Por: Mario Morales
Hay quienes en el actual gobierno piensan que Colombia es, como en Cien años de soledad, una aldea de 32 veredas de barro y caña brava construidas a la orilla de dos mares. Creen que nuestro mundo es tan reciente que muchas cosas carecen de nombre y para mencionarlas hay que vomitar presuntos libros o reformar la Constitución. (Publica El Espectador)
Todas las semanas un grupo de “intelectuales antioqueños” arman, como escribiría Gabo, su carpa en medio de los medios y con gran alboroto de pitos y timbales dan a conocer los nuevos inventos.
Son en su mayoría prohombres resentidos de la izquierda cuya desaforada imaginación va siempre más lejos del ingenio de la naturaleza, y aún más allá del milagro y la magia, y que piensan que es posible servirse de esas invenciones inútiles para desentrañar los intereses superiores de la patria.
Primero trajeron la reelección, considerada por ellos, como la octava maravilla de los tiempos modernos. La voluntad popular tiene vida propia —dijeron sin rubor—, todo es cuestión de despertarles el ánima.
Luego trajeron el referendo. Pusieron un montón de papeles en mitad de la plaza y gracias al artilugio de lanzar al aire una moneda de doscientos pesitos, la gente firmaba y veía la felicidad al alcance de la mano. “La política ha eliminado las prohibiciones”, dijeron en sus libelos que requirieron de unas jornadas para escribirlos y de una eternidad para no leerlos.
Vinieron largas jornadas de lluvia, como consignaría el Nobel, encerrados en sus cuarteles, vigilando el curso de los astros, hablando a solas, repitiendo en voz alta un sartal de asombrosas conjeturas, siendo objeto de una especie de fascinación. Sin dar crédito a su propio entendimiento por fin interrumpieron su actividad febril para soltar de un golpe toda la carga de su tormento y con augusta solemnidad y temblando de fiebre, revelaron que nadie en este país sabe hacer investigaciones sobre violencia, salvo ellos.
Su más reciente descubrimiento, dado a conocer en medio de un ruido ensordecedor, es una legislación postiza que viene a restaurarle la juventud a la ya decrépita Constitución Nacional, especialmente en los artículos 1, 2, 3, 5, 15, 24, 28 y 250, entre otros, que en adelante serán reemplazados por la radiante Política de Defensa y Seguridad Democrática, despojada de su origen gubernamental y elevada al pedestal de política estatal para que esta estirpe condenada a cien años de violencia pueda tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
