretos arranques aplazaron todas sus posibilidades para su “segundo tiempo”, que es la forma como han denominado eso de jugarse los restos. (publica el Espectador)

Y como si estuvieran de acuerdo, optaron por cambiar parte de sus nóminas, reincorporar figuras, reubicar pilares y ceder, perdida ya o disminuida la soberbia, a la presión de las relaciones públicas, hasta el punto de abrir las puertas para dejar ver sus esquemas, luego de tanto misterio.

Se vale. Algo tienen que hacer luego de haber perdido la plena confianza ciudadana y el norte de los proyectos con los que “vendieron” su imagen. Pero ya no emocionan. Esos trueques para reencarnar figurones grises, demasiado normalitos, tiene mucho más de Lampedusa, esto es de cambiar para que todo siga igual, que de las transformaciones y apuestas creativas que pide a gritos el país.

‘Macnellizar’ la cartera de la política o ‘giovannizar’ el reto de Minas y Energía no son precisamente acciones esperanzadoras en sectores tan decisivos y tan huérfanos de guía y continuidad.

Creer que ciertas piezas funcionan sin importar su formación o dónde se les ponga es volver a cometer los errores que nos han tenido sufriendo en política y fútbol, cuando no eliminados de temas y espacios en los que deberíamos estar.

Con sus hojas de ruta, como la de ayer, Santos, y también Pékerman, saben que conseguir buena parte de esos puntos propuestos nos puede devolver al sueño de trabajar por la paz y de disputar un Mundial, y que no sea tan grave que esos fusibles que recién pusieron no hagan mella, como es de esperarse.

Paradójicamente, esa falta de emoción parece venirle bien al modo de ser nuestro en momentos cruciales. Es un meme cultural que cuando más se espera de ellos, mayor es la frustración. Que sea un buen augurio esta falta de fe que se esconde en la aparente indiferencia nacional.

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“Prudencia, seriedad y firmeza”

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Quizás fuera suficiente con insistir en uno de los principios rectores que propone el presidente Santos al anunciar conversaciones exploratorias para negociar la paz con la guerrilla: el de no repetir los errores del pasado, porque los otros principios, de que cualquier proceso debe llevar al fin del conflicto y mantener operaciones y presencia militar en todo el país, son obviedades que repiten el primero. (Publica El Espectador)

Que haya justicia en vez de despejes es una urgencia manifiesta. Y que la fuerza pública no baje la guardia para evitar golpes de la subversión forma parte de la dinámica de negociación, toda vez que ambos querrán llegar fortalecidos a la mesa. Tal vez haya recrudecimiento. Ojalá que no.

Pero evitar tropiezos con la misma piedra de antaño es una tarea nacional. Primero del Gobierno, que ha de mantener sigilo sin perder la transparencia y que no debe ensillar antes de tiempo con intenciones reelectorales. Todavía vivimos la resaca del amarillo que rodó hace 13 años por la celebración adelantada a ritmo de Marbelle e Iván y sus Bam Band.

Segundo, de la guerrilla que no encontrará en la próxima década un ambiente tan propicio si está pensando en cañar para rearmarse y fortalecerse. No pueden ser tan miopes.

Tercero, de los medios, obligados a informar desde la perspectiva de los hechos, no de las declaraciones o versiones que pueden o quieren enrarecer el ambiente. No es momento para la emoción, el patrioterismo, ni para oficiar de caja de resonancia de las extremas y su eventual guerra sucia.

Cuarto, del país entero que debe ser consciente de que una negociación de paz implica tragar sapos, digerir papas calientes, ceder en últimas. La paz de gratis no existe sino en la utopía.

No es momento de euforias ni de triunfalismos. Hay que ir paso a paso; primero está Oslo, luego la reactivación del marco jurídico para la paz, la tregua, la reinserción… A la tercera es la vencida.

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Decepciones históricas

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Quizás sea cierto que estamos decepcionados y frustrados como se oye en medios, redes sociales, pasillos y calles. La confesión del general Santoyo a la Corte de Virginia sobre su apoyo a paramilitares mientras estaba activo y era jefe de seguridad del expresidente Uribe, nos ha puesto de acuerdo en el ánimo aunque las razones no sean las mismas. (Publica El Espectador)

Para algunos, y me incluyo, lo más descorazonador en estos momentos es la ausencia de la justicia colombiana en inteligencia, contrainteligencia, investigaciones y coherencia.

No puede ser que los casos más graves y las denuncias más sensibles sigan teniendo origen en procesos de otros países, o en falsos testigos o supuestas pruebas en computadores de ilegales, o en declaraciones de quienes al margen de la ley buscan minimizar penas y salvar capitales mal habidos.

Por eso es poco consolador el mindefensa cuando dice que “el que las hace las paga”. Santoyo podría ser condenado, según se conoce luego de lo que firmó en EE.UU., sin reconocer narcotráfico, de 10 a 15 años de cárcel, pero pagaría sólo 5 y 3 con libertad condicional, dependiendo de su colaboración. Pero ¿qué le interesa a la justicia estadounidense? Capos, rutas, formas de lavado de activos, etc. y no lo que espera la ofendida opinión pública, es decir, señalamientos que vayan más allá del reclamo de una simple responsabilidad política por parte de quienes lo apoyaron, ascendieron, nombraron o promovieron.

No es improbable que a estas decepciones se sume la de saber que pasada la efervescencia de los linchamientos, ni Santoyo ni sus colaboraciones permitan cerrar el círculo fatal de un sector del poder en Colombia que se debate entre su pretendida ingenuidad, ineptitud, negligencia, conveniencia o complicidad en delitos de tal calado. Eso se lograría con la justicia de aquí, pero…

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Pruebas no superadas

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Siempre habrá un pretexto o una disculpa para volver al pasado, incluso contra todo sentido común. Campeones olímpicos en el arte milenario de recular para mordernos la cola. Botones de muestra hay suficientes para llenar todas las vitrinas y todos los catálogos. (Publica el Espectador)

¿O alguien entiende, en plena era de discusiones acerca de “equidad y de justicia”, que se vuelva a imponer el cobro básico de energía eléctrica así no haya consumo?

¿O que, hablando de transparencia y urnas de cristal, hayamos regresado a la revisión tecnomecánica para automóviles en sus primeros seis años de uso?

¿O que, sin superar la polémica y los escándalos por la reforma a la justicia, la solución al hacinamiento carcelario sea dejar libres a sindicados y condenados de delitos menores?

¿O que haya que terminar a como dé lugar, no obstante los riesgos ambientales, hidrológicos y geológicos, el primer tramo de la Ruta del Sol dizque por el invierno y dizque para cumplir cronogramas?

¿O que queramos burocratizar más la dirigencia deportiva por los celebrados triunfos en Londres, fruto, más que de ninguna cosa, del esfuerzo personal y familiar de los consagrados?

Y si eso es en el terreno de los hechos, mejor ni hablar en el de los debates geoestacionarios de, por ejemplo, el control de consumo de drogas, del metro para Bogotá, de la izquierda unida jamás será vencida, del blindaje al café tipo exportación, de la violencia intrafamiliar que tiene una víctima cada 6 minutos en promedio o de la común que se lleva una vida colombiana cada 30 minutos.

Llamémoslo como queramos, complejo de Peter Pan, síndrome del yoyo, tara genética, intereses creados o bazar de los idiotas; lo cierto es que aquí, por sólida que parezca, siempre será difícil decir prueba superada.

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La ideología fanática

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Nada nuevo. El país se sigue radicalizando inevitablemente. Lo demuestran la encuesta Gallup, el debate público, el matoneo en las redes sociales y que Uribe al cabo de dos años aún tenga juego en la opinión. (Publica El Espectador)

Si las elecciones presidenciales fueran el domingo, según Gallup, el 76% de los votos sería por candidatos que se mueven entre el mal llamado derecho centrismo y la extrema. Sólo el 10% por la izquierda y el 15% no votaría.

Aun sin Santos la derecha se lleva el 57% de la intención de voto, la izquierda el 17% y aumenta la abstención al 26%.

Es lo contradictorio. La izquierda se divide y tiende a desaparecer. En cambio si la derecha se fracciona, el país se radicaliza. Ni siquiera necesita del uribismo para hacerlo.

Sumados, los candidatos uribistas sólo captarían el 9% si Santos se relanza; y si no, apenas llegan al 21% de la intención de voto. ¿Por eso el desespero, con sello de notificación, de condicionar al presidente con la constituyente para que haya “diálogo y entendimiento con Uribe”, según palabras de Angelino? ¿Es esa su única tabla de salvación?

El resultado es esa “ideología fanática”, al decir de Santos, notoria en la conversa pública cuando salen a debate ideas para solucionar el tráfico y el consumo de drogas (caso Petro), o propuestas para ponerle fin al conflicto, o cuando se habla de derechos de las minorías.

Y ahí están las redes sociales que ayudan a embozar esas creencias radicalizadas, a veces inconfesables, con matoneos diarios a autores de frases desafortunadas. Pecan y luego rezan. Pura forma, como la propuesta del vicepresidente acerca del diálogo fraterno entre Uribe y Santos.

Como en los Olímpicos y sin oposición parecen tener aseguradas las medallas. Sólo falta definir quién y cómo se sube a lo más alto del podio.

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¡Sí podemos!

14 Sep , 2012  

Por: Mario Morales
Envidio el optimismo de los economistas. Tienen esa perdida habilidad nacional de levantar cabeza y prometer ilusiones a pesar de la tozudez de los indicadores. No importa si deben recurrir a retorcijones lingüísticos, conjuros, insights o al análisis transaccional. (Publica el Espectador)

Mientras al minhacienda se le chispotea que sí hay crisis, aunque insiste en que estamos “preparados”, los analistas de Fedesarrollo, por ejemplo, en ejercicio del sagrado derecho a usar eufemismos, prefieren llamarla desaceleración; no importa que el crecimiento vaya a ser la mitad del trimestre pasado.

El ministro Echeverry, sin economizar retruécanos, habla de rendijas para graficar los preocupantes números de industria y agricultura. Y hasta controvierte al DANE que dice que cayó el comercio (¿debió decir fluctuación?), poniendo como ejemplo a almacenes de grandes superficies.

Al bajón de inversión nacional en el exterior algunos prefieren llamarlo pausa.

Extraña que el presidente Santos no haya empezado a hablar de desaceleración en vez de caída en sus encuestas de favorabilidad.

Se entiende; en esas denominaciones hay un poco de todo: cuidar el puesto, congraciarse con los jefes y hacerle el quite a la opinión pública, no vaya y se contagie de realismo como hace tres años.

Como diría Valdano del fútbol, ahora resulta que la economía es un estado de ánimo. Y antes que expertos necesitaremos motivadores para contrarrestar, por ejemplo, la incidencia de la sequía en lácteos y cárnicos. ¿Ya pensarían en chamanes?

No demora la convocatoria a apoyarlos; ya inició Banrepública con su disimulada invitación a gastar al bajar las tasas. No sobra la cruzada de dedos para que mengüe la crisis europea y unas indulgencias a Mateo y Pablo, santos de los economistas, para que repunte el petróleo. ¡Entre todos podemos!

Analisis,Television

Pablo, protagonista de novela

3 Sep , 2012  

 

¿Por qué, casi veinte años después de la muerte de Pablo Escobar, el país se vuelve a obsesionar con la historia del capo?

Por Mario Morales

(Publica Revista Credencial)

(Foto Canal Caracol)

Si es verdad, como dice el filósofo Daniel Pecaut, que antes que nada a Colombia le hace falta un relato nacional, también es cierto que buena parte del mismo estaría marcado por las narrativas de la violencia; y más o menos en los últimos 30 años, de la sicaresca, que es como se ha dado en llamar al relato omnipresente del narcotráfico en las industrias culturales.

Pero no lo está. La proporción de narrativas en cine, televisión, libros y música que tocan el tema es reducida en proporción con las demás temáticas, muy a pesar de las vestiduras desgarradas de nuestra doblemoralista sociedad que se escandaliza con cada nuevo lanzamiento, pero le es fiel en sintonía. Basta decir que, en promedio, durante los últimos años sólo una de cada diez series o telenovelas ha tocado ese tema.

La diferencia estriba en el consumo masivo que hacen las audiencias de esos productos culturales, sea por identificación, morbo, espectacularidad, acción o por su carácter ejemplarizante o documental. Por ejemplo La parábola de Pablo, escrita hace una década por Alonso Salazar, que sirvió de base para los libretos de la serie televisiva Escobar: el patrón del mal, vendió, según El Tiempo, cinco mil ejemplares cuando apenas habían pasado dos semanas de la historia televisiva, sin contar las ediciones piratas.

De mito en mito

Y es que abordar audiovisualmente el mito de Escobar era otro mito. Ahí estaban como antecedentes los cinco intentos fallidos de Hollywood de recrear la vida del capo. Esa dificultad para narrar un suceso que aún no termina.
No era sólo Escobar sino lo que significó para colegas y sus sucesores: su estilo de vida, esto es, un estilo de muerte; y la sobreviviente influencia de sus métodos que hacen creer a algunos en su pretendida inmortalidad.

Contar la historia de Escobar no era contar la historia de un hombre, de un bandido, sino de un talante, del espíritu de una época. Por eso todo a su alrededor parece sobredimensionado; la serie marcó un hito televisivo: ha sido el lanzamiento más visto en la historia nacional, con cerca de once millones de espectadores.

Contó con cerca de 1.300 actores. Fue grabada para 63 capítulos de hora en formato cine, en por lo menos 550 locaciones de Antioquia, Cundinamarca, lo Llanos Orientales y Miami, cuando el promedio son 90 o 100 locaciones por telenovela. Y el costo promedio por capítulo, sin antecedentes, fue de 340 millones de pesos.

Y además, al decir de Juana Uribe, una de sus creadoras, una historia interminable, de la cual todos dicen tener referentes, anécdotas, algo que contar, que evitar o que ocultar. Por eso no fue extraño que las casas de El Poblado no fueran asequibles y fueran reemplazadas por escenarios en Villavicencio. Tampoco las iglesias de Medellín permitieron luces ni cámaras. En cambio los policías de Miami se peleaban por una foto simbólicamente consoladora con Andrés Parra, el actor que representó al capo, esposándolo, capturándolo o interrogándolo; esos sueños incumplidos del imaginario estadounidense en los ochenta…

Con Escobar supimos que lo narco no pasa de moda porque es mediático, seductor, masivo. Por eso cuestiona, fastidia pero no extraña que las prácticas ilegales del capo narradas en la serie, se reciclen a su alrededor por otros medios. Antes de cumplir un mes al aire, ya circulaba un álbum pirata con el elenco de la serie. No obstante su evidente ilegalidad, no hubo reato entre expendedores y compradores para emular otros fenómenos mediáticos de corte masivo como los mundiales de fútbol. Claro, estaba el pretexto de la memoria para no repetir, se dijo en su momento.

Asimismo circularon videos piratas aquí, en Suramérica y hasta en Londres, que recopilaban las primeras emisiones, lo que obligó a sus realizadores a comercializar una primera parte compuesta por 20 capítulos, lo cual también es inusual aquí.

Y el 9 de julio comenzó a transmitirse en Telemundo, el primero de los muchos canales que compraron la producción, y que, por cierto, incrementó audiencia en un millón de personas.

Se multiplican las entrevistas y artículos en centenares de medios internacionales, como el Washington Post o la agencia AFP, o periódicos alemanes, así como candentes debates en redes sociales, foros de las páginas web y tertulias familiares y laborales.

Frágil polémica

El pobre debate de siempre: que la televisión corrompe, que la violencia educa y que el narco mediatizado envilece. El discurso de la crítica tradicional, obsoleta y unidireccional, que ignora que el melodrama y la telenovela, con nuestros modos de decir y de narrar, suplen con lo que pueden la ausencia narrativa del periodismo, la historia y la memoria.

Las narcoseries han reabierto la caja de pandora de la estela del narcotráfico que permeó todas las instancias y dignidades. A su lado, aunque escasos, llegaron o resucitaron otros géneros y formatos que son variaciones sobre el mismo tema y ayudan a dar contexto necesario pero insuficiente. Los libros, documentales, entrevistas y reseñas, han puesto frente a los televidentes el drama de una década, que continuó en la siguiente y se mantiene en la actual, con sus códigos, procedimientos, intrigas, estéticas y efectos en términos de asesinatos, víctimas y corrupción. Se sobreimpone y se confunde la saga de Escobar con las noticias alrededor del narcotráfico. Sirve como ejemplo, la de alias ‘Fritanga’, presunto cabecilla de los Urabeños, capturado con fines de extradición en medio de su maratónica y exhibicionista celebración matrimonial en una isla del golfo de Morrosquillo.

Esa construcción dramática permanente, con fuertes dosis de ambición, dinero, poder y muerte, no sólo difuminó las fronteras entre realidad y ficción, también unificó en discursos y estéticas idénticos los paisajes a los que tienen acceso los ciudadanos y con los cuales gestionan sus vidas.

No es la ficción el paradigma, es la realidad reincidente la que legitima, avala y fortalece los deformados íconos de los barrios pobres de esta parte del continente. Y las audiencias consumen de lo uno y de lo otro en un mismo contexto sin diferenciarlos porque lo viven o lo recrean en carne propia. Mientras los intríngulis del poder y sus aberraciones les son extraños, el paradigma de lo narco se pasea orondo por el barrio encarnado en campaneros, ‘lavaperros’, sicarios, ‘traquetos’ o ‘duros’.

Lo que narran con aspavientos las industrias culturales no necesita de verosímiles ni pruebas porque está ahí, en la experiencia del vecindario, en el pariente preso o muerto, en el amigo enriquecido, en ‘el duro’ apenas conocido y luego convertido en emocionante anécdota, no pocas veces sembrada de envidia o admiración.

Escobar y lo que representa causan sensación, y eso, más allá de la fugacidad de los productos o de la vida de sus protagonistas, ‘vende’ como lo saben audiencias, productores, músicos, periodistas y negociantes. Y lo es, para bien y para mal, en todas sus posibilidades: en el énfasis maliciosamente puesto para idealizar al bandido, a veces incluso desde su voz o de los suyos; en el poder corruptor del dinero, en la muerte como método infalible, en el terror.

Ver, escribir, leer, hacer, componer alrededor del narco no es sino una forma de aprehender esa realidad aumentada, que por acumulación parece ficcionada. Desde luego, hace falta contextualizar, acompañar, explicar y analizar para poder entender, rehacer o volver a empezar, como se ha dicho siempre. No son la censura, la diatriba o el escándalo los caminos para combatir la violencia narco mediatizada, como lo han intentado periódicos, pautas o encuestas, y no lo es por la sencilla razón de que esa violencia se nutre de ese odio, de esa exclusión y de esa violencia para mantenerse tan vigente y tan actual, reflejándonos como hace 30 años. Capítulo fijo de nuestro relato nacional.