Por mariomorales.
Ahora resulta que todos somos la institucionalidad del país. Ya nadie quiere ser, como en la vieja argumentación política, solamente representante o participante del conjunto de reglas, compromisos y roles que regulan las actividades de los diversos actores sociales, sino que todos a cual más sentimos que somos esos mismos pactos sociales encarnados, en una tendencia que hasta el mismísimo
Don Miguel de Cervantes, de primera mano, denominaría como una metonimia para calificar la actitud, aquí gratuita, de trasladar el nombre de un fenómeno a otro, sólo porque tienen algún grado de relación entre sí.
Ha dicho y repetido la presidenta del Senado Nancy Patricia Gutiérrez que los señalamientos sobre presuntos vínculos suyos con la parapolítica en Cundinamarca son una ataque a la institucionalidad. En primera instancia, la del Congreso, dijo, y luego, (por las dudas), la del matrimonio, al declarar que podría ser una conspiración de su ex esposo. Es decir que los señalamientos no irían encaminados a calificar sus presuntos pactos privados de proselitismo (y la Corte ya dirá) sino a condenar los pactos públicos de la sociedad en general. Una auténtica sinécdoque, como diría Don Quijote, si pudiera, para explicar esa figura de tomar el todo por una de sus partes.
Ha dicho y repetido el exviceministro del Interior y de justicia y hoy fiscal, Mario Iguarán, que los señalamientos sobre presuntos pagos a Magistrados para posibilitar su elección en el cargo que hoy ocupa, son un patraña contra la institucionalidad del país. No ya un ataque sobre presuntos acuerdo secretos, sino una confabulación para minar los acuerdos tácitos que rigen (es un decir) toda nuestra vida republicana. Eso es un eufemismo, gritaría en nuestros tiempos Sancho, impertinente, por decir lo menos.
Lo mismo o parecido han dicho otros congresistas investigados, presos, antes de recibir la casa por hospital, otros miembros del gobierno (y que no están en la nómina del gobierno), los enemigos agazapados de la marcha del 6 de marzo, los técnicos de fútbol salidos de casillas (esto es, desclasificados) y hasta algunas modelitos que echaron a rodar videos comprometedores por internet para parecer luego supuestamente ofendidas porque confundieron la pérdida de la institucionalidad con la de su deshabillé. (Ladran, luego relinchamos diría en una paráfrasis Rocinante)
Ese ánimo tremendista y desfigurador que se está “institucionalizando” tiene, por lo menos, dos orígenes a cual más preocupantes. O se trata de una estrategia en busca de unanimidad y contagio (si me acusan a mí, todos somos culpables) o es un acto de megalomanía rayana en el delirio (el complejo de inferioridad, decían los sicólogos de antes, cuando estaban de moda la ternura y el día del idioma.
Una cosa es creer con Douglas Norton, (premio nobel de economía hace quince años y hoy activista de la escuela de la neoinstitucionalización) que las instituciones son las reglas de juego y las organizaciones, sus empresarios y sus legisladores son sus jugadores, y otra muy distinta es tomarse este desbarajuste general deportivamente. Sólo falta que alguien diga que perder así es ganar un poco y que mañana sale el sol.
Confundir los actos individuales y sus consecuentes responsabilidades con los “intereses superiores de la patria” es ir en contravía del principio ético, de decencia, transparencia y de lucha contra la corrupción, uno de los de loas dieciocho pilares jurídicos de la institucionalidad. Y mejor no hablemos de los otros diecisiete.
Pero esa es discusión perdida. Todos se ratifican como la materia viviente de la institucionalidad. Hiperbólicos que son; para utilizar esa expresión que significa exageración para los estudiosos del lenguaje (que hacen por estos día su abril) y otra cosa en el léxico popular, en el cual sirve para describir a los que dicen tonterías… y además se las creen.
mariomorales
www.mariomorales.info
