Nada como recibir una burbuja para esta época de aguinaldos. Pero no como esas que hoy tienen tan envainados a los Sales, Nogueras y Pupos. Tampoco como las que habita el general Castro cuando habla de cultivos ilícitos erradicados o en la que vive el Comisionado de la ternura cuando habla del fin de los paras. La que encarecidamente le pedí al Niño Dios desde febrero, Vía Adpostal (antes de que se acabara) y luego vía telegrama por Telecom (antes que la vendieran) y luego vía cable de banda ancha (antes de que lo absorbieran), es ese artefacto heroico espiritual patentado en todas las naciones e inventado por Michael Jackson (con otras intenciones, desde luego) para deshacerse del virus de preguntas insulsas que solemos hacernos los colombianos y que proliferan más que los informantes y delatores por estos días.
La más común y no por ello la más antipática es la que hace el colombiano desprevenido, antecedida de ese ‘tú’ señalador e intimidante (que dicen que tanta falta le hace al fiscal, excepto cuando juega fútbol): “ Y tú, ¿qué vas a hacer de Navidad?” Y antes de permitir respuesta: “ Y tú, ¿para dónde te vas de vacaciones?”, como si en vez de asalariados les estuviese hablando a concejales antes de una votación en plenaria. Y a renglón seguido, y con la misma albricia de jefe paramilitar luego de una visita del Ministro del Interior y de los sueños: “y tú, ¿qué le pediste al Niño Dios?”
En fin. Forman parte de ese tipo de cuestionamientos que no buscan una respuesta específica sino que son una manera de matar el tiempo, de romper el hielo, de hacer parecer (como en una mesa de trabajo de gobierno y ELN) que hay una conversación.

Pero claro, si el que indaga es periodista, el interrogante será, “y para ti ¿quien es el personaje del año?” pregunta que tiene la misión de mantener la tradición del dedo caliente para ejercer esa manía tan nuestra de estar votando, eligiendo y deseligiendo reinas, juntas directivas, gobernantes, técnicos de fútbol y jurados para futuras votaciones.

Es, a su vez, la forma de prepararse para los consabidos conciliábulos de reporteros y editores, las típicas pollas y apuestas y uno que otro aquelarre, que permita determinar qué o quién merece esta distinción tan particular que no tiene premio en metálico ni galardón físico, ni siquiera un coctel con placa recordatoria incluida. Sólo la, eso sí, muy apetecida retribución con el oropel de la tinta y el papel o la cinta de audio o de video. Bueno y la vacancia de algunos periodistas que así hacen como si trabajaran.

Por eso da igual que en las portadas y titulares aparezcan los mismos de siempre o sus herederos, mientras la otra trama de nuestra historia la construyen certeramente los anónimos personajes de la vida nacional, que no son tan vendedores o tan carismáticos. Esa es la razón de que una vez más, en la baraja de candidatos no aparecerán ni la corrupción que campeó a su antojo, ni la politiquería rampante, ni los falsos positivos, ni las tetas, ni los paraísos, ni las cifras elásticas del Dane, ni las interpretaciones de Planeación y de Hacienda, ni la frase ‘yo asumo’, ni los pronósticos veraniegos del Ideam con la asesoría del profesor Salomón, ni el fuego amigo, ni la impunidad reinante, ni el maltrato familiar con perdón anticipado, ni la frase ‘no renuncio’, ni los botines italianos, ni el tiramisú de postre, ni las visitas de cortesía, ni el plan nacional de vacunas a la derecha, ni la silicona de las encuestas, ni las amistades de la infancia.

Será pues, otra bofetada a la meritocracia, por otros medios, que no se sentirá ni dolerá, ocupados como estaremos preguntándonos mutuamente (sin esperar respuesta) “Y tú, ¿qué propósitos tienes para el próximo año?”. Uno rentable, por lo pronto, es tener o distribuir burbujas.

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