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No es suficiente

15 Ago , 2013  

Por: Mario Morales
Hace falta más que rabia y sed de venganza. Y más, mucho más que endurecer las penas a los responsables borrachos de muertes en accidentes de tránsito. (Publica El Espectador)

Claro, se entiende la indignación general por los errores y vacíos procedimentales en lo policivo y en lo judicial en el caso del joven Fabio Salamanca, que con su vehículo arrolló a un taxi y segó la vida de dos jóvenes mujeres y dejó un hombre herido.

Y tendrán que pagar, él con privación de la libertad y su familia con indemnizaciones, la enorme irresponsabilidad que siembra el dolor en por lo menos cuatro hogares. Ni más ni menos.

El caso ya está contaminado por el excesivo afán de sus allegados por proteger al joven, la mediatización estigmatizada de su familia por la marca del vehículo (increíblemente aupada por el abogado defensor que la presentó como “distinguida”), y la dilación para citarlo a audiencia.

Factores que deben quedar al margen para permitir que haya, en sana ley, una condena ejemplar, por los hechos per se. En nada ayudan los procesos morbosos, espectacularizantes, ni el linchamiento social.

Lo primero porque, siguiendo a Foucault, los efectos del castigo no sólo deben recaer en el “culpable” sino también en los que pudieran llegar a serlo. Y lo segundo, al decir del mismo Foucault, porque dicho castigo debe asimilarse a una escuela y no a una fiesta.

Escuela a la que debieran inscribirse todas las familias , en las que el alcohol es centro de las celebraciones, y cuyos hijos vieron y viajaron con sus padres bebiendo y manejando al mismo tiempo, y además haciendo alarde de ello.

Esos jóvenes irresponsables son reflejo de toda una época que hoy no podemos ignorar para dejarle el peso a unos pocos chivos expiatorios. La educación intensiva de Estado, escuela y familia debe ayudar a disminuir estas tragedias, que a muchos de nosotros no han privado de un ser querido. No nos escondamos en la rabia. También somos parte del problema.

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Iras non sanctas

15 Ago , 2013  

Por: Mario Morales
No le va el carácter irascible al presidente Santos. En su afán por seducir a la población condicionada por el estilo furibista que tanto gusta viene minando una de las cualidades de su estilo de gobierno que marcó diferencias en estos 36 meses. (Publica Esl Espectador)

En su desespero por la encuestitis, no quiere comprender que Uribe es Uribe y que las buenas maneras no riñen con nada si hay resultados. Cayó en la trampa chantajista de creerse elegido y comprometido con los votos del ruido y la furia. Y busca darles gusto.

Error mayúsculo. No ser de una sola pieza y dilapidar la confianza de quienes vieron en él un talante contemporizador acorde con la dignidad presidencial.

Y la segunda equivocación, no reconocer que no sirve para el tiempo real, la repentización ni la declaracionitis. ¿De qué sirve fruncir el ceño y levantar el tono si días después echa para atrás?

Ya pasó con la crisis del Catatumbo y va a suceder con la mediación de Piedad Córdoba en la liberación del exsoldado estadounidense en poder de las Farc. ¿Para qué extender el desgaste? A menos que esté cerca un operativo de rescate, a esta altura de los diálogos y de su mandato entre menos ruido haya…

También pasó con la rabieta de decretar un plazo de estancia en nuestro país de la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, luego de reparos de ésta al fuero militar y con el pretexto de que ya no necesitaba veeduría. En apenas seis meses ya han sido asesinados 37 defensores. Una vergüenza.

Para no hablar de la diatriba contra el senador Robledo, del Polo, por críticas documentadas al Gobierno. Razón no le falta a Clara López cuando vincula estigmatizaciones y señalamientos apresurados a amenazas a ese partido por parte de los Rastrojos.

Que Santos se calme. Que no confunda firmeza con tropel. Que deje los adjetivos al Mindefensa y que si sólo piensa en encuestas y reelección, no olvide que los mansos somos más.

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No es suficiente

15 Ago , 2013  

Por: Mario Morales
La destitución de 27 militares debe ser el comienzo y no el fin del remedio a la enfermedad del ‘falsopositivismo’ que se tomó por asalto el accionar del Estado, que no sólo de la Fuerza Pública, en los últimos seis años.

Junto con ellos son responsables sus superiores si le creemos al ministro Santos: “La esencia de la responsabilidad del comandante es ejercer el debido control sobre sus hombres”. Y la tardanza en tomar medidas prueba negligencia y falta de control.

Son responsables los autores de políticas promovidas, como patente de corso, para lograr positivos, y con ello permisos, ascensos y otras “recompensas”, y que, como dice el Fiscal Iguarán, es menester revisar, más allá de las rabietas del presidente Uribe.

Son responsables también los gestores de la doctrina que se inventó un lenguaje para cambiar la realidad y terminó enviando mensajes confusos a la tropa. Negar la existencia del conflicto armado propició, de paso, el desdén por los derechos humanos y la vida humana.

Son responsables quienes generaron un clima de fuerza exitista con base en el resultadismo y las cifras. La promesa era combatir una guerrilla de 40 mil hombres. Hoy los balances hablan de cerca de 60 mil muertos, detenidos o reinsertados, y quince mil activos. O la guerrilla es un monstruo de mil cabezas, o no sabían cuántos eran, o es el efecto de la inflación a punta de falsos positivos.

Son responsables quienes se oponen a que estas investigaciones y las de desaparición forzada, las asuma, como debe, la justicia civil ordinaria; y quienes ignoraron las denuncias internacionales y se dedican, en cambio, a atacar a quienes prendieron alarmas.

Pero también hay responsabilidad entre quienes piensan en el exterminio como método, que son sólo unas pocas muertes invisibles en medio del éxito militar de 2008 y que el comercio de la muerte es un “mal necesario” en el tortuoso afán de acabar con “la amenaza terrorista”.

Esos 27 militares no pueden ser chivos expiatorios. No es suficiente.