El País de las maravillas

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Analisis

El caso Colmenares: un culebrón mal contado

20 Mar , 2017  

Este caso, que ha vuelto a ser noticia, no solamente muestra las fallas de la justicia, sino ante todo los grandes defectos del periodismo y la ligereza de sus audiencias al analizar la información que reciben. (Publica Razón Pública)

Por Mario Morales

“[Los espectadores] (…) llegan hacia la mitad del tercer acto y se marchan antes de que caiga el telón, quedándose el tiempo suficiente para decidir tan solo quién es el héroe y quién es el villano de la función”: Walter Lippman

Todos perdimos

Fiel a su estilo, el culebrón del caso Colmenares se sigue mordiendo la cola. No podía ser de otra forma. Gestado como la serie de no ficción más duradera y truculenta de lo que va de este siglo en Colombia, no podía tener un entierro de tercera. No podía haber punto final para las múltiples conjeturas que se han ido produciendo y enredando entre sí.

El fallo reciente de la juez Paula Astrid Jiménez donde absuelve a Laura Moreno y Jessica Quintero por la “extraña muerte” de Luis Andrés Colmenares, dejó en ascuas al país justiciero que anda en busca de culpables. También dejó inquietos a quienes esperaban un desenlace, y escépticos al resto, que no saben si la decisión de la justicia es una verdad a la cual aferrarse o una provisional, ahora que se anuncian apelaciones de los familiares y de los organismos nacionales de control.

Pero, sobre todo, el caso Colmenares dejó la sensación de que después de los 2.300 días de estar “al aire” este melodrama, todos salimos perdiendo: acusados, acusadores, abogados, Fiscalía, Bomberos y testigos. También los medios, y a través de ellos la audiencia, que sin querer queriendo construyeron una historia paralela sobre la base de los juicios a priori, las declaraciones, las filtraciones y la imaginación, y que parece no tener nada que ver con las 278 páginas del fallo que resumen el caso.

Varios hechos se convirtieron en hitos en la cadena de misterio y truculencia que atrajo a medios y espectadores, que siguen oscilando entre la satisfacción y la frustración con cada giro del caso:

El desorden de los fiscales;
La extralimitación de funciones de la oficina de prensa de la Procuraduría, que se adelantó al diagnóstico;
La aparente negligencia del cuerpo de Bomberos que atendió el caso el lluvioso 31 de octubre de 2010;
La versión del médico forense y exdirector de Medicina Legal;
La verborrea del segundo fiscal;
La inclusión del matiz racial y luego de los celos como causas del presunto asesinato;
Las dudas, contradicciones y posterior condena a falsos testigos;
El juicio y absolución de Carlos Cárdenas, uno de los implicados;
Los errores en la cadena de custodia;
El ocultamiento de pruebas, y
El fallo absolutorio de las jóvenes Moreno y Quintero por falta de pruebas.

Ese discurrir de los acontecimientos deja mal parada a la justicia colombiana, que en medio de tantos ires y venires deja la sensación de no ser garante para las partes en litigio y de no estar preparada para aclarar este tipo de casos que son el pan nuestro de cada día.
Acontecimiento periodístico

Justicia en Colombia, caso Colmenares.
Foto: Twitter @lcolmenaresr

Desde el punto de vista periodístico, el caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, sin proponérselo, está en el centro de la creación colectiva, a tono con la ecología digital contemporánea. Esto se debe a varias razones:
El caso Colmenares es un fenómeno narrativo que, está en el centro de la creación colectiva.

Al grado de identificación que producen las narraciones de este tipo de violencia, donde todos nos sentimos con derecho a ser juez y parte;
A las connotaciones conspirativas que llevaron a asumir el conflicto como lucha de clases o como triángulo amoroso y a suponer el tráfico de influencias;
Al morbo aumentado por el misterio y la zozobra; y
A la facilidad que hoy brindan los medios digitales para el debate y la expresión de las opiniones e indignaciones –en todos los tonos y matices–, lo que ha convertido el tema en comidilla habitual.

Igualmente, el relato ha sido contado por muy distintas fuentes que se fueron cediendo el turno para alimentar el mito. Voces, imágenes, entrevistas, columnas y puestas en escena están hoy disponibles para quienes llegaron tarde a la función y para quienes siguen ávidos de contenido, que además podrían ser audiencias para la publicación de libros y la emisión de series televisivas que ya se anuncian.

Pero, sobre todo, este caso ha sido tan difundido porque permite esa práctica humana, tan vieja como la palabra –y hoy otra vez de moda con el nombre de posverdad–, de privilegiar las emociones y las creencias propias antes que los hechos y las pruebas irrefutables. Práctica que ha sido fiel acompañante de la crónica roja en nuestro suelo.

El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad degeneradas por la exacerbación de las emociones, la difusión mediática de verdades a medias, la excesiva cercanía con las fuentes y la fácil toma de partido por parte de los medios. Todo esto impulsado por la cada vez más frecuente –y equivocada– práctica de creer en las supuestas mayorías de las redes sociales.

Vuelven a salir a flote las dificultades y carencias de la crónica roja, un género que ha modificado algunas de sus prácticas -que en un principio fueron más cercanas al periodismo de baranda y de corte detectivesco donde el reportero iba armando el rompecabezas con trabajo de campo y aporte de pruebas, a veces, por desgracia, de su propia cosecha-. La deuda pedagógica del periodismo que va quedando en evidencia con el caso Colmenares tiene que ver con:

El carácter reactivo de los medios;
La confianza ciega en las pruebas sobre las causas violentas de la muerte del joven Colmenares, que llevó a los medios por el camino de las aseveraciones apresuradas;
La dependencia de la fuente oficial, puesta de manifiesto en la reverencia que aún se siente por la Fiscalía y sus representantes, que son apenas una parte del proceso de investigación criminalística y no la conclusión del mismo;
El espíritu ególatra y vanidoso de algunas fuentes y abogados que quisieron aprovecharse de la luz dura de los medios para beneficiar su imagen y proyectos personales;
La premura por publicar, en lugar de ayudar a entender el enigma, generó confusión y desinformación. La opinión y la emoción volvieron a ganarle a la razón y a la ponderación.
La moralina volvió a contaminar las narraciones. A veces por simpatía de los redactores, a veces para dar gusto a las multitudes airadas.

Del mismo modo, las suposiciones difundidas por los medios de comunicación llevaron a veces a equivocaciones de las partes de la investigación y al desconcierto de sus propias audiencias, que parecían más interesadas en la noticia deseada que en conocer la verdad, así fuera por fragmentos.

Queda en el aire, con razón o sin ella, un tufillo de impunidad sumado al interrogante que debe formar parte del autoexamen de los medios: si el periodismo debe estar del lado de las víctimas, aparte del joven Colmenares, ¿aquí quiénes son las víctimas?
Narrativas vendedoras

Laura Morena y Jessica Quintero, implicadas en el caso Colmenares.
Foto: Canal Capital

El caso Colmenares completa ya cerca de medio millón de entradas en buscadores populares como Google. Por métricas digitales y por la importancia del tema de la confrontación social y del poder de los afectados, es comparable con el caso de la violación y asesinato de la niña Yuliana Samboní, que también despertó en los medios el espíritu justiciero. Gracias a la pronta reacción de las autoridades y a la confesión del asesino se le cerró el paso al morbo, aunque seguirá vigente mientras se conoce la condena el victimario y la suerte de sus familiares.
El caso Colmenares es el mejor ejemplo de las construcciones sociales de la realidad.

Por otra parte, el caso Colmenares se diferencia en vigencia e impacto de otros casos como el empalamiento y asesinato de Rosa Elvira Cely, que causó estupor y rechazo pero que por sus escasas aristas no logró posicionarse por mucho tiempo en la agenda de los medios ni en la conversación de las audiencias. Quedó, no obstante, como una bandera para los defensores de derechos humanos y para los activistas contra la violencia de género.

El caso Colmenares parece no tener final. Los puntos suspensivos que pone el reciente fallo absolutorio nos llevarán sin remedio a las tramas secundarias, aunque sin la misma visibilidad mediática y, por ende, sin la misma emocionalidad de estos largos seis años. Quedan en cartelera las apelaciones, eventuales demandas por daños y perjuicios, las investigaciones a fiscales y forenses y hasta a los 5 bomberos que “atendieron” el llamado de emergencia aquella noche fatídica.

El caso Colmenares sigue en la penumbra. La falta de certezas devuelve al caso el rótulo que le puso el primer fiscal luego de un año infructuoso de investigaciones: “muerte por establecer”. La historia sigue.

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Ni por enterado…

14 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Disculpe, presidente, pero parece que estamos igual de sorprendidos. Usted, porque en su campaña y su Gobierno tiene personas que deciden sin o a pesar de usted mismo, y yo, porque “me acabo de enterar” de que o bien al frente de los des(a)tinos del país no había un líder con la suficiente idoneidad, o bien con la necesaria dignidad para asumir sus responsabilidades. (Publica El Espectador)

Esa sorpresa se multiplica por culpa de sus biógrafos y allegados que vendieron la idea de que estábamos al frente de un político sagaz y astuto, o lo que quiera que eso signifique en los nuevos diccionarios para definir los hechos alternativos. Si hasta nos dijeron que tenía la chispa para mover las locomotoras del siglo XXI, una chispa con siete años de atraso; demasiado tiempo en esta tierra del olvido.

Algo debe haber en torno al solio presidencial, y a los cargos públicos que tienen que ver con la contratación, que origina esa peste no declarada, pero no por ello menos grave, por culpa de la cual nadie “se entera” de nada, nadie autoriza nada y nadie, desde los próceres independentistas hasta ahora, sabe nada. Nadie, salvo los soplones de oficio que ya son legión.

Con razón, presidente, sus predecesores, de este siglo y del pasado, pelean con ese estigma, argumentando que es mal de muchos y consuelo de los que están por venir y por votar. Habría que cambiar el lema nacional: los despistados, abstraídos e ignorantes de lo que pasa en derredor somos más…

Dirá usted que estaba embebido en los berenjenales de la paz y que su reino no era de este mundo… de políticos y contratos.

Se encerrará luego en su indiferencia elefantina a esperar que el tiempo (así, en minúsculas) lo absuelva, mientras llega la hora de que alguien, como hizo la Corte al desterrar la palabra salvaje de nuestra Constitución, elimine vocablos como corrupción, soborno y delito y los reemplace por términos como irregularidades, anormalidades o hechos ilegales.

Eso le ayudaría un poco, así usted, presidente, como suponemos, ni se entere.

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Desuribizar, destrumpizar…

7 Mar , 2017  

Por Mario Morales

Suele suceder que confundimos al fenómeno con su causa. Pasa aquí, en Estados, Unidos, Venezuela… Creemos, en pleno siglo XXI, el del renacer de las emociones exacerbadas por el ecosistema mediático, que el problema es Trump, Uribe, Maduro y compañía ilimitada. (Publica el Espectador)

Imaginamos que todavía hay líderes capaces de cambiar, incluso hacia el fracaso, el curso de la historia; o queremos ignorar que son las sociedades, sus almas colectivas, sus creencias y sentires más arraigados, los que hacen posible el surgimiento de los mal llamados neopopulistas, que no son más que intérpretes avanzados de los signos de la época. A veces ni ellos, sino sus asesores.

Esos líderes son el resultado de las ensoñaciones más profundas, a veces inconfesables, de una parte de esas sociedades. Y un día encarnan y aprenden a nutrirse del mito que crece con el sensacionalismo y que los hace inmunes a la diatriba y a la crítica porque se adueñan de esa narrativa, porque hacen del lenguaje del odio su forma expresiva, su pacto emocional con sus seguidores y con sus opositores que los nutren con sus pandectas.

Enceguecer a la masa con exageraciones y desfiguraciones es su manifestación continua de coherencia que aplauden sus áulicos. Ellos o sus asesores conocen bien nuestro sistema nervioso, nuestros reflejos condicionados, nuestras taras. Una vez aplicado el choque no hay defensa que valga… Casi ninguna.

Decían los propagandistas que frente a los agitadores, como Steve Bannon —el hoy afamado alter ego de Trump—, lo único que funciona es la razón. La historia los contradice.

Frente al escándalo, la indignación, mentiras o engaño, que son motores de combustión de las masas necesitadas de estímulos como canes pavlovianos, lo único que funciona es la indiferencia. A veces, combatir una mentira con base en argumentos es una forma indirecta y efectiva de potenciarla.

Desuribizar, destrumpizar, despalomizar ayuda a dejar al pez sin agua, sin oxígeno… Y de comenzar a curarnos de esa adicción.

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Óscar a los otros

28 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Envidia de la buena produjo la gala de los premios Óscar. Porque más allá de los errores en la premiación o en los obituarios; de los no siempre bien logrados intentos de interacción con dulces caídos del cielo o turistas sorprendidos in situ; dejó ver detrás del rosto marquetinero de la industria, una posición sociopolítica sólida, coherente y contemporánea. (Publica el Espectador)

Fue una respuesta plurivocal del arte y del sector del entretenimiento a los escarceos totalitarios de un gobierno como el de Trump, antipersonaje de la velada, que de muchas maneras representa a tantos otros con ideologías disímiles. Pero también a la intolerancia, la violencia, los prejuicios…

Muchos de los ganadores bien habían podido quedarse en sus saludos intimistas, en sus retahílas de agradecimiento, en sus rutinas de autocomplacencia, en sus guiños a diseñadores o mecenas. Pero no. No perdieron la oportunidad de la tribuna ante 1.000 millones de seres humanos para revalidar con discursos lo que ya nos contaron en sus películas o viceversa, es decir, exaltar el respeto a la existencia del otro, del distinto, del lejano.

Por eso, sin altisonancia se manifestaron en contra de la brutalidad policial y la violencia racial como Edelam, Óscar al mejor documental; o condenaron la segregación de algunos países, como el ausente Farhadi, Óscar a mejor película extranjera; o el maltrato a inmigrantes como Bertolazzi, estatuilla al mejor maquillaje; o los muros como el actor Gael García; o la guerra inhumana en Siria, como lo hicieron saber los ganadores de mejor corto documental; o contra la intolerancia y el autoritarismo, como lo mostró Kimmel, el presentador, con el humor a veces como último rescoldo.

Me quedo con el poder de esas palabras antes que con las anécdotas de situación, por la convicción de quienes, como dijo Viola Davis, celebran vivir una vida, más si esa vida es la vida de los otros, como se llamó una película que no queremos olvidar. Tenemos tanto que aprender…

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Al derecho y al revés

21 Feb , 2017  

por Mario Morales

Si hay un día D en el proceso de implementación de los acuerdos de paz es precisamente cuando las Farc dejen las armas, así sea por cuotas. Es un día largo que ya despuntó con la dejación, que al decir del general Flórez, ya hicieron los milicianos en campamentos guerrilleros. Dicen los más optimistas que el proceso continuará el 1 de marzo, se extenderá 90 días y que el cronograma será inmodificable… lo que quiere decir que tendremos que “armarnos” de nuestra proverbial paciencia. (Publica El Espectador)

Si bien esa guerrilla ha dado muestras de transparencia en el proceso de reubicación en las 26 zonas veredales (que a su vez permitirá determinar el tamaño del problema de sus disidencias), el símbolo de compromiso con lo firmado el año pasado es el abandono total las armas, no sólo porque da lugar, más allá de la retórica, a la fase de no retorno, sino porque generan la confianza que requieren para regresar a la civilidad y convertirse en partido político.

Superado el berenjenal lingüístico de entrega versus dejación, y el del destino del armamento entre entierro, no uso y fundición de las armas que se convertirán finamente en tres monumentos, el proceso es un espaldarazo a las instituciones y al mandato del monopolio de las armas por parte del Estado. Falta ver que espacios, contenedores y ONU estén listos, así como procedimientos de verificación y monitoreo para que no queden armas en zonas de agrupamiento.

Estamos, pues, a semanas de constatar el fin real del conflicto, así no haya ánimos para celebrar, si se comprueba la hipótesis de que, en la otra cara de la moneda, el Eln estaría presionando con actos terroristas el cese bilateral.

Acciones torpes, además de criminales, porque envían mensajes equivocados a ciudadanos y Gobierno en medio de la confrontación entre taurinos y antitaurinos, al tiempo que frenan la mesa de negociaciones. Si no creen en el establecimiento, por lo menos, los elenos deberían creerles a las Farc y a su compromiso histórico.

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Eso ya se sabía…

14 Feb , 2017  

Por Mario Morales
Puede que no sea coincidencial el ambiente de confusión que reina con la denuncia gota a gota por el caso Obedrecht. Los dimes, diretes, chismes y patraseadas cada que se abre una alcantarilla no solo ponen cascaritas a los medios, divorciados como están de los hechos y en ardiente concubinato con las cambiantes versiones; sino, por intermedio suyo, a las audiencias que ya ahítas por la dosis permanente de podredumbre, toman distancia con la pretendida conclusión de que todos están untados o al menos salpicados. (Publica El Espectador)

Ese atiborramiento genera indiferencia entre la población que se siente inteligente repitiendo que “eso ya se sabía”, sumida en la inveterada actitud de resignación que ha hecho tanto daño desde que buena parte (es un decir) de los políticos creyeron que su pago era la guaca inagotable de los contratos.

Lentamente el proceso perderá velocidad hasta caer en la paquidermia como en tantos otros escándalos (eso también ya se sabía), a medida en que se amplían los mutuos señalamientos, la lista de implicados (si es que dan a conocer los nombres de gobernantes locales) y de funcionarios impedidos que podrían incluir al mismo fiscal, si prospera la denuncia de inhabilidad que presentó el senador Robledo.

Uno de los efectos colaterales de esa incertidumbre extendida es este apaciguamiento forzado de quienes viven de azuzar la polarización y la violencia verbal. Hay tiempo para que los pocos debates de fondo sobre la corrupción y de la entrada en vigor del proceso de paz mueran de anemia, y para que recarguen baterías (eso también ya se sabe) quienes van a hacer hasta lo imposible por hundir los acuerdos con la guerrilla y revivir el conflicto, esa otra forma de corrupción moral, que les producen tantos réditos.

No es pues una exageración decir que la campaña electoral que está en sus albores será escenario de la guerra por otros medios, o de la guerra misma si no despertamos del marasmo de creer que eso también lo sabíamos.

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La vieja lucha de clases

7 Feb , 2017  

Por Mario Morales

Que las masas se aburren lo supimos con Domenach, el intelectual francés, desde mitad del siglo pasado. Aprendimos con George Sorel que esos rediles se despiertan antes que con hechos, por mitos, en especial los que connotan violencia aun cuando no tengan contenido, en la añoranza de pasados sublimes o proyección de sueños colectivos. Con esas ensoñaciones se han construido los peores totalitarismos, que comenzaron disfrazados de populismos para huirle a la argumentación y al debate racional. (Publica El Espectador)

Y en esas fuentes, donde se diluyeron las ideologías, están las explicaciones de fervores como el de Trump con sus mitos mimetizados del western, hasta las fiebrecillas que detecta la reciente encuesta de intención de voto realizada por Pulso País.

No extraña entonces la favorabilidad de Petro o Vargas Lleras en detrimento de la aspiración de Humberto de la Calle. El storytelling de los primeros ataca el sentimentalismo de los polos opuestos sin necesidad de exponer planes de gobierno, acudiendo al reconocimiento de sus seguidores en narrativas, prefiguradas las dos como agresivas y persuasivas más por la vía de la identidad que del convencimiento.

Muy distintos al fenómeno de De la Calle, heredero de uno de los gobernantes más aburridos de la historia, y protagonista de un acuerdo de paz que perdió el sex appeal para las masas desde que se desdibujaron la polarización verbalizada, el insulto, la mentira y los trapitos al sol.

La implementación adecuada de los acuerdos con las Farc y un expedito proceso con el Eln cierran opciones para De la Calle, pero también para el extremismo de derecha que se queda sin materia prima para inventar o interpretar a su acomodo la realidad con base en la vieja propaganda política analizada por Domenach hace casi 70 años, y que ahora se presenta reenvasada con la etiqueta de posverdad.

En cambio la pugna Petro-Vargas Lleras resulta más prometedora, así sea otro refrito de los mitos en torno a la eterna lucha de clases.

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¿En la sinsalida?

31 Ene , 2017  

Por: Mario Morales

Sería una exageración decir que llevamos cinco meses en paz, aún si en ese lapso no ha habido ningún muerto a causa del conflicto armado directo, como no pasaba desde hace medio siglo. Sería un motivo para celebrar que no se sigan perdiendo vidas humanas por culpa de la estupidez guerrerista, si esa fuera la consecuencia de que por fin aprendimos a lidiar con nuestras diferencias. (Publica El Espectador)

Pero no hay tal; seguimos en conflicto, si entendemos como tal la confrontación violenta entre quienes piensan distinto o tienen creencias diversas, y si se mantiene la perspectiva de la eliminación física o simbólica del otro.

Sí, hay un paréntesis necesario que ojalá termine con la incorporación completa de las Farc a la vida civil y que ojalá se extienda por varias generaciones. Pero preocupan, y mucho, los nubarrones de las bacrim y otros actores violentos copando los espacios que la guerrilla está dejando en casi 250 municipios, como señala la Fundación Paz y Reconciliación.

Como preocupa la muerte impune de líderes sociales, reclamantes de tierras y defensores de derechos humanos, síntomas de nuevas violencias, de odios reciclados.

Pero no es sólo allá donde el Estado brilla por su ausencia. La misma guerra a muerte cohabita en las ciudades por el monopolio del transporte público, el maltrato animal; o el control en el barrio, la esquina, la casa…

Y en medio de ello, el Estado improvisando, como siempre, a juzgar por el mes de retraso en las zonas veredales, esa colcha de retazos punitiva que es el nuevo Código de Policía, esos incentivos inanes para disminuir la accidentalidad y la ausencia de pedagogía para facilitar la convivencia.

Se entiende la quejadera general, las marchas recurrentes y hasta las 46 revocatorias que, según la Registraduría, van en camino. Algo tiene que hacer la gente más allá de esconderse del conflicto latente y de la delincuencia común que, para colmo, se ha tomado las ciudades.

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Pullas y tatequietos

17 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Pulla va, pulla viene. Ya apesta ese rifirrafe entre el actual y el pasado gobierno y sus mutuas acusaciones de corrupción, la madre de todos nuestros males. Algo deben saber, que los encargados de impartir justicia no, quienes sugieren que anteriores o presentes funcionarios, familiares, amigos, financiadores y defensores tienen rabo de paja. Pero apenas sugieren, sin pasar del mutuo señalamiento o de esparcir cizaña. (Publica El Espectador)

Esas murmuraciones, especulaciones y chismes baratos servirían para algo si no supiéramos que están enunciados como simples “tatequietos” o vulgares advertencias a los adversarios para recordarse sus malos pasos. El manido y muy mencionado por estos días, “hagámonos pasito”.

En cambio refuerzan los imaginarios populares de una clase política descompuesta, deshonesta y oportunista. Ahí está la raíz de la aversión de la gente a la política, del distanciamiento de los partidos y de quienes se autoproclaman líderes políticos en medio del desprestigio.

Cosa distinta sería si esos dedos señaladores se hicieran acompañar de pruebas que permitieran la apertura de procesos serios que develaran los intríngulis que desangran los bienes públicos y defraudan la confianza de los ciudadanos.

Pero no, seguimos a expensas de las investigaciones de autoridades internacionales o de las delaciones convenientes de los cómplices, que ofrecen chivos expiatorios para esconder a otros responsables, como siempre sucede en el bajo mundo.

Y en medio de ello, la indolencia general que no pasa del murmullo indignado, bien porque la narrativa de la corrupción está contada de manera abstracta, sin víctimas de carne y hueso; bien porque realmente creen que esos dineros no son de todos y no salen de sus bolsillos; o bien porque en los estándares morales transmitidos de generación en degeneración ese, el de esquilmar el tesoro o la fe públicas, es un mal menor; eso sí, mientras a cada uno se le presenta la oportunidad de ordeñar al Estado por propia mano.

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Nuestro tricolor

12 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Nos gustaba más el mundo cuando era en colores, si es que alguna vez lo fue. Han perdido gracia este país gris y este planeta con tempestades. Desde que decidimos, o decidieron en nuestro nombre, que todo era blanco o negro echamos por la borda la maravilla de la diversidad, de la otredad, del asombro cromático de la diferencia. Quizás sea por eso que ahora aburren los mal llamados debates, que no son otra cosa que una exposición de motivos a manera de posverdades, es decir de creencias y emociones para no cambiar de posición. Triunfa el más obcecado, el más terco, el que no cede. (Publica El Espectador)

De ahí en adelante todos quieren que sea sin árbitro para que valga todo. Desde el tramposo argumento de los taurinos que piden que no haya violencia en contra de sus prácticas crueles que construyen y legitiman el dolor ajeno como insumo de placeres malsanos ocultos en falsas estéticas… Hasta enfermos mentales agresivos que con el disfraz de la defensa de la vida animal, atacan la humana mientras sueñan con el ojo por el ojo en la arena.

Y unos y otros se creen heraldos de la civilización mientras acusan a los restantes de bárbaros sin entender que sus respectivas violencias tiene origen en la aridez racional que da lugar a la solución primigenia de la eliminación simbólica o real del otro.

Si de algo ha servido el bochornoso regreso del toreo a Bogotá y el lamentable espectáculo de quienes con violencia quieren erradicarlo, es para expresar, por otros medios, nuestra proverbial incapacidad para resolver conflictos y diferencias, y para recordar nuestra proclividad a recurrir a puños, armas y sangre cuando el argumento escasea y la idea no fluye.

Surge entonces la típica excusa de que todo tiene su límite; pretexto que abre las esclusas, desde las peleas escolares o familiares hasta las planetarias, para que el más poderoso, el más violento o el más cruel se salga con las suyas haciendo correr el rojo sangre, el único color que acaba con las diferencias.