Solía decir mi madre, con la experiencia de sus muchos años, que a toda gran euforia le sobreviene una frustración. Este año creía tener los elementos para contradecir su creencia. A las emociones de toda índole que suscitó la marcha del 4 de febrero y que hicieron colapsar mi correo electrónico, le siguió la avalancha de mensajes de amigos y colegas que (sin importar lo que digan el CPB, los decretos presidenciales, el autodenominado grupo de Facebook “Un millón de firmas por una única celebración”) siguen convencidos de que el 9 defebrero es el día del
periodista, y no el 4 de agosto o en último caso el 17 de diciembre.
Son, eran, mensaje variopintosque oscilaban como un péndulo entre las frases de solidaridad y aliento y las ofertas de trabajo en empresas con sede en Mogadiscio o Sri Lanka, o entre denuncias por amenazas a periodistas y medios en Sucre, Tolima o Córdoba, y los que prometían medias becas para los comunicadores que quisieran terminar el bachillerato por radio; o entre los que daban apoyo jurídico en tiempos de cólera, pagadero en cómodas cuotas mensuales y los que reenviaban una tarjeta animada acompañada de una voz conocida con acento paisa que repetía sin parar: “Esa no, otra pregunta muchachos”.
Son, eran, mensajes, cada uno a su manera, gratificantes, sin importar el tufillo comercial o de conveniencia que los acompañaba, porque, como
dicen los anfitriones cuando los invitados llegan sin regalo, lo significativo era que se hubiesen acordado. No crean, esa frases levantan el ánimo cuando faltan tantos días para la quincena, nos hacen creer útiles a pesar de lo que dicen algunos condenados, destituidos o investigados, en fin, nos hacen creer que somos importantes para otras personas aparte de la administradora del edificio, la eterna cobradora de la tienda de la esquina o el supervisor del banco que nos presiona por el sobregiro.
El entusiasmo pareció alcanzar su límite cuando llegué al mensaje que en su “asunto” hablaba de los diez hechos mundiales más olvidados en
los últimos doce meses. Por fin, me dije, alguien va a poner la celebración de nuestra jornada al mismo nivel del día de la secretaria, del día de la enfermera o del día de San Valentín. Pero no. Lo que leí no sólo le dio razón a lo que solía decir mi madre, sino que echó a perder los planes que en la imaginación trazaba para las botellas de whisky, los esferos chiviados y las mismas agendas de todos los años que ya me aprestaba a recibir. El remitente era, es, la organización médico humanitaria, Médicos Sin Fronteras, que trabaja desinteresadamente en los cinco continentes. El mensaje trataba de las diez crisis mundiales que en el último año no han merecido una primera página o un despliegue o destacado en la prensa mundial, que no han tenido una cobertura mediática adecuada y que los periodistas hemos dejado morir en las agendas informativas a pesar de su gravedad.
En esos diez lugares del planeta la muerte, el desplazamiento y el dolor humano han dejado de ser noticia o nunca lo fueron.
Y eso que lo peor estaba por leerse. El informe señalaba que los países que encabezan esa dolorosa lista son Somalia, Chechenia y Colombia, acompañados de República Centroafricana del Congo, Myanmar (antigua Birmania) y Zimbabue, entre otros. Pero MSF señalaba que lo preocupante era que había países en los que el olvido y la indiferencia de los medios frente a esas crisis eran y son recurrentes.
Desde 1998 cuando se comenzó a hacer el seguimiento, que mide la falta de trascendencia de los esfuerzos de las personas que luchan por sobrevivir a la violencia, el desplazamiento o a la enfermedad porque no tienen reflejo mediático, algunos países han aparecido en ese dramático Top Ten hasta en siete ocasiones como Somalia, ocho como Chechenia,o incluso nueve, sí, NUEVE, veces como Colombia y El Congo. Triste primer lugar.
Esa clasificación busca sensibilizar a la opinión pública sobre la gravedad de esas crisis sobre el entendido que una mayor atención de los medios podría significar respuestas o soluciones a esos problemas. Pero está claro que no le interesan a los medios y cuando por fin hay alguna noticia al respecto, la atención no se centra en las personas en situación vulnerable o desesperada, es decir nos olvidamos de las historias que merecen ser contadas…
Y todos pensando en el día del periodista! No tenemos nada que celebrar.
