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El comienzo de otra época

30 Dic , 2015  

Por Mario Morales
A diferencia de los anteriores, este año parece que sí va a tener cierre. Las tensiones, expectativas y proyectos inconclusos nos llevaron en el último lustro de un año a otro sin respiro ni pausa. (Publica El Espectador)

La consolidación del proceso de paz a pesar del matoneo uribista, el fin del mandato de gobernadores y alcaldes, especialmente aquellos que causan tanto escozor entre las élites, el giro ideológico en gobiernos de algunos países del área y el barrigazo por la crisis económica han obligado a un receso anticipado para tomar aire porque lo que se viene no va a ser fácil.

Hasta el punto que la agenda mediática está paralizada de no ser por los incendios de todos los fines de año y la impunidad disfrazada representada en la proliferación de brazaletes electrónicos, casas por cárcel y aparición repentina de enfermedades entre convictos, en medio del culiprontismo de ciertos jueces.

No se necesita ser un genio para entrever en 2016 la andanada de la extrema derecha contra todo lo que huela a reconciliación, plebiscito, reinserción y perdón. Esa estrategia de tierra arrasada le ha dado resultado a Uribe —incluso ya se habla de mediación del presidente Obama— y a sus áulicos que roban cámara y mojan prensa entre más dislocadas sean sus opiniones.

Tampoco se necesita bola de cristal para adelantar que el espejo retrovisor puesto sobre Petro ha hecho creer que con Peñalosa Bogotá está cerca de ser el paraíso terrenal. Qué mala memoria.

Y si a eso le sumamos el espejismo de las recientes elecciones en Venezuela y Argentina se entiende el entusiasmo de ciertas hierbas del pantano.

Ya veremos en un año, cuando la crisis, inflación, decrecimiento económico y reforma tributaria para tapar huecos fiscales comiencen a cobrar por ventanilla. Pagarán como siempre los más débiles, comenzando por el salario mínimo.

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Moraleja: Comienza otra época. Que el nuevo año nos encuentre preparados. Bendiciones y los mejores augurios para todos.

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Se ven los frutos

23 Dic , 2015  

Por Mario Morales
Fue mucho más optimista el presidente Santos con su “informe” sobre los efectos del proceso de paz en estos últimos meses que el que presenta el monitoreo del Cerac desde el 20 de julio pasado. (Publica El Espectador)

Mientras el presidente dijo que disminuyeron en un 80% los combates entre Farc y fuerza pública, el Cerac habla del 69% teniendo en cuenta que hubo 16 enfrentamientos y antes se registraron 52.

También hay diferencias en el número de acciones violatorias de la tregua que por ahora suman seis, faltando por documentarse otros cuatro casos.

Lo mismo pasa con los datos de muertes de civiles y militares en este lapso, en los que hay diferencias de entre 6% y 25%, respectivamente.

Abstracción hecha de la variación entre fuentes, lo que sí vale la pena rescatar, como un verdadero regalo para el país, es que la tregua “unilateral” habría salvado, comparativamente, cerca de 60 vidas. Pero todavía falta, como lo prueban las 40 muertes entre civiles, militares y guerrilleros que se registraron en este segundo semestre, y que enlutan otros tantos hogares.

Ojalá la pedagogía del Gobierno, su comunicación política y las narrativas de los medios hicieran énfasis en estos logros que no sólo allanan el camino hacia la aceptación y refrendación de los acuerdos —no obstante reparos como los que acaba de hacer Human Rights Watch—, sino también para que los colombianos vislumbremos nuevos imaginarios de nuestra cotidianidad en medio de las diferencias. Se ven los frutos.

Moraleja 1: Ahora resulta que nadie, salvo Vargas Lleras en campaña, vio ni le gustan reinados como Miss Universo. ¿De dónde saldrían esos dos millones de televidentes del rating?

Moraleja 2: Espeluznante, por decir lo menos, que haya 1.000 cirugías plásticas diarias y una liposucción cada diez minutos en este país. ¿El faro de los reinados?

Moraleja 3: Una feliz navidad para todos, en medio de paz, prosperidad y bendiciones.

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Pero cumpliendo!

16 Dic , 2015  

Por Mario Morales
No les han cumplido. Así insista en afirmarlo en tono efervescente Humberto De la Calle luego de los significativos avances dados a conocer ayer en la mesa de La Habana. Puede que les estén cumpliendo al país, a la mesa e incluso a la comunidad internacional, pero a las más siete millones de víctimas en este país todavía no. (Publica El Espectador)

La frase repetida del jefe negociador puede llamar a equívocos, falsas expectativas y entusiasmos fugaces. El papel puede aguantar todo, pero ellas no, porque de todos los puntos, el más dependiente de los otros, el más frágil y el más simbólico es precisamente el de las víctimas.

Primero por su carácter universal, cada nueva víctima pone en duda lo avanzado, es un retroceso, una vuelta a empezar.

Segundo por su perspectiva de futuro, su talante de procuración, su lógica de permanente construcción que comienza hoy mismo.

Y tercero por su carácter iluminador y ejemplar en las instancias en las que estamos. La inmensa mayoría de esas víctimas nos han enseñado de todas las formas posibles a conjugar el verbo sustantivo de perdonar. Un perdón anticipado, generoso y desinteresado.

Sin saberlo han roto este círculo pernicioso de vencedores y vencidos vengativos en el cual nos han querido mantener, engordar y utilizar unos pocos espíritus vindicativos e insidiosos.

Claro que les importa la verdad y la reparación y la justicia, pero si algo tienen de común y recurrente en sus rezos y en sus quejas es la reafirmación de su voluntad suprema de que no haya repetición.

Cumplirles, doctor De la Calle, es dar garantías de que ni ellos ni nadie más tengan que padecer lo que ellos vivieron. De que, en la misma dimensión, no habrá más atrocidades, abusos sexuales, secuestros, desapariciones forzadas ni falsos positivos.

Cumplirles, presidente, es convertir en enseñas nacionales el “Basta ya”, el “Nunca más”, el “No en nuestro nombre”. Sólo así su dolor y su tragedia no habrán ocurrido en vano.

Obras, señores insurgentes, son amores y no sólo buenos acuerdos.

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Derrumbe

9 Dic , 2015  

Por Mario Morales
Se nos cae la estantería. Pocas cosas van quedando en pie de aquellas que alguna vez nos permitieron mirarnos como prójimo, como sociedad y como país.
Los pilares del establecimiento en todos sus órdenes se han ido desmoronando en serie, como cumpliendo una cita o una condena. 2015 será recordado por el resquebrajamiento de muchos cabos que otrora fueron bastiones de nuestras certezas, autoestima y hasta de orgullo. (Publica El Espectador)

Lo que está pasando en las cúpulas de la justicia, Policía y fútbol no son solamente indicios de la hecatombe moral que hoy nos define más que una huella dactilar, sino semilla del virus letal para el sueño de humanidad y de nación que una vez tuvimos.

Esos escándalos sobrepasan los límites del entorno en el cual ocurren porque arrasan a su paso maloliente nada menos que con el derecho, la seguridad y el sano entretenimiento en esta época de escaseces. ¿A quién o qué recurrir, entonces?

La justicia, politizada y corrupta vive su peor hora. La violencia estúpida ya nos había alejado de los estadios, ahora los manejos oscuros y las acusaciones de ida y vuelta en la rectora del fútbol y algunos de sus clubes, como pasa con Santafé, nos distancian del deporte mismo, del viejo reducto de ser hinchas.

Y el hedor en la Policía nos recuerda los peligros del poder y los uniformes al servicio de las más bajas pasiones humanas, pero entraña un daño más grande y devastador del cual ya tuvimos noticia este año: el espionaje y las interceptaciones criminales, porque atentan contra la libertad de expresión, censuran de manera flagrante y destruyen la utopía democrática de internet y de la tecnologías a causa de su rampante y probada vulnerabilidad.

Por eso, al cierre del año es inevitable sentirse más frágiles, más indefensos y más desamparados que nunca.

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Moraleja: Se entiende entonces que el virus de la desconfianza, encarnado en 48 millones de compatriotas, esté nominado a personaje del año.

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¿Premio o jalón de orejas?

2 Dic , 2015  

Por Mario Morales
Cuando vi la noticia yo también sentí ganas de poner la bandera y pintarme la cara con los tricolores que tenía guardados y subutilizados luego de la tibia presentación de nuestra selección en la Copa América y en el comienzo de la eliminatoria. (Publica El Espectador)

Que el vallenato fuera incluido por la Unesco en la lista de patrimonio inmaterial de la humanidad resarcía un poco la autoestima nacional tan golpeada últimamente por el creciente desempleo, la subida de las tasas de interés, la incredulidad ciudadana en el proceso de paz, el cañazo del racionamiento de energía para subir las tarifas, la creciente percepción de inseguridad y hasta por el aburridísimo culebrón entre James y su técnico, sin música de fondo.

Pero al leer la letra menuda quedé tan aburrido como el abuelito al que le celebran el centenario a todo timbal porque el año entrante…no se sabe.

Y es que el comité que tomó la decisión, lo hizo “bajo la necesidad de salvaguardia urgente” que es como haberlo declarado “en vías de extinción” por culpa —como dijeron en Mincultura— de “las amenazas que aquejan la música del vallenato tradicional”.

Ahí ronda el fantasma de descomposición social por culpa de todas las violencias, especialmente las narcas, pero la principal amenaza del vallenato es el mismo vallenato o eso que ahora llaman vallenato con sonsonetes a punta de saltos como si se tratara de animales “silvestres”.

Que eso es lo que le gusta a la gente, dicen los facilistas del folclor y de la consola. No. La gente oye lo que le pongan como va a pasar en este diciembre con Daddy, el otro fenómeno snob del autor de Gandnam Style.

Antes que un reconocimiento, porque ya sabíamos de su carácter universal, es otro jalón de orejas para que no dejemos ir de la memoria a poetas populares, cantores, cronistas y juglares del Magdalena Grande que reinventan todos los días los mitos, las leyendas y los relatos de ese país que somos todos o que estamos comenzando a dejar de serlo.