Es escalofriante. Cada cinco segundos muere en algún lugar del planeta un menor por hambre. Dicen las agencias internacionales que líderes de más de cincuenta países, entre los que no se encontraba Colombia, se comprometieron a emprender una lucha eficaz contra esa que es, como dijo Lula la más cruel arma de destrucción masiva.

Y no hay que revisar la lista de las naciones signatarias para concluir la ausencia de la nuestra, no sólo porque el presidente apenas se apresta para viajar a Nueva York sede de la Cumbre celebrada el lunes en la ONU, sino porque parte de las propuestas que lideran los mandatarios de Brasil, Chile, España y Francia se contradicen con los propósitos de la actual administración.
Han planteado Lula, Lagos, Rodríguez Zapatero y Chirac, entre otras cosas, gravar la venta de armas para subsidiar a los hambrientos, justo en el momento en que la reforma tributaria que cursa en el Congreso colombiano increíblemente impone cargas tributarias a artículos como la carne, el arroz, las pastas y las frutas, al mismo tiempo que exonera de impuestos precisamente a la venta de las armas de guerra.(Para no mencionar la aberración, como la calificó Javier Fernández Riva, de bajar la tarifa a la renta).

Contra ese impuesto ya se pronunció Estados Unidos. Sus prioridades nada tienen que ver con la indigencia o la inanición. Proponen ellos, haciendo de tripas corazón, impulsar la democracia, la libertad económica, la paz en Medio Oriente, combatir la trata de personas y la clonación de seres humanos. (No sea que resulten tan hambrientos como los originales. La única voz que se dejó oír fue la de Valencia Cossio, en la cumbre de la FAO en Roma para estar de acuerdo con lo dicho por el representante de los Estados Unidos cuando indicaba que “Un campesino no puede cultivar en su tierra cuando pasan balas sobre su cabeza

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