Por mariomorales
Cuando se cumplen por estos días sesenta años del magnicidio de Gaitán, un visitante desprevenido podría pensar que muy pocas cosas han cambiado en estas latitudes: el color de los tranvías, el nombre y día de emisión de los viernes culturales (hoy convertidos en consejos comunales), el color y la altura de los vestidos, el rating de la radio, (cuyo lenguaje se sigue usando en la TV), y los nombres de los protagonistas de los obituarios y de quienes los pagan.
Lo demás ( que para algunos será lo de menos) parece igual: los vituperios, los sectarismos, las marchas vindicatorias, los partidos sin ideas, las ciudades segregadas, las ideas sin partido, las muertes selectivas y esa misma rabia incunada y enconada ( al decir y al actuar) descargada sin miramientos sobre propios y extraños como dicen que pasa por igual Bienestar Familiar y Medicina Legal.
Un diagnóstico rápido diría que sufrimos de dislexia histórica, es decir que no hemos aprendido a leer o, (como el Ministro Holguín dando a conocer un comunicado) leemos mal nuestro pasado, con la excepción de los remakes baratos de la música popular y de los dramatizados de la televisión, pero no, como dice la ya trillada frase, para ser condenados a repetir ese pasado, porque nos hemos quedado congelados en el tiempo, como en el ancestral juego de ¡Estatua!, a la manera como lo jugarían Pomponio o el Bobo del tranvía, si pudieran moverse.
Pero también padecemos de disgrafía temporal, carencia que nos impide explicar, analizar y comprender pero sobre todo escribir acerca de este presente frenético con su ritmo desaforado de acontecimientos e improvisaciones que sólo deja tiempo para el titular, para la breve, para el resumen y, con suerte, para el avance.
Como si fuera poco somos víctimas de ese mal generalizado (que ya es peste en el Banco de la República y en el Ministerio de Minas cuando se habla de petróleo) que es la discalculia, entendida como la discapacidad para prever los efectos de los hechos actuales, lo que coarta la posibilidad de anticipación y proyección de nuestro sueño de nación. Quizás sea por eso (y por el argumento de la tierra ácida del Minagricultura) que nuestro suelo no sea fértil en profecías y predicciones como lo saben con todos su sinsabores, en el Ideam, en Planeación nacional, en El Dane, los directivos de Santafé, los que pronosticaron guerras de dieciocho meses, los que insisten que Internet reemplazará los periódicos, los que aducen en una década ya no se necesitará a los paras, los que dicen que Internet colapsará, los que se van a estudiar al exterior porque no creen que deba haber una cuarta reelección, los que repiten que la rabia y la tuberculosis pronto serán erradicadas, los que apuestan a que la carrera de Jotamario será más corta que la de Pacheco…En fin.
Tenemos tantos problemas de aprendizaje y de memoria que ya casi olvidaba decir que las dificultades para interpretar los tiempos aquejaron al mismo Gaitán quien creía, como lo relata su hija Gloria, que ninguna mano del pueblo se levantaría contra él y que “la oligarquía no me matará, porque si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel normal”. Se equivocó fatalmente en torno a las predicciones sobre su vida, Y ya hay un desfase de diez años en su cálculo sobre el regreso del país a la normalidad. A menos que normalidad sea todo esto que nos pasa y no lo hayamos aprendido.
