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Acciones de verdad

25 Abr , 2017  

Es retadora la pregunta, ayer, en la portada de este diario, acerca de qué debemos hacer para contrarrestar la violencia sexual infantil. Quizás sea necesario enfatizar en la primera persona del plural y en el significado del verbo utilizado, si asumimos que ya fue suficiente de likes, memes, avatares y mensajitos de solidaridad, que, como hemos repetido, han devenido sublimación, autoconsuelo y pasividad. (Publica El Espectador)

También ya estuvo bien de sólo cifras, estadísticas y promedios en las narrativas que describen el horror de agresiones a menores, causadas especialmente por criminales de su entorno cercano. Esa cuantificación, por más que apunte a la precisión, distancia la sensibilidad de las audiencias y pone la gravedad del problema en una nube que todos vemos, pero que no nos afecta.

Y ya basta también de refugiarnos en el populismo punitivo, creyendo que con pedir aumento en las penas estamos llegando a la raíz del problema.

Es momento de mirarnos hacia adentro para reconocer el absoluto fracaso en la formación y educación de los que hoy son adultos y que es el origen de nuestros, así nos neguemos a reconocerlos: el machismo, la violencia como solución de conflictos, la misoginia y el maltrato físico y sicológico.

Somos una sociedad enferma que transmite sus taras generacionalmente. Esos gérmenes malignos habitan en todos los rincones, primero, porque han sido inoculados con el ejemplo en la familia, escuela y comunidades cercanas; segundo, porque han sido legitimados por medios y costumbres; y tercero porque son aceptados, ocultados o disimulados como un mal menor si el victimario es alguien conocido.

Algo hay que hacer para reformar esos imaginarios y deformaciones. Ya hay iniciativas académicas para tratar el machismo. Esa es parte de la prevención, incluyendo a aquellos que se creen ajenos. Las asignaturas de ética y ciudadanía en primaria y secundarias deberían tener estos componentes. Gobierno y comunidades civiles y religiosas han de trabajar en campañas de cuidado y alerta con los menores. Y así la propuesta no guste, no dar papaya. El enemigo está al acecho.

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Ni un sonrojo

18 Abr , 2017  

Si sólo fueran 460 días… Si cumplido el plazo hubiese una luz… Si a partir del 7 de agosto del año entrante hubiera esperanza de voltear esta página vergonzosa de consejas, dimes y diretes, lambones y lagartos aquí y en el exterior, políticos mendaces, vengadores viudos del poder, apátridas sin autoridad, sin personalidad, sin credenciales, como ha pasado con el tan mentado como inocuo, como no sea para delatar nuestra levedad, encuentro social con Trump… (Publica el Espectador)

Pero no. Sabemos, y esa es nuestra condena, que independientemente de lo que pase en las elecciones que vienen, de las propuestas que se esgrimen y los promeseros consuetudinarios, seguiremos divididos con respecto a lo único que debería unirnos, indignados en relación con lo único que nos es común, y, a la vez, marcados con la misma seña de identidad de no futuro.

No pudo ser más bochornoso el espectáculo de indignaciones y recriminaciones en torno al saludo en inglés mal hablado (habida cuenta de cómo maltratan el español) de dos despistados exfuncionarios, que sólo ha servido para revalidar su descrédito y la desazón nacional.

¿De veras esos son los voceros internacionales que nos merecemos? ¿Los intérpretes de lo que nos ocurre? ¿Los llamados a enderezar un rumbo que perdimos desde el principio de los tiempos?

¿O acaso tienen más legitimidad los que ripostaron aquí adentro? ¿Los que denostaron por todas partes? ¿Los que expusieron sus miserias?

Mirados desde afuera debemos dar lástima. Esa misma lástima que decimos sentir cuando miramos, con nuestra proverbial prepotencia, a la derecha o al sur en el mapa, creyéndonos diferentes, lo que incrementa el ridículo.

Si tan solo hubiera alguien distinto. Si tan solo fuéramos un país aburrido en el que la sobriedad de funcionarios y ciudadanos invitara al bostezo y no a cubrirnos la cara cada vez que quedamos expuestos. Pero ni un sonrojo porque ni nos damos cuenta.

Y después critican el pesimismo o la falta de fe en la patria…

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Culpables todos

11 Abr , 2017  

La degradación de la guerra, la sevicia de atentados terroristas, crímenes de lesa humanidad como los falsos positivos y la crueldad de la violencia común hicieron que durante décadas los feminicidios, tan atroces como los anteriores, se vieran en nuestro país como delitos menores. (Publica El Espectador)

Pero la violencia contra la mujer tiene en este país machista e hipócrita una tradición criminal, consentida y disimulada que solo salta a la luz pública en medio del morbo ciudadano, el mal tratamiento informativo o errores en procedimientos judiciales.

Peor aún, ha evolucionado, si nos atenemos a Medicina Legal que confirmó ayer el uso en primer lugar de armas de fuego, ya no solo para agredir, sino para eliminar físicamente a mujeres víctimas, como sucedió antier en Bogotá y como sucede, en promedio, cada 12 horas en algún lugar del país. Según el Instituto, en 2016 había 2.500 mujeres en riesgo grave de muerte por parte de sus parejas.

Por eso no se entiende que aquí solo hasta hace tres años se hubiera tipificado como delito el feminicidio y solo hasta hace dos, la Corte Suprema dictara su primera sentencia condenatoria por esta causa.

Y, absurdamente, sigue sin parecer grave por imaginarios que autoridades, medios y audiencias construyen alrededor de esas atrocidades, asentados en celos, advertencias y hasta ira intensa para narrar mitos infundados de subyugación y poder, como vimos o leímos ayer acerca de la víctima, como “la mujer o exmujer” del asesino. O, como hemos hallado en diversos observatorios de medios y han ratificado expertos, se narra a la víctima como generadora del conflicto; y se hacen perfiles del victimario que terminan por justificar el crimen, como el inveterado desequilibrio mental.

En ese contexto legitimador de machismo rampante, moldeado desde hogares, escuelas y medios, urge una política pública que enfrente la impunidad, y desenmascare los mal llamados crímenes pasionales y los trate como lo que son: crímenes imperdonables.

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Sorpresas y cosas sabidas

4 Abr , 2017  

Por Mario Morales

Es una suerte de esquizofrenia. Porque son cosas que uno espera y sin embargo no dejan de sorprender, a veces por el resultado, a veces por la forma en que suceden. (Publica El Espectador)

Cuando ya estábamos resignados a pasar a la historia universal, —esa aque se debate entre en la infamia y la de los casos jurídicos perdidos—, por una codena de cohecho con un solo culpable, aparece el exministro uribista Diego Palacio queriendo entrar por la puerta angosta de la Jurisdicción Especial para la Paz. Si bien no se autoincrimina, pide de manera oportunista que su caso sea revisado por ese tribunal para recibir los beneficios de la justicia transicional.

La confusa ocurrencia adquiere dimensiones de ficción con la justificación de tal acto: dizque porque tenía que ver con el conflicto armado. Con ese argumento tan traído de los cabellos caben todos los inculpados del país…

…Es entonces cuando uno entiende por qué la derecha megalomaníaca llega a extremos de culpar a la guerrilla del desastre ocurrido en el Putumayo… O que el país entero marchó el sábado pasado…

Sabíamos de la necesidad de una garganta ancha para tragarse los sapos que venían. Lo que no imaginábamos era que los primeros en querer beneficiarse con los acuerdos jurídicos emanados de la mesa de La Habana, fueran a ser precisamente los críticos del proceso de paz.

No serán los únicos. Ya viene el cortejo con sus claros clarines de más de 800 investigados y condenados de la fuerza pública que quieren acogerse a la JEP.

Pero habrá daños colaterales si el tribunal exige la verdad que se necesita; por eso la incomodidad de Uribe y su ataque al secretario de la JEP. Pronto ese será un “hecho alternativo”.

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Tampoco fue una sorpresa que Germán Vargas Lleras apareciera liderando la encuesta de Pulso País, después de la cacareada, costosa y rimbombante despedida de la Vicepresidencia. Lo que resulta increíble es que quieran achacarle el repunte a la exclusión de Oscar Iván Zuluaga de la carrera presidencial.