Por mariomorales
Debe ser que nos parecemos. Ha de ser que no nos hemos dado cuenta o que mutuamente negamos que somos calcados, juagados, que ni pintados.
Eso podría explicar el lapsus de la presidenta de la Cámara estadounidense, Nancy Pelosi, quien, en el momento de mandar al congelador el TLC con Colombia, confundió a nuestro país con Bolivia. El asunto pasaría inadvertido (viniendo de un país candidato a Guinness Records en esa materia, comenzando por su presidente) si no fuera porque esa confusión entra a engrosar la ya extensa galería de equívocos (que quizás no lo son) y que han pasado a ser como un leitmotiv (que fue como el compositor Richard Wagner bautizó a las frases musicales que se repetían) para quienes tratan de ubicarnos desde Europa o Norteamérica.
Ya en 1982, el presidente Reagan había hecho su aporte cuando, al disponerse a viajar desde Buenos Aires a Bogotá, les insistía a los periodistas que su destino era Bolivia. Y eso que ya estaba montado en el avión. Esas son las desventajas de no comprar tiquetes ni hacer check in o reservaciones.
Pero no son sólo políticos o funcionarios los que han manifestado síntomas de desorientación espacial. Todavía retumba en la memoria la rechifla del pueblo cartagenero cuando el grupo español Azúcar Moreno, que ya llevaba varias horas en el Corralito de Piedra, saludó con un «buenas noches, Bolivia» a los millones de colombianos que, a mediados de los 90, estaban atentos, presencialmente y por televisión, a la elección y coronación de la Señorita Colombia. Sólo les faltó decir que se trataba de un saludo de integración antes de nombrar a los restantes países bolivarianos.
Algo similar sucede con los ciudadanos del común en el Viejo Continente y EE. UU., que, como cosa curiosa, no nos confunden con Perú, Ecuador o Venezuela, que están más cerca en el mapa, pero ahora más lejos del corazón, y sí lo hacen con la república a la que Bolívar llamó su hija predilecta.
Más ininteligible resulta que nadie nos confunda, digamos, con Grecia, con tantos años durante los que insistimos en llamar a nuestra capital la Atenas suramericana. O con un país asiático, siendo que fue un eslogan de campaña y de gobierno de Alfonso López Michelsen, el de hacer de Colombia el Japón de Suramérica. O, en últimas, que nos hubieran visto como una nación de Oriente Medio, si hemos de creerles a los «vainazos» del vecindario, que insiste en bautizarnos como el Israel del sur del continente.
Pero no, una y otra vez nos confunden con Bolivia a pesar de la distancia, real y simbólica, que hoy nos separa. Y debe ser porque miran en el mapa y ven que tenemos una extensión territorial parecida, que tenemos el mismo cóndor como ave nacional, que tenemos ciudades por encima de los 2.500 metros sobre el nivel del mar ( y, para colmo, con estadios, para disgusto de la Fifa), que tenemos todos los climas, que compartimos la cuna de los Andes imponentes, que la moneda recibe el mismo nombre en ambas latitudes, que tenemos sistemas políticos, instituciones y creencias religiosas similares y que somos pequeños productores de petróleo.
Desconocen quienes no hacen la distinción que Bolivia no tienen mar, que tenemos cuatro veces su población, que allá hay mayoría de origen indígena y que las masas populares se dan el lujo de cambiar de gobierno cada vez que se sienten vulneradas, mientras que por estos lares medio centenar de dirigentes sesionan desde las cárceles o desde la casa, sin que nadie pestañee. Ignoran que la coca es parte del ritual ancestral de los bolivianos y que en Colombia ya no hay «maticas de cocaína», si hemos de creerles al ex ministro Fernando Londoño y a Antinarcóticos.
No importa lo que hagamos; así volvamos a contratar a Bill Clinton, a la Burston & Marstellers, a cuanto ‘lobbysta’ se atraviese en el camino, o por fin nombremos Ministro de Relaciones Exteriores, seguiremos marcados por ese prejuicio que delineó Reagan en los 80 y que heredaron todos los que vienen (o miran) para acá, creyendo que todo es la misma cosa.
Tercos, nosotros, que insistimos en establecer las diferencias para creer que somos de mejor familia, que tendremos mejor trato y que el TLC que la señora Pelosi congeló fue el de los bolivianos. Esa fue la verdadera confusión.
