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¿Son excluyentes?

27 Ene , 2016  

Por Mario Morales
Será el último gran obstáculo antes del acuerdo de paz. Recibido el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, la decisión sobre el mecanismo de refrendación emerge como una nube negra en la recta final de los diálogos. (Publica El Espectador)

A diferencia de otros escollos en puntos previos de la agenda, que tenían variables y salidas diversas, a este ítem del fin del conflicto las partes llegan con apuestas marcadas. Mientras el Gobierno tiene prácticamente montado el plebiscito, la guerrilla se juega el punto de honor de la constituyente.

Con ausencia de tiempo para alternativas creativas, está claro no sólo que alguno tiene que ceder sino quién debe hacerlo. La discusión entonces gira en torno a qué precio las Farc accederán a apoyar el mentado plebiscito.

De manera racional, la constituyente se antoja más idónea y consistente, pero impertinente por el moméntum del país. Sin dejar satisfecho a nadie, ni al mismo presidente, el plebiscito se consolida entonces como alternativa propiciatoria. Pueda ser que el volumen de las discusiones no lo conviertan en una vaca muerta en el camino de la paz.

¿Pero son mutuamente excluyentes? No. Una vez realizado y superado el plebiscito, ¿podría el Gobierno, como han propuesto algunos, comprometerse a adelantar una constituyente al fin del período una vez haya fraguado el posacuerdo?

Ya es diciente que todas las tendencias en el espectro ideológico estén de acuerdo en la necesidad de renovar los pactos sociales que permitan reconfigurar nuestra tan venerada pero maltrecha institucionalidad.

Pero una cosa es verlo como condición sine qua non para firmar la paz y otra, más adelante, como punto de partida para propiciar el entendimiento que permita introducir las reformas que a gritos reclama el país.

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Moraleja: bien haría el Gobierno en atender a tiempo, con soluciones, la protesta social que se está fraguando con sobradas razones (Isagén, salario mínimo, importación desmesurada de alimentos, etc). ¿No que ya somos ejemplo de manejo de coyunturas?

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¿Medidas cosméticas?

13 Ene , 2016  

Por Mario Morales
Más que desconcertantes, resultaron desilusionantes algunas de primeras propuestas para solucionar el gigantesco problema de la inseguridad en Bogotá y el país. Y no sólo por la falta de creatividad, también por miopes o por efectistas. (Publica El Espectador)

Cárcel y castigos más duros se le escucha decir al flamante alcalde de la capital, Enrique Peñalosa. No publicitar videos de crímenes o actos delictivos propuso el presidente Santos. El problema es la percepción argumentan en los gobiernos nacional y distrital. Y hay hasta quienes piden veto para la sensacionalista e irresponsable crónica roja de los telenoticieros.

Al lado de esta exhibición de ingenio no faltaron los manidos anuncios de intervenciones en los consabidos focos delincuenciales, aumento del pie de fuerza y el también ya proverbial incremento de cámaras de seguridad. No menos sorprendente fue incluir en este paquete la recuperación del espacio público. Una cosa es perseguir a las mafias adueñadas de calles y esquinas y otra confundir el rebusque y el trabajo indigno con el delito.

En últimas, nada nuevo. El mismo tufillo tercemundista. Enfoque policivo, represivo y legalista. Emocional y pasajero. Mano dura y actividades temporales. Faltó enjuiciar a los ciudadanos por salir a las calles, usar celulares en público o dar papaya, que es como aquí se le dice a quien anda por ahí confiado. O que alguien hablara de autodefensas ciudadanas.

Poco o nada se dijo de prevención, de atacar raíces sociales y económicas del problema. Esas que mencionó el Chapo Guzmán, como lo han hecho otros delincuentes, que resultaron siéndolo por falta de opciones, trabajo digno, educación, actividades lúdicas, formación cívica, verdadera presencia estatal que no comience y termine en las fuerzas de choque.

No es más pie de fuerza lo que necesitan localidades como Ciudad Bolívar, ni más escoltas o armas los ciudadanos que pueden pagarlos, ni más reos pudriéndose en la cárcel. De nada sirven si la ciudad y el país no les ofrecen oportunidades de vida digna a sus habitantes.

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Esas paradojas

6 Ene , 2016  

Por Mario Morales
No deja de ser paradójico que en el año de la tregua en Colombia se hayan incrementado las violaciones a la libertad de prensa. Una paradoja que sigue la tendencia mundial, pues en 2015 hubo más periodistas asesinados en países en paz que en zonas de conflicto. (Publica El Espectador)

Claro, fue año electoral, pero nada justifica ni el incremento de víctimas ni el decrecimiento de la libertad de expresión con su nefasta sombra sobre la democracia.

Por eso, según Reporteros sin Fronteras, pasamos del puesto 126 al 128 entre 180 países, sólo por encima de algunos con situación más crítica, como Honduras, Venezuela y México.

El 2015 se llevó 110 reporteros de manera violenta, de los cuales 67 casos están documentados como asesinatos por efecto del ejercicio profesional. Además, fueron muertos siete colaboradores de medios y 27 net ciudadanos. La trágica lista la encabezan Siria, Irak y Francia, por la masacre de Charlie Hebdo.

Aquí, al menos dos periodistas perdieron la vida ejerciendo su oficio. Y no fue por causa del conflicto armado. Flor Alba Núñez en Huila y Luis Peralta en Caquetá investigaban valientemente la corrupción. Ya tenemos 144 mártires en 38 años.

Paradójico que más peligrosos que la guerra resulten los civiles enmascarados acostumbrados a hacer de la suyas. ¿Qué harán ahora que se les acaba la mampara del conflicto?

También aumentaron, según la FLIP, las amenazas con respecto a 2014. Son 76 víctimas, incluidos periodistas de grandes medios como Vicky Dávila, Claudia Morales y Pascual Gaviria.

La estigmatización aumentó brutalmente, así como la obstrucción oficial al ejercicio reporteril. Tristemente en 2015 prescribieron otros tres casos de periodistas asesinados. Y al comenzar este año prescribió el de Alfredo Matiz Espinosa.

El año que se fue será recordado como aquel en el que país confirmó que la prensa era sistemáticamente chuzada, no sólo por delincuentes, sino por algunas entidades encargadas de velar por su seguridad. Esa es la otra paradoja.