Por: Mario Morales
Con razón la creciente percepción de inseguridad que tiene en jaque a autoridades distritales y nacionales. Porque, como dicen las señoras, últimamente aquí se está perdiendo todo.
Y no hablamos de lo que sabemos, es decir, de los 65.000 hurtos que, según el Ministerio de Defensa hay cada año, y cuyos autores siguen entrenando impunes para mejorar el registro en 2009.
O de las dos personas que desaparecen cada 48 horas y que entran a la larga lista de más de 15 mil colombianos a los que se les ha perdido el rastro en la historia reciente.
O del hueco fiscal por el que se le acaban de esfumar a la DIAN 312 mil millones de pesos que nunca se recogerán por la variación en el precio del dólar en el pago de impuestos o por exceso de exenciones.
También hemos ido perdiendo, como lo profetizaron las abuelas, el sentido común, el de las proporciones y hasta el de las palabras.
Sirva como ejemplo el escándalo del presidente del Senado, Hernán Andrade, por el préstamo de 250 millones de pesos que le hizo un condenado por desfalcar a Cajanal. Para el senador huilense todo es normal: la suma en efectivo, la ausencia del reporte de la transacción, la firma de pagarés en blanco y hasta la fecha: En vísperas de elecciones.
También es normal para el dirigente conservador, que propició hace una década dos debates por las irregularidades en Cajanal, que no supiera los nombres de los responsables, como tampoco los antecedentes del prestamista, o el origen del dinero.
Al senador se le perdió prontamente (normal en él que cuadra un gabinete departamental en tres minutos, como lo reconoció en una entrevista) el significado de renunciar, como ya les sucedió a Fabio Valencia y Sabas Pretelt para mencionar sólo a quienes han ocupado el Ministerio de la Política.
Ahora que si todo lo que balbucea es cierto, habría que reconocer que lo único que no ha perdido es la candidez y la ingenuidad para manejar sus asuntos. Razón aún más valedera para dejar semejante cargo.
