El País de las maravillas

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Ni rajan ni prestan el hacha

8 Mar , 2006  

Es como si no los quisiéramos en casa. Hacemos todo lo posible para que los secuestrados, uniformados y civiles, no recobren la libertad.
Siempre que se avizora la posibilidad de que un compatriota sea liberado, no falta quién desde los ciudadanos del común hasta los que trabajan en las altas esferas gubernamentales le vea un pero o un obstáculo que termina por impedir que el anuncio llegue a feliz término.
Ya pasó con Ingrid, con el gobierno francés, con el gobierno venezolano, con el gobierno ecuatoriano y está pasando con los dos policías que dice la guerrilla que va a liberar.
Que es mercantilismo electoral dicen los que han fundamentado precisamente su popularidad con la expectativa del intercambio humanitario; que es por la presión (y por lo tanto un éxito) de la Fuerza Pública, dicen los que fueron incapaces de impedir esos secuestros; que es por la gestión de un candidato presidencial. En fin…
A esta altura del partido ¿A cuál de los colombianos le importa, (y muy especialmente a esas dos familias que esperan con esperanza renovada volver a abrazar vivos a su parientes) las intenciones no visibles de los secuestradores o de los políticos que tienen contacto con ellos?.
Claro, salvo a aquellos que esperan sacar tajada política oponiéndose o haciéndose como si se opusieran, a un hecho que reclama el país de manera inmediata.
Primero era porque el territorio no era negociable, luego porque el intercambio era improcedente, después porque la ley era inviolable, ahora porque se trata de una estrategia electoral…Increíble.
Si los impuestos que pagamos (que en buen porcentaje se han ido para financiar esta guerra absurda y fracasada) no han servido para que tres mil colombianos sientan de verdad lo que es la soberanía y la legalidad con el disfrute de su libertad, y si a cambio de un tarjetón esos dos policías y los demás tienen la posibilidad de salir de su infierno, pues que sirvan para algo los votos. Más se perdió y con ilusiones parecidas, hace cuatro años.

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La BBC cobraría a quienes accedan a su sitio en Internet desde fuera del Reino Unido

7 Mar , 2006  

La BBC estudia la posibilidad de cobrar por acceder a su página web desde cualquier lugar fuera del Reino Unido. Según publica The Guardian, así lo ha asegurado David Moody, director de Estrategia y Nuevos medios de BBC Worldwide. Moody añadió que incluir publicidad en la página -que no tiene anuncios, como ocurre con la televisión y la radio- o cobrar a los usuarios que vivan fuera del Reino Unido, son dos de las opciones que se están barajando. Los británicos pagan al año 126,50 libras (unos 183 euros) por su radio y televisión pública. Con esa cantidad, se garantiza la autonomía económica de la cadena británica al no depender del presupuesto gubernamental. Ahora se buscaría cobrar a quienes, fuera del Reino Unido, gozan de los servicios de la BBC de manera gratuita. Información publicada por el diario El Mundo (España).

“Ha llegado el momento de estudiar la comercialización del tráfico internacional de bbc.co.uk”, ha declarado en una conferencia sobre nuevos medios. Moody ha añadido que incluir publicidad en la página -que no tiene anuncios, como ocurre con la televisión y la radio- o cobrar a los usuarios que vivan fuera del Reino Unido, son dos de las opciones que se están barajando.

Los británicos pagan al año 126,50 libras (unos 183 euros) por su radio y televisión pública. Con esa cantidad, se garantiza la autonomía económica de la cadena británica al no depender del presupuesto gubernamental. La Corporación trata ahora de subir esa cantidad 3,14 libras (unos 4,55 euros) cada año hasta 2013.

Las palabras de David Moody, que recoge “The Guardian”, llegan días después de que Neelie Kroes, comisaria de Competencia de la UE, anunciara una revisión de la forma en la que radiodifusores públicos como la BBC o RTVE hacen uso de las nuevas plataformas.

El diario británico da por supuesto que la BBC estudió en el pasado la posibilidad de cobrar a los visitantes “extranjeros” por sus noticias en Internet pero, asegura, que la idea se archivó entonces.

Según cuenta, la Corporación también contrató a un grupo de consultores de Accenture para que buscaran formas de ganar dinero con los internautas que usan su servicio pero que no pagan el canon con el que los británicos mantienen su BBC.

Hace cuatro años, la directora de Nuevos Medios de la Corporación, Ashley Highfield, advirtió de que tal vez incluso quienes abonan esa cantidad anual podrían verse obligados a pagar un extra si la BBC se viese obligada a cubrir los enormes costes que supondría digitalizar y poner “on line” toda su programación.

Según lo visto en la conferencia que Moody ha pronunciado este lunes, esas ideas vuelven a la mente de los responsables de la BBC.

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Venezuela presenta proyecto de radio latinoamericana

7 Mar , 2006  

El gobierno venezolano presentó una propuesta para la creación de una emisora de radio regional durante un encuentro de medios estatales latinoamericanos que se realiza en Caracas. El ministro de Comunicación, Yuri Pimentel, dijo en un escrito divulgado el lunes, que propuso en la reunión de la Red Latina de Radio la constitución de la emisora Radiosur, que sería la síntesis de todas las emisoras latinoamericanas. Pimentel planteó que Radiosur podría servir como “herramienta para la integración, para nuestra propia supervivencia”. El gobierno del presidente Hugo Chávez impulsó el año pasado la creación de la cadena regional de noticias Telesur como una alternativa a CNN. Información publicada por los diarios El Observador (Venezuela) y El Nuevo Herald (EEUU).

PatriaBoba.com

La ecuación

12 Feb , 2006  

Por Memorín/ Publica Semana.com

 

Dicen que los que no gustan o no tienen afinidad con las matemáticas estudian ciencias sociales y, en el peor de los casos, Comunicación Social y periodismo. Debe ser porque desconocen que el periodismo, por lo menos el periodismo que se hace hoy, está atravesado por una serie de ecuaciones entendidas como las trabajan los astrónomos.

Esas ecuaciones tienen un promedio de error en las observaciones o en las mediciones de precisión y ifieren de unos observadores a otros.  Y ecuación que se respete tiene por lo menos una incógnita. Despejarlas es la misión del periodista.

Así la ecuación de la información instantánea (eso que en nuestro medio se califica como inmediatez) ha conformado un axioma dramático, difícil de rebatir: ver es igual a comprender. No importa qué haya detrás o qué se pueda inferir, es la imagen y lo que ello suscita linealmente lo que importa. Así, la masacre no aparece, no se ve pero sí sus victimarios reclamando con el arma en la mano juego político. Sin que medie argumentación se han trasladado al terreno de víctimas del conflicto armado. Y reclaman como tales.

Hoy se ha impuesto la ecuación de la verdad mediática. Repetir es demostrar. No hay espacio para la razón. El eco es el amo. Los tiempos del loro. Hoy todo lo consume la ecuación de la presencialidad. Estar basta para saber. Opera el síndrome del enviado especial. Los peones y los alfiles se creen los estrategas y los analistas. Desde afuera del tablero alguien ríe a carcajadas.

Hoy nos envuelve la ecuación del mimetismo mediático. Un medio afirma citando a otro. Los demás esgrimen por toda sustentación lo que han dicho otros. La teoría del rumor corre rampante. Desprecio por la prueba. Hoy asistimos al divorcio entre los medios y la opinión pública. Una cosa perciben los productores de contenidos y otra muy distinta sus audiencias. Paradójicamente ambos se citan para reafirmarse en sus posiciones inexorablemente distintas.

Hoy estamos delineados por la ecuación de las emociones extremas. Es suficiente el momento, el impacto, la adrenalina, el orgasmo sensitivo que adormece hasta una nueva excitación. Hoy el común denominador es la ecuación de la sobreexposición que deforma la valoración y el buen juicio. Si algo aparece mucho, es bueno; si no se ve, no existe. Lo que no es, porque no registra, es malo. La moda sacraliza.

Esa es la magia de las matemáticas y las ecuaciones, que como el noni o las gotitas bioenergéticas parecen servir para todo, incluso para concluir que cuatro más cuatro pueden ser doce, o más si no se despejan las incógnitas

PatriaBoba.com

Un detalle así de pequeñito

12 Feb , 2006  

Vamos un paso atrás en casi todo con relación al resto de nuestros vecinos. Brasil y Venezuela ya tienen canal de televisión de alcance continental. Chile y otra vez Brasil y Venezuela crecen en su economía a pasos agigantados. Ecuador ya está en el Mundial de Fútbol de Alemania. Y ahora Brasil, Chile, Argentina, México, Costa Rica y Perú están a punto de hacer realidad el sueño atávico de dejar en manos de las mujeres la administración de sus destinos.

Aquí en cambio, la discusión sigue centrada en la apertura de un Canal para el Congreso, en si está peor la minería que la producción agropecuaria,  en el regreso o no de Aristi a la Selección o en si es un derecho fundamental de las damas el acceso a un Cambio Extremo.

Mientras tanto los congresistas y los magistrados y las gobernaciones y los Ministerios le dan de portazos a las mujeres y de paso a la ley 581 que establecía su participación por lo menos en un  treinta por ciento en esos cargos de visibilidad política.

Para no hablar de la discriminación sexual en la carrera presidencial, viciada por los mismos músculos y la misma testosterona que nos tiene envainados desde hace dos siglos.

Porque si de veras, no hay ni siquiera uno entre los veintidós millones de varones colombianos que somos, que acepte el desafío político 20-06, pues es hora de que una entre las 23 millones de mujeres que son, salte a la arena, se amarre los pantalones y haga gala de su capacidad de organización y administración más allá del Factor X,  que hoy dicen poseer quienes tienen en sus manos las riendas del poder.

Es llegada la hora de una mujer que nos cure del despecho que nos dejaron las ‘noemices’ y las ‘mariaemas’ luego de sus increíbles números de trapecio. De una mujer que vaya más allá del treinta por ciento en la equidad de género y piense en la justicia del ciento por ciento de sus compatriotas. De una mujer que limpie la casa y barra para fuera, que reivindique el auténtico valor de la ternura y que pueda mirar a los ojos de los demás con miradas de verdad. En fin, de una conciudadana que  enderece la vieja profecía literaria que predijo que el siglo veintiuno se guiará por la mano de la mujer o no será.

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40 años de investigación de los efectos de la violencia en prensa y televisión

9 Dic , 2005  

Por Manuel Garrido Lora
Número 27

Con la apertura del nuevo siglo, se cumplen cuatro décadas de estudios de los efectos mentales en los públicos de la violencia representada en los medios de comunicación. Aunque existen precedentes, puede decirse que es a partir de 1960 cuando comienzan a analizarse sistemáticamente los contenidos de los medios de comunicación, investigando la capacidad de estos para generar efectos mentales en los públicos. Nacidos en la cultura anglosajona, este tipo de estudios se han popularizado por todo el mundo conforme los medios de comunicación -principalmente la televisión- se han considerado de algún modo determinantes de algunos de los más detestables comportamientos humanos, especialmente en el caso de la violencia intraespecífica. Este artículo pretende mostrar de manera sintética y necesariamente con trazo grueso algunos elementos fundamentales en la evolución de estos estudios.

Los orígenes de los estudios sistemáticos con la irrupción de la televisión
Los primeros estudios sobre el posible efecto pernicioso de la televisión sobre la conducta agresiva humana se originan en Estados Unidos a mediados del siglo XX, más concretamente a comienzos de la década de los sesenta. Esta convulsa época de la sociedad norteamericana propició una profunda crisis del american way of life, caracterizado -entre otras cosas- por la convivencia pacífica. En apenas una década, los Estados Unidos incrementaron espectacularmente sus conflictos sociales y sus tasas de delincuencia. Debido al desarrollo que en la misma década tuvo la televisión, muchos políticos y analistas sociales adjudicaron una parte importante de la culpa de dicha situación al medio audiovisual, que estaba ocupando ya un lugar preferente en los hogares norteamericanos.

El Congreso de los Estados Unidos, la policía, la universidad, la medicina… todos parecen estar interesados desde entonces en investigar la relación entre el consumo televisivo y la propensión a la violencia en los humanos. El asesinato del presidente John F. Kennedy en noviembre de 1963 sería el detonante: “unos días después del asesinato […], el diario New York Times publicó el siguiente comentario editorial: El asesinato a tiros del presidente Kennedy fue el método normal de tratar con el adversario, como nos enseñan incontables programas de televisión. Esta tragedia es una de las consecuencias de la corrupción de la mente y los corazones de la gente, a causa de la violencia televisiva. Esto no puede continuar” (Rojas Marcos 1996: 179).

Casi de inmediato se realizaron estudios comparativos entre países para analizar la relación existente entre la introducción de la televisión y el incremento de la tasa de homicidios. En Estados Unidos y Canadá, ya en el año 1945, tras quince años de televisión, se duplicaron los homicidios. Un caso particular es Sudáfrica, donde la televisión estuvo prohibida hasta 1975. Desde entonces hasta 1990, es decir, en quince años, la tasa de homicidios pasó de 2,5 a 5,8 asesinatos al año por cada cien mil habitantes (p. 184). No obstante, no deben minusvalorarse otros factores sociales que han crecido en paralelo a la difusión del medio televisivo en estos países, como es la drogadicción, el acceso a las armas, la desmembración familiar, la crisis del sistema educativo, los conflictos raciales y de clase, etc.

Estados Unidos y Gran Bretaña, ésta última en menor medida y con menores recursos financieros, van a tomar la iniciativa en los estudios sobre la interrelación entre el consumo televisivo y la conducta violenta. Desde los años sesenta no han perdido ese protagonismo. La primera gran investigación de este tipo en Gran Bretaña data de 1963. Allí se creó el Television Research Committee, con el objetivo de investigar la influencia de la televisión sobre las conductas sociales, especialmente en el caso de los jóvenes. Tras la realización de múltiples investigaciones, este comité concluye que no existe una relación lineal entre el consumo de imágenes violentas y el ulterior comportamiento agresivo. De hecho, el organismo se autodisuelve cinco años más tarde, considerando que la relación en el consumo excesivo de programación violenta en televisión y la inducción a la violencia era mínima (Quesada 1998: 72-73).

Dos años antes, sin el presupuesto del que pudo disponer el Television Research Commitee, Schramm y sus colaboradores (1965) estudiaron el influjo de la televisión sobre la bondad o maldad de los niños, llegando también a la conclusión de que el espectador, sea adulto o niño, es un sujeto activo en la recepción, teniendo más importancia en la configuración de la personalidad agresiva otros factores ambientales distintos al excesivo consumo de escenas de corte violento en la pantalla. Ese mismo año se lleva a cabo en España una pequeña investigación promovida por el Servicio de Formación de Radio Televisión Española, concluyendo que al menos un 25 por ciento de la programación de entonces presentaba escenas claramente violentas.

Durante toda la década se siguieron haciendo estudios en norteamérica. Especialmente reseñado, por su incidencia social, es la investigación realizada por la National Commission on the Causes and Prevention of Violence, cuyas conclusiones fueron presentadas en 1969. De nuevo, se llega a la conclusión de que es imposible establecer una relación lineal entre ambos fenómenos: el consumo excesivo de violencia televisiva y la violencia real en la vida de los telespectadores. En cualquier caso, previene de la existencia de algún tipo de relación, no de causa-efecto, pero sí con capacidad para influir en un grado imposible de determinar.

Ahora bien, el Manifiesto de esta comisión norteamericana, hecho público el 23 de septiembre de 1969, recogía unas palabras que no pueden pasarse por alto: “Cada año los publicistas gastan billones de dólares porque creen que la televisión puede influir sobre la conducta humana. La industria de la televisión coincide entusiasmada con ellos, pero sin embargo mantiene que los programas sobre violencia no producen tal efecto. La investigación disponible a tenor de las pruebas encontradas sugiere, sin embargo, que la violencia de los programas de televisión puede tener y tiene efectos adversos sobre sus audiencias” (Berkowitz 1996: 218). En definitiva, las primeras conclusiones fruto de la investigación científica alertan sobre la existencia de una influencia, indeterminable en su grado, pero no de una relación lineal causal.

En los años siguientes se conocen más informes similares: las Comparecencias Pastore (1970), el Informe de cirugía general (1972), los sucesivos estudios del NIMH (National Institute for Mental Health), etc. (Huesmann 1998: 89-90). El Informe de cirugía general de 1972 es quizá el que más impacto social causó, ya que algunos de sus ponentes llegaron a observar la existencia de una relación causal entre la violencia televisada y la ulterior conducta antisocial. De hecho, el oficial médico superior del Gobierno Federal de entonces, Jesse Steinfeld, consideraba suficientes las pruebas para que las administraciones iniciaran acciones vinculantes para la industria audiovisual. Incluso el presidente de la American Broadcasting Company prometió la reforma de la industria televisiva al contar “con una razonable certeza de que la violencia televisada puede aumentar las tendencias agresivas de algunos niños” (Berkowitz 1996: 219). La importancia de la palabra “algunos” en dicha frase es fundamental, al tratarse de niños o adolescentes que por sus especiales circunstancias sociales desarrollarían conductas violentas independientemente de la visión de actos agresivos en la televisión. Desde los años setenta, los estudios han procurado introducir estos factores sociológicos en las investigaciones que han intentado descubrir la interrelación entre la violencia vista y la realmente vivida, como ejecutor o como víctima.

Los efectos de la difusión de noticias violentas
En muchas ocasiones surge el debate acerca de la oportunidad de difundir de manera destacada, o bien soslayada, la información sobre acontecimientos agresivos. Los profesionales de la información periodística, en general, prefieren emplear criterios objetivos diferentes a la oportunidad de la emisión o publicación de este tipo de noticias, al considerarse una limitación del derecho a la información. En cualquier caso, desde los orígenes de la investigación sociológica se sabe que ciertos comportamientos agresivos de los que dan noticia los medios podrían ser imitados por sujetos especialmente predispuestos. De este modo, ya a finales del siglo XIX se llegó a comprobar el incremento de los asaltos violentos los días siguientes a la difusión de alguna noticia que diera cuenta de un homicidio.

Con los años, esta contrastación se ha reforzado. Jacqueline Macauly y Leonard Berkowitz, tras el asesinato de Kennedy en 1963, observaron -con los datos del FBI en la mano- que la sobredifusión de las imágenes del asesinato correlacionó con el incremento desacostumbrado en el número de homicidios en cuarenta ciudades norteamericanas. David Phillips (1979), de la universidad de California en San Diego, también concluye que “los informativos relativos a hechos reales así como las películas y programas de televisión pueden producir efectos socialmente desafortunados sobre las personas de la audiencia, que estas consecuencias pueden ser relativamente temporales y no se deben necesariamente al aprendizaje de formas de conducta duraderas y que tanto los adultos como los niños pueden estar influidos por los medios de comunicación de masas” (p. 223). Phillips contrastó esta hipótesis con dos estudios principales (p. 226). En el primero de ellos, analizó la influencia del suicidio de Marilyn Monroe en agosto de 1962 sobre la tasa de suicidios norteamericana, concluyendo que dicho aumento fue un 12 por ciento superior a lo esperado en Estados Unidos (y un 10 por ciento en Gran Bretaña). Es más, llegó a observar que los accidentes de tráfico y aviación se incrementaban hasta un 30 por ciento después de la difusión masiva por los medios de un suicidio, lo que parecía demostrar -según Phillips- que muchos de esos accidentes podrían haber sido buscados por las víctimas. En segundo lugar, investigó entre 1973 y 1978 la influencia de la difusión de los campeonatos de lucha de pesos pesados, descubriendo también un pequeño pero significativo efecto sobre los niveles de agresividad social. Según sus datos, cada combate determinaba doce homicidios más de los esperados en los tres días siguientes a la emisión.

En España, Imbert (1992) llevó a cabo un seguimiento de la representación de las informaciones de contenidos violentos en el diario El País durante el año 1987. Seleccionó este año porque a pesar de que habían descendido notablemente los índices reales de criminalidad, parecía que los medios de comunicación continuaban con el tono alarmista. El contexto de la investigación estuvo dominado por la crisis de ideología del gobierno socialista, los asuntos escabrosos en torno al Ministerio del Interior, las manifestaciones estudiantiles, el repunte de los atentados terroristas o la difícil entrada en la Comunidad Europea -hoy Unión Europea-. Seleccionó El País por su capacidad para crear opinión pública, especialmente como referencia dominante para las clases dirigentes. El autor llega a una clara conclusión: el diario ofrece en sus artículos editoriales un discurso racional y objetivo en el tratamiento del conflicto social y la violencia; sin embargo, la forma de presentar la información (especialmente en el caso de las portadas), así como la selección y tratamiento de las imágenes fotográficas implican una visión polémica y dramatizada de los asuntos.

En las imágenes, la pasión se desata y la violencia se convierte en espectáculo. De este modo, “emerge un discurso sobre la violencia, centrado en la violencia social que invade las páginas de información (y de manera espectacular la primera plana) y hasta los editoriales y que cultiva una imaginería del miedo y de la inseguridad, con imágenes que hacen hincapié en el hacer vindicativo de los actores sociales (sindicales principalmente) y en las manifestaciones agresivas, violentas de los mismos (hacer destructivo)” (p. 53). Esta visión también afecta a los fenómenos violentos no sociales, es decir, aquellos de carácter natural o tecnológico. De este modo, la muerte tiene un tratamiento espectacular, como ocurre con los titulares sobre los accidentes de tráfico: “Muertes en fiestas” (29/3/86), “Muertes en el paso a nivel” (23/3/88), “Homicidas al volante” (5/4/88), etc.

Ahora bien, donde realmente se lleva a cabo la espectacularización de la violencia es en lo que Imbert denomina los derrapes, entendidos como recursos formales que enfatizan los hechos y que revelan la violencia del medio. Junto a la propia violencia de los hechos informados, hay también violencia en la forma de contarlos. Ese espectáculo de la violencia genera un escenario que incide directamente en la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos.

Esto puede verse más claramente a través de un ejemplo, a saber, el tratamiento que los medios dan a la delincuencia vinculada con el consumo y tráfico de drogas (la que es cuantitativamente más importante en España en las últimas décadas). El estudio detallado que lleva a cabo Imbert de la información periodística sobre drogadicción y criminalidad (pp. 84-85) le lleva a tres conclusiones fundamentales: primera, existe violencia formal por parte del medio desde el momento que la construcción de la noticia suele emplear una fuente única fuente informativa, la policía, que relaciona directamente la drogadicción con el crimen; segunda, la violencia se incorpora a la agenda informativa del medio como un elemento más, se tematiza mediante un tratamiento muy homogéneo y simplificado; y, tercera, los sucesos se categorizan atendiendo casi exclusivamente a su vertiente penal.

Al igual que Clemente (1988), Imbert concluye que la violencia formal del medio deja a la sociedad sin ninguna posibilidad de desarrollar iniciativas o reflexionar sobre el asunto. El ciudadano se ve reflejado como una víctima impotente que sufre los azotes de la criminalidad originada por la droga, y salvada en última instancia por la violencia legítima institucionalizada. En muy pocas ocasiones se da noticia de los aspectos sociológicos que rodean los hechos, o bien se revelan fracasos en la lucha institucional contra dicho problema social. En el relato periodístico, lo normal es que la ley y el orden triunfen -en términos mediáticos- sobre el crimen y la drogadicción. Justificándose entonces dicha violencia institucional como el recurso más oportuno para solucionar el asunto.

En el ámbito deportivo, Eric Dunning (1988: 225-249), sociólogo, llama la atención sobre la importancia que los medios de comunicación tuvieron en el desarrollo de los hooligans. Según este autor, el origen histórico de este fenómeno sociológico se encuentra en los preparativos de la celebración de la final del Campeonato del Mundo de Fútbol en 1966 en Inglaterra. La popularización de la televisión en los hogares del mundo desarrollado hizo que aquellos campeonatos tuvieran una repercusión social inaudita. El público inglés tenía una imagen muy correcta para los aficionados de todo el mundo, se le consideraba muy civilizado. De hecho, era tenido por la prensa británica como el ejemplo a seguir en todo el mundo. Sin embargo, los preparativos del Mundial de Fútbol habían generado un gran debate social sobre el vandalismo en el fútbol y la importancia de la difusión de dichas imágenes a través de la televisión. Las miradas de todo el mundo se iban a clavar en las gradas británicas y se pretendía dar una imagen que mantuviera el prestigio internacional del país.

Los diarios más sensacionalistas empezaron, desde 1965, a cuestionar fuertemente que se fuera a dar una imagen positiva, habida cuenta que ese mismo año un hincha de Milwall arrojó una granada de mano -desactivada- al campo de fútbol durante un derby contra el Brentford. Al día siguiente, el 8 de noviembre de 1965, el diario The Sun editorializó sobre el asunto con las siguientes palabras: “El fútbol se va a la guerra: La Asociación de fútbol ha actuado para terminar con la creciente violencia dentro de las cuarenta y ocho horas que siguieron al día más negro del fútbol británico, el día de la granada, que demostró que los seguidores británicos pueden rivalizar con cualquier cosa que hagan los sudamericanos. El Campeonato del Mundo está a menos de nueve meses de distancia. Ése es todo el tiempo que nos queda para tratar de restaurar el que una vez fue buen nombre deportivo de este país. En este momento el fútbol está enfermo. O mejor dicho, su público parece haber contraído una enfermedad que hace que su furia estalle” (p. 244). Desde ese momento, los medios se obsesionaron por relatar acciones violentas acaecidas en los partidos de fútbol británicos, prestándosele idéntica o más atención a este aspecto que al desarrollo de los partidos. Las imágenes de los vándalos ocupaban las portadas de los diarios y los mejores minutos de la parrilla televisiva.

Puede decirse que no había más violencia en las gradas, o al menos no había crecido de manera desproporcionada, sino que los medios comenzaron a difundir de forma sobredimensionada informaciones sobre hechos que antes pasaban mayoritariamente desapercibidos. La retórica militar se hizo dueña de la información deportiva y del comportamiento de los seguidores. Ciertamente también se vendían más periódicos y subía la audiencia televisiva cuando se insertaba información de este tipo.

Como consecuencia de todo esto, muchos espectadores -especialmente los más jóvenes- se sintieron parte del espectáculo y desarrollaron toda una estética y una conducta de grupo que los aglutinaba. A modo de profecía autocumplida, la difusión de noticias acabó por crearlas. Desde entonces, todos los equipos de fútbol de todo el mundo tienen un grupo de seguidores (ultras, en la terminología española) que se caracterizan por su radicalidad en la grada y por estar asociados con la delincuencia dentro y fuera de los recintos deportivos. El crecimiento desatado de dichos grupos se vio frenado en parte por los acontecimientos acaecidos en la final de Fútbol UEFA de Bruselas en 1985, donde participaba el Liverpool. En aquella ocasión, el comportamiento vandálico de los seguidores británicos generó un balance final de treinta y nueve espectadores muertos, la mayoría aplastados y asfixiados como consecuencia del pánico desatado por los hooligans británicos. Lo peor de todo es que los acontecimientos fueron observados en directo por toda Europa, al iniciarse en los minutos previos al comienzo del partido. Como consecuencia de aquello, los equipos ingleses tardarían bastantes años en volver a participar en las competiciones futbolísticas europeas. Y, lo que es más importante, todos los países tomaron entonces conciencia de la importancia de erradicar estas acciones violentas con medidas preventivas de todo orden, especialmente de educación en la no violencia.

La televisión, ¿causa de la violencia real actual?
Muchos ciudadanos de todo el mundo consideran que ciertamente la televisión influye sobre diversas facetas humanas, incluida la agresividad. De hecho, uno de los argumentos antitelevisivos que tradicionalmente emplean las asociaciones de telespectadores de todo el mundo es precisamente la preponderancia de los contenidos violentos en la programación de las diferentes cadenas, con el perjuicio que esto pudiera tener entre los más pequeños.

En enero de 1996 se realizó un muestreo en Venezuela para valorar el grado de conocimiento de la población infantil y juvenil respecto a la influencia de los medios de comunicación sobre la violencia (Híjar 1998). El universo de la encuesta estuvo constituido por la población infantil entre los 9 y 17 años de edad, de ambos sexos, de estratos sociales B, C, D y E, de las ciudades de Caracas, Maracay, Barinas, Puerto de la Cruz, San Cristóbal, Puerto Ordaz y Maracaibo. Los resultados mostraban que el 57 por ciento de los 500 entrevistados opinaban que los medios de comunicación estimulan la violencia, frente a un 43 por ciento que opinaba lo contrario. Este dato era inferior en Caracas (52 por ciento) que en la provincia (60 por ciento). Por edades, los niños de entre 9 y 12 años consideraban en un 54 por ciento que los medios de comunicación estimulan la violencia, frente al 60 por ciento de aquellos que se sitúan entre los 13 y 17 años. Por estratos sociales, los niños de clases B, C y D consideraban en casi un 60 por ciento que el efecto mediático era pernicioso, frente al 54 por ciento en el caso de los niños de la clase más desfavorecida (la E). Por sexos, las mujeres, con un 59 por ciento, consideran en mayor proporción que los hombres (en un 55 por ciento) que los medios de comunicación sí estimulan la violencia. De los datos se extrae, en resumen, que son los jóvenes de entre 13 y 17 años, de ciudades medias, de sexo femenino y de clases sociales menos desfavorecidas, quienes perciben de forma más preventiva los contenidos violentos televisivos como inductores de la conducta agresiva.

En general, conforme se incrementa la edad de los encuestados, aumenta también la observancia apocalíptica del medio. Esta conciencia social sobre el asunto ha motivado que en ocasiones la clase política se acerque al asunto tomando posiciones. Debe destacarse, por incisivo, un artículo (“La violencia deseada”) del veterano político catalán Miquel Roca i Junyent, publicado en La Vanguardia el 24 de abril de 2000. En un ejercicio de autocrítica, Roca i Junyent expresa su preocupación ante la violencia que arraiga como rasgo distintivo del estilo de vida de muchos jóvenes, alentando a ser “inmediatamente resolutivos”, porque -según dice- “ya es hora de aceptar que la apología de la violencia, la exaltación de la brutalidad en la televisión tiene algo que ver, forzosamente, con lo que está ocurriendo en nuestra sociedad. Hay un cierto gusto por la violencia gratuita; la pantalla se llena de sangre, y la única diferencia entre los buenos y los malos es la de que los buenos son los últimos que matan; son más brutos, más duros, un poco más bestias, y por esto ganan. Decir que esto no tiene nada que ver con los que está pasando es una falsedad. Los políticos se pelean para controlar los espacios informativos porque se acepta que, a través de la pequeña pantalla, puede influirse en el comportamiento electoral de los ciudadanos; la publicidad televisiva es cada día más costosa porque a través de ella se influye en todo, menos en el comportamiento violento que exalta como una virtud ejemplar, a la que nuestros niños y jóvenes deberían saberse resistir virtuosamente.” Esta última ironía recoge una posición radicalmente contraria al abuso de contenidos violentos en televisión, a los que considera temerariamente influyentes en la conducta humana, especialmente en la de los más jóvenes.

Esta visión apocalíptica encuentra su contrapunto en algunos autores que discuten la mentalidad catastrofista acerca del rol de la televisión en la sociedad actual. El economista, periodista y sociólogo Cardús i Ros (1998: 32-44) se muestra especialmente cansado de que tanto desde el ámbito académico (sobre todo, el sociológico) como el educativo (padres, maestros, políticos, periodistas…) se critique continuamente a la televisión, generando una mediafobia en la que los medios audiovisuales son culpables de casi todo lo malo que ocurre en la sociedad, pues se le atribuye la culpabilidad en la violencia cotidiana que reproducen niños y jóvenes, en el consumismo generalizado, en el empobrecimiento del lenguaje, en la erotización desbordada, en los escasos hábitos de cultura, en la secularización de la vida cotidiana e incluso en la españolización de los catalanes.

En primer lugar, cuestiona la influencia de los medios sobre los sujetos. Generalmente, se tiene en cuenta cuánta gente ve qué contenidos, sin atender a cómo ve la gente dichos contenidos, a los que se presume sujetos pasivos que comulgan con todo lo que reciben. En segundo lugar, no debe olvidarse cómo se presenta el contenido violento en el medio. En tercer lugar, si verdaderamente quiere estudiarse científicamente cómo influye la televisión en la conducta, deberían tenerse en cuenta los siguientes factores:

a) La temporalidad de la influencia, es decir, si se trata de efectos a corto o a largo plazo, y si se dan efectos de acumulación.
b) La distinción entre aquellos efectos derivados de la influencia por imitación y aquellos generados por rechazo social.
c) La diferenciación entre consecuencias esperables y consecuencias inintencionadas o sorprendentes.
d) La profundización en los efectos cognitivos de la violencia vista, más allá de los tradicionalmente destacados efectos imitativos.

Ciertamente, dice el autor, la televisión ha sido uno de los factores que más ha influido en la configuración del estilo de vida actual. Ahora bien, de ahí a decir que los efectos sobre los niños de la violencia en televisión son universales, hay un gran trecho. La televisión es cómplice de buena parte de los caracteres que definen a la sociedad actual, tanto de los buenos como de los malos, pero no única culpable de los desastres contemporáneos. La respuesta social más efectiva, en opinión del autor (p. 44), es aquella que educa la mirada del telespectador, porque los excesos no tienen tanto que ver con los contenidos televisivos como con las causas de ese entelevisamiento y lo que éste esconde: soledad, represión, aburrimiento, etc.

En la comunidad cientítica internacional, la interrelación directa entre el consumo de imágenes violentas y la ulterior conducta violenta se afronta con extraordinarias precauciones. Nadie ha podido aseverar con certeza absoluta una relación causa-efecto entre el consumo de mensajes televisivos y los comportamientos sociales, pues siempre se ponen en juego un importante número de variables sociológicas y psicológicas que a veces explican más eficazmente la conducta humana que la posible parcela de influencia atribuida a los medios, especialmente a la televisión.

Ahora bien, la no existencia de una relación exacta de causalidad lineal y unívoca, no exime a la televisión de ciertas responsabilidades sociales en la difusión de los valores vinculados con la violencia. De este modo, el exceso de contenidos televisivos violentos genera una percepción sobredimensionada de estos fenómenos que no correlaciona con la realidad: “nadie está diciendo o pretendiendo decir que la violencia de las pantallas sea la causa de la violencia en el mundo real. Lo único que se está aseverando es que existe mucha violencia en los programas televisivos, que una forma de aprender algo es observarlo y que igual se aprende observando elementos de la vida real que observando imágenes o escuchando palabras, emitidas unas y otras por el televisor” (Sanmartín 1998: 22).

Los únicos estudios fiables que han permitido concluir que existe una relación directa entre la visión de imágenes violentas y el posterior comportamiento violento, son aquellos que han medido el efecto inmediato de las imágenes, y casi siempre han correlacionado con sujetos jóvenes con problemas de adaptación psicológica y/o social. Se trata, por tanto, de individuos que ya están predispuestos a reaccionar violentamente ante cualquier conflicto social.

Rojas Marcos (1996) nos acerca a dos estudios estadounidenses que contrastan este hecho. En el primero de ellos, los niños fueron sometidos a sesiones continuas de los segmentos más violentos de la serie televisiva Los intocables. Posteriormente, en laboratorio, los investigadores pudieron apreciar que estos sujetos mostraban mayor predisposición a hacer daño físico a sus compañeros que aquellos que no habían recibido la sesión de imágenes violentas de la serie norteamericana.

En un segundo experimento realizado en un reformatorio, el colectivo de jóvenes detenidos por haber cometido hechos delictivos fue clasificado según su nivel de agresividad, y también fue expuesto a sesiones de películas violentas. Aquellos que inicialmente fueron clasificados como muy agresivos tuvieron un comportamiento posterior mucho más violento que aquellos que fueron calificados como poco agresivos. En general, según este autor, la televisión no es tan poderosa como la pintan algunos, pues no tiene capacidad para implantar mecánicamente actitudes y comportamientos en la vida humana, y concluye que ciertamente el mayor peligro de la televisión es que roba mucho tiempo que podría destinarse a actividades humanas mucho más gratificantes.

Por tanto, la investigación rigurosa de los efectos de las imágenes violentas en televisión debe responder -Quesada (1998: 69-76)- no sólo al estudio cuantitativo de la televisión y de los hábitos de consumo de los telespectadores, sino también de las variables sociológicas que les rodean: el nivel socioeconómico y cultural, el rendimiento escolar o laboral, el barrio de residencia, el coeficiente de inteligencia, la adicción a las drogas. Y es que tradicionalmente se pasan por alto algunas variables fundamentales que influyen de manera decisiva: primero, la pérdida de influencia y de peso específico de la institución familiar entre los más jóvenes; segundo, la propagación de una ideología competitiva a través del discurso de los medios, pero también a través de los amigos, de los políticos, de los famosos, etc.; y tercero, una entronización del dominio y el poder, a veces a través del machismo, como un valor del que también se ha apropiado la mujer.

Huesmann (1998), por su parte, considera que existe una cierta interrelación entre la visión de la violencia en los medios y los comportamientos agresivos entre los humanos. El mecanismo, según él, es bastante sencillo. Al igual que en la infancia aprendemos todas las cosas observando lo que los demás dicen y hacen, es normal que la televisión -que también está ahí- enseñe de algún modo muchas cosas a los niños, desde palabras hasta procedimientos para responder agresivamente ante determinadas situaciones conflictivas: “Sea como fuere, lo cierto es que no hay niño que se salve del efecto de al violencia en los medios de comunicación. ¿Son estos efectos pasajeros? Desafortunadamente, no. La investigación pone de manifiesto que el niño más agresivo acaba siendo el adulto más violento” (pp. 89-90).

Esto no quiere decir, aclara Huesmann, que la violencia en los medios sea la única causa de la violencia social, pero sí que desde hace dos décadas la mayoría de científicos destacados confirma que la violencia en los medios de comunicación está enseñando a niños y adolescentes a comportarse de forma más agresiva: “En primer lugar -dice Huesmann-, durante el último cuarto de siglo un gran número de experimentos de laboratorio y de campo han demostrado una y otra vez que la exposición de niños al comportamiento violento en el cine y la televisión aumenta la probabilidad de que actúen de forma agresiva inmediatamente después de la visión. […] Estos efectos a corto plazo no se limitan a los niños: han sido observados también en adolescentes y adultos, en particular cuando las mediciones dependientes reflejan actitudes u opiniones más que conductas” (p. 90). Ahora bien, estas investigaciones se realizan de manera muy controlada, con mediciones a veces indirectas, con situaciones de laboratorio, y de forma inmediata.

La cuestión aún por resolver adecuadamente es la de los efectos en la vida cotidiana y respecto a conductas que se refuercen con el tiempo y que impliquen claramente un daño físico sobre los semejantes. La respuesta a estas cuestiones -según Huesmann- es que sí. Como muestra, el estudio longitudinal que realizó junto con Eron, del que ya se adelantaron algunas conclusiones. Este estudio se llevó a cabo en un condado del estado de Nueva York, donde se entrevistó a 800 niños entre los 8 y los 9 años en 1960. A los niños se les preguntó sobre sus programas de televisión preferidos y se midió cuál era el nivel de agresividad de cada uno de ellos. Buena parte de los datos se obtuvieron también de las entrevistas mantenidas con los padres. Diez años después, se localizó a un buen número de elementos de la muestra anterior y se repitió la operación, si bien ya eran los propios implicados los que tenían la suficiente capacidad para transmitir la mayoría de la información.

Los resultados tuvieron un gran impacto académico y social, pues era la primera vez que se testaba de manera longitudinal la influencia de los medios sobre los sujetos, y “pusieron de manifiesto que, sin atender el nivel inicial de agresión, los niños que figuraban entre los espectadores que veían más violencia televisiva acababan encontrándose entre los que tenían niveles más altos de agresividad diez años más tarde. La conexión que hay entre ver violencia televisiva a la edad de 8 años y ser agresivo a la edad de 18 es sustancial, mientras que la conexión entre ser agresivo a la edad de 8 años y ver violencia televisiva a la edad de 18 es cero. Estos resultados sugieren que la hipótesis de que ver la televisión de pequeño induce agresividad más tarde es más plausible que la hipótesis de que la agresividad precoz induce una atracción mayor por la violencia televisiva” (p. 106).

Con objeto de reforzar longitudinalmente las conclusiones del estudio, en 1982 se procedió de nuevo a testar a estos sujetos, que andaban alrededor de los 30 años. Además, se obtuvieron datos oficiales sobre los niveles de criminalidad de todos ellos, incluidos también los incidentes de tráfico. De nuevo, los niños que más televisión violenta seleccionaban a la edad de 8 años eran también aquellos que presentaban un serio comportamiento antisocial con 30 años, e incluso, en el caso de tener hijos, los castigaban más severamente. Multas, infracciones de tráfico o incluso conducción con embriaguez, son rasgos que perfilan a estos sujetos. Este estudio longitudinal vendría a demostrar que la visión de la violencia durante la infancia predice en cierto modo la agresividad que se tendrá de adulto, mucho más que los niveles de agresividad real que el niño tuviera en su período infantil. Aunque las cifras del estudio no son tan grandes como para que las correlaciones estadísticas sean significativas, el estudio pone de manifiesto que quienes veían mucha violencia a los ocho años tenían una probabilidad mayor de ser arrestados por delitos graves a los treinta.

Posteriormente, el mismo autor contrastó en otros países los resultados alcanzados en Estados Unidos. De este modo, en los setenta lideró una investigación internacional que recogió datos de cinco países: Finlandia, Polonia, Israel, Australia y también Estados Unidos: “Entrevistamos y testamos a niños (de primer y tercer grado) y a sus padres en cada uno de dichos países durante un período de tres años. ¿Qué descubrimos? Los resultados eran distintos según el país; sin embargo, en todos ellos pudimos establecer una correlación clara entre ver televisión y la agresión en el caso de algunos niños. Además, en todos los países, menos en Australia, pudimos detectar la existencia de un efecto (longitudinal) entre ver la televisión y la agresividad posterior. […] Encontramos estos efectos incluso cuando tomamos en cuenta las diferencias iniciales que la agresividad puede presentar de unos niños a otros. Dicho de otro modo, con independencia de lo agresivo o pacífico que sea un niño inicialmente, parece que ver más violencia en televisión hace que sea más agresivo” (pp. 113-114).

A modo de conclusión
Puede decirse que no existe unanimidad en la comunidad científica a la hora de valorar la relación que se establece entre la visión de contenidos violentos en los medios de comunicación (sobre todo, la televisión) y la posterior comisión de actos violentos. La mayoría de los investigadores, incluso aquellos que se muestran más partidarios de la existencia de influencia, son muy cautos en sus conclusiones, y abogan por un estudio multidisciplinar del fenómeno que emplee metodologías cualitativas mejor que cuantitativas: “una investigación óptima sería aquella que hiciera un estudio multifactorial de la violencia. Este tipo de estudio tendría que contemplar, en primer lugar, los distintos aspectos relacionados con la televisión: el género discursivo, el contenido del programa en general, cómo es presentada la violencia, el tiempo de exposición a la televisión, las formas de consumo de la televisión y el ambiente televisivo familiar. En segundo lugar, habría que tratar con igual importancia otros factores como son: la historia y la personalidad de los sujetos investigados, sus relaciones familiares y sociales, su situación socioeconómica, su situación personal en el momento del estudio. Por último tampoco sería desdeñable tener en cuenta el clima de opinión existente en el momento del estudio. Finalmente, el mayor problema es ponderar la influencia de cada una de estas variables en la persona. Tengo la impresión de que los estudios cuantitativos no han tenido en cuenta o no han ponderado suficientemente las variables que no están directamente relacionadas con la televisión. Es posible que una metodología más cualitativa podría ser mucho más útil para tener en cuenta todas las variables que he mencionado” (Rodrigo Alsina 1998: 29).

En general, ningún autor llega a observar una relación causa-efecto fuertemente correlacionada. Incluso Huesmann, el más proclive a demostrarlo, se muestra precavido a la hora de interpretarlos. Podría decirse entonces que no existe una relación unidireccional entre ver violencia y actuar mecánicamente de modo agresivo. No obstante, los resultados parecen estimables (moderadamente) tanto a corto como a largo plazo cuando se trata de niños, entre los cuatro y los doce años de edad, mayoritariamente de sexo masculino, que reciben una enorme ración televisiva desde la infancia, que conviven con unas condiciones sociales desfavorables y que, en general, carecen de otros cauces (familia, escuela, amigos…) que amplíen sus fuentes de conocimiento. Es decir, no disponen en sus vidas de experiencias reales que vengan a equilibrar los posibles efectos perniciosos de las vicarias.

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Referencias bibliográficas :

– Berkowitz, Leonard (1996): Agresión: causas, consecuencias y control, Bilbao, Desclee de Brouwer.
– Clemente, Miguel (1988): “Análisis de contenido sobre la imagen del joven delincuente en la prensa española” (inédito), Madrid, Centro de Estudios del Menor.
– Dunning, Eric (1992): “Los lazos sociales y violencia en el deporte”, en Elías, N. y Dunning, E., Deporte y ocio en el proceso de la civilización, México, FCE, pp. 273-274.
– Híjar, Martha (1998): “Violencia y medios de comunicación”, en .
– Huesmann, Rowell (1998): “La conexión entre la violencia en el cine y la televisión y la violencia real”, en Sanmartín, José; Grisolía, James S., y Grisolía, Santiago (eds.): Violencia, televisión y cine, Barcelona, Ariel, pp. 87-132.
– Imbert, Gérard (1992): Los escenarios de la violencia: conductas anómicas y orden social en la España actual, Barcelona, Icaria.
– Phillips, David P. (1979): “Suicide, motor vehicle fatalities, and the mass media: Evidence toward a theory of suggestion”, en American Journal of Sociology, nº 84, pp. 1150-1174.
– Quesada, Montserrat (1998): “La recerca sobre els efectes de la violència mediàtica” en Trípodos, nº 6, pp. 69-76, Barcelona, Facultat de Ciències de la Comunicació Blanquerna.
– Roca i Junyent, Miquel (2000): “La violencia deseada”, en La Vanguardia, 4 de abril.
– Rodrigo Alsina, Miguel (1998): “El impacto social de la violencia en la televisión”, en Trípodos, nº 6, pp. 19-30, Barcelona, Facultat de Ciències de la Comunicació Blanquerna.
– Rojas Marcos, Luis (1996): Las semillas de la violencia, Madrid, Espasa.
– Sanmartín, José (1998): “Violencia: Factores biológicos y ambientales, con especial referencia al cine y la televisión”, en Sanmartín, José; Grisolía, James S., y Grisolía, Santiago (eds.) (1998): Violencia, televisión y cine, Barcelona, Ariel.
– Schramm, W., Lyle, J. y Parker, E. (1965): Televisión para los niños, Barcelona, Hispano-Europea.

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Una solución

3 Dic , 2005  

Por Memorín/ Publica Semana.com

El planeta no gira en torno a la reelección inmediata. Sabemos poco del mundo. Sólo los tsunamis, huracanes y actos terroristas nos obligan a contextualizar los problemas del hombre contemporáneo. Pero ¿quién habla de la frágil paz en Somalia, de la crisis humanitaria de Uganda Septentrional, del incipiente proceso de paz en Sierra Leona?

Es por eso por lo que las Naciones Unidas, a través de su Departamento de Información Pública, ha puesto el dedo en la llaga mediante una estrategia que ha denominado “Las diez historias que el mundo debería conocer mejor”.

Al leerlas encontraremos que otras naciones parecen afrontar los mismos problemas nuestros, pero también es posible hallar países posibles, soluciones viables o con crisis resueltas que nuestra ceguera proverbial no nos deja ver.

¿Sabíamos acaso que ya Turquía y Tailandia habían podido eliminar por completo, con la voluntad de sus respectivos gobiernos y el apoyo de Naciones Unidas, los cultivos ilícitos, sin necesidad de aspersiones, represiones, ni arrasamiento de Parques naturales, reservas forestales o sencillas plantaciones de productos agrícolas para el consumo humano? ¿Cómo? Elemental. Con medios alternativos de subsistencia. Los imita Laos que no tendrá cuando comience el 2006 cultivos de opio.

¿Sabíamos acaso que Naciones Unidas en asocio con una Cadena de Almacenes de origen francés trabaja para disuadir a los campesinos colombianos de sembrar coca? ¿Cómo? permitiéndoles gratuitamente exhibir sus productos lícitos en los supermercados e incluso comprando a pérdida en los momentos difíciles del mercado. Por esta vía esos cultivos alternativos produjeron (y no es ciencia ficción) dos millones de dólares en ventas el año pasado.

Como lo enseña Naciones Unidas hay por ahí decenas de historias ejemplarizantes. Está de acuerdo con el astrónomo Carl Sagan cuando dijo que no estábamos solos en el universo. Por eso sería bueno comenzar a elaborar ya, cada año por lo menos, la lista de las diez historias que los colombianos deberíamos conocer mejor, no vaya a ser que por ahí anden las soluciones a nuestros extravíos y todos pensando en la reelección.

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Libertad de prensa en Colombia – agosto de 2005

28 Sep , 2005  

Fuente: Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP)
La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) es una organización no gubernamental que monitorea sistemáticamente las amenazas contra la libertad de prensa en Colombia, desarrolla actividades que contribuyan a la protección de los periodistas y promueve el derecho fundamental a la información.

Este informe mensual recoge las actividades desarrolladas por la FLIP y las violaciones a la libertad de prensa reportadas. Para mayor información, visite la página www.flip.org.co o escriba a info@flip.org.co.

Contenido del informe de agosto

Protección:
1. Después de recibir amenazas, un periodista parte con su familia al exilio.
2. Atentan contra medio de comunicación en la Costa Caribe.
3. Concejal intimida a periodista en Barrancabermeja, Santander.

Prevención:
4. La FLIP evalúa la situación de las regiones con su red de corresponsales.
5. La FLIP se reúne con periodistas y participa en taller en Cúcuta, Norte de Santander.

Promoción:
6. Radican proyecto de ley que pretende endurecer los delitos de injuria y calumnia

1. Después de recibir amenazas, un periodista parte con su familia al exilio.

Después de haber recibido reiteradas amenazas contra su vida y la de su familia, Daniel Coronell, director del noticiero de televisión Noticias Uno y columnista de la revista ‘Semana’, tuvo que salir del país.

El periodista recibió las primeras amenazas el pasado 16 de mayo, cuando a su oficina llegaron dos coronas fúnebres en las cuales lamentaban la muerte de su hija. El 24 de junio, el periodista denunció a través de su columna en la revista ‘Semana’ que a su correo electrónico habían llegado nuevas amenazas en su contra. Según la investigación adelantada por el periodista, éstas provenían del computador personal del ex senador Carlos Náder

Sin que la Fiscalía General de la Nación hubiera tomado decisiones concretas sobre la investigación, Coronell debió abandonar el país. En el exilio, y gracias al apoyo de algunas organizaciones internacionales, adelantará estudios y continuará escribiendo su columna en ‘Semana’.

2. Atentan contra medio de comunicación en la Costa Caribe.

El pasado 15 de agosto en la noche, las instalaciones del ‘Diario El Informador’ de Santa Marta fueron atacadas por desconocidos. Según datos recogidos por la FLIP, la granada arrojada explotó en uno de los balcones del diario. A pesar de que en ese momento se encontraban algunos miembros del periódico en sus instalaciones, ninguno de ellos resultó herido.

Hasta el momento se desconocen los móviles del atentado en contra de este periódico de la capital del departamento de Magdalena.

3. Concejal intimida a periodista en Barrancabermeja, Santander.

El periodista Rosberg Perilla, de la emisora Calor Estéreo en Barrancabermeja, fue agredido verbalmente por Jhon Moros, concejal de ese municipio del departamento de Santander.

Perilla fue increpado por el concejal después de hacer referencia a un articulo publicado en uno de los semanarios locales, donde se informaba de una investigación de la Procuraduría General de la Nación en contra del concejal.

Hasta la fecha no ha sido posible localizar al concejal para conocer su punto de vista sobre los hechos. El puerto petrolero de Barrancabermeja ha sido una región de especial atención en temas de libertad de prensa. La FLIP continuará haciéndole seguimiento a este caso.

4. La FLIP evalúa la situación de las regiones con su red de corresponsales.

El 12 y 13 de agosto en Bogotá, la FLIP llevó a cabo el taller anual de la red de corresponsales, al cual asistieron periodistas la red provenientes de 14 departamentos de Colombia.

El taller contó con la colaboración de los investigadores de la Dirección de Derechos Humanos y Paz de la Fundación Social, quienes explicaron los alcances de la Ley de Justicia y Paz a partir de los estándares internacionales de justicia, verdad y reparación. Asimismo, introdujeron la discusión sobre el papel de los periodistas en los procesos de justicia transicional y en las comisiones de verdad.

El encuentro también permitió hacer un monitoreo sobre el estado de la libertad de prensa en las regiones. A continuación se mencionan algunas de las conclusiones más preocupantes, las cuales además coinciden en varios departamentos del país.

– Autocensura y silenciamiento: en todas las regiones se evidencia la práctica de la autocensura. Muchos periodistas han interiorizado el miedo a ser amenazados o agredidos y han optado por descartar de su agenda informativa aquellos temas sensible a intereses ilegales particulares.

Quienes intentan abordar temas como el narcotráfico, la corrupción o las acciones de grupos armados ilegales, son sutilmente silenciados. A través de llamadas, razones o mensajes que nunca llegan a denunciarse antes las autoridades, los periodistas abandonan investigaciones pertinentes en el control democrático en las regiones.

La conclusión es que si bien las estadísticas de amenazas y agresiones a periodistas han descendido, la situación en las capitales departamentales y municipios está muy lejos de favorecer la libertad de prensa.

– Pauta publicitaria: la manera como las entidades públicas distribuyen la pauta publicitaria entre los medios de comunicación – tanto en las capitales como en los municipios – se ha convertido en un instrumento para presionar a los medios para que publiquen información favorable. También se da el caso de periodistas que piden contribuciones en pauta como condición para cubrir alguna información.

– Acceso a la información: las autoridades les niegan constantemente a los periodistas el acceso a información de interés público. Algunos funcionarios públicos otorgan la información basados en relaciones de amistad, preferencias personales o conveniencias institucionales.

– Protección y conflicto interno: los periodistas ubicados en zonas afectadas por el conflicto interno tienen muchas dificultades para desplazarse a municipios apartados. En zonas donde se han llevado a cabo desmovilizaciones de grupos paramilitares, se evidencia un incremento de la delincuencia común.

Por otra parte, tanto guerrilla como paramilitares ejercen presión contra los periodistas para que cubran sus acciones o reproduzcan sus comunicados. Estos grupos utilizan a los medios de comunicación, principalmente las emisoras de radio, para difundir sus ‘partes de guerra’ e imponer su visión del conflicto.

5. La FLIP se reúne con periodistas y participa en taller en Cúcuta, Norte de Santander.

El 25 y 26 de agosto, la FLIP participó en Cúcuta en un taller sobre relación entre Fuerza Pública y fuentes. En el encuentro, organizado por el Ministerio del Interior, la FLIP fue invitada para desarrollar un juego de roles, donde periodistas y militares asumían papeles inversos para comprender las tensiones y dinámicas de la relación entre los medios de comunicación y las fuentes oficiales.

La FLIP también se reunió con la Defensoría del Pueblo, autoridades policiales y periodistas para discutir las medidas de protección de los comunicadores amenazados en la ciudad. Posteriormente, la FLIP le presentó al Ministerio del Interior el balance de estos encuentros, así como la situación del periodismo en la ciudad.

6. Radican proyecto de ley que pretende endurecer los delitos de injuria y calumnia.

El pasado 9 de agosto, el senador Juan Gómez Martínez radicó una vez más el proyecto de ley 53 de 2005, “Por medio del cual se adiciona un artículo nuevo a la Ley 599 de 2000 (Código Penal), en su titulo V, capitulo único”. Éste es idéntico al presentado por el propio senador Gómez Martínez en septiembre de 2003, que posteriormente retiró antes de dársele trámite.

Según la iniciativa, incurrirán en delito penal “el Director, periodista, comunicador social, cronista, articulista de Medios de Comunicación Social u otros medios de divulgación colectiva que haga públicamente injuria o calumnia o cualquier aseveración sin fundamento o prueba controvertida, que atente contra la dignidad, el buen nombre, la reputación, la moral de una persona, su vida privada o su familia”.

Las normas propuestas en el proyecto ya existen en los artículos 220 y 221 del Código Penal, lo que hace pensar en un objetivo directo y desproporcionado de restringir la actividad periodística.

Para la FLIP, ninguna ley puede tener como consecuencia práctica que la libertad de expresión desparezca por darle más importancia a otros derechos como el de la intimidad o la honra. Tampoco pueden establecerse sanciones desproporcionadas que conlleven a una inhibición de la actividad periodística.

Por otro lado, términos vagos e imprecisos del proyecto, como “moral” o “reputación”, pueden llegar a afectar el objetivo de los medios de comunicación de vigilar las actividades de los funcionarios públicos.

Según la ‘Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión’ de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “las leyes de privacidad no deben inhibir ni restringir la investigación y difusión de información de interés público. La protección a la reputación debe estar garantizada sólo a través de sanciones civiles, en los casos en que la persona ofendida sea un funcionario público o persona pública o particular que se haya involucrado voluntariamente en asuntos de interés público (…)”.

La FLIP seguirá de cerca esta iniciativa y su trámite ante el Congreso, para evitar que el proyecto de ley como está propuesto vulnere los derechos a la libertad de información y de opinión en Colombia.

(Lea el artículo de la Fundación para la Libertad de Prensa publicado en el portal de la revista ‘Semana’: http://semana2.terra.com.co/archivo/articulosView.jsp?id=89505.)

* * *

Todas las agresiones contra los derechos a la libertad de prensa y a la libertad de expresión constituyen violaciones de los derechos humanos. Agredir a un periodista en medio de un conflicto armado es una infracción al Derecho Internacional Humanitario.

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Condena

7 Sep , 2005  

De todas las formas de responsabilidad, la de omisión siempre parece ser la más leve, la más volátil. Flaco favor le hace entonces la prensa mundial a la conciencia de la humanidad, inculpando a Bush y su círculo de amigos buena vida porque fue un día después, porque llegó donde un amigo, porque llevaba una perrita en brazos.
Esos son apenas los detalles que, como siempre, ocultan la verdad más profunda y más dramática para el resto de los mortales, que por ello mismo lo somos más, detrás del antifaz de un cowboy.
Insinuar siquiera que la actitud reiterativa del presidente norteamericano obedece a un desliz, a una decisión momentánea en medio de la coyuntura o a un error en el manejo de imagen es minimizar el problema que hoy tiene como víctimas potenciales no sólo a los que habitan en las zonas de influencia de los huracanes, de los terroristas, de los materiales inflamables o de los aviones destartalados que se desgajan como bengalas anunciadoras.
Inculpar, así, sin más, a quienes por física necesidad se asientan en playas dos metros bajo el nivel del mar, en las riberas de los corrientes fluviales o en cercanías donde viven o pasan los violentos de todas las creencias es buscar los ahogados río arriba.
Responsabilizar al destino, a la suerte o a la casualidad es declarar nuestro espléndido fracaso en nuestra tarea primigenia de conservación de la especie.
Mientras la soberbia (como la manifestada recientemente en Estados Unidos ante la ONU y ante todos los tratados ambientalistas), o el importaculismo de Bush ( y de los que son como él) que es capaz de cambiar su reino por un rancho, o el existencialismo prosaico (del vive la vida hoy , aunque mañana te mueras) o el determinismo o la resignación (que con nuestro silencio nos hace cómplices) frente a los sucesos del entorno, mientras todas las razones, y muchas veces origen mismo de los sucesos contemporáneos, naufraguen ante la avalancha de explicaciones mediatizadas, con todo su oropel de imagología y apariencia, estaremos condenados a vivir asidos, en medio de la tormenta a cualquier salvavidas, bajo la mirada condolida de los responsables que, en tierra firme se limitarán a acariciar a sus mascotas en brazos, antes de regresar a sus ranchos.

PatriaBoba.com

El fenómeno asador

20 Ago , 2005  

Por Memorin (Publica Semana.com)

Por estos días, nada funciona mejor que voltearse y gritarlo a los cuatro vientos. Es la práctica proverbial de quienes no pueden vivir sin las luces duras de la opinión pública, como las llamó la filósofa Anna Arendt.

De ello pueden dar fe Fabio Valencia, Luis Alberto Moreno y muy especialmente la flamante presidenta del Congreso, Claudia Blum. Todos ellos son “vergonzantes” de su pasado pastranista y hoy no sólo militantes, sino escuderos de la causa uribista.

En medio de sus nombramientos, unos ya oficiales y otros en capilla, ¿a quién se le puede ocurrir traer a colación sus volteadas? Y si así fuere, ¿A quién le importaría?

Eso es lo que no ha entendido el pobre de Horacio Serpa, uno de los candidatos (seguramente tampoco aquí ganará) al Guiness Record en giros de ciento ochenta grados sin presencia de rubor en las mejillas.

Dice el refrán popular que el que no se voltea no se asa. Pero una cosa es voltearse ganando (como lo ha aprendido hacer inveteradamente Noemí Sanín para broncearse y no ampollarse), y otra lejos del poder como les ha pasado a María Emma, a Samper y a la misma Piedad Córdoba, entre otros, hoy miembros de número del pabellón de quemados. Esa es la diferencia entre astucia, traición o falta de principios, como se puede calificar dependiendo en qué lado se esté.

Por eso hoy en la nómina de “astutos” iluminados por las totas televisivas, los flashes fotográficos y los candelabros de las reuniones sociales, aparecen Fernando Londoño (que de demandante pasó a defensor inefable), Turbay Ayala, Sabas Pretelt, Madona, el 69 por ciento del Congreso, la totalidad de los ministeriables, Laissa Reyes, Eduardo Escobar (debe estar muerto de la risa Gonzalo Arango que alguna vez hizo lo propio con Carlos Lleras), en fin.

Y a pesar de que aún la Corte no se pronuncia sobre la reelección, algunos ya tienen quemaduras de primer grado, otros de tercer grado y unos más astutos aún, siguen crudos en el partidor, playeros que son, a la espera del sol que más les alumbre.