Por Mario Morales
No es una sorpresa. Dos físicos estadísticos de Palo Alto, California, lograron establecer el tiempo que tarda en desvanecerse una noticia. Llegaron a la fugaz conclusión que la vida útil de una información en los tiempos de internet es de apenas 69 minutos.
Contradicen de plano lo que pensaban los griegos cuando definieron lo efímero, pensando en el periodismo del siglo XX, como aquello que duraba alrededor de un día.
Ya lo presentíamos cuando establecíamos la longevidad de los acontecimientos con la misma vara con la que medíamos la memoria de pollo que tenemos; pero por supuesto que esa vida útil resultó mucho menor de lo que pensaban los editores más ambiciosos, y terminó convertida en “una nada” como solían decir las abuelas de los abnegados jefes de prensa.
La finitud de los sucesos de hoy (de ese hoy que cambia cada hora) ha dejado atrás las viejas expresiones que hablaban de permanencia, como aquella, de un día de estos… O, cuando los años pasen…
El imperio de lo efímero ha terminado por robarnos las emociones, la felicidad (mortal por lo fugaz) de un gol, de un quickly, la esperanza de un acuerdo humanitario antes de de seis semanas, de un aumento salarial por encima del 7 por ciento.
Sí, las cosas ya no las hacen como antes; todo se desvanece en al aire (como decía el pensador Bauman) de manera precoz e irremediable: la nota televisiva antes de los sesenta segundos, la legislación para períodos presidenciales de menos de doce años, los procesos judiciales de la parapolítica, las campañas de los que soñaban con el 2010.
Por eso en esta transitoriedad de lo sólido, reinan, como las luciérnagas, el grafiti, el humor de situación, la caricatura, los titulares de primera página, los remakes de culebrón y, obviamente la moda que es, al decir del filósofo francés Lipovetsky, símbolo de nuestra cultura en cuanto que trivial y sustituible.
Sólo sobreviven las excepciones que confirman la regla: las bodas de diamante del matrimonio de los reyes de Inglaterra, el cuatro por mil, la abstención, la madurez sin arrugas de Amparo Grisales, el partido liberal, la sobretasa a la gasolina, los efectos del sildenafil, la inacabada década sesentera, los créditos de vivienda y el show de Jorge Barón, quizás sólo superados por la tradición de Bon-bril.
Son símbolos de esta época de impermanencia el piropo, el autógrafo, la rabieta, el baile vertical del tres minutos con cuarenta, el tote, la ventisca, el tropipop, el abstract, el cuarto de hora de fama, la redondez con silicona, el volador y los fuegos de artificio, tan propicios, como fugaces ahora que llega Navidad.
Mucho habrá que pensar, en adelante, acerca de las prácticas periodísticas, sobre todo sí hablamos de días o semanas tras una información, ahora que las noticias tienen un tiempo vital inferior al de un pulga de agua, al de un cucarrón en pleno mayo, al de un mercado en época electoral.
A menos que echemos mano de las más pura vocación y creamos (como el poeta Vinicius de Moraes acerca del amor) que la noticia es eterna mientras dura y que 69 minutos, que es lo que puede durar una cita odontológica o un discurso del canciller Araújo, son toda una vida.
MarioMorales

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