Por: Mario Morales
Perdónenme que insista. Pero afloran las preguntas. Es inevitable, en medio de la creciente crisis institucional, la más grave del país en los últimos años, a raíz de los falsos positivos. Se quedaron cortas las ONG que calculaban en 900 las ejecuciones extrajudiciales, frente a la revelación del Fiscal General: “Son miles los casos sobre los desaparecidos”, dijo este lunes. (Publica El Espectador)
Ese día, CM& abrió noticiero con una nueva investigación de la Procuraduría contra 27 militares por su presunta participación en la muerte de campesinos chocoanos presentados como guerrilleros muertos en combate.
Es la punta del iceberg. El Cinep registra, en el primer semestre de 2008, 22 episodios de falsos positivos, con 33 víctimas por ejecución extrajudicial y una herida. Ya el sacerdote jesuita Javier Giraldo había presentado el lúgubre balance de 2007: “131 episodios de falsos positivos, con 211 víctimas, torturas a 20 más, heridas a otras 15 y detención arbitraria a otras 22”.
En 2006, y antes, no era distinto. Saltan a la memoria los falsos atentados con explosivos en los días previos a la segunda posesión del presidente Uribe (en los que, según la Fiscalía, participaron en un “grosero montaje” miembros del Ejército); y las denuncias por presuntos excesos de fuerza en las operaciones Orión y Espartaco; y las grabaciones de la Dirección de Inteligencia de la Policía… en fin.
Frente a las 1.015 víctimas, según la Fiscalía; en promedio once cada mes, según el Cinep; y frente a los más de 800 militares y policías investigados, cabe preguntar: ¿Qué fue cierto y qué no en esta oleada de actos terroristas? ¿Qué de toda la barbarie de este siglo tiene origen en los armados ilegales y qué en burdos y absurdos montajes? ¿Había sólo “cazarrecompensas” de permisos o chichiguas? ¿O una acción organizada para enrarecer el ambiente? De ser así, ¿a quién y cómo beneficiaba esta locura?
En medio de tantos derechos vulnerados es preciso invocar dos que, según el novelista Milan Kundera, tenemos los periodistas: uno el de preguntar y el otro, el de obtener respuestas. Así sea.
