En una nota editorial, el diario colombiano El Tiempo señala que para un buen número de gente no hay matices, los periodistas o responden al Gobierno o a la guerrilla. “Basta estar de acuerdo con unas u otras propuestas que salen de la izquierda para ser condenado de guerrillero y, de paraco, si por alguna razón concuerda uno con algún proyecto oficial”, resalta el periódico, y señala que ello puede constatarse al leer las cartas on-line de los lectores.
“Día a día vemos cómo quienes escriben deben dejar cada cuatro párrafos constancia de que están en desacuerdo con la guerrilla y seguidamente que desaprueban la parapolítica. Se trata de un peaje obligado, una especie de visa que hay que sacar una y otra vez para calmar la intolerancia furibunda de estos convulsionados tiempos. […] A estos extremos nos han conducido los extremos tanto de la guerrilla como de los paramilitares. Sus atrocidades, las de ambos, insisto, han enrarecido la discusión libre”, se lamenta en la nota. Información publicada en el diario El Tiempo (Colombia).

Periodistas paraguerrilleros

Para un buen número de gente, o se está con el Gobierno o se es guerrillero.

Con excepción de algunos periodistas de línea dura, monolíticos de ‘derecha’ o de ‘izquierda’, la mayoría de quienes opinan en este país (en radio o prensa escrita) han generado un nuevo concepto: paraguerrillero. Me refiero a las opiniones tanto de lectores como radioescuchas, quienes, cuando uno comenta algo en contra del Presidente o alguno de sus funcionarios, tildan al periodista de guerrillero. La semana siguiente, o al otro día, el mismo periodista es tildado de paraco por el hecho de criticar a Lucho Garzón o a Piedad Córdoba, quien acostumbra llorar en las emisoras colombianas y reír y bailar en la televisión venezolana.
Para un buen número de gente no hay matices, o se está plenamente del lado del Gobierno o se es guerrillero. Basta estar de acuerdo con unas u otras propuestas que salen de la izquierda para ser condenado de guerrillero y, de paraco, si por alguna razón concuerda uno con algún proyecto oficial. La llamada polarización del país ha hecho que muchos opinadores se merezcan el remoquete de paraguerrilleros.
Basta leer las cartas on-line de los lectores para constatar este hecho. Si usted está de acuerdo con algunos aspectos del TLC: paraco; si opina a favor de un acuerdo humanitario: guerrillero. En resumen: paraguerrillero. Día a día vemos cómo quienes escriben deben dejar cada cuatro párrafos constancia de que están en desacuerdo con la guerrilla y seguidamente que desaprueban la parapolítica. Se trata de un peaje obligado, una especie de visa que hay que sacar una y otra vez para calmar la intolerancia furibunda de estos convulsionados tiempos. Si el periodista de turno decide tocar un tema, por las razones que sean, no faltarán las cartas en que le reclaman que por qué no tocó tal otro y, naturalmente, viceversa.
Si se trata de la parapolítica, que por qué no menciona a los senadores que hicieron parte de la guerrilla. Si, por el contrario, se critica al senador Petro o al ex candidato Carlos Gaviria, entonces vendrá la carta: que por qué no critica a los senadores uribistas de Ralito.
Y ¡ojo! No se atreva a escribir sobre temas ajenos a la cruenta cotidianidad, pues de inmediato llegarán los agravios por no afrontar la realidad. La dictadura de los lectores, la tiranía del blanco o negro. A estos extremos nos han conducido los extremos tanto de la guerrilla como de los paramilitares. Sus atrocidades, las de ambos, insisto, han enrarecido la discusión libre.
Entre tanto, los jefes de ambos bandos sonríen. Los guerrilleros más gordos y viejos del planeta se siguen cebando en las selvas, y lo propio hacen los paramilitares mientras se pintan y liman las uñas en sus cómodas cárceles.
Las mafias continúan haciendo pactos con unos y otros, comprando hectáreas tras hectáreas, los secuestrados, pudriéndose en los cambuches sin sol… y nosotros aquí, en los foros, dándonos en la jeta.

* * * *

Nota final: los últimos acontecimientos demuestran que definitivamente las Farc viven en otro mundo. Sus años de retiro selvático les humedecieron el cerebro. Cuando por fin tienen un par de amigos y cierta interlocución política, hacen hasta lo imposible por desvirtuarlos.
Mientras el Coronel les escribe y les dice que luchará por que les quiten el mote de terroristas, ellos le contestan: ¡Mierda! Y prosiguen con sus secuestros de civiles, en el último caso, académicos.
Durante los últimos dos meses hemos podido constatar que las Farc tienen menos motricidad, estética e inteligencia que el dedo gordo de un pie. Eso sí -y no lo podemos olvidar- ese apestoso dedo, con su uña larga, sucia e infectada, puede golpear durísimo y sigue siendo traicionero con los propios y letal.

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