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El año del reconocimiento

29 Dic , 2016  

Por Mario Morales

De todo le hemos dicho a este pobre año que agoniza: que el año de las mentiras, de la rabia, del engaño o de la posverdad como eligió el diccionario Oxford, o como quiere hacerlo la Fundación del español urgente, Fundeu, con una preselección de 12 palabras que sinteticen estos 366 días delirantes, confusos y bipolares. (Publica El Espectador)

Si bien algunos de esos términos escogidos ayudan a resumir el 2016, como populismo, LGTfobia, abstenciocracia o bizarro (sinónimo de raro o extravagante), otros etiquetan la época que padecemos: valga citar el de ningufoneo, que es la manía de despreciar al que está en frente por privilegiar el dispositivo móvil; o el de vendehúmos, para calificar al que promete por vicio, o el de cuñadismo, para significar al que posa de saberlo todo para imponer lo que piensa.

Más brevemente, podría decirse que fue el año del no. No sólo por la respuesta ciudadana a convocatorias políticas innecesarias, sino por la actitud generalizada de la raza humana de negarse al cambio. Siempre será más fácil oponerse. Las mayorías parecen estar de lado de lo malo conocido que lo bueno por conocer. Zona de seguridad que llaman.

En el año de la emoción y de las creencias redescubrimos que la gente prefiere el orden a la libertad; la seguridad al libre albedrío; la mano fuerte a la incertidumbre de las mayorías. Nada nuevo, por supuesto; la diferencia es que dejó de ser vergonzante, por temor a las jaurías racionalistas, para manifestarse abiertamente.

Ha sido un año de ruptura; de la información para ser libres entramos sin rubor a la noticia deseada, como la llamó Wiñaski, la que queremos escuchar sin importar su porcentaje de verdad.

En fin, un año distópico. Lo malo es que nos movemos en término antiéticos y contrarios al de una sociedad soñada. Lo rescatable es que por fin estamos reconociendo lo que somos, con todas nuestras miserias. De ahí en adelante todo es ganancia.

Moraleja: Para todos un mejor año pleno de bendicione

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Los locos y los pañuelos

20 Dic , 2016  

Por Mario Morales

A este paso vamos a necesitar más de un pañuelo para despedir este largo e improductivo 2016. Necesitaremos uno para taparnos la nariz por la fetidez de la condición humana puesta de manifiesta en tantos actos irracionales, otro para enjugar las lágrimas por tantos dolores innecesarios y frustraciones absurdas, y uno más en señal de indefensión, auxilio o esperanza para que el próximo sea mejor. (Publica El Esepctador)

Y es que no se sabe qué huele más feo de lo que hemos llegado a ser en este año que claudica: Si el ignorado genocidio en Alepo, del que solo hablamos por secuelas del terror; o el sistemático y siempre minimizado exterminio de defensores derechos humanos en Colombia; o el abandono a su suerte de venezolanos y guajiros; o la sevicia inverosímil contra las mujeres e infantes golpeados, violados, empalados o asesinados en todas partes del planeta.

Pero también es nauseabundo reconfirmar, como lo ha dicho el Consejo de Estado, el engaño generalizado y confesado de un sector de la derecha que se escondió en el No para ocultar sus malos aires en contra de la paz; o de quienes se declaran perseguidos de la justicia para evitar su extradición y el peso de la justicia; o de quienes atentan contra sus semejantes por venganza, desidia o ambición como pasó con el siniestro del equipo chapecoense, y como se presiente que puede seguir pasando si se confirma lo que se rumora en algunos aeropuertos del país y en la misma Aerocivil.

Tampoco huele bien tanto embeleco con el metro de Bogotá, con la reserva Van Der Hammen y con la venta de las empresas públicas de la capital que sigue paralizada en un largo trancón de ineficiencia, soberbia y desgobierno.

Quizás sea cierto que hay mucho loco suelto como se ve en los actos terroristas, o mucho loco que cree no estarlo y presume de inocente, o muchos que presumen de locos para seguir haciendo de las suyas, pero también muchos que nos hacemos los locos pensando que todo es asunto de tener o cambiar de pañuelos.

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En busca del tiempo perdido

13 Dic , 2016  

Por Mario Morales

No podía ser de otra forma. La aprobación del fast track para la implementación del acuerdo de paz por parte de la Corte Constitucional no sólo abrió las puertas para terminar de una vez por todas la guerra con las Farc, sino que nos devolvió el aliento para creer que en medio de las vicisitudes, traspiés y reversazos aún estamos a tiempo de ser una nación viable. (Publica el Espectador)

Creer que el marco jurídico es inamovible, unidireccional o que está escrito sobre piedra es negar la dinámica cambiante de los pueblos y sus más altos intereses. A ver si le quitamos ese aura sagrado e intocable que ha sido palo en la rueda en este país de leguleyos.

Tuvo que ser una de las cortes, como ha sucedido en momentos históricos y a punto de perder el rumbo por veleidades y egoísmos politiqueros y oportunistas, la que mostrara equilibrio y entereza al permitir que se agilice el trámite en el Congreso, avalara la potestad parlamentaria para la refrendación y diera al presidente Santos facultades para consolidar la obra que empezó, antes que lleguen hienas y gallinazos con zarpazos electoreros y clientelistas con miras a las votaciones de 2018.

Pocas veces en el discurrir nacional es posible ver, como ayer, alineados y halando para el mismo lado a colombianos de distinto origen, como a los exegetas de la ley en clara sintonía con el proceder de guerreros que están a punto de dejar de serlo —como esos 300 desmovilizados agrupados en el norte del Cauca—, con los campesinos que quieren superar la estela de medio siglo con sustos y sangre —como los habitantes de Miranda que recibieron a los reinsertados— y con los millones de ciudadanos que reclamamos la paz como un derecho aquí y ahora.

Y los que no están de acuerdo aún tienen la posibilidad de discutir y mejorar el acuerdo en los cuatro debates para poder superar esta postración al servicio de la barbarie.

Así las cosas, el Nobel, marchas, debates y los anhelos reprimidos de cinco generaciones empiezan a cobrar sentido.

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Esa última milla…

6 Dic , 2016  

Por Mario Morales

Era sobre el papel un año para la historia. Pero pudo más nuestro sino, nuestro ADN, nuestra rancia costumbre de iniciar todo con pirotecnia y no terminarlo por el síndrome ese que en telecomunicaciones llaman de la última milla.

Eso fue lo que le faltó, por ejemplo, al proceso de paz, no sólo desde el punto de vista numérico, sino desde la perspectiva de grandeza y generosidad. Por eso, este año bisiesto nos devuelve, en vez de una nación reencontrada y dispuesta a dialogar en medio de sus diferencias, estos cuatro países que nos habitan: el progresista, el conservador, el indiferente y el excluido, que no sólo no se soportan entre sí, sino que, entre coyuntura y coyuntura, lo han dejado saber; al fin y al cabo, este fue el año de las emociones.

O a las cacareadas reformas, entre ellas la tributaria, que se vendió como la panacea a los males del posacuerdo desde la perspectiva de equidad en el sacrificio y resultó siendo otro golazo a las clases menos favorecidas y a la clase media, que se tragarán todo el sapo del hueco fiscal, pero sin la mantequilla prometida de los gravámenes a bebidas azucaradas, altas pensiones, dividendos y grandes fortunas. El poder para poder.

O a las masas manifestantes en las calles que ilusionaron las sombrías jornadas luego de las votaciones, como el campamento de la Plaza de Bolívar, acabado a sombrerazos por Peñalosa con la disculpa de un concierto; o como las del No, que no endosaron su posición a los populistas, politiqueros y oportunistas de siempre, con el ejemplo de la marcha que recordó que “Antioquia no es Uribe”; o como quienes protestan de manera válida por crímenes o abusos, pero la indignación les dura lo que una tableta efervescente.

Para no hablar de la Selección y de nuestro manoseado Millonarios… En fin, esos cinco p’al peso nos dejaron otra vez en veremos, sin ganas de añorar el año viejo que se va y con lánguidas expectativas para el que viene.