El País de las maravillas

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El de la paloma

3 Ene , 2017  

Por Mario Morales

Quizás aún no se pueda cantar victoria, como les pasó a los que votaron por el No en el plebiscito sin contar con la astucia del presidente Santos y su aplanadora parlamentaria… Tal vez sería mejor esperar para enterrar el complejo año viejo que aumentó su expectativa de vida, como muchos en estas latitudes, hasta el 27 de enero, que es cuando de veras diremos feliz año nuevo, si nos atenemos al calendario chino. (Publica El Espectador)

Por eso, es posible que se hayan perdido los rituales de uvas, maletas y lentejas del fin de semana pasado o que solo tengan efecto para este enero y que haya que refrendarlos con un fast track en tres semanas… Contando con que los astros estén enmermelados.

A estas alturas, más que al horóscopo chino, les tengo confianza a las predicciones de los Simpsons, como reportó el portal Buzzfeed. ¿Quién se atreve a dudar, por ejemplo, que habrá deportación de migrantes, desastres medioambientales, que payasos ganarán unas elecciones o que Brad Pitt y Angelina Jolie van a engordar?

En cambio, lo que promete el horóscopo chino parece enrevesado en esta época de hackers e interceptaciones. Miren no más: este 28 comenzará el año del gallo de fuego, que “viene con habladurías, mentiras, robos menores y falta de independencia, tanto económica como emocional”. ¿Acaso eso no fue lo que vivimos en las anteriores elecciones, en el año del mono?

Prevé, además, que “se endurecerán gobiernos y habrá tendencia al autoritarismo en muchas regiones”. Profecías del año pasado…

¿Será que se trastocó el tiempo y en vez del año del gallo estamos por comenzar el del perro en el que “se puede convivir bien con gente de distintos círculos y mezclarse como si fuera familia de todos”?

Esa es la profecía que necesita este país que espera desde hace dos meses el año de la paloma, pero no como la entienden Vargas Lleras o el general Naranjo, sino como la pide el país que cree en la paz…

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El año del reconocimiento

29 Dic , 2016  

Por Mario Morales

De todo le hemos dicho a este pobre año que agoniza: que el año de las mentiras, de la rabia, del engaño o de la posverdad como eligió el diccionario Oxford, o como quiere hacerlo la Fundación del español urgente, Fundeu, con una preselección de 12 palabras que sinteticen estos 366 días delirantes, confusos y bipolares. (Publica El Espectador)

Si bien algunos de esos términos escogidos ayudan a resumir el 2016, como populismo, LGTfobia, abstenciocracia o bizarro (sinónimo de raro o extravagante), otros etiquetan la época que padecemos: valga citar el de ningufoneo, que es la manía de despreciar al que está en frente por privilegiar el dispositivo móvil; o el de vendehúmos, para calificar al que promete por vicio, o el de cuñadismo, para significar al que posa de saberlo todo para imponer lo que piensa.

Más brevemente, podría decirse que fue el año del no. No sólo por la respuesta ciudadana a convocatorias políticas innecesarias, sino por la actitud generalizada de la raza humana de negarse al cambio. Siempre será más fácil oponerse. Las mayorías parecen estar de lado de lo malo conocido que lo bueno por conocer. Zona de seguridad que llaman.

En el año de la emoción y de las creencias redescubrimos que la gente prefiere el orden a la libertad; la seguridad al libre albedrío; la mano fuerte a la incertidumbre de las mayorías. Nada nuevo, por supuesto; la diferencia es que dejó de ser vergonzante, por temor a las jaurías racionalistas, para manifestarse abiertamente.

Ha sido un año de ruptura; de la información para ser libres entramos sin rubor a la noticia deseada, como la llamó Wiñaski, la que queremos escuchar sin importar su porcentaje de verdad.

En fin, un año distópico. Lo malo es que nos movemos en término antiéticos y contrarios al de una sociedad soñada. Lo rescatable es que por fin estamos reconociendo lo que somos, con todas nuestras miserias. De ahí en adelante todo es ganancia.

Moraleja: Para todos un mejor año pleno de bendicione

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Los locos y los pañuelos

20 Dic , 2016  

Por Mario Morales

A este paso vamos a necesitar más de un pañuelo para despedir este largo e improductivo 2016. Necesitaremos uno para taparnos la nariz por la fetidez de la condición humana puesta de manifiesta en tantos actos irracionales, otro para enjugar las lágrimas por tantos dolores innecesarios y frustraciones absurdas, y uno más en señal de indefensión, auxilio o esperanza para que el próximo sea mejor. (Publica El Esepctador)

Y es que no se sabe qué huele más feo de lo que hemos llegado a ser en este año que claudica: Si el ignorado genocidio en Alepo, del que solo hablamos por secuelas del terror; o el sistemático y siempre minimizado exterminio de defensores derechos humanos en Colombia; o el abandono a su suerte de venezolanos y guajiros; o la sevicia inverosímil contra las mujeres e infantes golpeados, violados, empalados o asesinados en todas partes del planeta.

Pero también es nauseabundo reconfirmar, como lo ha dicho el Consejo de Estado, el engaño generalizado y confesado de un sector de la derecha que se escondió en el No para ocultar sus malos aires en contra de la paz; o de quienes se declaran perseguidos de la justicia para evitar su extradición y el peso de la justicia; o de quienes atentan contra sus semejantes por venganza, desidia o ambición como pasó con el siniestro del equipo chapecoense, y como se presiente que puede seguir pasando si se confirma lo que se rumora en algunos aeropuertos del país y en la misma Aerocivil.

Tampoco huele bien tanto embeleco con el metro de Bogotá, con la reserva Van Der Hammen y con la venta de las empresas públicas de la capital que sigue paralizada en un largo trancón de ineficiencia, soberbia y desgobierno.

Quizás sea cierto que hay mucho loco suelto como se ve en los actos terroristas, o mucho loco que cree no estarlo y presume de inocente, o muchos que presumen de locos para seguir haciendo de las suyas, pero también muchos que nos hacemos los locos pensando que todo es asunto de tener o cambiar de pañuelos.

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En busca del tiempo perdido

13 Dic , 2016  

Por Mario Morales

No podía ser de otra forma. La aprobación del fast track para la implementación del acuerdo de paz por parte de la Corte Constitucional no sólo abrió las puertas para terminar de una vez por todas la guerra con las Farc, sino que nos devolvió el aliento para creer que en medio de las vicisitudes, traspiés y reversazos aún estamos a tiempo de ser una nación viable. (Publica el Espectador)

Creer que el marco jurídico es inamovible, unidireccional o que está escrito sobre piedra es negar la dinámica cambiante de los pueblos y sus más altos intereses. A ver si le quitamos ese aura sagrado e intocable que ha sido palo en la rueda en este país de leguleyos.

Tuvo que ser una de las cortes, como ha sucedido en momentos históricos y a punto de perder el rumbo por veleidades y egoísmos politiqueros y oportunistas, la que mostrara equilibrio y entereza al permitir que se agilice el trámite en el Congreso, avalara la potestad parlamentaria para la refrendación y diera al presidente Santos facultades para consolidar la obra que empezó, antes que lleguen hienas y gallinazos con zarpazos electoreros y clientelistas con miras a las votaciones de 2018.

Pocas veces en el discurrir nacional es posible ver, como ayer, alineados y halando para el mismo lado a colombianos de distinto origen, como a los exegetas de la ley en clara sintonía con el proceder de guerreros que están a punto de dejar de serlo —como esos 300 desmovilizados agrupados en el norte del Cauca—, con los campesinos que quieren superar la estela de medio siglo con sustos y sangre —como los habitantes de Miranda que recibieron a los reinsertados— y con los millones de ciudadanos que reclamamos la paz como un derecho aquí y ahora.

Y los que no están de acuerdo aún tienen la posibilidad de discutir y mejorar el acuerdo en los cuatro debates para poder superar esta postración al servicio de la barbarie.

Así las cosas, el Nobel, marchas, debates y los anhelos reprimidos de cinco generaciones empiezan a cobrar sentido.

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Esa última milla…

6 Dic , 2016  

Por Mario Morales

Era sobre el papel un año para la historia. Pero pudo más nuestro sino, nuestro ADN, nuestra rancia costumbre de iniciar todo con pirotecnia y no terminarlo por el síndrome ese que en telecomunicaciones llaman de la última milla.

Eso fue lo que le faltó, por ejemplo, al proceso de paz, no sólo desde el punto de vista numérico, sino desde la perspectiva de grandeza y generosidad. Por eso, este año bisiesto nos devuelve, en vez de una nación reencontrada y dispuesta a dialogar en medio de sus diferencias, estos cuatro países que nos habitan: el progresista, el conservador, el indiferente y el excluido, que no sólo no se soportan entre sí, sino que, entre coyuntura y coyuntura, lo han dejado saber; al fin y al cabo, este fue el año de las emociones.

O a las cacareadas reformas, entre ellas la tributaria, que se vendió como la panacea a los males del posacuerdo desde la perspectiva de equidad en el sacrificio y resultó siendo otro golazo a las clases menos favorecidas y a la clase media, que se tragarán todo el sapo del hueco fiscal, pero sin la mantequilla prometida de los gravámenes a bebidas azucaradas, altas pensiones, dividendos y grandes fortunas. El poder para poder.

O a las masas manifestantes en las calles que ilusionaron las sombrías jornadas luego de las votaciones, como el campamento de la Plaza de Bolívar, acabado a sombrerazos por Peñalosa con la disculpa de un concierto; o como las del No, que no endosaron su posición a los populistas, politiqueros y oportunistas de siempre, con el ejemplo de la marcha que recordó que “Antioquia no es Uribe”; o como quienes protestan de manera válida por crímenes o abusos, pero la indignación les dura lo que una tableta efervescente.

Para no hablar de la Selección y de nuestro manoseado Millonarios… En fin, esos cinco p’al peso nos dejaron otra vez en veremos, sin ganas de añorar el año viejo que se va y con lánguidas expectativas para el que viene.

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Diagnóstico equivocado

29 Nov , 2016  

Por Mario Morales

El problema es el diagnóstico. Culpar a Facebook por informaciones falsas y engaños es señalar al sofá de la infidelidad, así como acusar a cibernautas de su culiprontismo en redes sociales es buscar el ahogado río arriba. Síntomas a priori que llevan a medicaciones contraindicadas como las que ya están aplicando, al decir de The New York Times, gobiernos de Indonesia y África, que se reducen al prohibicionismo que genera más consumo. (Publica El Espectador)

Las redes generan reconocimiento, identidad, conexión y adicción si satisfacen demandas de historias reales o ficticias. Allí, el consumo de contenidos es vertiginoso, desprevenido y, si se quiere, irresponsable en la medida en que los usuarios bajan las defensas en busca de entretenimiento, servicios y, si acaso, información, no ya para gestionar sus vidas afuera, sino para generar conversación pública, experiencia de usuario y goce virtual.

No basta con recomendar al usuario, como propone Wilson Vega, en El Tiempo, “medios de verdad”. Como tampoco la alternativa de apagar el TV o cambiar de canal para huir de contenidos inapropiados, desconociendo su carácter emocional, pleno de claves para vivir (y hablar de) la vida en comunidad. Ojo: vivimos los rigores del maniqueísmo. No es ingenuidad, también hay voluntad.

¿Cuáles son los medios de verdad? ¿Los que mimetizan el infotenimiento validos de falaces métricas de audiencia? ¿Los que gradúan de fuentes legítimas a Twitter, Facebook et al? ¿No son esas prácticas del cotarro de pasillo y del “radio bemba” de siempre? ¿No es el periodista de hoy consumidor voraz, y sin vacuna, de esos mismos contenidos virales? ¿No es cansancio o aburrimiento?

Más que distancia o sanciones, lo que usuarios y periodistas requieren es alfabetización para su uso gozoso y responsable. Ni los medios sociales son el pandemónium ni muchos de los medios tradicionales son ejemplo de verificación.

Urgen audiencias críticas que descontaminen esta época mal llamada de “posverdad”. Como desde el comienzo, y aquí coincido con Vega, hay que entrenarse para enfrentar el engaño, sin perder el paraíso terrenal.

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Ingenuo pero necesario

22 Nov , 2016  

La vida es sueño y soñar que esa pequeña parte del No que se tomó la vocería iba a ceder a favor del nuevo acuerdo de paz era ingenuo pero necesario. Ingenuo porque ya se sabía que no se iban a conformar con perder el protagonismo con el que se autoinvistieron, y porque es claro que van por más, confundidos como están, creyendo que el resultado del plebiscito era un espaldarazo para que conegociaran y luego cogobernaran. (Publica el Esepctador)

Pero también era necesario conversar con ellos para ganar legitimidad en un proceso que ha pretendido ser consensuado, que se debe complementar en los debates parlamentarios y que requiere de avales constitucionales.

Si esa parte de voceros del No realmente está interesada en construir la paz con un “mejor acuerdo” que esta renegociación, que prepare argumentos para debatir en el Congreso o en una mesa paralela con el Gobierno sobre los temas en los que ellos no concuerdan y en los que puede haber, y hay que reconocerlo, mejorías razonables: los que tienen que ver con el secuestro, garantías a los derechos de la mujer sin enfoque de género y las preocupaciones de los integrantes de las Fuerzas Armadas.

Es momento de despojarse de terrores infundados como ultimátums o pateadas a las mesas de diálogo. Las profecías sobre hecatombes, luego de todo lo que ha pasado, ya no son creíbles. Unos y otros deben superar las “formas” en que se han tratado y que se endilgan mutuamente, superar la soberbia del poder o de haber ganado una elección y entender que se necesitan inevitablemente.

Con la cooptación de espacios de violencia, el renacer de acciones paramilitares, asesinatos de policías —van cuatro en Antioquia— y los 70 activistas de derechos humanos, el tiempo juega en contra de todos, de los ciudadanos inermes, de la Fuerza Pública que debe concentrarse en otros quehaceres y de la institucionalidad de este país que se resiste a soñar distinto, así parezca ingenuo, enquistado como está en la pesadilla de odio y de guerra.

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Ponderación, por favor

15 Nov , 2016  

Por Mario Morales

Debe primar la ponderación. Y de eso no tienen en estos momentos los voceros del No y los del Gobierno para mirar con ecuanimidad si son sustantivos los cambios en el nuevo acuerdo de paz con las Farc. Perdida la credibilidad tanto en el denominado “mejor acuerdo posible”, como en el “espíritu constructivo” de quienes se le opusieron en el pasado plebiscito, van quedando pocas alternativas para salir del berenjenal de egos, afanes e intereses en el que se convirtió la renegociación. (Publica el Esepctador)

La primera, escuchar una vez más los reparos de la oposición, para socializar e introducir por última vez aportes, adendas y precisiones que no afecten el grueso del acuerdo y que no obliguen a nueva negociación en La Habana.

La segunda, cerrar el ciclo de discusiones y comenzar el proceso legislativo de refrendación, con la posibilidad de que en los debates parlamentarios puedan incluirse temas y acciones consensuadas sobre la marcha.

La tercera, la más improbable, buscar la mediación con un órgano ad hoc consensuado, que, con plazo y reglas fijas, estudie, integre y avale aquellos puntos donde hoy hay diferencias irreconciliables.

Pero lo que no se puede hacer, y en eso tiene razón Humberto de la Calle, es dejar abierta esa puerta de manera indefinida. No le hace bien al proceso el ritmo atropellado del Gobierno, dejando la idea de barnizado y embellecimiento del primer acuerdo; como tampoco la calma chicha enranchada en la pausa y la demora de quienes quieren confundir la negativa en la urnas al plebiscito con un mandato de cogobierno en la toma de decisiones.

Es menester que la renegociación cuente con el aval de quienes dijeron No el 2 de octubre, pero no al precio de convertirla en la conversación más larga del mundo.

Moraleja: Hemos tocado fondo en el debate por la paz. Ojalá no lleguemos a la mezquindad de involucrar la salud presidencial en estas discusiones.

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Como por no dejar

8 Nov , 2016  

Por Mario Morales

El desdén, la soberbia y la ausencia de reconocimiento en el otro de un interlocutor legítimo tienen en ascuas la negociación del Gobierno con el Eln.
Pero no son los únicos valores básicos de la resolución de conflictos que se han resquebrajado en el tira y afloje mutuo con miras a llegar fortificados al arranque formal de los diálogos que ya va cumplir dos semanas de retraso. El más afectado es el de la confianza por faltas incomprensibles a la verdad y a la palabra empeñada. (Publica El Espectador)

Y son incomprensibles para la inmensa mayoría de los que no conocemos los intríngulis de los acercamientos y que ignoramos los alcances de lo realmente acordado confidencialmente.

A primera vista se antoja que han sido sucesivos los golpes de mano de ambas partes, como la inclusión, aparentemente inesperada, de la liberación de Odín Sánchez como condición para instalar la mesa. Tampoco quedan claro los contextos jurídicos negociados en torno al indulto de dos guerrilleros para que funjan como gestores de paz y que son escollos para el necesario entendimiento que impulse el arranque de las conversaciones.

Unos y otros parecen estar en el proceso “como por no dejar”, a sabiendas de que los tiempos no dan ni en las cuentas del más optimista. Son concientes también que la eventual mesa con los elenos no puede seguir jugando el rol de comodín para elevar los bajonazos de ánimo colectivos ni ser el sombrero del ahogado si no se cristaliza el acuerdo con las Farc, proceso que luce paquidérmico con los más de 500 puntos de los tres temas de la agenda negociados con los líderes del No y que ahora deben ser retocados con las Farc en La Habana.

Esos vaivenes, rectificaciones y contradicciones de micrófono no solo contaminan el ambiente para echar a andar la mesa formal, sino que incide en el distanciamiento, apoyo y credibilidad de la población que muestra síntomas de fatiga por acumulación enlo que tiene que ver con las Farc, y de pesimismo en lo que toca al Eln.

Cuadro clínico que muestra de que no se está haciendo la tarea y que no se aprendió de la pasada lección.

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¿Príncipes o plebeyos?

1 Nov , 2016  

Por Mario Morales

Y entonces uno quiere huir de esa parafernalia del protocolo en que nos metió el presidente Santos con su visita a Londres y se encuentra con esas tribunas atestadas donde se proclama o practica el nuevo deporte nacional, el del matoneo. (Publica El Espectador)

Por eso no es fácil vivir en esta sociedad, si hacerlo significa, representarlo con los modos de decir o los modos de ver que muelen los medios exultados por el boato de la visita presidencial o por el barroco excesivo en los gestos, ademanes y en esa solemnidad tan ajena a este trópico desabrochado que, no obstante, reserva un rescoldo para los suspiros de estas generaciones nuestras criadas a punta de cuentos principescos, heráldicas y blasones. Soñando con lo que no somos, como en las encuestas.

Una paradoja, si la comparamos con ese modo interior, inveteradamente soliviantado y pelión que tratamos de ocultar, pero que termina aflorando ante la menor disputa o el más pequeño disparate. Primero fuimos maestros en la envidia, como dijera Cochise; luego expertos en la criticadera, como lo sabemos todos; pero vamos a graduarnos en el vulgar matoneo que a veces pasa de las palabras a los hechos como lo demuestran esas ocho muertes diarias a cuchillo, casi seis por culpa de riñas.

Y comienza con el terror infligido a personas con orientaciones sexuales distintas en colegios, como se ventila esta semana. O a los que piensan distinto, como ese absurdo ataque de los autodenominados antifascitas contra manifestantes que reivindicaban el No en el plebiscito. O a los hinchas del fútbol como hacen esos vándalos disfrazados de barristas, como los que decían ser del Pereira luego de la derrota en Techo. O de los poderosos, al estilo Uribe, que arremeten contra el periodismo, descargándose en el mensajero. O de los anónimos como tratan de hacer contra la frentera escritora y docente Carolina Sanín.

No, definitivamente no somos los protagonistas de los desfiles en palacios y principados desuetos. Somos estos plebeyos que no nos soportamos unos a otros.