Por: Mario Morales
Sí, sólo que no la hemos comprendido en toda su dimensión. Los colombianos víctimas de una suerte de mitomanía, hipnosis colectiva o hipocondría hemos cargado con unos duelos generacionales desproporcionados y que, en el mejor de los casos, nunca existieron. (Publica El Espectador)
Esa fue la buena nueva que dio el asesor presidencial José Obdulio Gaviria, a quien la lectura desbordada de libros en vez de secarle el cerebro como a Don Quijote, le ha dado la perspicacia para redescubrir nuestros hitos, como ese primero de que aquí no hay paramilitarismo, ni de primera ni de segunda generación; si acaso queda una oficina de patentes que funciona como mercado negro de franquicias. Por eso, águilas no quedan, mucho menos de colores, ni cóndores, ni otras aves carroñeras.
Segundo, que aquí los sindicalistas, como los abogados y los periodistas, se mueren de todo, especialmente de envidia, pero no a causa de su oficio.
Tercero, que no hubo tal genocidio contra la Unión Patriótica (y muy posiblemente tampoco hubo Unión Patriótica).
Cuarto, que no son cuatro millones ni tampoco desplazados los “migrantes” de las ciudades, y que el “fenómeno” no es más que propaganda negra contra el país, como lo prueba el hecho de que ni siquiera han recogido firmas.
Y quinto, reconfirmó que aquí conflicto armado no ha habido, ni lo hay ni lo habrá. Si acaso una serie de malentendidos.
La tarea es ingente: corregir las publicaciones, como la del Ministerio de Defensa, que insisten en que ha habido 28 sindicalistas asesinados de enero a julio pasado, por lo menos 16 masacres y más de 4.000 miembros de bandas criminales entre capturados y dados de baja desde 2006.
Luego habrá que esperar la percepción del “Cerebro de Palacio” sobre cifras como la de 1.600 secuestros en los dos últimos años, que quizá no ocurrieron, que fueron desapariciones voluntarias o carencia de datos para su ubicación.
Habrá que aguardar su interpretación acerca de la escalada terrorista en todo el país y la mengua en los índices de la seguridad democrática.
Quizá no sean más que simulacros o pruebas de explosivos para la construcción de túneles y carreteras.
Urge entonces, como está de moda, una reforma a la historia reciente que cuente las nuevas verdades, que nos haga olvidar nuestro proverbial fatalismo y que nos haga sentir como en “Barataria”, el reino de las maravillas de Sancho Panza. La suerte que tal vez nos merecemos.
