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La dictadura de los corruptos

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
Eran, debieron serlo siempre, extras sin parlamento. Pero de un manotón se autodenominaron actores de “reparto” y terminaron por apoderarse de la trama. (Publica El Espectador)

Ellos, los hampones de la contratación, no sólo se apropiaron de nuestros recursos sino que se tomaron toda la escena, desde la investigación e impartición de justicia, hasta el mismo castigo. Orondos. Aberrante es que como sanguijuelas se hayan devorado el erario, que sólo sepamos de su accionar por ellos mismos, por sus delaciones y confesiones, y que, como si fuera poco, terminen, con base en ellas, por autoimponerse las penas.

Del carrusel de la contratación, las pensiones, etc., pasamos al carrusel de los testigos rumbo al carrusel de la impunidad. Todo un circo, y ya no es una metáfora.

Pero aberrante en grado superlativo es que la fiscalización, la inteligencia, la investigación y las pruebas no sean aportes de los estamentos de justicia o de los organismos de control, hoy circunscritos, como cualquier ciudadano de a pie, al rol de espectadores. De la pasividad como fracaso.

El deplorable y renovado espectáculo de señalamientos y justificaciones entre implicados y salpicados, hasta (y por ahora) las más altas “dignidades” del Legislativo, habla de la metástasis de la más grave enfermedad nacional: la corrupción vía contratación, pero sobre todo de la ineptitud del Estado y su aparato de justicia, engolosinados en elevados debates como la selectividad y la priorización, en medio del saqueo…

Y de la mediocridad de los entes de control embarcados en discusiones que van más allá del bien y del mal, mientras la cizaña devora la poca hierba buena que aún queda…

Y cómo no, salvo honrosas excepciones, del conformismo del periodismo y del determinismo ciudadano, si es posible ser lo segundo con lo primero.

Protagonistas de su propia novela, los pícaros asumieron de tal manera el control que son ellos los que deciden para la historia quiénes son “empresarios” y quiénes ladrones. La dictadura de los corruptos.

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La otra primavera

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
Se sienten cerca. Su presencia fÍsica y su mensaje. Directo, pertinente, necesario. La llegada del papa Francisco a Brasil lo es también a los pueblos pobres de América, que son los más en número y en exclusión. Como el nuestro. (Publica El Espectador)

Venir al tercer mundo, al que sigue perteneciendo Brasil, a pesar de su crecimiento, por su enorme tasa de desigualdad, no es más que la continuidad de lo que ha sucedido en estos casi cuatro meses que han transcurrido desde que fue elegido.

En sus homilías, pero especialmente desde aquel lavatorio de Jueves Santo en el que besó los pies de doce reclusos de un reformatorio de menores, dejó claros los lineamientos de su pontificado: la opción preferencial por los pobres y la sensibilización de los jóvenes con sus sueños de cambiar el mundo.

Así llegó a este continente: Antes que proselitismo religioso, un estado de agitación permanente del espíritu para recuperar la verdadera esencia cristiana. De vuelta al espíritu de los primeros tiempos, del lado de las comunidades excluidas, las que nunca cuentan; de los, como diría Buñuel, olvidados.

Es claro su mensaje espiritual del Dios vivo y presente, “Dios misericordioso que nunca castiga”. Y su mensaje político: “nos hemos acostumbrados a que ciertas personas son descartables”. Y su mensaje frente a la globalización devastadora en medio de “la antinomia de los que entran y los que sobran”. Y su mensaje social que sincretiza a los apóstoles Santiago y Pablo: “Plegarias y acciones tienen que ir unidas”.

“El efecto Francisco” como ha sido denominado mediáticamente, revive la esperanza y recuerda con fuerza el anuncio del pasado 13 de marzo: Habemus Papam.

Más allá de que haya aumentado el número de fieles en confesión, o la asistencia a misa, la imagen del papa que no sube el vidrio, que se mueve en vehículos abiertos y que rompe la pompa y los protocolos, es también la imagen de un Cristo que vuelve con humildad pero con decisión adonde hacía falta. La otra primavera.

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Mediocridad y coherencia

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
Somos un país mediocre, como nos lo recuerdan quienes vienen y no entienden por qué, en medio de tanta riqueza, no hemos podido salir adelante. (Publica El Espectador)

Claro, será mejor decirlo de otra manera, porque los eufemismos germinan en el terreno de la mediocridad. Digamos que somos ciudadanos sin atributos como lo narró Roberto Musil en su monumental obra literaria; descripción que recientemente retomó Vargas Llosa en una de sus columnas para pintar a los ciudadanos-sostén de los regímenes totalitarios: “Burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapar ando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes…”.

¡Ah! Porque al mediocre le gusta obedecer, añora la mano fuerte, “no se halla” en medio de la libertad.

Además, la mediocridad es envidiosa, desmemoriada, ególatra y excluyente. No admite que nadie sobresalga por sus virtudes, que nadie la delate.

El sueño de los mediocres no es ganar, es no perder. Pero a la hora de premios, distinciones y nombramientos solo le interesa la opción que le mantenga su zona anónima de seguridad.

En un desierto así, no debería ser tan difícil avistar algunas almas nobles, algunos colombianos de veras grandes…

Vuelve a la memoria una frase, cuyo autor no recuerdo, y que cita a la Escritura para contar que en el país de los árboles se buscaba un rey, pero nadie quería porque todos estaban ocupados cuidando sus frutos, hasta que apareció el cardo, que no hacía nada y además tenía espinas y podía hacer daño…

Nada pues de qué extrañarse cuando hablamos de “grancolombianos”. En el país de los “sin atributos”, al menos en eso somos coherentes.

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Madurez y desconfianza

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
Sigue siendo la desconfianza El principal óbice para el avance en La Habana. Por eso, ambas partes insisten en hablar de garantías de cumplimiento. (Publica El Espectador)

Y no es que la guerrilla parta de no creerle a Santos. Quizás no le cree al “establecimiento” que al cabo de unos meses se puede patrasiar si no hay garantías jurídicas, para mantener blindados indefinidamente los acuerdos. Le falta ingenio al Gobierno, para proponer salidas distintas al plebiscito, y le sobra terquedad a la insurgencia para no moverse de la Constituyente.

Riposta el Gobierno pidiendo dejación de armas para evitar que confluyan “todas las formas de lucha”, según su vocero, Humberto de la Calle. Y habla de “dejarlas”, no de entregarlas, en el momento de ratificar los acuerdos y de participar en política, para evitar desconfianzas de las Farc.

Como se ve no hay tal punto de quiebre, que pregona exultante el sector que “evoca el pasado”, como lo llama el presidente, sino una dinámica de discrepancias.

La tensión entre Gobierno y guerrilla por jerarquizar sus agendas a punta de argumentos no sólo es normal, sino que nos hacen sentir en los albores del país que queremos. Siempre y cuando no haya amenazas de levantarse de la mesa ni chantajes de ponerle fin a los diálogos.

Hasta el acercamiento de Farc y Eln resulta halagüeño si se entiende desde sus temas comunes y no como presión al proceso.

Y todo en medio de agitación social, común denominador del primer semestre. Nada extraño para una sociedad que quiere dirimir sus diferencias en medio de crisis sociales, como en el Catatumbo; de seguridad, como en los taxis bogotanos, o en las movilizaciones de sectores campesinos.

Afrontar esos dilemas ayudará a acelerar los diálogos y a soltar el freno de la desconfianza, lastre de nuestra historia.

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Y por qué no?

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
De los problemas de comunicación política del gobierno Santos, el más corrosivo es la falta de coherencia discursiva, porque distancia a la población, da papaya a opositores e impide que el mensaje llegue. (Publica El Espectador)

Si son impromptus de Santos o errores estratégicos de asesores, es debate de menor valía ante la crisis social que en su legítima manifestación de protesta crece como pompa de jabón.

Flaco favor le hace Santos a su credibilidad con frases provocadoras y contradictorias que escalan tensiones en la crisis del Catatumbo, como esa de que “muchos dirigentes no son de la región y sabemos con quiénes están conversando diariamente”.

¿Acaso esos presuntos interlocutores diarios de la población no son los mismos interlocutores diarios del Gobierno en La Habana? ¿No sería mejor discutir eso en Cuba, más aún si se cree que la guerrilla le está metiendo presión acá a lo que se dialoga allá?

Hablarle a Bolívar para que entienda Santander en una situación humanitaria tan crítica, desgasta al presidente ante el país que más que pulsos verbales pide soluciones inmediatas que vayan más allá de la chequera que blande el minhacienda y se reflejen en presencia estatal efectiva.

Abrir cada vez otro blanco de disputa, campesinos, líderes y gremios, contradice los cánones del marketing y fragmenta la opinión pública en momentos en que el Gobierno requiere apoyo y unanimidad. El hambre y la miseria no dan para demagogias.

¿Es firmeza o tozudez cuando dice el presidente que la zona de reserva “está inclusive autorizada por la ley y ahí no habría ningún problema, pero lo que nunca voy a permitir, es que me (las) impongan a la fuerza”?

¿No sería el momento, si es legal y “no hay problema”, de abrir el debate sobre la creación de una zona piloto, controlada integralmente por el Estado y con participación de expertos, academia e Iglesia, que dé pistas a los acuerdos en ese sentido en La Habana?

No es un punto de honor y podría dejar enseñanzas… ¿Por qué no?

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¿Nos acostumbramos?

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
Como los males no vienen solos, en menos de tres días se le cayó la estantería al gobierno Santos en uno de los ítems que le permitían alardear dentro y fuera de las fronteras: el de la imagen del país. (Publica El Espectador)

Indicadores internacionales, encuestas propias y hasta consejos de medios de otros países han vuelto a recordarnos que no hemos dejado de ser un país con problemas de seguridad, ambiente, con gobiernos poco efectivos, pero, sobre todo, que nos percibimos como una sociedad corrupta.

Lo único “saludable” es la coincidencia de informes externos e internos. No fuera a ser que a la paupérrima reputación que hemos construido en el extranjero, que tiene asiento en las atrocidades que presenciamos día a día, respondiéramos posando de indignados con insultos, campañas de maquillaje y demás estrategias negacionistas.

Y, salvo el diario ABC de España, que recomienda no visitar en estas vacaciones a ocho países, entre ellos el nuestro, por “problemas de seguridad, revueltas y conflictos bélicos”, los demás informes no tienen que ver con el asesinato del agente de la DEA.

Más delicados son los resultados del Reputation Institute y de Transparencia Internacional. El primero porque responde a una encuesta a ciudadanos de 27 países del G-8 para evaluar sentimientos de confianza, respeto y admiración con base en indicadores económicos, entorno amistoso y efectividad gubernamental. Ese puesto, 45 entre 50, deja claro que no somos de sus afectos. Y razones tienen.

La encuesta de Transparencia es frustrante. No sólo porque la percepción de corrupción aumentó en los dos últimos años, así piensa el 56% de más de mil ciudadanos sondeados, sino porque el 27% admite haber pagado sobornos a la policía y el 16% al aparato judicial. ¿Sinceridad, cinismo o resignación?

Gravísimo, como gravísima era la corrupción, aunque más oculta, hace una, dos y cinco décadas. Que nadie tire la primera piedra. ¿Nos acostumbramos?

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¿Quién sigue?

25 Jul , 2013  

Por: Mario Morales
En la tarima de escarnios y desvergüenzas, le cede el turno la rama jurisdiccional (por cuenta de quienes desde allí ofician para defender prebendas insultantes) a los parlamentarios que, como cada período, hacen de las suyas a punta de pupitrazos y orangutanes que nos devuelven a la condición de republiquetas del siglo pasado. (Publica El Espectador)

De ese tamaño es el espectáculo que por premura o por conveniencia escondida en ese afán se deja ver en el trámite o aprobación de los proyectos de turno.

La sola aparición de micos como ese de dejar en libertad a los reos mayores de 65 años, así sea por condenas de ocho años o menos, tiene el olor pestilente de legislar a la medida de intereses particulares que irían desde la libertad de Santofimio, como denuncia el senador Galán, o de quienes ya tienen penas rebajadas. Y lo pegan al pretexto ruin de descongestión carcelaria…

Tan grave como ese es el mico-mordaza de impedir el acceso de la prensa a sindicados, con la disculpa de evitar presiones indebidas a la justicia. Como si esa “justicia” no hubiera probado tener cuero de gurre.

O la pretensión de acabar con la tutela para reclamar medicamentos, último bastión de los desprotegidos ante los mercantilistas de la salud.

O el manotazo a la curul en la Cámara de las minorías políticas, para entregárselo a la circunscripción de colombianos en el exterior, como lo aprobó el Senado, y que, todo parece indicar, ya tiene nombre propio. Para no mencionar los grises, ambigüedades e incertidumbres que desata el innecesario fuero militar en una pretendida democracia.

Que temas tan delicados como el blanco legítimo, objetivo militar y uso de la fuerza queden a expensas de interpretaciones, se muestra el retroceso institucional que busca excarcelación de militares investigados y condenados por delitos graves.

Frustrante que tales indelicadezas no sean insumo para elecciones o revocatorias. Estamos en mora.