El País de las maravillas

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Contra la barbarie y la paranoia

21 Sep , 2016  

Por: Mario Morales.

Ahora sí, la firma. Pero sobre todo lo que significa: el compromiso de la palabra empeñada en La Habana. Yo hubiera preferido como escenario un lugar menos glamuroso, uno más narrativo, más representativo, pensando antes que en los firmantes, curiosos y colados, en quienes avalan esa rúbrica, ese millón de colombianos que pusieron, sin saberlo, su tinta sangre como respaldo a los acuerdos. (Publica El Espectador)

Pero se impondrá el protocolo ese de los eventos de élite. Lástima. Era una oportunidad grande para cohesionar el alma colectiva que a estas alturas no entiende de reflexiones, desplazadas por el sustrato sentimental propio de toda campaña, como diría el profesor Maffesoli, y aupado por las emociones engrandecidas de la TV y redes sociales cuyo efecto no es numérico sino de contagio e influencia.

Sin quererlo, el mensaje monofónico del uribismo y la dispersión de quienes apoyan el Sí, luego de la confusión, han removido la indiferencia de las masas urbanas que se sienten interpeladas a actuar para impedir que esta oportunidad feliz se vaya de las manos.

Santos ha dominado la estrategia, como lo demuestran los apoyos de la ONU, Obama y las voces del mundo; Uribe ha sido hábil en la táctica, como esa de tratar de arrinconar al presidente con el manido debate con el autodenominado Centro Democrático. (¡Cualquier disculpa, presidente Santos, menos falta de tiempo!).

Ese indebido fuego cruzado ha despertado de manera reactiva a la población, montada a empellones en un tobogán en el que se alternan, al decir del sicólogo Eskibel basado en su colega Ekman, las emociones más frecuentes en una elección definitiva: la felicidad y la tristeza, la ira y el desprecio, la sorpresa y la animadversión, pero sobre todo el miedo en todas sus escalas.

A mi juicio, ese último es el factor que está inclinando la balanza a favor del Sí (miren no más las declaraciones de María Fernanda Cabal y sus fuerzas letales de combate). No solo estamos hartos de la barbarie de la guerra, también de la paranoia.

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Ojo con esos precedentes

14 Sep , 2016  

Por: Mario Morales

Ya metidos en el berenjenal de llover sobre mojado, legislar sobre lo legislado, meterse en cercados ajenos y publicar resoluciones que pueden afectar en el presente y futuro la libertad de expresión, el Consejo Nacional Electoral deberá pronunciarse tarde o temprano sobre las reclamaciones hechas a las medidas que publicó en torno al cubrimiento periodístico del plebiscito. (Publica El Espectador)

Sin tiempo, y quizás sin argumentos como lo probaría el peloteo interno del caso, el CNE querrá pasar de agache estas dos semanas largas sin pronunciarse para evitar más magulladuras en su imagen institucional.

Pero no puede quedar el precedente de asuntos como ese de decretar el pluralismo informativo por pupitrazo como pretende hacerlo. A un medio no se le puede obligar a dar igual participación a todas las corrientes. Coincidimos con Pedro Vacca de la FLIP en que los medios tienen derecho a una línea editorial y a una postura política. El deber de las autoridades es velar para que en la suma de oferta de medios distintos sí exista diversidad de voces e ideologías. Además, el equilibrio milimétrico es cosa del pasado; en los medios debe primar la honestidad.

A la hora de las rectificaciones, ya consagradas constitucionalmente, el CNE no podría ser parte, al solicitarlas, y luego juez, al estudiarlas. Para eso también ya existen instancias judiciales definidas.

Tampoco es procedente el galimatías de prohibir información proveniente de fuentes no oficiales con el pretexto del orden público, que como también señala la FLIP puede constituir censura previa.

Así no haya efecto inmediato, como parece, este tipo de medidas no le hacen bien ni a la democracia ni al periodismo. Como tampoco hacen bien acciones ciudadanas como la que sufrió el equipo de “Los Informantes” en Guaviare, sometido a un intento de censura de contenidos por una junta de acción comunal con el pretexto de la estigmatización.

La libertad de expresión es sagrada y eso deben saberlo los que mandan y los de a pie.

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La última vez

8 Sep , 2016  

Por Mario Morales
Se lamentaba Timothy Egan en el New York Times de que la mayoría de estadounidenses no pasen el examen de ciudadanía en vísperas de la decisión que tienen a la vista. Su voto será esencialmente desinformado. No creo que sea necesario hacer un test (como el que a veces hacen los medios en la calle para construir un falso vox populi) de cultura ciudadana y valores cívicos entre los colombianos para compartir ese lamento y esa frustración. (Publica El Espectador)

Y no hablemos de la maraña de las 297 páginas del acuerdo con las Farc, no aptas para legos, como bien lo expresaron Héctor Riveros y Antonio Caballero. Ese texto se resume, parafraseando a Borges cuando hablaba del Finnegans Wake de Joyce, en “52 años para producirlo, 45 meses para escribirlo y una eternidad para no leerlo”.

Que pocos comenzaron a leerlo lo demuestra la sorpresa general sobre la pregunta del plebiscito cuando se aclaró que ese, sencillamente, era el encabezado del acuerdo.

Descartada la opción de abordar ese texto para digerirlo y derrotadas las esperanzas de haber mejorado en cultura política, entendida como la comprensión básica de cómo funcionamos como sociedad, no queda más alternativa que encomendarnos, otra vez, al sentido común de nuestras gentes como último reducto para salvar esta democracia, así esté o parezca idiotizada, como propone Egan, el articulista del NYT.

Ese sentido común que habla de las vidas salvadas, que cuenta —según el Cerac— que hubo sólo cuatro muertos en los últimos 13 meses, que se completan 42 días sin combates, que está desapareciendo la guerrilla más grande, y que está a punto de cerrar registros el primer movimiento del país, como llamaron con ironía los nadaístas a la violencia política y que alcanzó a sumar otras 260.000 víctimas fatales y siete millones de desplazados…

En fin, que esta sea la última elección de un país desinformado y que sean los últimos votos instintivos, casi primitivos, que nos recuerdan la obviedad de que siempre es mejor la vida con todos sus azares que la guerra y la muerte.

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En nuestro lugar

31 Ago , 2016  

Por Mario Morales

Debo decir que me gusta como quedó planteada la pregunta para el plebiscito. Entraña el interrogante natural sobre el acuerdo, pero además es precisa cuando habla de la terminación del conflicto (no de la guerra), acompañada de un mandato para la presente y las futuras generaciones: construir una paz estable y duradera. (Publica El Espectador)

Así está planteada gramaticalmente, más allá de que los malpensados (el que las usa las imagina) quieran encontrarla tendenciosa o sesgada. Eso iba pasar cualquiera fuera el texto presentado; de ahí la insistencia en que se diera a conocer.

En cambio no deja de inquietar la incomodidad con la que el vicepresidente Vargas Lleras se sumó a la campaña por el Sí. Con los reparos que planteó, por presión de la prensa ante su renuencia a hablar antes de la divulgación de los textos, no sólo demostró desconocer, o no entender los acuerdos, sino que dejó ver su soberbia al aceptar como “un favor” la orden de su jefe inmediato.

Tampoco resulta halagüeño el tono y el nivel de los debates que sobre el acuerdo se comunican a la población. Hay abuso del lenguaje especializado y de las posiciones con base en argumentos de autoridad o experticia. ¿Cómo pretenden así el gobierno y sus voceros entusiasmar a los colombianos?

La base de la pedagogía, si es que algún día arranca la que esté dirigida al grueso de la población, debe partir de ponerse en el lugar del promedio, de generar afectación en términos de cercanía, implicación e interés y de aterrizar los alcances en la cotidianidad de los colombianos teniendo en cuenta sus diferencias y contextos.

Ponerse en el lugar nuestro no es simplificar sino aterrizar lo acordado con base en discursos fuertes que narren decisiones y actuaciones que comiencen a mostrar esos cambios al tiempo que la irreversibilidad del proceso que comienza. Que les dejen los suspiros, la lírica y las diatribas a la oposición. La acción genera convicción y de ahí a la emoción que se requiere, hay un paso. Empatía, que llaman.

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¿Tara o hipocresía?

24 Ago , 2016  

Por Mario Morales

No los ven. No los quieren ver. Peor aún, no los pueden ver. Y eso no tiene que ver con las ideas o convicciones políticas, religiosas o sociales, sino con una manera de ser, con una tara en el ADN que ciega el entendimiento y hace que algunos colombianos se sientan los únicos ciudadanos legítimos, los únicos con derechos adquiridos… (Publica El Espectador)

No son pocos, lamentablemente. Cunden por doquier. Los hay, contaminados de la ceguera de que hablara Saramago, tratando de no ver, de negar la posibilidad de que regresen a la luz quienes tuvieron la venda de las armas, la violencia y la guerra por décadas.

Los hay, mirando para otro lado cuando las minorías piden cabida, levantan la mano, llaman la atención y encienden sus rostros para hacerse visibles, para hacerse posibles.

Los hay, con la cabeza enterrada como el avestruz, para no demostrar su ineptitud, como la administración Peñalosa, o para no tener responsabilidad, como los “conciudadanos” de los injustamente criminalizados habitantes de la calle.

Los hay, con la mirada extraviada cuando se habla de colombianos en situación de hambruna, migración o exclusión, como si la cosa no fuera con ellos.

Así son (así somos), esos colombianos soberbios al pedir, paradójicamente, una solución pronta para la guerra siempre y cuando los otros, los desmovilizados, no se dejen ver por la civilización; o al exigir leyes justas para los minorías siempre y cuando no se muestren y sigan escondidas en sus clósets; o al solicitar medidas prontas para las hordas de vagabundos citadinos detrás de esa frase hipócrita de “salida digna” que traduce llevarlos al ostracismo bajo las alcantarillas; o al clamar por vindicaciones para los desposeídos pero que no tengan que ver con los bolsillos propios o con los esfuerzos propios.

Generación hipócrita y enferma que no es capaz siquiera de ver por encima del hombro a esos otros, porque imagina, en el fondo, que al no permitirles visibilidad les niegan la posibilidad de existir.

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Frenteros

17 Ago , 2016  

Por Mario Morales.
Sí, hay que afrontarlo. El problema no es decirle al país que votar negativamente el plebiscito es la puerta de regreso directo a la guerra (como efectivamente lo es), sino saberlo a decir para que no suene a amenaza en las mentes más susceptibles y en las mentiras estrambóticas del uribismo.
Pero esa prudencia, de modo y lugar, no puede afectar la claridad. Lo que no puede hacer el gobierno es callarlo ni entrar en el terreno fangoso de los eufemismos. Es más, hay que repetirlo hasta el cansancio, para que nadie se llame a engaños. (publica El Espectador)

Por eso es preferible la franqueza del expresidente Gaviria cuando dice que “la consecuencia de rechazar los acuerdos va a ser la guerra, así no la quieran”, al espíritu componedor de De la Calle, que hablaba, antes de volver a Cuba, de que “renegociar los puntos del acuerdo con las Farc, sería un error. Es mucho más que eso, es un imposible procedimental, es una patada al virtual acuerdo y es, para quienes lo invocan, un llamado a la guerra miserable tal y como la hemos conocido en estos 60 años.

En la mesa, tal como está planteado, no hay lugar para ese tipo de revisionismos. Y los voceros de las partes deberían ser enfáticos en recalcarlo. Como se ha dicho desde varios sectores, es preferible una paz imperfecta a una guerra estúpida y a la extensión de la violencia, responsables las dos de esta sociedad cultivada en el odio, en el egoísmo y en el encierro por culpa del miedo que nos ha obligado a desconfiar del otro, a pasar por encima de los demás, a legitimar las seguridades privadas, al uso indiscriminado de las armas, el justicierismo, la venganza y la devaluación del valor fundamental de la vida.

Es momento de las verdades por dolorosas que suenen. Eso sí, verdades sustentadas y comprobadas en este pasado cruel y real que sigue al acecho. No podrá ser amenaza lo que finalmente son profecías, dichas no como hechos ineludibles, sino para que no se cumplan.

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Ver es comprender

11 Ago , 2016  

Por Mario Morales
Ya estuvo bien de ruedas de prensa y comunicados. Estamos saturados de alocuciones y mensajitos de doble sentido en redes sociales para hablar del proceso de paz. El gobierno, voceros de la mesa y la guerrilla han de saber que la etapa discursiva ya está quemada y que es hora de pasar del verbo en estado de procuración, del “cada vez más cerca” (como repetía Santos antenoche), a relatos presenciales y audiovisuales del acuerdo. (Publica El Espectador).

No se va a poder socializar la agenda de la mesa a punta de correos electrónicos y planos repetitivos de TV, como ese de del comisionado Jaramillo y de De la Calle llegando con sus maletincitos a la sede de los diálogos.

No hay nada de pedagogía en ese desgastante plano medio de voceros hablando al otro lado de una mesa, allende los mares, fuera de nuestras fronteras.

Ver es comprender, decía Ramonet, y lo confirman las narrativas web. Y el gobierno está desaprovechando la posibilidad de involucrar a audiencias televisivas y digitales que, sumadas, cubren más del 95% de la población.

Pero que no sean narrativas a punta de discursitos mandados a hacer o de reacciones. Que los plenipotenciarios de la mesa se salgan de “los cinco estrellas” y vayan a mostrarles a las poblaciones, con las cámaras de testigos, las bondades de la paz, como debió suceder esta semana con la visita de las seis comisiones en sitios escogidos para la concentración de la guerrilla.

El régimen confidencial de comunicación de la mesa también ya cumplió su ciclo. Hay que abrir compuertas a los medios para que narren sin cortapisas lo que pasa en Cuba, las regiones y los campamentos guerrilleros, como sí lo ha hecho El País de España.

Déjennos ver lo que es ahora la vida en las antiguas zonas rojas, las carreteras apartadas sin retenes ilegales. Que no nos pidan imaginar más la paz, ¡muéstrenla hasta el cansancio! Ojalá guiados por un presidente en mangas de camisa, allá donde terminan los lujos y comienza el país que quiere reconciliarse.

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Hechos, hechos, hechos

3 Ago , 2016  

Por Mario Morales

Más que las cifras, prometedoras por sí mismas, los resultados de la más reciente encuesta Pulso País demuestran una vez más que no hay nada más convincente y alentador en la opinión pública que los hechos.(Publica El Espectador)

No solo es el mejor momento de los diálogos en la percepción nacional en los últimos 30 meses, sino que es la primera vez que la favorabilidad crece entre la población por causa del proceso mismo y no por otras razones.

Quizás ha habido picos emocionales con mejores guarismos como los que se vivieron con el avance de la selección en el mundial de fútbol o con las actuaciones de Nairo y Rigo en las carreteras europeas. Entonces todavía creíamos que la paz era un documento, una firma o una foto, y que fue el legado de la torpeza y superficialidad pastranista. Entonces también pensábamos que la paz, esa paz, era la solución a todos los males…

Muchos sapos hemos debido tragar desde entonces para entender que ese acuerdo, con todas sus imperfecciones, es mejor que cualquier orgullo, cualquier bandera o cualquier discurso.

Los anuncios sobre los avances efectivos en la agenda han resultado esta vez más eficientes que toda la deficiente propaganda oficial y la destructiva campaña opositora.

Ver para creer parece ser la condición de los colombianos para apoyar ese pedazo de paz tan esperado. Hace unos meses era uno de cada cinco colombianos el que apoyaba el acuerdo, más con la ilusión. Ahora, según la encuesta, es uno de cada tres colombianos el que le cree a la guerrilla en sus intenciones de paz o que el proceso va por buen camino; y ya casi son dos de cada tres los que creen que el acuerdo se va a firmar…

Con esas perspectivas y si se cumple la previsión de que los seis puntos quedan acordados antes de que acabe el mes, no solo el plebiscito no tendrá problemas con el umbral, sino que se superará con éxito esta fase de sectarización. A Uribe solo le queda el No para mantenerse y no desaparecer de la escena. Razón de más para apoyar el Sí.

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Deporte y dignidad

28 Jul , 2016  

Por Mario Morales.

Los irrespetados son ellos. No hay razón para que el ciclista Winner Anacona se disculpe con el presidente ni con el país. Como tampoco la hubo cuando el subcampeón del Giro de Italia, Esteban Chaves, criticó la falta de apoyo del “ciclista” Enrique Peñalosa. (Publica El Espectador).

Ya era hora de que se sacudieran. Los deportistas y especialmente los ciclistas han sido usados por políticos, periodistas y ciudadanos cuando están en lo alto del curubito, y luego desechados cuando la opinión pública se ocupa de otros menesteres.

Ese trino en el que Anacona le recuerda a Santos que “nos hemos hecho solos” debía grabarse sobre mármol, no tanto para que la situación cambie (aquí los deportistas, como los habitantes de la Guajira, seguirán sin apoyo), sino para tratar de erradicar el oportunismo de los ricos Epulones del poder que creen que dan limosna a los lázaros del deporte por llamarlos, tomarse una selfi o hacerles una entrevista.

Esa ventaja tienen las nuevas generaciones de nuestros ciclistas, futbolistas y practicantes de otras disciplinas, que se han hecho a pulso, que tienen un prestigio afuera y que no le deben nada nadie aquí, salvo a sus familias y allegados.

Lejos están las épocas de los deportistas sumisos y asustados con las luces de la fama. Salieron muy jóvenes a forjar su carrera, en medio de sufrimientos y privaciones, lejos de la indiferencia y arribismo de sus compatriotas, como para que ahora tengan que dejarse manosear por ellos.

Tendrán que pensarlo mucho quienes intenten montarse en el tren de la victoria; los políticos para limpiar su imagen, los ciudadanos para borrar sus frustraciones y los “creativos” fanáticos que posan de periodistas deportivos para lucirse a costa suya.

Moraleja: Ya es hora de que los medios dejen de perseguir a las familias de los deportistas cuando triunfan en el exterior; esa narrativa pasó de tediosa a fastidiosa. Y que dejen de pintarlos como pobretones, como alguna vez reclamó el gran Nairo. Respetemos su dignidad. Solo gratitud con ellos.

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Entre el sí y el activismo

20 Jul , 2016  

Por Mario Morales.
Cómo decirlo? Lo de menos es lo de los 4 millones y medios de votos. Ese es coco al que le apostará la jauría que se opone. Su último reducto. Del que expele ese dilema entre frustrado y derrotista de elegir entre el no y la abstención que pide Uribe. Con cara pierden ellos. Con sello gana el país.

Le llegó el turno a la gente. La hora del plebiscito. Por fin el vocablo recupera el significado de sus orígenes: El de una ley requerida, impulsada y apoyada por el ciudadano común, pero con la característica de mandato, de ordenanza.

A diferencia de la oposición, el dilema de la población es, a partir de ahora entre el sí y el activismo despolitizado. El reto no es menor. Significa, ni más ni menos, la oportunidad de apropiarnos de nuestro presente y hacer posible otro futuro. De mostrar talante y convicciones.

Es la hora de voltear páginas. De pasar por encima del error innecesario del presidente Santos de querer “partidizar” el proceso. De evitar que Royes y Bennedettis saquen tajada. De impedir que el clientelismo y la mermelada hagan de las suyas. Es la hora de que el ciudadano común le diga a las maquinarias que no las necesitamos.

Pero también es hora de mostrar lo que las organizaciones sociales han hecho. Del trabajo de tejido, de resistencia, de comunidad. Es la hora de la academia de asumir el rol didáctico y pedagógico que nadie ha podido liderar. Es la hora de las familias, de las iglesias y otras pocas instituciones confiables. Sin rótulos.

Tienen razón quienes dicen que es la cita más importante, junto con la constituyente del 91, de nuestra historia con el sueño democrático, con el país que queremos construir.

En el fondo no está en juego el acuerdo, que tendría opciones aún si ganara, (es un decir), el no. Lo que importa, por encima de la cifra que va rumbo a convertirse en fetiche, es que por fin la inmensa mayoría de colombianos podamos estar del mismo lado