Doce segundos de atención

Por Rafael Pardo Rueda

Hace 12 o 15 años, Colombia tenía 10 millones de habitantes menos que hoy. Las tres grandes revistas semanales tenían circulaciones sumadas superiores a 150 mil ejemplares. Había dos grandes diarios nacionales, EL TIEMPO y El Espectador, y La Prensa y El Siglo generaban otra opinión.
Publica El Tiempo.
Seis noticieros de televisión de todas las tendencias se disputaban la audiencia nacional en dos cadenas, que absorbían a todos los televidentes. Hoy, dos noticieros concentran el 90 por ciento o más de la audiencia. La radio es, tal vez, el medio que ha crecido en esta década, pero ese crecimiento no ha sustituido a los otros medios que han decaído. La oferta y la variedad informativa en general se han reducido.

La televisión hoy es la vía predominante que tienen los colombianos para estar informados. Antes, cuando alguien decía que algo estaba pasando, la gente prendía el radio para saberlo. Hoy prende la televisión. Quien está sentado frente a un televisor, así este viendo un concurso, sabe que si algo importante ocurre se lo informarán. Eso es mérito de los canales privados. Pero la programación de estos canales no ha dado espacio a la generación de opinión ni a debates sobre temas nacionales en horarios de amplia audiencia. Es la tiranía del rating y la presión de la competencia, que son parte de las reglas dentro de las que hay que jugar.

El Gobierno, además de poner la agenda informativa, tiene también un canal, el Institucional, que comparte con el Congreso y que, aunque tiene poca audiencia en comparación con los canales privados, cumple un papel de dar una información que no se obtiene por otros medios. Algunos de los canales regionales y locales han desarrollado una nueva propuesta de información sobre temas locales, complementaria, en todo caso, de la información de los canales nacionales.

Esta nueva realidad informativa tiene efecto sobre el debate público. La televisión es un medio muy poderoso para formar la opinión, y la estructura de los noticieros favorece cierto tipo de noticias y desestima otras. Favorece en general posiciones extremas y buenas frases por encima de análisis profundos. Esas son realidades. Los noticieros, al presentar una noticia, buscan reacciones a favor y en contra del tema que presentan y estas reacciones, más la presentación de la noticia, deben caber en máximo un minuto y medio. Cada uno de los entrevistados, para poder clasificar, tiene que decir algo inteligente y llamativo en 10 o 12 segundos. A eso está reducido el debate público en la televisión. Este formato, ineludible para quienes hacen los noticieros, promueve posiciones extremas y, sin duda, polariza a la opinión, lo que podría matizarse si hubiera una variedad de programas de opinión y debate que permitieran pluralismo y controversia. Pero los escasos programas de esta clase están en horarios para noctámbulos y agotados televidentes.

Hay nuevas iniciativas, como la de Yamid Amat, de producir un canal de información 24 horas para ofrecerlo por los servicios de suscripción, al estilo de CNN, o la de José Gabriel, diario en el Canal Uno. Pero aún están por cuajar y en todo caso participan en audiencias reducidas.

La democracia se fundamenta en la libertad de expresión, pero la estructura de los medios contemporáneos hace que las barreras de entrada sean inalcanzables para nuevas ideas y propuestas. En el siglo XIX cada tendencia política tenía una publicación o una gacetilla. Hoy eso es imposible e Internet, que podría ser una alternativa, no tiene todavía la penetración para ser un medio de impacto.

El pluralismo y la formación de una opinión pública son imperativos para una democracia viva y no pueden ser dejados al vaivén de las prioridades comerciales. Una sociedad entretenida no es lo mismo que una sociedad informada y tienen que existir ambas opciones. La Comisión de Televisión, que ha mostrado iniciativas interesantes últimamente, debería meterle el diente a crear alternativas de televisión pública que permitan pluralidad y profundidad.

Rafael Pardo Rueda

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