Deporte y dignidad

Por Mario Morales.

Los irrespetados son ellos. No hay razón para que el ciclista Winner Anacona se disculpe con el presidente ni con el país. Como tampoco la hubo cuando el subcampeón del Giro de Italia, Esteban Chaves, criticó la falta de apoyo del “ciclista” Enrique Peñalosa. (Publica El Espectador).

Ya era hora de que se sacudieran. Los deportistas y especialmente los ciclistas han sido usados por políticos, periodistas y ciudadanos cuando están en lo alto del curubito, y luego desechados cuando la opinión pública se ocupa de otros menesteres.

Ese trino en el que Anacona le recuerda a Santos que “nos hemos hecho solos” debía grabarse sobre mármol, no tanto para que la situación cambie (aquí los deportistas, como los habitantes de la Guajira, seguirán sin apoyo), sino para tratar de erradicar el oportunismo de los ricos Epulones del poder que creen que dan limosna a los lázaros del deporte por llamarlos, tomarse una selfi o hacerles una entrevista.

Esa ventaja tienen las nuevas generaciones de nuestros ciclistas, futbolistas y practicantes de otras disciplinas, que se han hecho a pulso, que tienen un prestigio afuera y que no le deben nada nadie aquí, salvo a sus familias y allegados.

Lejos están las épocas de los deportistas sumisos y asustados con las luces de la fama. Salieron muy jóvenes a forjar su carrera, en medio de sufrimientos y privaciones, lejos de la indiferencia y arribismo de sus compatriotas, como para que ahora tengan que dejarse manosear por ellos.

Tendrán que pensarlo mucho quienes intenten montarse en el tren de la victoria; los políticos para limpiar su imagen, los ciudadanos para borrar sus frustraciones y los “creativos” fanáticos que posan de periodistas deportivos para lucirse a costa suya.

Moraleja: Ya es hora de que los medios dejen de perseguir a las familias de los deportistas cuando triunfan en el exterior; esa narrativa pasó de tediosa a fastidiosa. Y que dejen de pintarlos como pobretones, como alguna vez reclamó el gran Nairo. Respetemos su dignidad. Solo gratitud con ellos.

Entre el sí y el activismo

Por Mario Morales.
Cómo decirlo? Lo de menos es lo de los 4 millones y medios de votos. Ese es coco al que le apostará la jauría que se opone. Su último reducto. Del que expele ese dilema entre frustrado y derrotista de elegir entre el no y la abstención que pide Uribe. Con cara pierden ellos. Con sello gana el país.

Le llegó el turno a la gente. La hora del plebiscito. Por fin el vocablo recupera el significado de sus orígenes: El de una ley requerida, impulsada y apoyada por el ciudadano común, pero con la característica de mandato, de ordenanza.

A diferencia de la oposición, el dilema de la población es, a partir de ahora entre el sí y el activismo despolitizado. El reto no es menor. Significa, ni más ni menos, la oportunidad de apropiarnos de nuestro presente y hacer posible otro futuro. De mostrar talante y convicciones.

Es la hora de voltear páginas. De pasar por encima del error innecesario del presidente Santos de querer “partidizar” el proceso. De evitar que Royes y Bennedettis saquen tajada. De impedir que el clientelismo y la mermelada hagan de las suyas. Es la hora de que el ciudadano común le diga a las maquinarias que no las necesitamos.

Pero también es hora de mostrar lo que las organizaciones sociales han hecho. Del trabajo de tejido, de resistencia, de comunidad. Es la hora de la academia de asumir el rol didáctico y pedagógico que nadie ha podido liderar. Es la hora de las familias, de las iglesias y otras pocas instituciones confiables. Sin rótulos.

Tienen razón quienes dicen que es la cita más importante, junto con la constituyente del 91, de nuestra historia con el sueño democrático, con el país que queremos construir.

En el fondo no está en juego el acuerdo, que tendría opciones aún si ganara, (es un decir), el no. Lo que importa, por encima de la cifra que va rumbo a convertirse en fetiche, es que por fin la inmensa mayoría de colombianos podamos estar del mismo lado

Modelo para armar

Por Mario Morales

Desde afuera puede parecer interesante, pero desde acá, entender o explicar la realidad colombiana suele ser agobiante.
Cómo explicar, por ejemplo, que el de las TIC sea el ministro con mejor imagen del muy mediocre gabinete de Santos, según encuesta del Centro de Consultoría. Y no es que haya otro que merezca estar por encima de ese sorprendente 58 % a favor de David Luna, a quien se le concibe en el sector como una figura ausente, de paso, en busca de otras “dignidades”, de los que “saben hacer fila”, sino que su labor ha sido gris, ambigua y sin mayor incidencia nacional. (Publica El Espectador)

O cómo entender el despliegue al programa de “gobierno” del entrante fiscal Néstor Humberto Martínez, como si quien resultara elegido para dirigir el ente acusador fuera la cabeza del poder Ejecutivo y no un funcionario con dos roles específicos: disminuir el delito, la impunidad y la corrupción a sus justas proporciones, y devolverle a la figura de fiscal el talante serio, silencioso y efectivo con el que se soñaba hace 25 años.

Y cómo comprender el mal llamado incidente entre Fuerza Pública y Farc en Uribe, justo cuando el proceso de diálogo pasa por el momento más frágil frente a factores externos, así la dinámica interna de la mesa sea la más sólida en estos casi cuatro años. Inexplicable cómo las dos partes dan papaya en los hechos y en las declaraciones, a sabiendas de que las disidencias, sobre todo las más oscuras, están agazapadas a la espera de que los procesos formales —como el fallo sobre el plebiscito o la refrendación misma— hagan agua para dar los zarpazos que impidan el acuerdo.

Quizá las razones residan en la misma fuente donde nacen la imagen favorable de Uribe, la resonancia a los descaches del procurador, el voto de los mayores de 35 años por Peñalosa, las largas que se le han dado al paro camionero o la terquedad de Óscar Iván Zuluaga y Pacho Santos de querer estar en el partido donde los desprecian… Todo un modelo para armar.

¿…y los demás?

Por Mario Morales.

La siguiente meta no puede ser el plebiscito. Hay mucho por hacer mientras refrendamos el acuerdo de paz con las Farc. La primera tarea para todos es no caer en la trampa de la guerra intestina de élites que acertadamente describe María Jimena Duzán. (Publica El Espectador)

Lo segundo, desarmar la palabra. La verbal, la digital, la escrita, la viral. Y no es sólo asunto de medios o de academia. Mientras más se ponen de acuerdo en La Habana, como lo demuestra la renuncia de las Farc a la extorsión, no es posible que se amplíen las brechas entre ciudadanos enfrascados en confrontaciones inanes y sectarismo desueto.

Un paso inicial es reemplazar verbos como ganar o perder para evitar esa visión maniquea en que nos han metido falsos liderazgos recientes. Es menester dejar de clasificar el entorno entre blanco y negro sin considerar las policromías.

En el exterior, desde donde escribo, lo que más nos critican es el tono futbolero de las opiniones, el reduccionismo conceptual, las generalizaciones, el simplismo.

Hay que correr el riesgo de pasar por aburridos; la esencia de nuestra conversación no puede ser dramatizar y espectacularizar o morir. En el debate sobre el plebiscito también caben el “sí, pero…”; “Sí, aunque…”; pero también el “no” sereno, con condiciones, y claro, el escepticismo.

El “sí” no es una batalla contra quienes piensan distinto, no es una eliminatoria nacional. El sí, y esa es la importancia del tono, es una puerta que se abre, en medio del disenso.

Por eso, el proceso con el Eln no se puede limitar al tremendismo del “ahora o nunca”. No es momento de ultimátums, o de dilemas como “negociación vs aniquilación”. Ya sabemos que si no es ahora, luego habrá otras opciones. La historia es cíclica.

Y también hay que prever otros escenarios. No será la hecatombe ni el momento de echar reversa si la Corte no aprueba, si la mayoría no se encuentra representada en las urnas. Habrá alternativas y nuevas oportunidades. De eso se trata la paz.

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