Por mariomorales
Pasa como con el toma y dame de Uribe y Chávez: uno ya no sabe qué pensar. Es un debate en el que las posiciones son tan extremas que les van dejando a sus seguidores una de dos alternativas: la fe o la resignación.
Así lo dejan ver anuncios tan apocalípticos como ese de que las actividades solitarias están en vías de extinción. En unos años o, quizás, meses. serían proscritas, como el cigarrillo en los lugares públicos, la incredulidad en las cifras oficiales o el sagrado derecho al pesimismo.
El futuro de la especie estaría, como al principio, en la manada, como lo han profetizado las encuestas, la social-telechabacanería y las filas de TransMilenio.
Y todo por el medio ambiente. Eso es lo que se desprende de un reciente estudio de una universidad norteamericana, que ha dejado como conclusión que pocas cosas como el divorcio contribuyen al calentamiento global.
Por supuesto que la investigación no se refiere a las altas temperaturas por culpa de los improperios entre cónyuges, a los insultos que tuvo que oír el juez de familia, a las injurias que tuvo que soportar el sacerdote, o a los gritos y a la histeria que llegaron a todo el vecindario a la hora de la repartición de los electrodomésticos, los juegos de cama, la muchacha del servicio y, en algunos casos, de los hijos.
El estudio sugiere que las familias mal avenidas (y quizás finalmente felices), esto es, que han roto, entre otras cosas, cobijas, gastan mucho más en agua (aunque después los duchazos duren menos), en gas (especialmente cuando las mujeres separadas por fin aprenden a cocinar), en luz (por culpa del racionamiento de los arrunches) y en combustibles, cuyos usos deben multiplicarse por dos o por tres o más, dependiendo de la (des)composición de las relaciones y de las inclinaciones de sus miembros.
En ese mismo sentido, los ambientalistas más extremos (que los hay, como en los partidos de gobierno) están a punto de considerar, por idénticas razones, como un peligro para el equilibrio climático a los solterones, a los que no se atreven a salir del clóset, a las viudas, a los misóginos, a los párrocos, a los liberados de a dos o de a tres, a los delanteros de Millonarios, al Comisionado de Paz y a los dignatarios sin consorte estable (tipo Sarkozy, Chávez, el Canciller y quizás Luis Eduardo Garzón) porque contribuyen con su soledad al derroche de energía (eléctrica o de gas, se entiende), que estaría a punto de convertirnos en un horno más quemante que los que pensaba usar el ex gobernador Ardila para sus materiales de construcción.
Paradójicamente y en el otro polo y, por ende, en una actitud más fría, están quienes piensan que lo del calentamiento global, lo que tiene que ver con Kioto y el apagón climático no son más que inventos aterrorizantes de científicos y ambientalistas prepagos o que viven del cuento (algo así como lo que dicen de los guerreros y sus guerras). Esa lista está encabezada por el meteorólogo John Coleman (un poco más viejo, más calvo y tan desacertado como nuestros Max Henríquez), fundador del Weather Channel, quien considera que el calentamiento global es la mayor farsa de la historia, una crisis prefabricada, fundamentada en la alarma y en el pánico masivos.
Como se ve, el señalamiento no es exclusivo de los ministerios de relaciones exteriores ni de las autoridades y fuerzas encargadas de enfrentar los conflictos internos. Esos expertos internacionales han señalado que lo de la crisis climática, más que un mito, es un timo y que forma parte de la demagogia ecologista asentada en el denominado fundamentalismo carbónico, que va detrás de los 410.000 millones de dólares que se invierten entre Kioto, investigación y proyectos para salvar al planeta del efecto invernadero y sus ardores.
La tesis está avalada por un puñado de científicos estadounidenses de universidades como Rochester, Alabama y Virginia, quienes consideran que el factor humano no tiene influencia significativa en el calentamiento global del último siglo. Y no nos alarguemos con esa conocida teoría de la Nasa que señaló no hace mucho que nuestro planeta pasaría por una etapa de enfriamiento por culpa del proceso de hibernación del Sol, calculado para el 2030, lo que permite anticipar que, para entonces, se podrían disipar tanto las calenturas de Chávez y Uribe como su efervescencia en las encuestas.
Otros investigadores, industriales y expertos señalan sin consensos (y mutuamente acusados de conveniencias) que el clima anapoimuno de la Tierra estaría en el uso de la energía solar, de los biocombustibles (como lo pregona un Ministro por ahí, aunque por otras razones) o de los recursos renovables, como lo predica Al Gore, que ha ganado más dinero y fama con los cambios climáticos que con los climas de opinión cuando tuvo el poder entre sus frías y calculadoras manos.
En medio de ese dilema, no es de extrañarse de que en adelante se diga que cualquier cosa puede tener incidencia en el calentamiento global y que las recomendaciones gubernamentales pasen, como con Mockus, por bañarse de a dos o de a tres, o por compartir las viandas y los bienes terrenales (y ojalá a oscuras), como se estila en los conventos, en los camerinos y en los regimientos.
Con intentarlo nada se pierde; quizás no solucione los problemas climáticos, pero la frialdad, fruto inequívoco de todas las largas convivencias, quizás pueda ayudar a amainar las calenturas y mejorar el ambiente, y quién quita que al final Uribe y Chávez terminen abrazados, así sea por culpa de las bajas temperaturas.
