Por Jaime Horta Díaz*
Personas honradas –como la que se robó la custodia de Badillo, en el vallenato de Rafael Escalona- se indignan con los raponazos callejeros, a veces protagonizados por niños famélicos, pero no tienen inconveniente en apropiarse de un programa de computador que vale millones de pesos.

Lo peor es que en ese vicio –en realidad es un delito- también incurren muchas empresas, incluso prestigiosas. Para no ir más lejos, los computadores de las oficinas publicas están llenas de software ilegal. ¿Por qué tan pocos sienten realmente algún remordimiento por el desconocimiento del trabajo ajeno?

Se impone una verdadera cruzada por el respeto a las producciones del talento o del ingenio, como bellamente las llama nuestro viejo Código Civil (art. 671). Pero los colegios y universidades que deben ser los primeros en inculcar esos valores son los pioneros en las defraudaciones, vía fotocopias. Es cierto que las leyes salvan la posibilidad de obtener algunas fotocopias para fines pedagógicos pero tampoco se justifica toda la obra. Esa anticultura se fortalece en loshogares con la compra del disco pirata.

En este día y hora ya aparecen en los andenes versiones furtivas de dos libros de moda, así sean sobre dos delincuentes: Virginia Vallejo ama la plata de Pablo Escobar y Juan Carlos Giraldo da unas buenas pinceladas de «Rasguño». Qué más se puede decir si Wilson Choperena, el compositor de la cumbia de todos los tiempos, La Pollera Colorá, sobrevive prácticamente de la misericordia.

El día que haya conciencia sobre el derecho de los autores a percibir la remuneración por sus obras se podrá también catalogar como un atentado la crítica de comentaristas profesionales pero faltos de objetividad o de piedad. El otro día se quejaba con razón el director Carlos Palau de los pocos espectadores de su película El sueño del paraíso acerca de la migración japonesa al Valle del Cauca. Todavía no se ha exhibido pero ya empiezan a demoler la versión cinematográfica de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Habrá que verla. A pesar de la crítica implacable, hay que ir al teatro a Beethoven, monstruo inmortal. La historia de la Novena Sinfonía o incluso el final de la coral justifican plenamente la boleta, como escribió la atinada comentarista de cine del New York Times.

Este país –para recordar a un expresidente ya fallecido- no está descuadernado. En materia de propiedad intelectual está es desguarambilado.

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