Salvar una década

Por: Mario Morales
No hay que ser adivino para saber que el alcalde Petro será destituido por la Procuraduría. Eso no parece tener reversa, como tampoco el fallo contra los exgerentes de Acueducto y de Aguas. (Publica el Espectador)

Y todo sucederá este año, así como va el proceso. En una semana la defensa habrá presentado alegatos de conclusión. Quedarán más de 50 días para proferir fallo, que aunque es de única instancia permite recursos antes de quedar en firme. Ahí está el juego político, pues habrá elecciones, y bajo el mismo y polarizado paraguas de las legislativas.

Errores en el asunto de basuras los hubo. Pero como ya se dijo en otros espacios de análisis, no luce democrático ni con apego a la jurisprudencia nacional e internacional que funcionarios elegidos por votación popular sean destituidos y, peor, despojados de derechos políticos por vía administrativa.

Pésimo precedente, incluso en contravía de lo ya fallado, como ha dicho el exsecretario Eduardo Noriega; en lo nacional, recientemente el tribunal de lo contencioso administrativo admitió la demanda de nulidad contra el decreto de basuras, pero negó suspensión provisional del alcalde porque no hubo violación ostensible de la ley. Ya sucedió con Asprilla.

Y en lo internacional hay un referente en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA que concluyó que el gobierno venezolano era responsable por violación de derechos políticos de Leopoldo López Mendoza, destituido por vía administrativa, en contravía de los estándares de la convención consagrados en por lo menos tres de sus artículos.

Pero más allá de lo jurídico y del trasfondo político del proceso contra Petro, está el sentido común. La ciudad, huérfana y en manos de los corruptos en los cuatro años de Samuel, desatendida en los dos últimos años por la inexperiencia de alcalde y subalternos, no puede quedar a la deriva otros dos años, insuficientes para poner la casa en orden con un nuevo burgomaestre. Y si sumamos dos mientras aprende el que llegue en 2016… Década perdida.

Sin acusaciones de corrupción, la izquierda, la ciudad y hasta el sentido común merecen una oportunidad.

¿Qué hay que hacer?

Por: Mario Morales
Si una necesidad va quedando explícita en medio del vaivén de dimes y diretes y de la incontinencia verbal, agresiva y a veces ofensiva, de las partes, es la de una mediación que preserve los diálogos de paz en La Habana que inician hoy su decimosexta ronda, ayude a blindarlos y les ponga una perspectiva factible de tiempos, ritmos y alcances. (Publica el Espectador)

Una mediación internacional que recomponga el respeto mutuo y la confidencialidad de los avances, pero que a la vez sea garantía de transparencia en la negociación para todos los colombianos.

Estos 11 meses son una demostración de que solitos no pudimos y que se requiere un componedor antes de que se deterioren las relaciones entre Gobierno y guerrilla.

Y es que el proceso requiere de esa y otras cirugías de rejuvenecimiento para trascender la época electoral. Una de ellas, de Álvaro Leyva, ya casi aceptada por el Gobierno, tiene que ver con mayor tiempo de dedicación en cada ciclo y menos intervalos, que sólo han servido para alborotar el avispero. De pausas, insistimos, ni hablar.

Lo del armisticio suena razonable desde el punto de vista humanitario, pero se convertiría, para la derecha verborrágica, en un talón de Aquiles por el inevitable síndrome del Caguán. No haber hecho concesiones en ese sentido es un margen que debe mantener el presidente Santos.

La presencia de una figura respetable como el presidente de Uruguay, José Mujica, o de un emisario del papa Francisco, ayudaría a recomponer el ambiente de la mesa y permitiría renovar la retahíla gubernamental de la presión del tiempo, y desanclar el timing de la insurgencia.

Una mediación que además le ponga tarea al resto del país en aras de preparar el escenario de la reconciliación. Ahí es donde tiene sentido la metáfora de las mil horas de trabajo que ofreció Mockus con tal de alcanzar a disfrutar de un proceso que tardará por lo menos dos generaciones. Yo también me apunto. ¿Qué hay que hacer?

Por el respeto

Por: Mario Morales
No. Ya ni siquiera se espera por un líder, en el sentido clásico de la palabra. No lo hay. No se ve. Hoy, en medio de la mediocridad política signada por la improvisación y el atropello, acaso sea lo mínimo clamar por un dirigente serio, consecuente, con vergüenza, nada más. (Publica el Espectador)

Pero ni eso. Ahí está el bochornoso rifirrafe de los precandidatos del autodenominado Centro Democrático, que quizás sea el mejor (peor) ejemplo de la inestabilidad moral y ética de quienes aspiran a gobernarnos… Y ese lamentable espectáculo de avivatadas, conspiraciones, cambio de reglas y mutuas acusaciones…

Trenzados en lucha “vale todo” se esconden tras un presunto “legado” que se desdice a punta de sus improvisaciones. Se nota que no saben para dónde van, ni lo que quieren, ni cómo conseguirlo. El temor del estruendoso ausentismo en las urnas los devolvió al “dedazo”, mientras se les ocurre otra genialidad. Brillante plataforma.

No se queda atrás el presidente Santos sometiendo dizque a “consulta” inesperada de los partidos, casi que levantando la mano, la continuidad de los diálogos de paz. Y los ciudadanos creyendo que esa era su apuesta más firme… Más allá de esa táctica, como advertencia a la guerrilla, él y su equipo tienen que blindar de politiquería a las conversaciones, que deben continuar sin pausa. La paz no debe ser un jueguito sino una política de Estado. Un paréntesis les daría todas las oportunidades a los enemigos de la paz.

Y los “verdeprogresistas”, en las mismas. No se trata de sumar por sumar para subsistir transitoriamente, sino de establecer una propuesta programática factible que cualquier candidato pudiera defender con idoneidad. Tiene razón Clara López: de esa yunta no se sabe qué puede salir.

Triste panorama a medio año de elecciones. Dan pena todos. Ya lo decía Lichtenberg, el escritor alemán: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.

De chantajes y descaros

Por: Mario Morales
Poco le duró al presidente Santos la dicha del repunte en las encuestas luego de las lúgubres proyecciones del FMI, la renuncia del director y el subdirector del DANE y el costo político, así fuera calculado, por el desfachatado decreto que reinventó la prima de congresistas. (Publica el Espectador)

Los once puntos que dice el Centro Nacional de Consultoría, que recuperó Santos, (hasta llegar al 43% de favorabilidad y 56% de desfavorabilidad), se esfuman luego que el cálculo del FMI sobre crecimiento del PIB este año no supera el 3,7%, a pesar del optimismo de sus funcionarios. Con razón en la encuesta el 60% piensa que el país va por mal camino.

El Fondo mete más presión si las cifras se comparan con otros países de la región, como en el caso del llamado desempleo, que hoy mide desocupación, y que alcanza el índice más alto en el vecindario, con 10,3%.

Eso se sabía, no obstante la propaganda gobiernista. Pero lo que el país no tenía claro era el par de “compromisos” que tenían al presidente contra la pared. Uno, el de la realización, ipso facto, del censo nacional agropecuario, como exigencia emanada de la mesa de La Habana, a lo cual se opusieron, hasta la renuncia, por razones tecnicopolíticas, el director y subdirector del DANE. Sin duda, el semestre electoral con el que arranca 2014 no da garantías de exactitud. Se rescata que el proceso avance, pero los métodos no son los más transparentes.

Pero el descaro del Congreso al frenar la reforma a la salud y la sumisión del Ejecutivo al aprobar la prima de $7’800.000 mensuales para cada parlamentario dizque para respetar un derecho adquirido, escribe sobre piedra la forma como se manejan, entre quienes los tienen, los privilegios.

Desafortunada respuesta del Gobierno al FMI y al país. En vez de austeridad en salarios y pensiones de funcionarios de alto rango, decreta despilfarro ofensivo e inoportuno. Lástima que las elecciones no fueran mañana.

¿Cómo hacen?

Por: Mario Morales
Algo debe haber en la estructura o en el ambiente de la Casa de Nariño, en la residencia, despacho o en la misma investidura presidencial que impide que los mandatarios, si hemos de creerles, se den cuenta de lo que ocurre en sus propias narices. (Publica el Espectador)

Desde la recordada manada de elefantes que hizo “nido” en la época de Samper y el proceso ocho mil, sin que el susodicho tuviera razones para percatarse; hasta la ausencia de noticias de Santos acerca de la enormidad del descontento nacional que le impidió saber que el tal paro si existía en las calles del país, hemos tenido que tragarnos los sapos de que otras más grandes preocupaciones les han robado la atención a nuestros mandatarios para no darse cuenta de esas “nimiedades”.

Bate todos los récords el gobierno Uribe que sigue manifestándose ajeno a la corrupción, presunta criminalidad y acusaciones de trato con la peor delincuencia del país de algunos de sus más cercanos colaboradores.

Que algunos de sus copartidarios, familiares lejanos o simpatizantes puedan haberle vendido supuestamente el alma al diablo, como lo han ventilado los medios, y se presentaran ante su despistado jefe como mansas palomas, puede ser producto de las calidades histriónicas de aquellos.

Pero que dos de sus jefes de seguridad, que son, que debieron haber sido como su sombra, que convivieron con él durante años, estén señalados de delitos vinculantes con organizaciones ilegales y que ni Uribe ni sus asesores se hubieran enterado, despierta un halo de incredulidad sobre la figura y obra de quien se presenta como adalid de la seguridad.

Peor aún, que toda la responsabilidad recaiga sobre quienes desde sus fuerzas, los seleccionaron como lo expresa Uribe en su Twitter, reniega del autopromocionado carácter “frenterito” del ex.

Que sicólogos, bacteriólogos, científicos y hasta espiritistas nos ayuden a entender cómo hacen para abstraerse de la realidad, para no untarse de un ambiente a todas luces contaminado y, de ñapa, salir indignados.

Suscribir
Facebook
YOUTUBE
LinkedIn
Instagram