Me pido un cupito en el sueño de país rural que tiene el ministro Andrés Felipe Arias y que le escuchamos los colombianos cuando nos llenábamos de propósitos para el nuevo año, atragantados de uchuvas, (porque las uvas estaban, como dicen las señoras, por las nubes, y para comprarlas se necesitaba tener mínimo un pozo petrolero, una tierrita en Cajamarca o un tío banquero).
Es hora de volver al campo si es verdad lo que dice el funcionario, y debe serlo porque nadie se ha atrevido a contradecirlo. Nadie, salvo Rudolph Hommes que critica todo lo que no tenga su firma, el Senador Robledo que es su fiel opositor, unas cuantas docenas de académicos, las asociaciones de campesinos y cerca de ocho millones de colombianos que, por vivir en el campo, no han tenido la oportunidad de enterarse de lo cerca que estamos de refundar el paraíso terrenal, si hemos de seguirle la huella narrativa al doctor uribito que parece ser tan buen ministro como relator.
Y es que después de estos cuarenta años de éxodo sin ton ni son por los países de Colombia (como alguna vez dijo o recitó el poeta Aurelio Arturo) en medio del desierto de la incredulidad y el pesimismo, ya era hora de que alguien golpeara la piedra ( así fuese con la piedra que se gasta el Minagricultura) para que brotaran la leche y la miel de la esperanza que nos permitirán producir este año ( y eso que es bisiesto) la cifra record de 26 millones de toneladas de maná, lo que, como dice el Ministro con tono profético, “consolida la seguridad alimentaria del pueblo colombiano”, muy a pesar de lo que digan (cuando tienen fuerzas) los doce millones de colombianos que dicen estar bajo la línea de pobreza y que no están de acuerdo porque seguramente están pagados por los gobiernos izquierdosos de los países vecinos o por los representantes de algunas alcaldías capitalinas, y asistencialistas para más señas.
Dice el doctor Arias, como lo llaman en los extramuros de las ciudades a pesar de su pinta de pastor ovejero, de jardinero o de modelo para el Retrato de un Ministro Adolescente, que es hora de retomar las sendas bucólicas, lejos del mundanal ruido, donde no corroe el orín de las plagas modernas que los expertos llaman pomposamente subempleo objetivo o desempleo subjetivo y que afortunadamente sólo llegan hasta las cabeceras municipales y los 13 grandes centros urbanos a los que pudo acceder el censo 2005.
¿Acaso nadie sabe que el desempleo en el campo fue apenas del 8% en 2007? Resultado claro de una gestión y no, como dicen algunos calumnistas de oposición, fruto del desplazamiento de 2.2 millones de colombianos o del éxodo masivo por el “escaso“ interés por hacerse a una carrera de jornalero, recolector, yuntero, sembrador, aserrador o pesquero, ahora que el salario mínimo bordea la jugosa cifra del medio millón de pesos.
Mienten contra la palabra del Ministro, y la de quienes le facilitan las cifras, quienes dicen que en el campo se gana menos, se sabe menos y se aprende menos, o que haya injusticia o desigualdad, sobre todo a la hora de asignar los créditos blandos a aquellos que siempre son los más duros a la hora de pagar.
Lo que pasa es que no le han seguido el consejo al joven miembro del gabinete de dejar el trigo, el arroz y la papa para las grandes cadenas de supermercados, en vez de dedicarse a la palma, a los cacaos, al caucho y la caña para los biocombustibles. Ah, y por supuesto a las flores, tan útiles en estos tiempos de vanidades. Como dicen las señoras, el ministro, a diferencia de los garzones, sabe dónde ponen las garzas.
Ahí está el negocio, pero si les puede la nostalgia, que dejen algo de tierrita ( al fin y al cabo va a haber 400 millardos de pesos) para la siembra de leguminosas; los más viejos pueden matar el tiempo en la huerta para cosechar maíz y arveja para comer; los jóvenes pueden seguir ordeñando, y las mujeres, en sus ratos libres, (ya que carecen del vicio de las telenovelas, los noticieros y las alocuciones presidenciales), pueden dedicarse a la fabricación de alpargatas de fique, a la alfarería, a los derivados de la lana o a los cestos y artesanías, que SalvArte se encarga de comercializarlos. Y para los más inquietos ahí están esos 200 millardos de pesos para investigaciones, antes de que lleguen los “expertos” a enseñarles a hacer hijos a sus papás, como dicen las señoras.
El objetivo es, según el MinArias, que cada campesino tenga su propia finca. Ojalá, eso sí, antes de que lleguen los rezagos del avalúo por beneficio general.
El negocio es prometedor, amplio y diverso, como los retos del agro por estos días en los que el sol sólo se puede ver en la cartilla Charry y en los álbumes de chocolatinas, y en los que los problemas de agua se pueden superar canalizando las inundaciones al mismo tiempo que la platica destinada para los 115 proyectos de riego en 17 departamentos del país.
El camino está expedito. Bueno, salvo por los cultivos ilícitos y la concentración de tierra. Alguna falla habría que tener. Pero las cuentas, como las de La lechera, cuadran. Larga vida al doctor Arias al frente del Ministerio de Agricultura; y que sepa que si es preciso, votaremos para cambiar el articulito que impida su sustitución.
