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Óscar a los otros

28 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Envidia de la buena produjo la gala de los premios Óscar. Porque más allá de los errores en la premiación o en los obituarios; de los no siempre bien logrados intentos de interacción con dulces caídos del cielo o turistas sorprendidos in situ; dejó ver detrás del rosto marquetinero de la industria, una posición sociopolítica sólida, coherente y contemporánea. (Publica el Espectador)

Fue una respuesta plurivocal del arte y del sector del entretenimiento a los escarceos totalitarios de un gobierno como el de Trump, antipersonaje de la velada, que de muchas maneras representa a tantos otros con ideologías disímiles. Pero también a la intolerancia, la violencia, los prejuicios…

Muchos de los ganadores bien habían podido quedarse en sus saludos intimistas, en sus retahílas de agradecimiento, en sus rutinas de autocomplacencia, en sus guiños a diseñadores o mecenas. Pero no. No perdieron la oportunidad de la tribuna ante 1.000 millones de seres humanos para revalidar con discursos lo que ya nos contaron en sus películas o viceversa, es decir, exaltar el respeto a la existencia del otro, del distinto, del lejano.

Por eso, sin altisonancia se manifestaron en contra de la brutalidad policial y la violencia racial como Edelam, Óscar al mejor documental; o condenaron la segregación de algunos países, como el ausente Farhadi, Óscar a mejor película extranjera; o el maltrato a inmigrantes como Bertolazzi, estatuilla al mejor maquillaje; o los muros como el actor Gael García; o la guerra inhumana en Siria, como lo hicieron saber los ganadores de mejor corto documental; o contra la intolerancia y el autoritarismo, como lo mostró Kimmel, el presentador, con el humor a veces como último rescoldo.

Me quedo con el poder de esas palabras antes que con las anécdotas de situación, por la convicción de quienes, como dijo Viola Davis, celebran vivir una vida, más si esa vida es la vida de los otros, como se llamó una película que no queremos olvidar. Tenemos tanto que aprender…

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Al derecho y al revés

21 Feb , 2017  

por Mario Morales

Si hay un día D en el proceso de implementación de los acuerdos de paz es precisamente cuando las Farc dejen las armas, así sea por cuotas. Es un día largo que ya despuntó con la dejación, que al decir del general Flórez, ya hicieron los milicianos en campamentos guerrilleros. Dicen los más optimistas que el proceso continuará el 1 de marzo, se extenderá 90 días y que el cronograma será inmodificable… lo que quiere decir que tendremos que “armarnos” de nuestra proverbial paciencia. (Publica El Espectador)

Si bien esa guerrilla ha dado muestras de transparencia en el proceso de reubicación en las 26 zonas veredales (que a su vez permitirá determinar el tamaño del problema de sus disidencias), el símbolo de compromiso con lo firmado el año pasado es el abandono total las armas, no sólo porque da lugar, más allá de la retórica, a la fase de no retorno, sino porque generan la confianza que requieren para regresar a la civilidad y convertirse en partido político.

Superado el berenjenal lingüístico de entrega versus dejación, y el del destino del armamento entre entierro, no uso y fundición de las armas que se convertirán finamente en tres monumentos, el proceso es un espaldarazo a las instituciones y al mandato del monopolio de las armas por parte del Estado. Falta ver que espacios, contenedores y ONU estén listos, así como procedimientos de verificación y monitoreo para que no queden armas en zonas de agrupamiento.

Estamos, pues, a semanas de constatar el fin real del conflicto, así no haya ánimos para celebrar, si se comprueba la hipótesis de que, en la otra cara de la moneda, el Eln estaría presionando con actos terroristas el cese bilateral.

Acciones torpes, además de criminales, porque envían mensajes equivocados a ciudadanos y Gobierno en medio de la confrontación entre taurinos y antitaurinos, al tiempo que frenan la mesa de negociaciones. Si no creen en el establecimiento, por lo menos, los elenos deberían creerles a las Farc y a su compromiso histórico.

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Eso ya se sabía…

14 Feb , 2017  

Por Mario Morales
Puede que no sea coincidencial el ambiente de confusión que reina con la denuncia gota a gota por el caso Obedrecht. Los dimes, diretes, chismes y patraseadas cada que se abre una alcantarilla no solo ponen cascaritas a los medios, divorciados como están de los hechos y en ardiente concubinato con las cambiantes versiones; sino, por intermedio suyo, a las audiencias que ya ahítas por la dosis permanente de podredumbre, toman distancia con la pretendida conclusión de que todos están untados o al menos salpicados. (Publica El Espectador)

Ese atiborramiento genera indiferencia entre la población que se siente inteligente repitiendo que “eso ya se sabía”, sumida en la inveterada actitud de resignación que ha hecho tanto daño desde que buena parte (es un decir) de los políticos creyeron que su pago era la guaca inagotable de los contratos.

Lentamente el proceso perderá velocidad hasta caer en la paquidermia como en tantos otros escándalos (eso también ya se sabía), a medida en que se amplían los mutuos señalamientos, la lista de implicados (si es que dan a conocer los nombres de gobernantes locales) y de funcionarios impedidos que podrían incluir al mismo fiscal, si prospera la denuncia de inhabilidad que presentó el senador Robledo.

Uno de los efectos colaterales de esa incertidumbre extendida es este apaciguamiento forzado de quienes viven de azuzar la polarización y la violencia verbal. Hay tiempo para que los pocos debates de fondo sobre la corrupción y de la entrada en vigor del proceso de paz mueran de anemia, y para que recarguen baterías (eso también ya se sabe) quienes van a hacer hasta lo imposible por hundir los acuerdos con la guerrilla y revivir el conflicto, esa otra forma de corrupción moral, que les producen tantos réditos.

No es pues una exageración decir que la campaña electoral que está en sus albores será escenario de la guerra por otros medios, o de la guerra misma si no despertamos del marasmo de creer que eso también lo sabíamos.

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La vieja lucha de clases

7 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Que las masas se aburren lo supimos con Domenach, el intelectual francés, desde mitad del siglo pasado. Aprendimos con George Sorel que esos rediles se despiertan antes que con hechos, por mitos, en especial los que connotan violencia aun cuando no tengan contenido, en la añoranza de pasados sublimes o proyección de sueños colectivos. Con esas ensoñaciones se han construido los peores totalitarismos, que comenzaron disfrazados de populismos para huirle a la argumentación y al debate racional. (Publica El Espectador)

Y en esas fuentes, donde se diluyeron las ideologías, están las explicaciones de fervores como el de Trump con sus mitos mimetizados del western, hasta las fiebrecillas que detecta la reciente encuesta de intención de voto realizada por Pulso País.

No extraña entonces la favorabilidad de Petro o Vargas Lleras en detrimento de la aspiración de Humberto de la Calle. El storytelling de los primeros ataca el sentimentalismo de los polos opuestos sin necesidad de exponer planes de gobierno, acudiendo al reconocimiento de sus seguidores en narrativas, prefiguradas las dos como agresivas y persuasivas más por la vía de la identidad que del convencimiento.

Muy distintos al fenómeno de De la Calle, heredero de uno de los gobernantes más aburridos de la historia, y protagonista de un acuerdo de paz que perdió el sex appeal para las masas desde que se desdibujaron la polarización verbalizada, el insulto, la mentira y los trapitos al sol.

La implementación adecuada de los acuerdos con las Farc y un expedito proceso con el Eln cierran opciones para De la Calle, pero también para el extremismo de derecha que se queda sin materia prima para inventar o interpretar a su acomodo la realidad con base en la vieja propaganda política analizada por Domenach hace casi 70 años, y que ahora se presenta reenvasada con la etiqueta de posverdad.

En cambio la pugna Petro-Vargas Lleras resulta más prometedora, así sea otro refrito de los mitos en torno a la eterna lucha de clases.