Blog,Opinión

En el limbo

11 Mar , 2014  

Por Mario Morales

No se sabe si era peor tener triunfadores netos en las legislativas del domingo o este limbo en el que todos niegan haber perdido, nadie gana, pero todos dicen celebrar. Nada cambió. Ni nos movimos. No hubo tal viraje a la derecha. Ahí hemos estado siempre, así sea de manera solapada. No hubo tal resurrección partidista sino reacomodo con arreglo a fines. (Publica El Espectador)

Que el autodenominado Centro Democrático haya figurado no es más que el resultado del voltiarepismo de quienes por conveniencia temporal cambiaron de color, como lo volverán a hacer socarronamente después de mayo, porque tienen claro que ni Santos ni Uribe son asunto de principios, que son intercambiables, y que ni el CD ni la U son partidos sino emociones reunidas o simples paraguas según la coyuntura. Tampoco el “fenómeno Uribe” lo fue tanto como pretenden sus áulicos. Algo va de los 6 o 7 millones del pasado a los 2 del domingo. Lo sobredimensiona el morbo mediático y social dizque por ver “debates parlamentarios” con opositores.

Como si ese fuera el problema… Como si esa fuera la solución. Se mantiene la misma franja infestada de parapolíticos, entre 24 y 70 congresistas, dependiendo de cada grado de compromiso con un fenómeno que sigue vivito y votando. Y la izquierda ahí; demostrando que solita no tiene proyecto y que sólo suma cuando la usan para votar en contra de alguien. Comodín. Y queda, otra vez, Soledad, Atlántico, como símbolo y laboratorio de corrupción, y el indescifrable departamento de Córdoba, y la tibia e insolidaria Bogotá… Pero más que esos elegidos sin brillo, más que quienes votaron por ellos (convencidos, presionados o equivocados), más que quienes despilfarraron su opción con votos nulos o no marcados, son responsables de este limbo, de este desasimiento, esos mal llamados “ciudadanos” hoy quejosos y hasta beligerantes en redes sociales, filas y restaurantes que traicionaron su destino al negar su voto. Y que para colmo hoy recriminan con ese increíble argumento macondiano: “yo sabía que nada iba a cambiar, por eso no voté”… Ni modo.

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Del dicho al voto

4 Mar , 2014  

Por Mario Morales

Sólo dos cosas nos restan a los ciudadanos que creemos en la civilidad y la ley en esta democracia maltrecha y refundida: la voz y el voto. Con respecto a la primera hemos ido aprendiendo; de los balbuceos iracundos y del matoneo diario vamos entrando en los terrenos del debate, de hacer uso de la palabra pública sin levantar la mano, de escuchar más y hablar menos, con el entendido de que al compartir una idea, enlace o artículo, estamos comenzando a dialogar. Ahí vamos. (Publica El Espectador)

No pasa lo mismo con el sagrado derecho al voto, de cuyo valor pareciera que sólo tenemos la experiencia pesimista o referencias materiales que van desde las proverbiales lechonas, tamales y tejas, hasta el clientelismo en su forma más burda.

Por eso hay que repetir hasta el cansancio de aquí al domingo, de aquí a mayo, de aquí a que se elija el reemplazo de Petro que cada voto vale lo que vale un sueño, una esperanza, una apuesta de país; y hay que recordar que cuando la ciudadanía consciente ha salido a sufragar, algunas cosas han cambiado.

El mejor laboratorio ha sido la capital. En estas dos décadas largas se ha podido, por lo menos, constreñir el accionar de esa casta soberbia y delincuencial que se ha creído dueña no sólo de nuestros bienes sino de nuestros designios. Un voto por Mockus, Lucho o Petro no era, como no fue, una defensa de esos estilos de gobierno, polémicos a cual más.

Más que eso era un no rotundo a la voluntad caprichosa y manipuladora de quienes han hecho y quieren seguir haciendo de Bogotá (y del país) un botín, una clientela, una finca sabanera.

Por eso hay que mantener la voz en alto y “combinar” todas las formas legales del sufragio. Hay que “decir” pero también hay que actuar con el voto convencido (buenos candidatos hay), o el voto en blanco (otra forma de protesta), o con el voto útil y hasta con el voto-protesta para rechazar a los mercenarios de la corrupción, los privilegios, la violencia y la guerra. Claro que se puede.