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Urgencia manifiesta

28 Mar , 2017  

Por Mario Morales
Lástima que la platica de ciencia y tecnología se evapore en carruseles literales como los asaderos de pollos, según denuncia reciente. Y con la falta que hace para investigaciones como esa de la vacuna contra el pesimismo que tanto necesita el país en estos momentos de convalecencia y dolor. (Publica el Espectador)

Se requieren entre nuestros compatriotas varias dosis de esa vacuna con la misma voluntad que se combate el tétano o la fiebre amarilla, que ahora se requiere en cada viaje más allá del río Bogotá.

Los primeros que la necesitan son los que devengaron el salario mínimo el año pasado. Ahí están vivitos y coleando muy a pesar de que ahora el Consejo de Estado resolvió, un año después, que el incremento decretado era insuficiente. Hay que tener fe en los genios que asesoran al Gobierno con esos cálculos.

También son candidatos los usuarios de Transmilenio que cada vez que hace sol utilizan los bloqueadores del sistema solo para dañarle el día al renovado y ahora humilde alcalde, que ha tenido que interrumpir la exhibición del “rénder” del futuro metro con tanta pedidera de disculpas. Que se acuerden los usuarios cómo era transportarse el siglo pasado o el antepasado.

Necesitan una dosis los 140.000 nuevos desocupados que quizá no conocen los subsidios estatales y las delicias del ocio remunerado. ¿Acaso no han visto cómo vive la mayoría de congresistas y concejales del país?

Pero que queden muestras para tanto pretendido colombianista, como el tal investigador gringo Stephen Randall, que anda desinflando a todo el mundo con el cuento que no se resolvieron las causas que originaron la insurgencia. No entiende que acabada la insurgencia no hay causas ni necesidad de buscarlas.

Y que reserven refuerzos de la tal vacuna para el presidente y el Centro Democrático a ver si terminan esa insufrible partida de póker con cartas secretas y expuestas que suma 90 meses. Si supieran lo efectiva que es. A mí me dieron una muestra gratis y miren no más…

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¿Disculpas?

21 Mar , 2017  

Por Mario Morales
No, alcalde, no va a ser suficiente con las disculpas por el retraso de ocho años y el sobrecosto de $127.000 millones en el túnel de la calle 94 de Bogotá.
Y no es suficiente porque el gesto encierra más el tufillo de lavatorio de manos, al estilo Pilatos, por las responsabilidades de una obra que terminó convertida en un monumento al desgreño, la corrupción y la politiquería, como lo fue en el pasado el intervenido puente de la 92. (Publica El Espectador)

Y porque representa el espejo retrovisor del cual no se ha querido desprender la actual administración, sin entender que con ello no solo polariza, sino que obliga a ciudadanos y funcionarios a comparar ejecutorias y estilos de administración, encerrados en un pasado del que pareciera que no se quieren separar.

De la hostigante verborrea de los que están y de los que se fueron ya está cansada la ciudad, especialmente en días críticos como el de ayer en el que la lluvia puso en jaque la movilidad y la paciencia de los bogotanos.

El “no fui yo”, el ”fue a mis espaldas”, el “hasta ahora me entero” y demás frases de cajón de nada sirven ante las urgencias de una urbe que, como lo señala el Ideam, está en alto riesgo de inundaciones cuando acentúe el invierno.

Sin profundizar en otros proyectos parados o en cámara lenta como la implementación del servicio de bicicletas públicas o el parque bicentenario que le están costando a la ciudad, según investigación de Caracol Radio, cerca de $270.000 millones.

Y mejor no hablemos de la frustrante falta de metro y sistemas de transporte decentes y seguros…

Si algo necesita esta ciudad son investigaciones que delaten a los responsables de esos actos vergonzosos, y después gerencia tangible para destrabar la ciudad del atolladero en que se encuentra.

Lo demás, alcalde, suena a eso, a disculpas por no estar tono con las exigencias de una ciudad que ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y requiere administraciones que “comprendan” sus retos.

Analisis

El caso Colmenares: un culebrón mal contado

20 Mar , 2017  

Este caso, que ha vuelto a ser noticia, no solamente muestra las fallas de la justicia, sino ante todo los grandes defectos del periodismo y la ligereza de sus audiencias al analizar la información que reciben. (Publica Razón Pública)

Por Mario Morales

“[Los espectadores] (…) llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente para decidir tan solo quién es el héroe y quién es el villano de la función”: Walter Lippman

Todos perdimos

Fiel a su estilo, el culebrón del caso Colmenares se sigue mordiendo la cola. No podía ser de otra forma. Gestado como la serie de no ficción más duradera y truculenta de lo que va de este siglo en Colombia, no podía tener un entierro de tercera. No podía haber punto final para las múltiples conjeturas que se han ido produciendo y enredando entre sí.

El fallo reciente de la juez Paula Astrid Jiménez donde absuelve a Laura Moreno y Jessica Quintero por la “extraña muerte” de Luis Andrés Colmenares, dejó en ascuas al país justiciero que anda en busca de culpables. También dejó inquietos a quienes esperaban un desenlace, y escépticos al resto, que no saben si la decisión de la justicia es una verdad a la cual aferrarse o una provisional, ahora que se anuncian apelaciones de los familiares y de los organismos nacionales de control.

Pero, sobre todo, el caso Colmenares dejó la sensación de que después de los 2.300 días de estar “al aire” este melodrama, todos salimos perdiendo: acusados, acusadores, abogados, Fiscalía, Bomberos y testigos. También los medios, y a través de ellos la audiencia, que sin querer queriendo construyeron una historia paralela sobre la base de los juicios a priori, las declaraciones, las filtraciones y la imaginación, y que parece no tener nada que ver con las 278 páginas del fallo que resumen el caso.

Varios hechos se convirtieron en hitos en la cadena de misterio y truculencia que atrajo a medios y espectadores, que siguen oscilando entre la satisfacción y la frustración con cada giro del caso:

El desorden de los fiscales;
La extralimitación de funciones de la oficina de prensa de la Procuraduría, que se adelantó al diagnóstico;
La aparente negligencia del cuerpo de Bomberos que atendió el caso el lluvioso 31 de octubre de 2010;
La versión del médico forense y exdirector de Medicina Legal;
La verborrea del segundo fiscal;
La inclusión del matiz racial y luego de los celos como causas del presunto asesinato;
Las dudas, contradicciones y posterior condena a falsos testigos;
El juicio y absolución de Carlos Cárdenas, uno de los implicados;
Los errores en la cadena de custodia;
El ocultamiento de pruebas, y
El fallo absolutorio de las jóvenes Moreno y Quintero por falta de pruebas.

Ese discurrir de los acontecimientos deja mal parada a la justicia colombiana, que en medio de tantos ires y venires deja la sensación de no ser garante para las partes en litigio y de no estar preparada para aclarar este tipo de casos que son el pan nuestro de cada día.
Acontecimiento periodístico

Justicia en Colombia, caso Colmenares.
Foto: Twitter @lcolmenaresr

Desde el punto de vista periodístico, el caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, sin proponérselo, está en el centro de la creación colectiva, a tono con la ecología digital contemporánea. Esto se debe a varias razones:
El caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, está en el centro de la creación colectiva.

Al grado de identificación que producen las narraciones de este tipo de violencia, donde todos nos sentimos con derecho a ser juez y parte;
A las connotaciones conspirativas que llevaron a asumir el conflicto como lucha de clases o como triángulo amoroso y a suponer el tráfico de influencias;
Al morbo aumentado por el misterio y la zozobra; y
A la facilidad que hoy brindan los medios digitales para el debate y la expresión de las opiniones e indignaciones –en todos los tonos y matices–, lo que ha convertido el tema en comidilla habitual.

Igualmente, el relato ha sido contado por muy distintas fuentes que se fueron cediendo el turno para alimentar el mito. Voces, imágenes, entrevistas, columnas y puestas en escena están hoy disponibles para quienes llegaron tarde a la función y para quienes siguen ávidos de contenido, que además podrían ser audiencias para la publicación de libros y la emisión de series televisivas que ya se anuncian.

Pero, sobre todo, este caso ha sido tan difundido porque permite esa práctica humana, tan vieja como la palabra –y hoy otra vez de moda con el nombre de posverdad–, de privilegiar las emociones y las creencias propias antes que los hechos y las pruebas irrefutables. Práctica que ha sido fiel acompañante de la crónica roja en nuestro suelo.

El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad degeneradas por la exacerbación de las emociones, la difusión mediática de verdades a medias, la excesiva cercanía con las fuentes y la fácil toma de partido por parte de los medios. Todo esto impulsado por la cada vez más frecuente –y equivocada– práctica de creer en las supuestas mayorías de las redes sociales.

Vuelven a salir a flote las dificultades y carencias de la crónica roja, un género que ha modificado algunas de sus prácticas -que en un principio fueron más cercanas al periodismo de baranda y de corte detectivesco donde el reportero iba armando el rompecabezas con trabajo de campo y aporte de pruebas, a veces, por desgracia, de su propia cosecha-. La deuda pedagógica del periodismo que va quedando en evidencia con el caso Colmenares tiene que ver con:

El carácter reactivo de los medios;
La confianza ciega en las pruebas sobre las causas violentas de la muerte del joven Colmenares, que llevó a los medios por el camino de las aseveraciones apresuradas;
La dependencia de la fuente oficial, puesta de manifiesto en la reverencia que aún se siente por la Fiscalía y sus representantes, que son apenas una parte del proceso de investigación criminalística y no la conclusión del mismo;
El espíritu ególatra y vanidoso de algunas fuentes y abogados que quisieron aprovecharse de la luz dura de los medios para beneficiar su imagen y proyectos personales;
La premura por publicar, en lugar de ayudar a entender el enigma, generó confusión y desinformación. La opinión y la emoción volvieron a ganarle a la razón y a la ponderación.
La moralina volvió a contaminar las narraciones. A veces por simpatía de los redactores, a veces para dar gusto a las multitudes airadas.

Del mismo modo, las suposiciones difundidas por los medios de comunicación llevaron a veces a equivocaciones de las partes de la investigación y al desconcierto de sus propias audiencias, que parecían más interesadas en la noticia deseada que en conocer la verdad, así fuera por fragmentos.

Queda en el aire, con razón o sin ella, un tufillo de impunidad sumado al interrogante que debe formar parte del autoexamen de los medios: si el periodismo debe estar del lado de las víctimas, aparte del joven Colmenares, ¿aquí quiénes son las víctimas?
Narrativas vendedoras

Laura Morena y Jessica Quintero, implicadas en el caso Colmenares.
Foto: Canal Capital

El caso Colmenares completa ya cerca de medio millón de entradas en buscadores populares como Google. Por métricas digitales y por la importancia del tema de la confrontación social y del poder de los afectados, es comparable con el caso de la violación y asesinato de la niña Yuliana Samboní, que también despertó en los medios el espíritu justiciero. Gracias a la pronta reacción de las autoridades y a la confesión del asesino se le cerró el paso al morbo, aunque seguirá vigente mientras se conoce la condena el victimario y la suerte de sus familiares.
El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad.

Por otra parte, el caso Colmenares se diferencia en vigencia e impacto de otros casos como el empalamiento y asesinato de Rosa Elvira Cely, que causó estupor y rechazo pero que por sus escasas aristas no logró posicionarse por mucho tiempo en la agenda de los medios ni en la conversación de las audiencias. Quedó, no obstante, como una bandera para los defensores de derechos humanos y para los activistas contra la violencia de género.

El caso Colmenares parece no tener final. Los puntos suspensivos que pone el reciente fallo absolutorio nos llevarán sin remedio a las tramas secundarias, aunque sin la misma visibilidad mediática y, por ende, sin la misma emocionalidad de estos largos seis años. Quedan en cartelera las apelaciones, eventuales demandas por daños y perjuicios, las investigaciones a fiscales y forenses y hasta a los 5 bomberos que “atendieron” el llamado de emergencia aquella noche fatídica.

El caso Colmenares sigue en la penumbra. La falta de certezas devuelve al caso el rótulo que le puso el primer fiscal luego de un año infructuoso de investigaciones: “muerte por establecer”. La historia sigue.

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Ni por enterado…

14 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

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Desuribizar, destrumpizar…

7 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Suele suceder que confundimos al fenómeno con su causa. Pasa aquí, en Estados, Unidos, Venezuela… Creemos, en pleno siglo XXI, el del renacer de las emociones exacerbadas por el ecosistema mediático, que el problema es Trump, Uribe, Maduro y compañía ilimitada. (Publica el Espectador)

Imaginamos que todavía hay líderes capaces de cambiar, incluso hacia el fracaso, el curso de la historia; o queremos ignorar que son las sociedades, sus almas colectivas, sus creencias y sentires más arraigados, los que hacen posible el surgimiento de los mal llamados neopopulistas, que no son más que intérpretes avanzados de los signos de la época. A veces ni ellos, sino sus asesores.

Esos líderes son el resultado de las ensoñaciones más profundas, a veces inconfesables, de una parte de esas sociedades. Y un día encarnan y aprenden a nutrirse del mito que crece con el sensacionalismo y que los hace inmunes a la diatriba y a la crítica porque se adueñan de esa narrativa, porque hacen del lenguaje del odio su forma expresiva, su pacto emocional con sus seguidores y con sus opositores que los nutren con sus pandectas.

Enceguecer a la masa con exageraciones y desfiguraciones es su manifestación continua de coherencia que aplauden sus áulicos. Ellos o sus asesores conocen bien nuestro sistema nervioso, nuestros reflejos condicionados, nuestras taras. Una vez aplicado el choque no hay defensa que valga… Casi ninguna.

Decían los propagandistas que frente a los agitadores, como Steve Bannon —el hoy afamado alter ego de Trump—, lo único que funciona es la razón. La historia los contradice.

Frente al escándalo, la indignación, mentiras o engaño, que son motores de combustión de las masas necesitadas de estímulos como canes pavlovianos, lo único que funciona es la indiferencia. A veces, combatir una mentira con base en argumentos es una forma indirecta y efectiva de potenciarla.

Desuribizar, destrumpizar, despalomizar ayuda a dejar al pez sin agua, sin oxígeno… Y de comenzar a curarnos de esa adicción.