El País de las maravillas

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Enfermizo

24 Oct , 2016  

Por Mario Morales

A veces sirve. No siempre la escandola de las redes sociales es inoficiosa. Ocasionalmente funge como catarsis, alerta temprana o repositorio de los signos de nuestra época. Es lo que está pasando a raíz de narrativas violentas y piezas publicitarias ofensivas, cínicas y oportunistas que delatan lo que piensa y cómo ve esta sociedad enfermiza a sus mujeres. (Publica El Espectador)

No obstante que ya están retiradas, esas cuñas que hablaban de Transmilenio como lugar seguro para negocios (y como cosa de hombres), y para chismes (como cosa de mujeres) no parecen ingenuas o como errores de percepción. La intencionalidad, como sucedió con la aerolínea y su imaginario de las mozas, es evidente en la idea de notoriedad, debate público y conocimiento de las marcas, aun a precio de la reputación.

¿A qué le apuntan? A prejuicios instalados, arquetipos repetidos por generaciones, es decir, a memoria colectiva que hace parte de la mentalidad adulta de esta sociedad que de dientes para fuera dice condenarlo, pero lo acepta y pone en práctica porque hace parte de su educación sentimental. Cinismo y efectismo en bruto.

Lo más grave es la legitimación de esos prejuicios aberrantes que de esa manera tienden a “normalizarse” y a normalizar narrativas paralelas, periodísticas y digitales, en las que la mujer y su cuerpo no solo son objetuales, sino que están al servicio de la instintividad machista que nos caracteriza.

Golpizas de futbolistas, confesiones de candidatos presidenciales, empalamiento de adolescentes, amenazas a jugadoras que cambiaron de divisa y cuñas estigmatizantes se refuerzan entre sí y generan el ambiente para que pasen desapercibidos hechos como la violación de una mujer cada hora, en promedio, como dice ONU.

No es suficiente con arrepentimientos tempranos y convenientes, como los del jugador y creativos. Debe haber acciones concertadas: educación enfocada en la primera infancia que es cuando se forman los prejuicios; castigos ejemplares a victimarios, y el resto de esta sociedad cómplice a terapias de choque.

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Generalistas y exagerados

18 Oct , 2016  

Por Mario Morales

El lenguaje, y no la lengua, es la patria, se suele decir, o al revés, en medio de fuertes debates. Pero si tal significado existe, no hay duda de que el nuestro, el lenguaje colombiano, el tono que impregna la intencionalidad de lo que queremos expresar, ha construido imaginarios, a cual más inapropiados o inexactos por culpa de generalizaciones y de las exageraciones, que han ayudado a definir nuestra cultura. (Publica El Espectador)

Ese tono que no se detiene en los términos medios ni en los matices nos ha llevado durante siglos, por la vía de la esquizofrenia, a extremos de los que hacemos gala, disculpados por nuestra presunta personalidad macondiana.

Y así vamos por la vida creyéndonos unas veces paradigma del trabajo honrado y esforzado y, otras veces, encarnación misma de la picardía y la trapacería. Aquí todo es cuestión de vida o muerte, hasta el juego de rana dominical. En estas latitudes la historia “se parte en dos”, en promedio cada semana.

En nuestro ámbito se define el futuro del país en cada debate y, más grave aún, en cada declaración. Los grises y las posiciones que orbitan los centros son descalificados por tibios y la ponderación dejó de ser una virtud para convertirse en una tara conversacional.

De nada, pues, servirá la guerra que queremos dejar atrás si no entendemos que en este collage pluriétnico habitan distintos que piensan diferente y tienen ideas y soluciones diversas. Nada significará todo este pandemónium alrededor del plebiscito si no comenzamos por aceptar que entre el Sí rotundo e incondicional y el No obcecado y pertinaz hay conglomerados variopintos obligados a callar porque les huyen a rótulos, etiquetas y la inamovilidad.

Hay más país, otros países que conviven aquí y que son omitidos por un lenguaje que solo distingue entre ilustres y ninguneados, entre arriesgados y borregos, entre iluminados y duros de corazón, entre virtuosos y malos por vocación.

Quizás antes que nuevas constituciones o acuerdos políticos, debamos comenzar por cambiar el lenguaje en que debatimos y nos narramos. O por lo menos una parte, para no ser generalistas ni exagerados.

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La opción perdida

11 Oct , 2016  

Por Mario Morales

Recomenzamos, pero recomenzamos mal. Como si no hubiéramos aprendido de las duras lecciones del plebiscito. Se nos llena la boca diciendo que ahora sí va la paz total con el inicio de la fase pública con el Eln, pero seguimos sin escuchar a quienes, sin matrícula, estuvieron física o anímicamente con el No, a los que estuvieron con el Sí aunque con peros y a quienes en el 62 % de abstención se hartaron del dogmatismo, la presión de la presunta mayoría y de la soberbia moral e intelectual que seguimos exhibiendo todos, como si siguiéramos en contienda. (Publica El Espectador)

En la agenda política y en la mediática parece no haber cambiado nada. Seguimos considerando el proceso como una pugna personalizada entre Santos (aupado por el Nobel) y Uribe, a quien graduamos sin prueba y sin derecho como dueño de esos seis millones de votos que algunos quieren convertir en fetiche.

Seguimos todos (Gobierno, líderes de opinión y periodismo) narrando y calificando con estereotipos o con simplificaciones. Pretendemos hacer creer que Uribe ahora sí es una mansa paloma, desconociendo su carácter recalcitrante y destructivo, pero ignoramos a la población que, estando lejos del uribismo, le negó su voto al plebiscito por razones personales, morales o conceptuales y que fueron silenciadas con falsos dilemas o argumentos que antes que de autoridad estuvieron cerca del autoritarismo.

Seguimos exacerbados en la emoción con cada premio, con cada anuncio y con cada marcha como lo estuvimos durante estos últimos cuatro años: pensando con el deseo.

Por eso hoy somos presa fácil de las soluciones fáciles, como esa de dejar que Uribe y sus intereses les metan mano a los acuerdos; los lobos cuidando a las ovejas.

Por eso hoy somos rehenes de las soluciones rápidas, de que se haga cualquier cosa antes de que llegue el 31.

La opción perdida no fue la del plebiscito, como se ha dicho, sino la de no aprovechar la coyuntura para redescubrirnos, escuchar otras voces y tener la oportunidad de cambiar, por lo menos un poquito, de opinión.

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Medievales

4 Oct , 2016  

Por Mario Morales

Es duro reconocerlo, pero luego del plebiscidio no hay más remedio que asumir que nuestras expectativas como sociedad y cultura estaban sobrevaloradas. Por más que intentemos explicar la hecatombe con los errores crasos de los partidos, la infrapedagogía, la equivocada propaganda política y hasta en los factores climáticos, la verdad monda y lironda es que seguimos anclados en esa época pacata, hipócrita y ultraconservadora de mediados del siglo XX. La misma que dio lugar a este país arrejuntado, sectario, violento y excluyente, amarrado al mástil del terror y sordo a los ecos de la posmodernidad. (Publica El Espectador)

Una democracia tendría que asumirse como capaz de aceptar incluso este tipo de ideas y creencias congeladas en el tiempo. Lo que es inaceptable es la doble moral de quienes piensan así, que son mayoría indudable, que se niegan a salir del clóset, actúan al escondido y, de manera vergonzante, se presentan como contemporáneos y hasta de avanzada.

Ese complejo de apariencia ayuda a entender no solo el descache de las encuestas, sino la vigencia de pretendidos caudillos, propios de un país que les tiene pavor a la libertad y a la autodeterminación y deposita su confianza en fantasmas autoritarios encarnados en los gamonales y capataces de siempre.

De ahí el estupor internacional y de quienes no entienden que sigamos enraizados en el medioevo de chismes conventuales y costumbres de regimiento.

Es pues exagerado decir que la historia se repite; aquí el tiempo está detenido. Las vanguardias han sucumbido a la ley de la gravedad y al determinismo, y la indiferencia de los jóvenes se replica de generación en generación, como una tara.

De nuevo serán “las fuerzas vivas”, es decir, las élites trasnochadas, las que decidan el rumbo, con las velas plegadas y las naves ancladas. Reverdece el frentenacionalismo con la vieja disculpa de que solo así todos cabemos.

Ya vienen los acuerdos para que nada cambie y eso que llamarán paz sea solo un paréntesis entre nuestros odios eternos.

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Esto apenas comienza

27 Sep , 2016  

Por Mario Morales

Sí, conmovidos: así hemos estado estos días a lo largo y ancho del país con la firma del acuerdo de paz con las Farc. Simbólica esa bandera de los cuatro colores que se vio en Cartagena, con el blanco añadido, con el blanco atravesado, con el blanco incrustado; todo un discurso ondeante. (Publica El Espectador)

Generosos los colombianos digitales con esos millones de tuits, posts e interacciones en las redes sociales. Contagiosos los compatriotas en las calles, en las fachadas, en los cantos patrióticos del himno y en las lágrimas derramadas porque sí se pudo, por los que ya no están y por los que vendrán.

Sí. Una maravilla. Pero nada de eso será importante si no salimos a votar masivamente el domingo por el Sí, para derrotar de una vez por todas, más que al uribismo decadente, a la indiferencia, la falta de compromiso y la proverbial tibieza de espíritu, que —dicen que como la violencia— forma parte de nuestro ADN, y que se conforma con los símbolos, las intenciones, likes, suspiros y buenos deseos.

Pero ni así será suficiente. Refrendado el acuerdo con fuerza mayoritaria será menester exigir el cumplimento a la letra de los acuerdos, la extensión indefinida de la tregua por parte del Eln y que se siente a la mesa con el Gobierno hasta que se acabe esa otra guerra.

Pero no basta con gritar la reconciliación de los otros. Votar Sí es también un mandato por un compromiso ciudadano, como pidió el expresidente uruguayo Pepe Mujica. Que se vea.

Porque, luego, o al tiempo, hay que permitir que la materia de la que está hecha la reconciliación que pregonamos baje a nuestra cotidianidad, a las calles, al vecindario y a los hogares. Será una paz mendaz e hipócrita si se silencian los fusiles pero no disminuyen los homicidios, las riñas y las agresiones, tan inútiles y absurdas como la guerra que estamos terminando. Esto apenas comienza…

Moraleja: Dice con acierto The Guardian: “Si Colombia se diera cuenta de su potencia, su gente votaría por la paz”. El Sí del domingo es otro gran paso.

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Contra la barbarie y la paranoia

21 Sep , 2016  

Por: Mario Morales.

Ahora sí, la firma. Pero sobre todo lo que significa: el compromiso de la palabra empeñada en La Habana. Yo hubiera preferido como escenario un lugar menos glamuroso, uno más narrativo, más representativo, pensando antes que en los firmantes, curiosos y colados, en quienes avalan esa rúbrica, ese millón de colombianos que pusieron, sin saberlo, su tinta sangre como respaldo a los acuerdos. (Publica El Espectador)

Pero se impondrá el protocolo ese de los eventos de élite. Lástima. Era una oportunidad grande para cohesionar el alma colectiva que a estas alturas no entiende de reflexiones, desplazadas por el sustrato sentimental propio de toda campaña, como diría el profesor Maffesoli, y aupado por las emociones engrandecidas de la TV y redes sociales cuyo efecto no es numérico sino de contagio e influencia.

Sin quererlo, el mensaje monofónico del uribismo y la dispersión de quienes apoyan el Sí, luego de la confusión, han removido la indiferencia de las masas urbanas que se sienten interpeladas a actuar para impedir que esta oportunidad feliz se vaya de las manos.

Santos ha dominado la estrategia, como lo demuestran los apoyos de la ONU, Obama y las voces del mundo; Uribe ha sido hábil en la táctica, como esa de tratar de arrinconar al presidente con el manido debate con el autodenominado Centro Democrático. (¡Cualquier disculpa, presidente Santos, menos falta de tiempo!).

Ese indebido fuego cruzado ha despertado de manera reactiva a la población, montada a empellones en un tobogán en el que se alternan, al decir del sicólogo Eskibel basado en su colega Ekman, las emociones más frecuentes en una elección definitiva: la felicidad y la tristeza, la ira y el desprecio, la sorpresa y la animadversión, pero sobre todo el miedo en todas sus escalas.

A mi juicio, ese último es el factor que está inclinando la balanza a favor del Sí (miren no más las declaraciones de María Fernanda Cabal y sus fuerzas letales de combate). No solo estamos hartos de la barbarie de la guerra, también de la paranoia.

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Ojo con esos precedentes

14 Sep , 2016  

Por: Mario Morales

Ya metidos en el berenjenal de llover sobre mojado, legislar sobre lo legislado, meterse en cercados ajenos y publicar resoluciones que pueden afectar en el presente y futuro la libertad de expresión, el Consejo Nacional Electoral deberá pronunciarse tarde o temprano sobre las reclamaciones hechas a las medidas que publicó en torno al cubrimiento periodístico del plebiscito. (Publica El Espectador)

Sin tiempo, y quizás sin argumentos como lo probaría el peloteo interno del caso, el CNE querrá pasar de agache estas dos semanas largas sin pronunciarse para evitar más magulladuras en su imagen institucional.

Pero no puede quedar el precedente de asuntos como ese de decretar el pluralismo informativo por pupitrazo como pretende hacerlo. A un medio no se le puede obligar a dar igual participación a todas las corrientes. Coincidimos con Pedro Vacca de la FLIP en que los medios tienen derecho a una línea editorial y a una postura política. El deber de las autoridades es velar para que en la suma de oferta de medios distintos sí exista diversidad de voces e ideologías. Además, el equilibrio milimétrico es cosa del pasado; en los medios debe primar la honestidad.

A la hora de las rectificaciones, ya consagradas constitucionalmente, el CNE no podría ser parte, al solicitarlas, y luego juez, al estudiarlas. Para eso también ya existen instancias judiciales definidas.

Tampoco es procedente el galimatías de prohibir información proveniente de fuentes no oficiales con el pretexto del orden público, que como también señala la FLIP puede constituir censura previa.

Así no haya efecto inmediato, como parece, este tipo de medidas no le hacen bien ni a la democracia ni al periodismo. Como tampoco hacen bien acciones ciudadanas como la que sufrió el equipo de “Los Informantes” en Guaviare, sometido a un intento de censura de contenidos por una junta de acción comunal con el pretexto de la estigmatización.

La libertad de expresión es sagrada y eso deben saberlo los que mandan y los de a pie.

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La última vez

8 Sep , 2016  

Por Mario Morales
Se lamentaba Timothy Egan en el New York Times de que la mayoría de estadounidenses no pasen el examen de ciudadanía en vísperas de la decisión que tienen a la vista. Su voto será esencialmente desinformado. No creo que sea necesario hacer un test (como el que a veces hacen los medios en la calle para construir un falso vox populi) de cultura ciudadana y valores cívicos entre los colombianos para compartir ese lamento y esa frustración. (Publica El Espectador)

Y no hablemos de la maraña de las 297 páginas del acuerdo con las Farc, no aptas para legos, como bien lo expresaron Héctor Riveros y Antonio Caballero. Ese texto se resume, parafraseando a Borges cuando hablaba del Finnegans Wake de Joyce, en “52 años para producirlo, 45 meses para escribirlo y una eternidad para no leerlo”.

Que pocos comenzaron a leerlo lo demuestra la sorpresa general sobre la pregunta del plebiscito cuando se aclaró que ese, sencillamente, era el encabezado del acuerdo.

Descartada la opción de abordar ese texto para digerirlo y derrotadas las esperanzas de haber mejorado en cultura política, entendida como la comprensión básica de cómo funcionamos como sociedad, no queda más alternativa que encomendarnos, otra vez, al sentido común de nuestras gentes como último reducto para salvar esta democracia, así esté o parezca idiotizada, como propone Egan, el articulista del NYT.

Ese sentido común que habla de las vidas salvadas, que cuenta —según el Cerac— que hubo sólo cuatro muertos en los últimos 13 meses, que se completan 42 días sin combates, que está desapareciendo la guerrilla más grande, y que está a punto de cerrar registros el primer movimiento del país, como llamaron con ironía los nadaístas a la violencia política y que alcanzó a sumar otras 260.000 víctimas fatales y siete millones de desplazados…

En fin, que esta sea la última elección de un país desinformado y que sean los últimos votos instintivos, casi primitivos, que nos recuerdan la obviedad de que siempre es mejor la vida con todos sus azares que la guerra y la muerte.

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En nuestro lugar

31 Ago , 2016  

Por Mario Morales

Debo decir que me gusta como quedó planteada la pregunta para el plebiscito. Entraña el interrogante natural sobre el acuerdo, pero además es precisa cuando habla de la terminación del conflicto (no de la guerra), acompañada de un mandato para la presente y las futuras generaciones: construir una paz estable y duradera. (Publica El Espectador)

Así está planteada gramaticalmente, más allá de que los malpensados (el que las usa las imagina) quieran encontrarla tendenciosa o sesgada. Eso iba pasar cualquiera fuera el texto presentado; de ahí la insistencia en que se diera a conocer.

En cambio no deja de inquietar la incomodidad con la que el vicepresidente Vargas Lleras se sumó a la campaña por el Sí. Con los reparos que planteó, por presión de la prensa ante su renuencia a hablar antes de la divulgación de los textos, no sólo demostró desconocer, o no entender los acuerdos, sino que dejó ver su soberbia al aceptar como “un favor” la orden de su jefe inmediato.

Tampoco resulta halagüeño el tono y el nivel de los debates que sobre el acuerdo se comunican a la población. Hay abuso del lenguaje especializado y de las posiciones con base en argumentos de autoridad o experticia. ¿Cómo pretenden así el gobierno y sus voceros entusiasmar a los colombianos?

La base de la pedagogía, si es que algún día arranca la que esté dirigida al grueso de la población, debe partir de ponerse en el lugar del promedio, de generar afectación en términos de cercanía, implicación e interés y de aterrizar los alcances en la cotidianidad de los colombianos teniendo en cuenta sus diferencias y contextos.

Ponerse en el lugar nuestro no es simplificar sino aterrizar lo acordado con base en discursos fuertes que narren decisiones y actuaciones que comiencen a mostrar esos cambios al tiempo que la irreversibilidad del proceso que comienza. Que les dejen los suspiros, la lírica y las diatribas a la oposición. La acción genera convicción y de ahí a la emoción que se requiere, hay un paso. Empatía, que llaman.

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¿Tara o hipocresía?

24 Ago , 2016  

Por Mario Morales

No los ven. No los quieren ver. Peor aún, no los pueden ver. Y eso no tiene que ver con las ideas o convicciones políticas, religiosas o sociales, sino con una manera de ser, con una tara en el ADN que ciega el entendimiento y hace que algunos colombianos se sientan los únicos ciudadanos legítimos, los únicos con derechos adquiridos… (Publica El Espectador)

No son pocos, lamentablemente. Cunden por doquier. Los hay, contaminados de la ceguera de que hablara Saramago, tratando de no ver, de negar la posibilidad de que regresen a la luz quienes tuvieron la venda de las armas, la violencia y la guerra por décadas.

Los hay, mirando para otro lado cuando las minorías piden cabida, levantan la mano, llaman la atención y encienden sus rostros para hacerse visibles, para hacerse posibles.

Los hay, con la cabeza enterrada como el avestruz, para no demostrar su ineptitud, como la administración Peñalosa, o para no tener responsabilidad, como los “conciudadanos” de los injustamente criminalizados habitantes de la calle.

Los hay, con la mirada extraviada cuando se habla de colombianos en situación de hambruna, migración o exclusión, como si la cosa no fuera con ellos.

Así son (así somos), esos colombianos soberbios al pedir, paradójicamente, una solución pronta para la guerra siempre y cuando los otros, los desmovilizados, no se dejen ver por la civilización; o al exigir leyes justas para los minorías siempre y cuando no se muestren y sigan escondidas en sus clósets; o al solicitar medidas prontas para las hordas de vagabundos citadinos detrás de esa frase hipócrita de “salida digna” que traduce llevarlos al ostracismo bajo las alcantarillas; o al clamar por vindicaciones para los desposeídos pero que no tengan que ver con los bolsillos propios o con los esfuerzos propios.

Generación hipócrita y enferma que no es capaz siquiera de ver por encima del hombro a esos otros, porque imagina, en el fondo, que al no permitirles visibilidad les niegan la posibilidad de existir.