El prestigioso periodista estadounidense Gay Talese, fundador del llamado Nuevo Periodismo norteamericano, calificó de “mediocre” e “irresponsable” el desempeño de los medios de comunicación de su país por su cobertura del conflicto en Irak. Remite AFP
“La prensa americana (estadounidense), desde sus escritorios en Washington, es irresponsable en su cubrimiento de la guerra en Irak. No es independiente. Aceptó, dócil, la versión de las armas de destrucción masiva (de Washington) y eso llevó a la muerte de tantos inocentes”, aseguró Talese.
En un evento cultural promovido por la revista colombiana El Malpensante, el autor del célebre reportaje a Frank Sinatra y considerado como uno de los más importantes escritores de no ficción, se declaró decepcionado pues la prensa de su país “no logró su objetivo noble de informar con objetividad” en este caso.
“Si yo estuviera aún en el diario (The New York Times), jamás hubiese permitido que un periodista mío haga parte de una misión militar, que vaya con las tropas estadounidenses. El reportero de guerra dentro de una delegación es como su mascota y la prensa honesta nunca debe ser parte del Gobierno”, dijo.
Talese -autor de obras como Fama y Oscuridad y Honrarás a tu Padre- dictó en la capital colombiana varias conferencias y un taller de periodismo para jóvenes reporteros colombianos.

Historias intensas

Para el periodismo es simplemente contar una historia intensa, que tenga fuentes verdaderas y verificables, por tanto debe contener nombres y hechos reales, que no le hagan daño a nadie sino que sean una fuente de nueva información.
Durante su visita en Bogotá, invitado a participar en el ‘F11, Festival El Malpensante’, les dijo a los periodistas que si fuera reportero en Irak escribiría un reportaje sobre las personas que arreglan las puertas que derriban los soldados cuando entran a sus casas.
Su obra más reciente lleva por título La vida de un escritor donde se analiza los sentimientos de Liu Ying después que falla un penalti de la Copa Mundo de Fútbol Femenino entre China y EU en 1999.
Sus relatos siempre están llenos de matices, descripciones y detalles que enriquecen la lectura, por lo que siempre son solicitados por The New York Times, Esquire y Harper’s Magazine. Es también autor del libro La mujer de tu prójimo y además es autor de un célebre perfil a Gabriel García Márquez.
Sus artículos han alcanzado el nivel de piezas periodísticas literarias, siendo una de las más famosas la titulada ‘Frank Sinatra está resfriado’. También ha tocado temas como el sexo en su país y los orígenes de las familias honradas y mafiosas de Estados Unidos .
Orgulloso de su elegancia en el vestir, porque es hijo de un sastre italiano, acuñó la frase “siempre sentí que me estaba vistiendo para la historia”, comentario en el que también evoca que desde niño vestía “muy bien”.

Así escribe Gay Talese (Fragmentos)

Mis dos encuentros con García Márquez

“Toda mi vida (y solamente soy cinco años menor que Gabriel García Márquez) él ha representado para mí y para millones de estadounidenses y de lectores de todo el mundo los niveles más altos de la literatura y nos ha deslumbrado con su inventiva y sabiduría universal. García Márquez es de esos raros ganadores del Premio Nobel cuya elección fue recibida en todas partes con aclamación, sin dejar duda alguna de que posee la grandeza para haber merecido la distinción más apetecida.
He tenido el honor de que nuestros caminos se hayan cruzado de manera inesperada en mis viajes por el mundo. La primera vez que nos cruzamos fue durante mi visita a La Habana en enero de 1981, y luego lo vi en Roma mientras caminaba por la piazza. Conversamos por breves instantes. Y aprovechando la oportunidad le pregunté si podía firmar su nombre en una libreta que yo llevaba en ese momento. Luego, de regreso a Nueva York, donde vivo, pegué su dedicatoria en mi edición de Cien años de soledad. Considero a este documento una de mis posesiones más preciadas”.

Frank Sinatra está resfriado

Frank Sinatra, con un vaso de bourbon en una mano y un pitillo en la otra, estaba de pie, en un ángulo oscuro del bar, entre dos rubias atractivas aunque algo pasaditas, sentadas y esperando a que dijera algo. Pero Frank no decía nada. Había estado callado la mayor parte de la noche y ahora, en su club particular de Beverly Hills, parecía aún más distante, con la mirada perdida en el humo y en la penumbra, hacia la gran sala, más allá del bar, donde docenas de jóvenes y parejas estaban acurrucadas alrededor de unas mesitas o se retorcían en el centro del piso al ritmo ensordecedor de una música folk que atronaba desde el estéreo. Las dos rubias sabían, como también los cuatro amigos de Sinatra, que era una pésima idea entablarle conversación cuando estaba de ese humor tan tétrico, un humor que le había durado toda la primera semana de noviembre, un mes antes de que cumpliera los cincuenta años.
Sinatra había trabajado en una película que ahora le desagradaba y estaba deseando terminar, harto de toda la publicidad que había rodeado sus encuentros con Mia Farrow, la jovencita de veinte años que esta noche no había aparecido todavía; estaba enfadado porque el documental televisivo sobre su vida, hecho por la CBS, y que se proyectaría dentro de dos semanas, según se murmuraba, se metía con su vida privada e incluso especulaba sobre su posible amistad con jefes de la mafia; y
preocupado también por su papel de estrella en un show de la NBC, de una hora de duración, titulado “Sinatra: el hombre y su música”, que le impondría la obligación de cantar dieciocho canciones con una voz que en este preciso momento, unos días antes de que empezara la grabación, estaba débil, dolorida e incierta. Sinatra no se encontraba bien. Era víctima de un mal tan común que la mayoría de la gente lo hubiera encontrado insignificante. A él, en cambio, lo precipitaba en un estado de angustia, de profunda depresión, de pánico e incluso furor. Frank Sinatra tenía un resfriado.
Sinatra con catarro es Picasso sin colores o un Ferrari sin gasolina, sólo que peor. Porque los catarros corrientes roban a Sinatra esa joya que no se puede asegurar, su voz, y hieren en lo más vivo su confianza. No sólo afectan a su psique, sino que parecen provocar una especie de moquillo nasal psicosomático en las docenas de personas que lo rodean y trabajan para él, que beben con él y lo quieren y cuyo bienestar y estabilidad dependen de él. Un Sinatra acatarrado puede, salvando las distancias, enviar vibraciones a la industria del espectáculo y aún más lejos, casi como una enfermedad repentina de un presidente de los Estados Unidos puede sacudir la economía nacional.
Porque Frank Sinatra no sólo está involucrado en muchas cosas que implican a muchas personas –su propia compañía de películas, su compañía de discos, su línea aérea particular, su industria de piezas para cohetes, sus propiedades inmobiliarias en todo el país, su servicio privado de 75 personas–, una parte tan sólo, por lo demás, del poder que tiene y representa.

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